Casa y hogar 2

—¿A dónde crees que vas?

La voz honda de Phil lo detuvo en seco. No estaba escapando de sus deberes, por si eso están pensando, no. Había terminado de limpiar la trastienda y leído las páginas que marcó la sobrina de Paulette, quien ahora le daba clases. Así que técnicamente, no tenía nada pendiente y podía hacer lo que quisiera.

—Voy a ver a mi hermano. —respondió Pat con naturalidad, incluso tentando su suerte. —¿Quieres que te traiga algo de regreso?

—¿Es eso? ¿Dónde se van a encontrar? —insistió Phil acercándose unos pasos.

—No te lo puedo decir porque es una sorpresa. Noel no sabe que voy para allá. —respondió Patrick y se colocó su gorro de lanilla, listo para salir. —Es sorpresa, Phil.

—¿Dónde va a ser esa sorpresa? ¿En dónde lo vas a buscar?

No, Phil no se iba a rendir y seguro evitaría que vaya a ningún lado porque ya estaba por pasar delante de Pat y bloquearle la salida.

—¡Phil no creas que no sé lo que quieres! Quieres que me quede acá pudriéndome sin ver a Noel. ¡Pues no! ¡Voy por mi cuenta, quiero ver a mi hermano y ya!

—Sólo quiero saber a dónde vas y a qué hora regresas. Es todo.

—No confías en mí, ¿no? Oye que no voy a comprar drogas, ni matar a nadie. Sólo voy a ver cómo sigue mi hermano. Voy a ir a donde vive con el hijo de zorra… No me mires así Phil…

—Ese lenguaje, muchacho.

—Está bien. —resopló Patrick rodando los ojos. —Con el viejo pervertido, ese tipo Luka.

Fue el turno de Phil de resoplar y se tomó un momento para continuar con lo que había empezado.

—Te he dicho que quiero saber a dónde vas, para poder esperarte cuando vuelvas. Si no sé dónde andas, ¿dónde voy a buscarte si me necesitas?

Listo, Phil acababa de desarmarle todo argumento. A Patrick se le hizo un nudo en la garganta y tuvo que pasarlo antes de continuar con sus alegatos.

Phil sólo quería protegerlo, eso era lo que pasaba, pero le costaba entenderlo. A veces le parecía irreal que el italiano se preocupe tanto por él. De Paulette podía entenderse porque era viejita y mujer y las mujeres son así de preocupadas por todo.

Como Amy por ejemplo, que llamaba a la casa de Phil cada dos días para ver si estaba bien, si necesitaba algo. Luego conversaban un rato por teléfono y así le sonsacaba toda la información que podía acerca de Jade y Noel. En una de esas hasta le sacó la dirección del tal Luka. Como odiaba a ese viejo cretino. A penas lo tuviera enfrente le iba a escupir en la cara.

—¡Voy a estar bien! Voy a ver a mi hermano a donde vive ahora. Al departamento del dinosaurio de Luka.

—¿Por qué no llamas a la muchacha aquella, Amy?

—Porque esto es mi asunto, Phil. —le interrumpió antes que continúe sugiriendo que involucre a Amy.—No me tardo. Voy y estoy acá antes de las ocho.

Phil no se iba a rendir. Nada le iba a pasar yendo solo a ver a su hermano. No veía a Noel desde que salió del hospital. Si dejaba pasar más tiempo, su hermano seguro se olvidaba de él.

No lo iba a permitir. Hablaban por teléfono todos los días. Porque él llamaba y llamaba hasta que Noel se dignara a contestar. Tenía que asegurarse que ese viejo perverso de Luka estaba tratando bien a su hermano. Por eso iba preparado. En su mochila llevaba la linterna con la que se alumbraba cuando vivía en la furgoneta abandonada. Le iba a partir la cara al dinosaurio de Luka, en tantos trocitos, que no iban a poder pegarlos nunca. Así que, por su propio bien, debía estar tratando muy bien a Noel.

—Entonces iré contigo. —anunció el italiano y Pat casi se cae de la impresión.

—No Phil, esto es entre mi hermano, ese dinosaurio y yo.

—¿Cuál es el problema con qué vaya contigo? —insistía el italiano y algo estaba tramando.

Definitivamente algo traía entre manos. Phil pensaba que podía engañarlo, pero no. Pat sabía que por alguna razón el italiano quería meterse en sus asuntos.

—¿Y bien? ¿Hay alguna razón para que no vaya contigo?

—No Phil, puedes venir si quieres. —respondió el muchacho esperando ver su reacción.

Seguro pensaba que se iba a oponer y al final desistir, solo para salirse con la suya e ir por su cuenta. Pero no, si tenía que ceder por ir a ver a Noel, que así fuera.

—Pero no te tardes que ya quiero ir.—Pat cruzó los brazos reflejando su molestia.

Phil en cambio asintió. Siempre traía el ceño fruncido así que era difícil adivinar que tramaba ahora. Sacó las llaves de su auto y le puso la mano en el hombro al muchacho.

Así que Phil quería ir con él, seguro para evitar que se meta en problemas. Pero ¿por qué pensaba tan mal de él? Si no iba a hacer nada malo. Ya debería estar acostumbrado. Todo el mundo siempre pensaba que iba a hacer algo malo, sólo por su maldita enfermedad. Así fue siempre, sólo su mamá lo entendía. Pero ella ya no estaba en la tierra y tenía que vérselas él solito.

—Phil…¿sabes algo? Te he estado mintiendo todo este tiempo.

Quizá no era el mejor momento para contarle la verdad, porque estaban en el auto y el italiano iba al volante. Pero en algún momento tenía que decírselo y no servía de nada seguir ocultándolo.

Phil reaccionó tal y como esperaba. Lo vio apretando el timón, lo mismo hizo con los labios. Bajo sus bigotes espesos, podía ver que acababa de fruncir la boca. Un largo silencio los acompañó por un rato. Patrick miraba por la ventana intentando hilar ideas y empujarlas desde su cerebro hasta su boca.

