Casa y hogar 3

Eran las nueve y media de la noche. No necesitaba un reloj para saberlo. Hacia ya un par de meses, la  rutina la dictaba el tiempo.

Acababan de regresar a sus celdas, en agobiante monotonía. Los internos acomodándose en sus literas, los pasos de los oficiales descendiendo por el ominoso pasillo hasta desaparecer tras una puerta pesada. Todo sonido acabaría en siete minutos.

La luz acababa de apagarse. Para cuando su compañero de celda bajó de su litera, lo encontró sentado, atento y esperándolo con una minúscula sonrisa en los labios.

Estaba realmente muy oscuro dentro de aquella celda. Sin embargo, su compañero a ciegas, arremetió contra él pensando que lo sorprendería postrado en cama, intentando conciliar el sueño.

Craso error.

Albergados por la penumbra,  brazos cubiertos de tatuajes monocromos trataron de ubicarlo entre las sombras. Así que a Tin Man le bastó escurrirse de la cama, haciendo suficiente ruido para atraer a su atacante.

Barry, le decían y sobre su cabeza pesaban varios años de condena. Los suficientes para convertirlo en un anciano decrépito cuando volviera a pisar la libertad. Avezado, como era, y con la experiencia adquirida asesinando a sangre fría, se le abalanzó sin pensarlo,  hallándolo en la oscuridad.

A pesar que intentó contenerlo, no pudo hacer nada en contra de la masa humana que era el tal Barry. Las manos de su atacante consiguieron prensarlo contra el muro a sus espaldas. Lo atraparon de la garganta y si no hacia algo rápido iba a tener dificultades.

—¿A dónde  te ibas, vejete? Ah verdad, no estas tan viejo, cabrón. Así es tu pelo, ¿no? Como algodón.

Tin Man le sonrió entonces, porque le causó algo de gracia el comentario. Barry le susurraba al oído, mientras se frotaba contra su cuerpo. El olor que desprendía el cabello ajeno, era insoportable. Casi no podía respirar por la presión en su garganta, pero el aroma a sudor conseguía incomodarlo.

No hubo más diálogo. Barry lo arrancó de la pared con más facilidad que la que èl mismo esperaba. Tin Man dejó que lo arrastrara por la celda, hasta lanzarlo sobre  la litera.

Barry volvió a prensarlo contra la superficie inmunda que era ese colchón. Su cuerpo sudoroso y hediondo intentaba contenerlo.

—Voy a sacarte el relleno. —murmuró Barry en su oído.—Para ver si de verdad tienes algodón adentro.

Y volvió a reír.

Tin Man apenas esbozó una sonrisa que pasó desapercibida. Las manos de Barry buscaron su garganta y pudo sentir el frío de un cuchillo sobre la piel de su rostro.

Entonces se sacudió con fuerza que su contrincante no esperaba que tuviera. Barry pensó que sería sencillo reducirlo, imaginó que podría intimidarlo fácilmente blandiendo una artesanal arma blanca.

Entre apenas gruñidos, batallaron sobre el reducido espacio de la celda. Estaban, sin quererlo, armando demasiado aspaviento. Los reos de las otras celdas podían percibir el alboroto.

La lucha fue breve, el resultado inesperado. Barry contra el muro y Tin Man  arrinconándolo contra el inodoro.

Durante el tiempo que había transcurrido tras las rejas, no había sido ajeno a ataques personales. En el comedor tuvo que enfrentarse a otro sujeto, que quiso arrebatarle su almuerzo.  La comida no le resultaba importante, era el hecho de no dejarse doblegar.

El segundo ataque fue tan sólo el día anterior, mientras regresaba a su celda. No alcanzó a verle el rostro a quien lo empujó contra los barrotes y conectó un par de golpes por la espalda.  En esa ocasión los guardias notaron lo sucedido y la agresion no llegó a mayores.

Y ahora éste último.

—No, no es hora de tomar una siesta.— el tono de su voz se volvió tétrico. Barry aun lo escuchaba, y sólo lo supo porque apenas reaccionó ante sus palabras. —Se suponía que ibas a matarme. —le dijo al oído mientras aumentaba la presión de la llave alrededor del cuello de su oponente.