Tenía que decirle la verdad al italiano y bueno, ahí iba.

—Siempre te dije que no tengo familia, pero no es cierto. Además de Noel, la familia de mi mamá es mi familia.

—Los mencionaste antes, me contaste de ellos. —interrumpió el italiano. En su tono de voz, Pat pudo notar que esperaba con desesperación que lo que le diría no fuera grave.

—Sí, pero no te dije que estuve en la casa de mi abuela y de ahí me escapé.

Phil reaccionó mejor de lo que el muchacho esperaba. No gritó desaforado, no se estrellaron, nada. Patrick mantuvo un ojo abierto, esperando una reacción. El italiano apretó tanto los labios que sus bigotes casi tocan su barbilla.

—¿Phil? Oye, ya sé que estás enojado, pero di algo. Lo que quieras, pero di algo.

Phil necesitaba un momento para procesar la información. No iba a negar que creía fielmente todo lo que el muchacho decía. Quizá desde un principio debió ser más cauteloso al darle crédito a sus palabras, pero era tarde para eso.

—¿Qué más no nos has dicho?

Fue su único comentario. De nuevo Patrick lo estaba decepcionando. Sí, le dijo que no le iba a mentir más, pero no pudo cumplir. Valgan verdades no mintió completamente. Todo era cierto, salvo pequeños detalles que no mencionó.

—Oye Phil, lo siento. Te lo juro que te lo iba a decir—. Algún día, omitió. Pero era cierto, la intención de decir la verdad siempre estuvo ahí.

—¿Y por qué ahora? ¿Qué hizo que confesaras?

—Es que…—de acuerdo, era hora de las confesiones—.Te escuché hablando con Paulette… fue sin querer, es que tú hablas muy alto. Escuché que le decías que querían arreglar mi situación y…

—¿Estuviste espiando?

—Oye, yo no hago eso. Sólo escuché que hablaban y me quedé para saber de qué era, porque hablaban de mí. Phil, de verdad. Sé que quieres que vaya a la escuela y tenga mis terapias para mi enfermedad, pero…

Pero no iba a dejar que se encargue de todo, porque era demasiado trabajo para el italiano. Patrick suspiró hondo, tanto que sintió que perdía peso al hacerlo. Tenía que decir la verdad, por dura que fuera.

—Phil, no te mentí. De verdad estuve a cargo de servicios sociales cuando mi mamá Murió. No sé por qué, de pronto mi abuela quiso que fuera con ellos, a su casa.

—Tienes familia y ellos no saben dónde estás. No puedes hacerles eso, muchacho.

—No les importo, Phil. No sé para qué quieren que este con ellos si les importa una mierda lo que me pase.

No, no iba a ponerse a llorar. Ya lo había hecho muchas veces y de pura rabia. En la casa de su abuela solo pasó malos ratos y humillaciones. Así que no iba a volver, ni con su familia, ni a un hogar sustituto.

—¿Por qué dices eso? ¿Te hicieron algo malo?

—Phil… ellos odiaban a mi mamá. La echaron a la calle cuando se embarazó la primera vez. Ellos se deshicieron de Noel cuando era un bebé. A mí me odiaban tanto como a ella. Creo que me dejaban quedarme con ellos, para joderme la vida.

Y era cierto. Maggie se lo dijo una vez, llorando cuando pasaron la noche en una estación de tren. Le dijo que ella tenía una casa grande donde vivió de niña. Que su madre la botó como a un perro y ella tenía un niño en el vientre.

Maggie siempre se lamentó de no poder darle un techo a ninguno de sus hijos. Al primogénito que nunca conoció y a Pat a quien arrastraba a la deriva.

Cuando era niño nunca se imaginó cuánta razón tenía su mamá para mantenerse alejada de su familia. En ocasiones cuando ella, desesperada por el hambre y los peligros de la calle, llegaba a suplicarle a su familia cobijo. La madre de Maggie la humillaba delante de su hijo, de sus tíos, del resto de la familia. La llamaba con nombres distintos que la hacían llorar. Finalmente, cuando se cansaba de insultarla a su gusto, dejaba que pasara la noche en el cuarto de servicio.

Maggie lloraba en sus brazos. Pat la dejaba desahogarse hasta que ambos se dormían. Por la mañana ella iba a traerle algo de comer y permanecían el resto de su estancia en ese cuarto.

—¿Ellos no saben dónde estás?

—No Phil. Seguro piensan que me morí y están contentos.

—No digas eso.

—Pero Phil es cierto. Lo primero que me dijo la vieja de mierda que es mi abuela, fue que estaba feliz que Maggie estaba muerta. Porque por fin iba a dejar de molestar.

Phil casi pierde el control del timón al oír lo que Pat decía. El muchacho no había terminado, pero el italiano ya había oído demasiado.

—La odio, a esa vieja. Los odio a todos, pero a la vieja esa más. Todos en esa familia son la misma mierda. Todos están esperando que la vieja se enfríe para quedarse con la herencia.

Patrick cruzó los brazos y dejó de mirar por la ventana. Ahora parecía ensimismado en sus propias memorias. Phil tuvo ganas de detener el auto y regresar a casa. Necesitaba sentarse frente al chico y escucharlo con una taza de chocolate en frente y quizá unos wafers, para hacer que se sienta mejor.

— Las nueras son las peores, el día que la vieja se muera van a hacer fiesta—.Continuó Patrick sin poder dejar de hablar—. Sólo hay una de esas tipas que la aguanta a la vieja, una con cara de culebra. Y la vieja esa es “Culebrita esto, Culebrita aquello”, es la única de las nueras que tolera. A esa y a sus culebritos. Esos son también insoportables, carajo. Cuando vivía ahí me andaban jodiendo de recogido.

Chocolate caliente, con malvaviscos y wafers y quizá crema batida. Lo que fuera con mucha azúcar, para él mismo sentirse mejor al escuchar a Pat volcar toda su rabia.

—Oye Phil, si crees que yo soy jodido, tienes que ver a los mocosos a esos, los culebritos. Siempre pegados a su mamá. Una vez me acusaron con la vieja de que me robé una foto.

—¿Y de verdad lo hiciste?

—Era de Maggie, me costó encontrarla, porque no tenían fotos de mi mamá por ningún lado. La desaparecieron de su vida.

Otro silencio incómodo atropelló todo lo que Phil quiso decir y no lo hizo. Patrick cerró los ojos como dándose fuerza a sí mismo para continuar.

El italiano ya no necesitaba oír más. Era inútil pretender que no le creía. Por supuesto que lo hacía. Si ese niño que tenía al lado mentía de algún modo era por omisión y no porque de verdad tenía malas intenciones.

Phil suspiró profundo y su pecho enorme se infló completo. Le haría sólo una pregunta más y no necesito una respuesta.

—¿Fue entonces cuando te marchaste?

El muchachito se tardó en responder. De reojo Phil lo vio batallando con su ansiedad. La medicación que tomaba ayudaba a controlar un poco sus impulsos, pero no era suficiente. Necesitaba terapia, atención constante y mucha comprensión.

—Me fui porque mi abuela me gritó que me muriera. Ella estuvo hablando con la cara de culebra, le dijo que Maggie se murió de sobredosis y que se lo merecía. Las escuché y le grité a la vieja que era una vieja puta por hablar así de mi mamá.  Ella me pegó y me gritó que debería haberme muerto con Maggie.

Listo, era más de lo que quería escuchar. El bambino se quedó quieto, los ojos de nuevo en la ventana. El auto seguía en movimiento y era el sonido del motor lo único que le indicaba que de verdad ese momento estaba sucediendo.

—Patrick…—llamó al muchacho y cada vez que lo veía triste le dolía mucho a él.

El italiano estiró una mano y el bambino se contrajo. Sin embargo, alcanzó a tomar una lagrima tibia de la mejilla pálida del chico.

—Phil, yo no quería mentirte, pero es que si te decía todo… te ibas a deshacer de mí.

—¡Quítate esa idea de la cabeza, muchacho! Nadie se va a deshacer de nadie. Marietta nunca me lo perdonaría.

Y todo lo que salió de la boca del italiano era cierto. Marietta le había tomado cariño al muchacho desde la primera vez que oyó hablar de él. Cuando Phil se pasaba la noche a su lado, contándole lo que pasó en su día, Marietta les dijo que ella se la pasaba soñando en conocerlo.

Patrick sollozaba todavía y odiaba tener esos arranques de llanto, pero estaban ellos dos y nadie más los vería. Phil detuvo el auto en un semáforo y le dijo en tono cómplice.

—Hay una pastelería muy buena a un par de calles… Es de mala educación llegar con las manos vacías.

Quizá no era buena idea solucionar todo con azúcar, pero por lo menos ayudaba a endulzar el ánimo.

El chico que iba a su lado, el que le recordaba inmensamente a su Tino, sonrió como si acabara de descubrir su sonrisa. Las lágrimas se evaporaron y ahora todo su rostro se iluminó de alegría.

—¿Pastel del chocolate? ¡Pastel de chocolate cubierto de chocolate! ¡Relleno de chocolate!

Seguramente ya lo estaba saboreando. Sí, sonaba bien un postre como ese. Phil resopló y la tensión en su rostro desapareció también. Se pondría a pensar en lo que le dijo Patrick, una vez llegaran a casa. Luego encontraría una manera de darle solución a la situación.

Xxx

Sentada sobre la cama, Jade balanceaba los pies con los ojos fijos las revistas sobre su regazo. Tenía puestos un pantalón y camiseta de diferentes tonos del color blanco.

Había demasiado silencio y eso no era normal. Tras las puertas cerradas siempre se oían pasos de vez en cuando.

Seguro se olvidaron de ella en esa habitación sin ventanas y con una sola puerta. Todo adentro era del mismo color blanco, las sábanas, las paredes, el piso frío. Devan iba a entrar en cualquier momento, sólo tenía que esperar un poco más.

No era la primera vez que la abandonaba en un lugar solitario. Ya estaba acostumbrada. Lo malo era que tanto silencio le estaba haciendo recordar con claridad los años de su niñez, cuando pasaba largas horas acurrucada en un rincón de su habitación. No sabía cuándo esa puerta se iba a abrir, no quería que sucediera, porque iba a aparecer Devan.

Algunas veces quería que atendiera a los clientes ahí mismo. Sobre el colchón viejo y sucio donde terminaba agotada, adolorida y sudorosa. Otras tantas el escenario cambiaba. La sacaban de esa habitación, para asearla un poco. Siempre aparecía una de las mujeres de Müller para arreglarla un poco, decían. Le acomodaba el cabello y le hacía coletitas, le ponía adornos de plástico, de colores vivos. Luego Müller escogía un vestido de una bolsa de basura que traía consigo y la hacían meterse dentro. A veces le quedaba grande, pero eso era lo de menos.

Devan sólo miraba desde un lado y cuando por fin estaba lista, la tomaba de un brazo. Nunca le decía nada, sólo La sacaba arrastrando del departamento y a subían a un auto. Jade iba en silencio, asustada de moverse, mirando el interior del carro. La calle le asustaba, porque cuando se terminaba era que habían llegado a su destino.

Bajaba del auto con Devan a su lado. Siempre tomándola de un brazo, a veces la sujetaba de la nuca. Recorrían los corredores de algún hotel, donde Devan sabía. Se detenían frente a una puerta, la que nunca tenían que tocar, porque se abría al instante. El cliente siempre esperaba ansioso.

Jade nunca sabía quién sería, sólo el miedo constante era lo único que conocía. La rutina era siempre la misma. Ingresar a la habitación, quedarse esperando que Devan la entregue a manos extrañas, para que examinaran su cuerpo. Lo que seguía era siempre el mismo intercambio de palabras.

—En dos horas regreso. 

—Cómo quedamos, ¿no? Lo que sea, ¿no? 

—Nada permanente. Si le rompes algo, el pago es extra.