—El cuerpo humano es una máquina fascinante. —continuó Tin Man como si estuviera contándole un cuento antes de dormir. —Pero como todo, tiene debilidades. Por ejemplo, ahora mismo puedo romperte el cuello aplicando la presión necesaria.

Los brazos de Barry cayeron a los lados y Tin Man tuvo que aligerar la presión, casi fastidiado.

—Eficaz, aunque demasiado sencillo. —continuó recorriendo esta vez el pecho de su contrincante como reconociendo el terreno.

Sin duda el tipo era fornido. Músculos macizos, pasaba largas horas ejercitándose en su celda. Tin Man resopló mientras tomaba la mano de Barry, quien respiraba con lentitud.

—Las células del cerebro son extremadamente sensibles a la falta de oxígeno. En tan sólo cinco minutos pueden empezar a perecer. ¿Sabes lo qué significa eso? —y Tin Man derramaba palabras suaves al oído de su víctima. —¡Exacto! No tenemos mucho tiempo.

Hizo un esfuerzo para acomodarse sobre el suelo helado de la celda. El cuerpo de Barry se dejó arrastrar al compás que Tin Man imponía. Le tomó la mano a su víctima y envolvió con esta, el puñal artesanal con que Barry intentó atacarlo.

Iba a tener que, a ciegas, encontrar el punto perfecto para la incisión. Para ello tuvo que liberar el cuerpo que sostenía y con sumo fastidio, emplear su mano libre para tentar el terreno.

Recorrió el pecho de Barry con la experiencia de sus años de galeno. Sus dedos buscando sobre el músculo y las costillas, el lugar perfecto donde cortar. Tenía que ser preciso, él nunca se perdonaba una falla. Un corte limpio y profundo, justo en aquel espacio entre cada hueso.

Sonrió como un niño al encontrar lo que buscaba. La mano libre se quedó marcando la posición, mientras que la otra dirigía el filo del puñal.

En su mente, su propia banda sonora recitaba las notas de Claro de Luna.  Tin Man cerró los ojos para poder ver mejor el mapa que trazó en sus pensamientos. La carne, los huesos, el puñal, el corazón como el tesoro a desenterrar.

No se contuvo, sino que tarareaba la música que sonaba para sus adentros. Extrañaba acariciar el piano de su sala, las cuerdas de su violín, pero ese era otro asunto.

En aquella oscura celda, la sombra de los barrotes le recordaba a un pentagrama. Tin Man arreció la presión sobre el cuerpo de Barry, muy suavemente. Mientras tanto la música seguía tocando en su mente. El puñal entró preciso, tal y como lo tenía previsto.

Barry apenas se movió reconociendo que perdió la batalla. Los latidos se le escapaba y Tin Man los contaba uno a uno, acompasados con la melodía en su mente.

Hasta que se detuvieron.

Por un momento el silencio de los demás reos quienes esperaban atentos, fue lo único que se dejó escuchar. Luego el revuelo de reconocimiento de los demás internos que alcanzaron a oírlo jadeando a solas en su celda.

Tin Man aun sentando en el suelo, apoyó la cabeza contra la pared más cercana. Terminó más cansado de lo que esperaba. Pero la sonrisa no se le iba. Por fin iba a tener un poco de tranquilidad, para poder pensar.

Las luces se encendieron al cabo de un par de minutos. En las demás celdas los reos se agitaban como aves salvajes. Tin Man intentaba recuperar su propio aliento.

Pronto dos guardias aparecieron tras los barrotes de su celda. Los escuchó ladrándole y sólo les hizo un gesto con la mano. Se levantó sin embargo, con ambas manos levantadas.

Por fin algo de tranquilidad, pensó mientras ambos oficiales entraban a buscarlo.

Xxx

—Sé que estás ahí. Tu novia te delató. Abre Amy, no te hagas de rogar.

Luego de un momento de debate entre mandarlo a la mierda o aún mejor, al carajo, Amy decidió levantarse del sillón donde se sentó exclusivamente a ignorar a Luka, quien esperaba tras la puerta.

—¿Se te ofrece algo?

Le preguntó intentando reunir fuerzas para seguir peleando con su amigo de la infancia. Claro que no esperaba que apareciera en su departamento armado con una canasta llena de dulces.

Luka estaba jugando sucio. Sabía que los M&M eran su debilidad más grande y… Amy apretó la puerta intentando resistir ante la tentación.