Nunca lo dijo, pero siempre sintió deseos de correr tras Devan, de abrazarse a sus piernas y rogarle que no se marchara. Pero nunca lo hizo. Jade se quedaba en su sitio, mirando al suelo, al vacío, sus propios pies a veces. Devan no tenía que advertirle nada, sabía que, si no hacía su trabajo, iban a haber consecuencias que lamentar.

Sí, a veces lloraba porque dolía mucho. Los clientes le pegaban porque lloraba, porque eran muy violentos. No les importaba que su cuerpo fuera demasiado pequeño para resistir todo lo que le hacían. Entonces pensaba en que cuando creciera, ya no le iba a doler tanto. Y no podía esperar a que llegue ese momento, en el cual por fin dejar de sentir que se moría cada vez que uno de aquello se le subía encima.

Apretó con fuerza su revista y con la otra mano se secó la cara. Le dolía mucho la cabeza y no se sentía del todo bien, pero ese no era el motivo de su llanto. Jade no lloraba cuando le dolía algo. Devan le enseñó que el llanto sólo empeoraba su situación.

Sigue chillando y yo te voy a dar una razón para hacerlo, perra. Las putas sólo chillan cuando se las están cogiendo. 

Jade temblaba, asustada de su propia soledad. Sólo tenía las revistas como compañía. Cuando se quedaba sola por largas horas, solía arrancar algunas páginas ya viejitas y recortaba algunas imágenes usando sus propios dedos.

Devan no sabía que tenía una familia de papel. Una mujer que tenía un rostro muy lindo y un vestido rojo era su mamá. Ella era rubia también y tenía los labios anchos. Un hombre muy apuesto era su papá y tenían una casa enorme, con jardines y muchas flores en la entrada.

Jugaba con las figuras de papel, pero tenía que cambiar con regularidad porque se terminaban arruinando por el uso.  Encontró ese juego más divertido que el de la familia que se inventó.  Su papá tenía un auto de cada color que podía encontrar entre las hojas de los magazines.  Su mamá tenía muchos atuendos, muchos peinados, muchos rostros.

Por varios años continuó con el mismo juego secreto. Hasta cuando llegó el Bichito y tuvo que hacerse cargo de él. ¿Dónde estaba el bichito ahora? Si se había escapado Devan lo iba a encontrar y cuando lo hiciera…

Un sonido en la puerta hizo que se sobresaltara y apenas tuvo tiempo de esconder sus revistas bajo la almohada. En seguida al ver de quien se trataba, se tranquilizó un poco.

—Buenas tardes cariño.

Jade se tomó un momento para reaccionar. Era una mujer la que entró, de cabello oscuro, liso y ojos pardos. Ella sonreía y traía entre manos una bolsa de papel. Pero de pronto se quedó de pie a pocos pasos de la puerta, vacilando en si avanzar o no.

—¿Jade? Cariño…

—Mi nombre es Stephan. —Murmuró Jade mordiéndose un mechón de cabello rubio.

El silencio se condensó en esa habitación. Jade la miraba fijamente, intentando buscar en su mente aquel rostro color miel. Esa mujer se veía familiar, pero de pronto le estaba costando ubicarla dentro de la maraña espinosa de sus pensamientos.

Moni tragó en seco el nudo gordiano que se formó en su garganta. Algo no estaba bien y no necesitaba ser profesional de la salud para notarlo. Jade la miraba a los ojos y estaba logrando intimidarla.

Dejó la bolsa que traía en el suelo y se dispuso a dar el primer paso. Los ojos color jade la miraban asustados. Tenía que responderle pronto o pensaría que estaba enojada con ella.

Era lo mismo para con Noel, ambos parecían un campo minado. Odiaba tener que compararlos con algo tan horrible, pero la verdad era que tenían que irse con cuidado cuando trataban con esos pobres chicos. Moni reunió fuerzas para sonreír y se acercó a Jade.

—Un nombre no hace una persona—. Le dijo acariciándole el rostro.—Tú eres quien tú quieras ser.

Jade la miraba confundida y dejó de masticar su cabello para ocultar su rostro entre sus manos. Debía sentirse mal de nuevo. Siempre se quejaba de dolores de cabeza y en ocasiones eran tan intensos, que tenían que sedarla.

— Sabes que Amy y yo te apoyamos en todo, encanto—.Moni consiguió que Jade la mirara de nuevo. —Al igual que Noel, Pat y también Luka.

—¿Noel? —Ahora sí tenía toda su atención. Jade acababa de reaccionar como no lo esperaba. —¿Lo conoces? ¿Sabes dónde está?

A Mónica un escalofrío le heló la sangre. Una punzada de dolor se le clavó en el pecho. Sonrió con tristeza y asintió intentando disimular el desencanto. Jade no estaba bien y tenía que recordarlo.

Había días en los cuales estaba más recuperada físicamente. Incluso hasta conseguían que sonriera. Otros en cambio, se mostraba ausente, temerosa y hasta podía ponerse violenta.

Tenía que aceptarlo, Jade conseguía atemorizarla. No saber cómo actuar ni que decir, la espantaba. Sentía deseos enormes de abrazarla con todas sus fuerzas y no soltarla nunca más… Pero tenía que mantener su distancia.

—¿A Noel? Claro que lo conozco. Está con Luka, seguro viene luego a verte.

Jade le devolvió una mirada incrédula y a Mónica le dolió el corazón. Parecía que quiso decirle algo más, pero no se atrevió.

—Te traje algunas cosas que te pueden gustar. ¿Quieres verlas?

Había días en los que tenía la dicha de verla emocionarse con la idea de un regalo. Le llevaron ropa para que no tuviera que vestirse con la que el hospital le daba y Jade estuvo muy contenta por poder probársela. De pronto aquellos momentos se sentían tan lejanos.

Mónica suspiró decepcionada. Jade no le respondía, parecía perdida en algún lugar de su mente. Se frotaba los brazos con vigor y se iba a hacer daño si continuaba.

—¿Te sientes bien? —Moni tuvo que preguntarle, aunque sabía la respuesta de antemano.

—Sí, sólo son las arañas. A Devan no le molestan, pero… a mí me pican en los brazos, se meten debajo de mi piel.

Diciendo esto, Jade comenzó a frotarse con más ímpetu, ambos brazos delgados y se remangó la camiseta con desesperación. Las cicatrices que Mónica le vio la última vez, se habían multiplicado.

Fue aquella noche, cuando Jade tuvo un ataque de pánico y se arañó los brazos hasta sangrar. Gritaba quejándose de las arañas que se subían por las paredes y caminaban sobre su cuerpo.

—Devan se va a enojar conmigo…—sollozaba encogiéndose sobre la cama—.El bicho no está y yo… yo tengo que regresar antes que se entere.

—Ja…Jade por favor…—Moni intentó detenerla. Si la dejaba continuar, se iba a destrozar los brazos. —Nadie se va a enojar contigo. Todo va a estar bien.

No servía de nada.  Jade no estaba escuchando. Temblaba como si un terremoto se sucediera dentro de su frágil cuerpo. Una enfermera le recortó las uñas tanto, que le lastimó los dedos. Pero aún así Jade estaba abriéndose surcos furiosos sobre las cicatrices ya existentes.

Mónica tuvo que intervenir, peleando con Jade para hacer que se detuviera. Pero no servía de nada, ahora Jade sollozaba más fuerte. Entre sus gemidos podía escucharla mencionar al malnacido de Devan.

Ese bastardo malparido tendría que estar agradecido por estar bien muerto. Que, si lo tenía delante, era capaz de desgraciarse la vida. No, Mónica, calma, se decía a sí misma. Jade necesitaba apoyo y que la consolara. Tenía que mantenerse serena, aunque por dentro estuviera desmoronándose.

Decidida a no rendirse, consiguió contener a Jade quién se sacudía frenética. La cama quedó atrás y sin darse cuenta ambas rodaron por el suelo en franca batalla. Finalmente, Mónica consiguió aprisionar a Jade en sus brazos, como si acabara de sacarla de un caudal tormentoso.

—Todo está bien, estás a salvo.— le susurraba al oído, intentando acariciarla con sus palabras.

Con toda su fuerza sujetaba a Jade contra su cuerpo, como si fuera su niña y la estuviera rescatando de una pesadilla.

—Nadie te va a hacer daño, te voy a proteger.—se lo repetía con la voz a punto de quebrarse tanto como su corazón en ese momento.—Estas conmigo, nada te va a pasar Jade.

Fueron minutos que parecieron extenderse en décadas de angustia. Mónica no iba a dejar que Jade se perdiera en sus malos recuerdos. Se aferró a ella y con toda su fuerza le pedía al cielo, al que nunca fue benigno con Jade, ayuda para sacarla de ese trance.

—Moni…— fue un susurro ahogado en la forma más pura de tristeza y dolor.—Moni…

La llamó Jade y Mónica casi estalla en llanto.

—Aquí estoy cariño, todo está bien. Estamos juntas, no hay nadie más aquí. Todo está bien, estás a salvo.

Jade se quedó muy quieta, pero no cesó su llanto.

—Moni tengo miedo.—otro susurro que a Mónica le arrancó un trozo del corazón.—No dejes que me encierre donde están las arañas, me da mucho miedo ese lugar.

A Mónica no le quedaban más fuerzas para contener sus emociones. Los ojos se le volcaron en lágrimas mientras que intentaba asegurarle que nadie la iba a encerrar. Que tendría que pasar encima de su cadáver para si quiera intentar tocarle un cabello a Jade.

Al final sólo pudo responderle entre sus propios sollozos que le prometía que nadie la iba a lastimar. Jade pareció tranquilizarse un poco y no tardaron en aparecer dos enfermeras.

Las hallaron a ambas en el suelo, a un lado de la cama, envueltas en un abrazo. La ropa revuelta, casi tanto como el cabello de las dos, producto de la batalla contra las memorias pasadas.

A Mónica le arrancaron a Jade de los brazos. Sintió que le arrancaban otro trozo de su corazón y este ya no podía sentir más. Las enfermeras se enfrascaron en una lucha con Jade quién reaccionó del peor modo. Consiguieron tumbarla en la cama y más enfermeros entraron en su ayuda.

Sacaron a Mónica del cuarto, a pesar que resistió todo lo que pudo. Jade la llamaba a gritos y ella sólo podía esperar en el pasillo, sin poder acudir a ayudarla.

Los gritos cesaron. Jade estaba dormida. Mónica atropelló a las enfermeras para entrar y cerciorarse de que Jade estaba bien. La encontró con una expresión dolorida en el rostro dormido. Fue uno de los médicos quien le dijo que tenía que retirarse. Que tenían que curarle las heridas, que tuvieron que contenerla a la cama y que necesitan que de fuera.

Mónica ni cuenta se dio cuando el doctor se hizo presente. Sus ojos quedaron fijos en el cuerpo inerte de Jade, en sus brazos asegurados a la cama con correas. Tenían razón, Jade se abrió heridas a lo largo de sus brazos pálidos. Incluso su garganta y su mejilla izquierda sufrieron los estragos.

A pesar de que la vida le había enseñado a ser fuerte en los momentos más difíciles, Mónica sintió que no estaba preparada para esto. Jade la necesitaba, no podía dejarla sola. Respondió entonces que esperaría que terminaran de atenderla en el corredor. Pero que no se iba a marchar, que quería estar con Jade cuando se despertara. Le prometió que cuidaría de ella y lo iba a cumplir.

xxx

La ausencia de Amy estaba durando más de lo esperado.  A pesar de ello, Luka no pretendía dar su brazo a torcer. Era culpa de ella por andar metiéndose donde no la llamaban. No iba a reconocer que la extrañaba, tampoco que luego de casi dos días de discusión, empezaba a sentir la necesidad de ver como estaba. Especialmente porque la última vez que pelearon… las consecuencias fueron desastrosas.