Claro que Luka tenía una bolsa abierta y se la pasó por delante, para provocarla.

—¡Maldita sea, Luka! ¿No puedes decir que lo sientes y ya? ¿ Tienes que venir hasta mi departamento a hacerme engordar?

—Ya sabes cómo soy. —le contestó acercándole uno de los dulces al rostro para hacerla sonreír . —y aun así somos amigos, ¿no?

A Amy las lágrimas le brotaron y no pudo controlarse más. Saltó  a los brazos de Su mejor amigo y ya sobre su pecho empezó a sollozar como una niña pequeña. Ambos eran demasiado necios para dar el brazo a torcer, por lo que hacían las paces sin necesidad de pedir perdón.

Jamás lo iba a reconocer, pero extrañaba a su único amigo. Durante los días que les duró el enojo, Moni fue quien la mantuvo informada de como estaba yendo a Luka. Amy no quería decirlo, pero tenía miedo de que se fuera a repetir lo de la vez anterior que tuvieron una discusión. Todavía se sentía culpable por la desaparición de Luka y le estaba costando trabajo perdonarse a sí misma.

Pero ahora que Luka le acariciaba el cabello, como hacia siempre para consolarla, Amy  no dejaba de llorar en medio del pasillo. No mentía cuando mencionó lo mal que se sentía por la situación por la que estaban pasando. Jamás imaginó que terminaría involucrada y expuesta a tanto.

Luka tuvo que llevarla dentro del departamento, para que los vecinos curiosos dejaran de fisgonear.  Amy no dejaba de llorar y estaba haciendo mucho escándalo.

—Tu novia no sabe mentir.—le dijo cuando consiguió que Amy se sentara en el sofá.—Que nunca se te ocurra romper con ella.

Amy todavía secándose  el rostro con un pañuelo, soltó una carcajada.

—¡Por supuesto que no! Ella tendría que terminar esta relación y ni así se deshace de mí. ¡Y ni lo menciones, no sea que me traigas mala suerte!

Luka resopló pensando en las palabras de Amy. Él también tenía esa misma idea. Se parecían tanto ambos, quizá demasiado.

—¿Qué tanto conversas con Moni? ¿Qué mentira te dijo que no le creíste?

—Le pregunté por Jade. No he llevado a Noel al hospital a verla. Monica me dijo que Jade está mejor. No le creí nada.

—¡Ah, eso! ¿Por qué no has llevado a Noel? ¿Pasó algo entre ustedes?

Ahora era el turno de Luka de ponerse como Amy. No iba a llorar como ella, pero en definitiva la tristeza no podía esconderla.

—No. Nada.

—¿En serio? ¿Discutieron o algo? —A Amy le costaba imaginarse a Noel discutiendo con nadie. —¿Por qué no vino? Siempre está contigo, ¿no?

Luka suspiró hondo y estiró una mano para asir los chocolates que quedaron sobre la mesa de centro.

—Se quedó en el departamento. Fui a ver a tú sabes quién, por eso lo tuve que dejar.

—¡Ah! ¿Y qué novedades tiene tú sabes quién?— Y Amy le echó mano a las golosinas.

—Me dejó un mensaje. Por eso fui a verlo.

—¡Tan pronto! ¡Dime! ¿Qué te dijo? —De la sorpresa, Amy casi se atraganta. —¿Qué averiguó? ¡Habla Luka!

¿Por dónde empezar? Pensaba Luka mientras observaba cómo su amiga comía ansias. Ya ves que no te conviene pelearte conmigo, le quiso decir. La visita que le hizo al detective que contrató no fue lo que esperaba.

A decir verdad, ¿qué estaba esperando?

—Quiere hacerle una prueba de ADN a Noel y esas mierdas. No sé Amy. No sé que clase de detective privado me mandaste.

—¡Uno muy confiable! Es amigo de mi papá y… olvídalo. ¿Para qué quiere esa prueba? ¡Cuenta completo Luka!

—Según Jordan, tiene unos cuantos nombres de interés. Algunas mujeres que dieron en adopción y ahora están arrepentidas.

Ambos se quedaron en un silencio solemne.   Durante la primera entrevista con el detective privado Jordan, este les indicó los alcances que tendría su investigación. Lo contrataron para que consiga información acerca de los orígenes de Noel. De donde venía, su edad real, lugar y fecha de nacimiento.