Los papeles que dejó antes de marcharse, echando chispas por los ojos, quedaron sobre el repostero. Luka no se animó a si quiera acercarse a ver que eran. Fue Noel quien, limpiando la cocina, los descubrió. Menos mal lo hizo, porque eran importantes.

Ahora que los revisaba con detenimiento y con las gafas puestas, extrañaba más a su amiga de la infancia.

No quiso decirle a Noel de qué se trataba todo ese montón de documentos que tenía delante. No estaba seguro de cómo explicarle un par de cosas. La primera era que, para emanciparse, necesitaba una serie de documentos, que por el momento no podían tramitar. Noel no tenía idea de sus orígenes. Carecía de un documento que siquiera fuera capaz de certificar que ese era su nombre real. Y precisamente en ese punto, era donde entraba el siguiente asunto que tenía con Amy.

Entre ambos decidieron contratar un detective privado con muy buena reputación y trayectoria. Noel no lo sabía, pero Luka estaba intentando develar el misterio de dónde provenía. No estaba seguro de cómo lo iba a tomar, así que no le iba a decir nada hasta que tuviera respuestas.

Hasta el momento, no había gran avance en la investigación. El detective advirtió que no sería sencillo y también le aseguró que, por experiencia, los resultados podrían no ser de su agrado. Así que ahora que revisaba el escueto informe, que le dejó el detective, el corazón le latía al borde de escapársele del pecho.

Tenía miedo a lo que pudiera descubrir. De repente Noel tenía una familia y apenas lo supiera correría a su lado. Siendo el egoísta que era, cocinaba la idea de ocultarle esa información, para conservarlo siempre consigo. Pero al momento siguiente de concebir esa idea, la desechaba odiándose a sí mismo.

Noel parecía no tener idea de nada. Sentado en el sofá, tenía un libro en el regazo y los ojos fijos en la televisión. Luka se quitó las gafas, frotándose los ojos para disipar sus pensamientos. Iba a tener cuidado con los papeles que dejaba tirados por ahí, no quería que alguien más los leyera.

Un sonido en la puerta, lo sacó de entre lo más profundo de sus cavilaciones. Esperó un momento y sí, alguien estaba tocando. ¿Quién podría ser? No esperaba a nadie. Noel se le quedó mirando pasmado y le indicó que se quedara sentado, que él abriría.

Luka fue a atender, rascándose el cuello todo el camino, pensando que no podía ser Amy porque esa es demasiado terca como para volver tan pronto. Estiró la mano para abrir la puerta, pero se detuvo de golpe. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Apretó los puños, mientras recordaba como respirar. Estaba en su departamento, en un lugar seguro, no había nada por que temer. El llamado a la puerta se repitió y escuchó un par de voces desconocidas al otro lado. No iba a abrir, Luka retrocedió un paso, sintiendo que empezaba a sudar frío.

Debió haberse abstraído, porque de pronto Noel estaba a su lado.

—¿Luka? —lo llamó al parecer curioso al ver que no abría la puerta.

No supo como contestarle a Noel. Sólo lo miró, esperando que quien estaba al otro lado de la puerta, se marchara pronto.

—¿Puedo abrirle? ¿Por favor?—insistió Noel y fue el turno de Luka de pasmarse.

Debió haberle dicho que sí de algún modo, porque Noel se adelantó y por fin estuvieron frente a frente con los recién llegados.

Todo pasó tan rápido que no tuvo tiempo de reaccionar. De pronto algo o alguien entró como una tromba y embistió a Noel, casi derribándolo. En el umbral de la puerta, un sujeto alto, robusto y bastante mayor, lo miraba serio. Luka no sabía quién era ese tipo, pero  al mocoso rubio que acababa de irrumpir en su departamento, sí lo recordaba.

—¡Te extrañé tanto! No sabes cuánto quería verte. Desde que saliste del hospital quería venir, pero no pude. Porque tú nunca me vas a ver, Noel. Siempre eres así conmigo.

El enano no paraba de hablar y ahora tenía a Noel arrinconado contra la pared de la cocina. Luka estuvo a punto de protestar, pero el sujeto de la puerta lo interrumpió saludando con un solemne, “buenas” e ingresó a su departamento.

Luka no estaba seguro en qué momento pasó de estar disfrutando de una tranquila velada a el caos que se acababa de desatar. Aparentemente el mocoso rubio sólo tenía dos tonos de voz: gritando y vociferando. Lo peor de todo es que tenía entre sus garras a Noel, quien se veía aún muy sorprendido para reaccionar ante todos los reclamos que el enano ese le estaba echando encima.

De pronto y sin esperarlo, el mocoso aquel dejó de ladrar y se dio la vuelta. Marchó derechito hacia él y se le plantó delante. Luka tuvo que resistir las ganas de pellizcarse, para asegurarse de que no estaba soñando.

—¡Por fin nos vemos las caras de nuevo!—fue el saludo del chiquillo de ojos ambarinos y el tono desafía de su voz, no pasó desapercibido para nadie—.Soy Patrick, Noel es mi hermano y vengo a verlo.

No, si sabía bien de quién se trataba. Luka estaba bien al tanto de las conversaciones que Noel entablaba con ese muchacho a diario. Estaba también informado de la relación que tenía con su pareja y que a veces Patrick podía ser bastante impredecible. Como ahora que parecía estar dispuesto a saltarle a la cara y morderlo.

Como respuesta, Luka le hizo un gesto con la cabeza. Todavía no acababa de reaccionar ante la sorpresiva visita de esos dos. Especialmente a aquel sujeto que nunca en su vida había visto.

—Lo siento Luka, no sabía que iban a venir…—se disculpó Noel aun reponiéndose del saludo que recibió de Patrick.

—Lamento venir sin antes avisar. No tenía como comunicarme contigo. —intervino el sujeto bigotón y le extendió una mano a Luka.—Mi nombre es Phil. Me estoy haciendo cargo de Patrick.

Luego del fuerte apretón, Luka estuvo seguro que no estaba alucinando. Intentó devolverle el saludo al tal Phil, pero el rostro desencajado de Noel, lo distrajo. Algo no andaba bien y tenía que averiguarlo.

Seguramente era culpa del mocoso escandaloso. Desde que llegó se dedicó a acosar a Noel y a perturbar la paz de su departamento.

—¡Oye, no pongas esa cara Noel! Phil no muerde. Además, vino en son de paz, ¿no Phil? Él me trajo, yo quería venir por mi cuenta, pero ya ves… Tenía que venir a verte hermano.

Por supuesto que Noel no dijo nada. Sólo se encogió en su lugar y hasta lo vio morderse los labios. Estaba asustado y no se tomaba la molestia de ocultarlo. Estuvo a punto de decir algo, pero el muchacho ese Patrick, envolvió a Noel en sus brazos, como un maldito pulpo.

—¿Por qué mejor no pasan y se sientan?—Fue lo único que se le ocurrió al dueño de casa. Necesitaba un momento para asimilar todo lo que estaba sucediendo y de paso llegar al fondo del asunto.

Patrick sonrió con todos los dientes afuera, aludiendo que era una gran idea y arrastró a Noel hacia el sofá. A Luka no le gustó nada ver esa escena, pero se replegó a la cocina en busca de algo de beber.

El tal Phil lo siguió y dejó una caja que traía consigo, sobre el repostero. Al parecer quería decirle algo a solas.  Luka sacó un par de refrescos del refrigerador y volteó a preguntarle al recién llegado que quería de tomar.

—Quisiera disculparme una vez más por venir skkin avisar—interrumpió Phil cruzando los brazos.—No podía dejar que Patrick viniera solo.

—Está bien, no importa.—replicó el dueño de casa resoplando pesado. No podía quitarle la vista de encima al enano ese.

—No sabía que planeaba venir. Apenas descubrí sus planes, decidí venir a acompañarlo. Incluso pensé en esperar en el auto a que el muchacho regrese de visitar, pero yo también tengo asuntos aquí.

De acuerdo, Phil tenía su atención. Luka regresó sus ojos disparejos a su interlocutor porque por el tono de su voz, era algo importante.

—¿Qué? ¿A qué te refieres? —y ya se estaba cansando de tanto misterio. Si había algo que decir, que lo hiciera de una vez. Porque notó que su presencia puso incómodo a Noel y necesitaba saber la razón.

—Veo que aquel muchacho está muy recuperado.—continuó Phil girando ligeramente a ver a Noel.

—¿De qué hablas? ¿De dónde conoces a Noel?

Fue Phil quien tomó un momento para responderle y Luka sentía que iba a morirse de la impaciencia. Acababa de abrir la caja que trajeron los no invitados y se cortó el dedo con el cartón. Ignoró la herida, pero no podía hacer lo mismo con la incertidumbre.

—Conozco al muchacho, lo he visto crecer en las calles de la mano del maldito de Devan. Lo que voy a contarte no me enorgullece, sino todo lo contrario.

Listo, Luka estaba a punto de ahogarse en su propia bilis. Adelantándose a los hechos, esperaba que ese sujeto le dijera que conocía a Noel porque fue uno de tantos degenerados que pasaron por su vida. Este sujeto no tenía vergüenza alguna. Había aparecido en su departamento con un muchacho menor que Noel y ahora venía a contarle sus fechorías.

No estaba de ánimos de lidiar con basura de ese calibre. Del cajón del repostero tomó un cuchillo con el cual pensaba cortar el pastel que trajo ese sujeto. Le iba a cortar algo que iba a extrañar y mucho.

Maldito degenerado de mierda.

—¿Y bien? ¿Qué es eso que me querías contar? ¡Habla de una vez!

Debió modular su voz antes de hablar. Acababa de alertar a Noel y al mocoso ese, quienes estaban en el sofá, aparentemente conversando entre ellos.  Los dos chicos se quedaron en silencio mirando hacia donde estaban los dos adultos. Luka se maldijo e intentó aparentar que nada sucedía, pero tenía un cuchillo en la mano y acababa de apuñalar el pastel con este.

Incluso intentó darles a los dos muchachos una sonrisa que les reafirmara que todo estaba bien, que no estaba tentado de clavarle el cuchillo al tipo ese en medio del pecho. Debió fallar terriblemente, porque por lo menos Noel, se veía más nervioso que antes. Tuvo deseos de ir en su búsqueda y abrazarlo un buen rato, sólo para sentirse menos ansioso. Pero tenía que actuar como el adulto que era y terminar con lo empezado.

—El motivo por el cual vine, —continuó el tal Phil —fue porque quería ver a ese muchacho. Lo conocí durante el peor periodo de mi vida. Cuando mi hijo Valentino, desapareció y nunca más lo volví a ver. No espero que me entiendas, ni tú, ni nadie. Actué cegado por el dolor de mi pérdida. Todo este tiempo, cada vez que veía a ese muchacho, el odio me invadía.

Luka cerró los ojos por un momento y cuando los abrió, los ojos oscuros de Phil lo miraban fijamente. Ya no sentía deseos de sentir escuchándolo. Sólo quería que se largara de una vez y de paso llevara al chico escandaloso consigo. Necesitaba quedarse a solas con Noel y abrazarlo con todas sus fuerzas. Pero no consiguió canalizar sus deseos y conseguir que su voz abandonara su garganta.

—Llegué a odiar a ese muchacho porque verlo me recordaba a mi hijo. No se lo merecía. De pronto un día, llegó Patrick a mi negocio. Cuando lo vi, fue como recuperar a mi Valentino. Entonces me enteré que Patrick decía ser hermano de ese muchacho al que tanto odiaba…

—Tiene un nombre, ¿sabes? Se llama Noel—. Luka casi escupió las palabras, porque se estaba llenando de rabia.

Phil en cambio se mantuvo en silencio. Parecía estar peleando consigo mismo.