Ese muchacho no apareció de la nada. En algún lugar debía haber información acerca de su verdadera identidad y no la que le dio aquel sujeto Devan.

Luka se había prometido averiguarlo, aunque tuviera que ir a buscar hasta el fin del mundo. Pero cuando el detective Jordan mencionó que tenía una lista de mujeres que eran de interés, estuvo a punto de cancelarlo todo.

¿Y si alguna de ellas resultaba ser la madre de Noel? ¿Si después de tantos años pretendía recuperarlo?

—Después de tanto tiempo y por todo lo que pasó ese pobre muchacho… si yo fuera su madre, no querría ni saberlo.

Luka la ignoró, perdiéndose más en sus pensamientos. Noel tenía derecho a saber de dónde vino. La detective Scott estaba haciendo su parte, pero para Luka no era suficiente.  Quería saberlo antes que nadie, para poder anticiparse a los hechos.

—¿Qué más te dijo el detective? ¡Termina de contarme!

—Eso y que quiere cruzar información. Esas mujeres están muy interesadas en encontrar a sus hijos.

Amy sacó un cigarro y lo encendió para aliviar los ánimos.

—No sé si yo podría, después de años, acercarme a Noel y decirle en su cara que lo abandoné y ahora quiero conocerlo. —una bocanada de humo y ella suspiró hondo. —lo mismo con Jade. Aunque esa pobre… ¡Cierto, se me olvidaba!

Luka regresó lentamente de su sopor. El humo del cigarro lo devolvió a su realidad.

—¿Qué? ¿Qué se te olvidaba ahora?

—La mujer esa, Scott. Se supone que hoy quería ver a Jade y no sé, Luka. Cada vez que ella entra en escena, Jade se pone mal.

La detective Scott tenía un lugarcito muy propio en el muro de la infamia, de Luka. Le desagradaba su actitud tosca y el modo como se imponía sin ningún miramiento. No era un tema de conversación agradable y la verdad prefería olvidarse de que esa mujer existía.

—En fin, va a sonar horrible lo que voy a decir, pero he decidido dejar de ir al hospital.

Amy tuvo razón. Por la expresion que le regaló su mejor amigo, podía esperar de todo menos simpatía por sus palabras.

—¿Entonces vas a dejar a Mónica sola en esto?

De acuerdo, Luka iba a hacerla sentir mal, odiarse a sí misma por la decisión que había tomado. Se lo merecía porque estaba siento egoísta y lo sabía. Mónica la necesitaba, pero Amy no estaba segura de poder apoyarla.

No pudo contestar a la pregunta. Fue en busca de los chocolates que Luka dejó en la mesa de café, pero él se los arrebató de las manos.

—¡No sé! ¡No sé qué hacer, Luka!—estalló finalmente. —No quiero ver a Moni herida, pero tampoco quiero regresar a ese hospital y ver a esa pobre criatura hecha pedazos. ¡Me duele demasiado todo esto! ¡Me duele Jade, me duele Noel, me dueles tú!

Ninguno de los dos pudo continuar. A Amy le regresó el llanto y buscó refugio en Luka. Estaba asustada de saberse tan egoísta.

—No es fácil.—El tono de voz de Luka cargaba una fuerte dosis de amargura. —Pero están juntas en esto, ¿no? Ella es tu pareja y no la puedes abandonar también.

—Amo a Mónica con todo mi ser, pero está convencida  de que Jade va a sanar. Eso no va a suceder y ella no quiere aceptarlo.

En ese momento Luka prefirió contener sus palabras, porque la verdad albergaba el mismo pensamiento. No le había dicho a nadie acerca de aquella criatura ajena que compartía un solo cuerpo con Noel. No se atrevía a hacerlo. Porque cada vez que hacia su aparición, sentía que iba perdiendo a quien tanto quería.

—Tengo que irme. No me gusta dejar solo a Noel.

Amy no dijo nada, se secó las lágrimas con una mano, mientras trataba de serenarse.

—También yo. —y se puso de pie acompañando a su amigo a la puerta. —No puedo dejarlas solas en esto.