—Le prometí al muchacho, a Noel, que cuidaría de Patrick como si fuera mi hijo.  Quería que supiera que cumplo con mi palabra. No puedo decírselo a la cara. Lo traté muy mal, no puedo ni mirarlo de frente.

La rabia sólo aumentaba con cada segundo que Phil balbuceaba, casi para sí mismo. Luka ya no quería saber nada más de ese asunto. Ese sujeto que tenía delante empezaba a enfermarlo. Sabía por lo que Noel pasaba y no sólo se hizo de la vista gorda. Según sus propias palabras, trató mal a Noel. Con razón al ver al no invitado, se puso tan nervioso.

—Entonces es mejor que te vayas. —Luka no tenía intenciones de ser amable con alguien que no conocía y que acababa de confesar que trató mal a su pareja.

No iba a tolerar, tenerlo bajo su techo.

Phil lo miró sorprendido, pero al instante siguiente asintió con un gesto de resignación.

—Tienes razón.—continuó Phil frunciendo los labios. —Una vez más, lamentó la molestia.

Luka lo vio reposar y girar sobre sus talones para marcharse. Le dio una mirada al chico rubio y a Noel quienes conversaban en el sofá.

—Estoy arrepentido por lo que hice. Espero alguna vez poder decírselo de frente al muchacho.

—¡Se llama Noel!—explotó Luka golpeando el repostero donde estaba apoyado.

No debió hacerlo. Toda la atención estaba sobre él de nuevo.

—Patrick, es hora de marcharnos. —anunció Phil con un hondo pesar en su voz.  Se dirigió a la entrada, sin mirar atrás.

—Pero… ¡No! ¡No y no! Acabamos de llegar Phil.

Los reclamos de Patrick no se dejaron esperar. El muchacho se levantó de un salto, en pie de guerra. Noel hizo lo mismo, pero se veía desconcertado.

En cambio Phil se mantenía inamovible en su posición. Luka se rascó la cabeza con fuerza mis tras observaba el caos que había creado.

—No es justo. ¡Nunca puedo ver a mi hermano! —Patrick subía el tono de su voz cada vez más y a Luka le estaba dando jaqueca.

—Tengo que devolver a Noel al albergue.—anunció Luka arrugando la cara en una mueca de fastidio.

No esperaba que el mocoso gritón se aplaque, pero valía la pena intentarlo.

—Patrick, vamos.—insistió Phil sin moverse de su sitio.—Tenemos que irnos.

Pero el mocoso rabioso se quedó en su sitio, mirando y dirigiendo toda su rabia en contra de Luka. Sospechaba, sin lugar a dudas, que tenía algo que ver con la decisión de Phil de marcharse.

—¡Ven conmigo Noel— gritó porque era lo único que sabía hacer bien, según Luka.

Pero no consiguió respuesta, así que volvió a la carga. Atrapó a Noel del brazo sano y le dio un buen jalón.

—No tienes porque ir a un albergue y menos quedarte con este viejo perverso. Ven conmigo, larguémonos de acá. Este lugar apesta.

Fue un momento de silencio el que siguió a la descarga de Patrick. Y nadie en esa habitación se movió.  Luka fue el primero en recuperarse de la sorpresa. De pronto y casi sin darse cuenta como, avanzó  por la pequeña cocinita, atravesó la sala y se detuvo cara a cara con el mocoso.

—Noel no va a ningún lado.—le dijo al chico de los ojos ambarinos y quizá debió pensar antes de actuar, porque no se contuvo.—mucho menos con él o contigo.

Luka apenas ladeó el rostro para señalar a Phil. Porque no se iba a mover de su sitio, decidido a bloquearles el paso con su cuerpo.

De pie frente a Patrick, la tensión no duró ni la extensión de un suspiro. El mocoso rabioso saltó encima suyo y de la sorpresa casi consigue derribarlo. Luka consiguió contener al muchacho que estaba intentando matarlo con sus propias manos.

Hubo una gresca breve, porque tanto Noel como Phil intervinieron para detenerlos.

Patrick lanzaba maldiciones de todo calibre, mientras Phil lo arrastraba hacia la puerta. Noel se dedicó a contener a Luka, quien estaba por olvidarse que era un mocoso contra el que se estaba midiendo.

—¡Te juro que te vas a arrepentir viejo asqueroso, hijo de puta!—fueron las últimas amenazas del chiquillo antes de partir.—¡Nunca te vas a quedar con Noel! ¡Jamás! ¡Noel es mi hermano y jamás voy a renunciar a él! ¡Que te quede claro puto cabrón!

Se contuvo, hizo uso de la paciencia que no tenía y el autocontrol que desconocía albergaba dentro de sí. Luka aún agitado abrazó a Noel con todas sus fuerzas.

Tenía ganas de gritarle que no quería ver a ese mocoso nunca más. Ni siquiera  a una milla de distancia. Que no quería ni que se le acercara, estuvo a punto de prohibirle a Noel que vuelva siquiera a hablarle por teléfono. Su intención era desterrar a ese enano miserable y escandaloso de la vida de ambos. Sí, eso era exactamente lo que necesitaba.

—Lo siento Luka, lo siento mucho.—se disculpaba Noel, completamente ansioso e igual de agitado.

—Olvídalo.—le respondió sujetándolo de los brazos.—Olvídalo Noel, no es nada.

Y hablaba en serio, solo que quizá Noel no estaba entendiendo lo que le quería decir.

—Pero, Pat… lo siento… de verdad…

—Te dije que lo olvides. Olvídate de él, Noel. No vale la pena. Ponte la chaqueta, es hora de irnos.

Fue lo último que le dijo, porque ofuscado como estaba, era muy capaz de desatar toda su rabia en ese mismo instante.

Noel lo miró con tristeza y quizá algo de terror. Quien sabe, Luka no tenía cabeza para pensar en ese momento.

Qué importaba si todavía era temprano para regresarlo al albergue. Que importaba que Noel notó su malestar, pero no se atrevía a decir nada. Que importaba si lo único que Luka quería en ese momento era estar solo y rabiar porque no podía tener a Noel sólo para él.

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