Y trató de sonreír, pero falló completamente. Amy tomó su cartera de sobre la mesita junto a la puerta y se quedó mirando uña foto colgada donde estaba con su pareja.

—Algún día nos vamos a acordar de esto y nos va a dar risa, ¿no, Luka?

No obtuvo respuesta.

Xxx

La detective Scott llegó a la cita a la hora acordada. Irene Lenov, quien fue su mentora y quien más admiraba, esperaba con una taza de café frente a ella.

—No has cambiado nada.—le sonrió la detective Scott y se sentó en una silla frente a la anciana. —Siempre llegas más temprano para reconocer el lugar. ¿O me equivoco?

—Hay hábitos que nunca se pierden.—contestó la detective en retiro, Irene Lenov, con una media sonrisa. —y también me da gusto verte.

Marina Scott quiso responderle con lo mismo, pero en realidad no estaba del todo encantada con lo que veía. Irene estaba muy demacrada. Perdió el cabello durante las terapias y ahora usaba una peluca. Perdió mucho peso además, y el color de su rostro evidenciaba que la lucha por mantenerse viva era brutal.

Una camarera se acercó a tomar el pedido. Marina sólo pidió un café, por  mientras. Irene la miraba impaciente, pero podía aguardar unos minutos más.

—Creo que no nos van los rodeos.—anunció Marina y colocó un folder de manila sobre la mesa.

—Se me va la vida, Marina. Quiero verlo ya.

Quizá debía prepararla para lo que venía. Aunque era Irene Lenov, la detective quien le enseñó todo lo que sabía.

—Lo vas a conocer.—se lo dejó saber porque era cierto. —Pero has de saber que ya no usa ese nombre.

Irene  bebió un sorbo sin inmutarse. Quería saber más y Marina le estaba dando la información en cuentagotas.

—¿Y bien? ¿Cómo se llama ahora?

—Jade, es el que usa ahora. Le dieron ese nombre y lo viene usando desde que puede recordar.

La detective Lenov dejó la taza a un lado. Parecía que su mente empezaba a tejer teorías, pero esperaría para confirmarlas.

—¿Dónde estuvo todo este tiempo?

—En esta ciudad, atrapado en las redes de una mafia de trata de personas. Tal y como tú temías, Irene.

—Revisamos todos los contactos, todos los que teníamos. Nadie nos dio razón de esos niños. —Irene echó los ojos a la ventana empapada.

Una lluvia copiosa se desató y los peatones buscaban refugio.

—Siempre supe que Stephan tenía que estar en algún lugar. No podía desvanecerse en el aire.

Irene se perdió en sus pensamientos. Soñaba con que llegara el día en que pudiera tener por fin una clausura. Encontrar a esos niños perdidos, sin rastro alguno. No podían desaparecer de un momento a otro sin que nadie supiera como, ni quisiera aceptar que existieron.

—No creo en la suerte, me conoces Marina, pero aquella vez, cuando di con su nombre fue por pura casualidad.

—No existen las casualidades, siempre lo decías, Irene.

—Lo sé. Aquella vez trabajaba en el caso de un hogar sustituto, cuando me topé con un archivo olvidado.

Irene Lenov, detective miembro de la unidad de investigación de casos de niños desaparecidos y explotados, estaba en plena faena. Su instinto nunca fallaba y una vez tuvo en sus manos aquel archivo, le dio una mirada a su contenido.

Los documentos que encontró pertenecían al archivo de un orfanato de una ciudad del norte del estado. De inmediato el nombre del lugar le pareció terriblemente familiar. En seguida se puso a revisar su libreta de anotaciones.

No tardó en encontrar el nombre del orfanato entre sus apuntes. Lo escribió con tinta azul y encerró en un círculo, para no olvidar que era un dato importante.

Con más paciencia y en su despacho, Irene descubrió el porque su instinto le dictó que recordara ese orfanato. En tres ocasiones, aparecía entre los datos que recogió para los casos en los que trabajaba. De ese mismo orfanato, tres niños de diferentes edades, fueron trasladados a hogares sustitutos, de donde desaparecieron sin dejar huella.

Dos de esos niños fueron rescatados de redes de trata de personas. El tercero fue hallado pocos meses de su desaparición, en otro estado y en manos de proxenetas.

Irene no perdió tiempo y una vez más, su instinto la puso en camino. Una vez llegó al orfanato, no recibió más que negativas de colaborar con la investigación. Así que no le tomó nada en conseguir la orden de un juez y allanar el establecimiento.

Una vez tomado el control del lugar, un equipo de detectives se encargó de revisar todos y cada uno de los archivos. Los encargados tuvieron que rendir cuentas acerca del estado del establecimiento infestado de cucarachas y de instalaciones deficientes. En seguida fueron puestos bajo custodia policial.

Irene en persona, se encargó de revisar todos los registros. No demoró en encontrar una discrepancia que le llamó la atención.

Según el expediente que tenía en su poder, dos niños no aparecían en ninguno de los documentos y archivos de aquel orfanato. Así que decidió investigar por su cuenta.

La detective Lenov fue en busca de respuestas a la fuente más fidedigna en la que pudo pensar. Al preguntarle a los niños del orfanato por un niño llamado Stephan, de tan sólo cinco años de edad, cabello rubio, piel blanca y ojos verdes, no obtuvo mayor respuesta.  Tan sólo un par de niñas recordaban a un pequeño con ese nombre. Pero no supieron decirle cómo fue que desapareció.

La historia cambió cuando preguntó por el otro  desaparecido. A Bryan de once años de edad, lo recordaba la mayoría de niños. Cabello castaño, ojos azules y en uno de ellos un lunar en el iris. Pero no sabían a ciencia cierta cómo un día dejaron de verlo.

«Fueron los marcianos. » alegó uno de los niños entrevistados. «se lo llevaron en su nave. Siempre venían. Esa noche yo vi las  luces desde la ventana. Bryan no regresó, ya no lo trajeron de vuelta.»

La detective Lenov anotó el testimonio del entrevistado y recogió otros más. Todos coincidían con el hecho que Bryan desapareció de un momento a otro.

—Interrogamos a los sospechosos hasta el cansancio. —Irene miraba fijamente el café humeante con cierta amargura. —Esos bastardos lo negaron todo. La existencia de esos dos niños, el constante abuso al que estaban expuestos todos los demás pequeños.

Hizo una pausa y la camarera les rellenó la taza vacía.

—Terminaron en la cárcel, tres de esos bastardos. —continuó Irene sin levantar la mirada.— Diez años de cárcel por abuso, corrupción, lavado de activos y asociación para delinquir.  Ahora seguro están allá afuera, Marina, en la calle, haciendo lo mismo. Te apostaría el tiempo que me queda en la tierra que han vuelto a lo mismo.

Ambas se quedaron en silencio. La enfermedad de Irene era el elefante en la sala. Quizá si no tocaban el tema, quizá le daban la espalda a lo evidente, ella se curaría.

—Quiero verlo. — resolvió la detective Lenov decidida como era su costumbre. —Quiero ver a Stephan con mis propios ojos y pedirle que me perdone por haberle fallado.

—Irene, sabes que eso no es cierto. Hiciste más que nadie por hallarlos. Cuando todos dejaron el caso por falta de pruebas tú…

—¿De qué sirvió que no me rindiera? De nada Marina. No cambió nada.

—Stephan está a salvo ahora. Va a estar bien. Tiene una oportunidad de empezar de nuevo y…

—¿Y Bryan? Me voy a morir sin haberlo encontrado. Es lo que merezco por no haber podido salvar a más niños. Eso es lo que me toca pagar.

Irene golpeó la mesa en un acto desesperado por no llorar. La enfermedad avanzaba y ella la podía sentir consumiéndole la fuerza que le quedaba para seguir buscando a Bryan.

La detective Scott se quedó en silencio. Quizá luchando con la necesidad de abrazar a Irene y no dejarla abandonar el mundo. Así que se limitó a tomar su cartera y tomó un billete que aplastó sobre la mesa.

—Si estas lista iremos a verlo de inmediato.  —y Marina le tendió una mano a la veterana oficial quien fue siempre su modelo a seguir.

—He estado lista trece años atrás.  Vamos, déjame verlo con mis propios ojos para poder por fin irme con cierta paz.

2 respuestas a “Casa y hogar 3

  1. Excelente capítulo Elena! Siempre me atrapas con tu escritura! Sabía lo duro que iba a ser reconstruir esas vidas. Será todo un reto! Te animo a continuar! Felicitaciones

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