Capítulo 21

 

—Sé que estás despierto —le dijo Devan riendo bajo la gorra que traía puesta—. A mí no me puedes engañar. Te conozco demasiado bien

Tenía razón. Noel había recobrado la conciencia hacía un buen rato, pero no se había atrevido a moverse. Pudo sentir cómo el auto se estacionaba y Devan dejaba su asiento para ir en su búsqueda.  Ahora estaba su lado, ominoso como una aparición, observándolo como a un insecto bajo una lupa.

—Mira lo que me obligaste a hacerte —le dijo examinándole la mejilla magullada.

Noel le oyó chasquear la lengua, negando con la cabeza mientras apagaba el cigarro sobre el suelo, a medio centímetro de su rostro. El chico intentó apartarse, temiendo que el chulo intentara apagarlo sobre su rostro, pero tenía las manos atadas al asiento

—Allá afuera —continuó Devan señalando la puerta cerrada de la furgoneta— hay una cama cómoda. Si haces un sonido, te quedas aquí encerrado como un perro. ¿Entendiste?

Noel asintió apurado y Devan lo sacó a rastras de la furgoneta estacionada frente a la puerta de un motel de carretera. No tenía que amenazarlo más, con sólo darle una mirada al panorama, el cachorro supo que estaban en medio de la nada.

La habitación que les asignaron, tenía un par de lámparas en los veladores, cortinas pesadas y un par de sillas. Una vez entraron, Devan lanzó al muchacho contra el colchón. Noel se incorporó a prisa, para mantenerse atento a los movimientos del chulo.

Devan cerró la puerta por dentro. No contento con ello, tomó una de las sillas y con esta bloqueó la entrada. Cerró además las cortinas pesadas, no sin antes asegurarse que las ventanas tuvieran seguro.

—¿Ves esa puerta? —Devan le señaló la que daba al baño—. Si mueves un músculo, vas a dormir ahí.

Noel no necesitaba contestarle. El chulo sabía de antemano que no se atrevería a desobedecerle.  Devan masculló entre dientes y empezó a rebuscar dentro de la bolsa de lona que trajo del departamento.

—¡Mitch de mierda! ¡Puto cabrón! —Vertió el contenido sobre la cama y maldijo más fuerte—. Ese mierda se llevó una bolsa de cocaína.

Enfurecido, tomó su teléfono y empezó a gritar por el auricular.

—¡Traidor, hijo de puta! Te voy a encontrar y desearás no haber nacido.

Lanzó el móvil sobre la cama y cayó muy cerca de Noel. Devan tomó la silla que bloqueaba la puerta y la arrojó al suelo rabiando. Se encorvó y le dio de patadas. La iba a quebrar a ese ritmo. Luego se enderezó y giró hacia la cama como si nada hubiera pasado. Tomó el teléfono y esbozó sonrisa siniestra.

—¡Puto Mitch! Esa vaina es muy pura —exclamó riendo—. Ese huevón a esta hora debe estar muerto. Eso es lo que merecen los traidores.

El frío tono de su voz elevó el grado de terror en Noel. En ese momento Devan se fue contra él. Lo jaló de las piernas asiéndolo de los pantalones vaqueros, que tenían pocas horas de uso. Luego lo tomó de las solapas de la chaqueta gris que traía puesta y lo sacudió contra el colchón. Estaba furioso y se iba a desquitar con él, como era costumbre.  Tomó una llave del bolsillo y le liberó las manos de las esposas. Ambos sabían que Noel no iba a intentar nada, menos aún pensar en ir a algún lado.

—¡Quítate eso! —le ordenó Devan.

Lo que le aterró no fue la idea de quedarse desnudo, sino que le iba a quitar lo único que le quedaba de Luka. Noel apretó los puños de la chaqueta y se incorporó torpemente. Las quemaduras de sus pies aún no sanaban y el cuerpo entero le dolía. Devan miraba de cerca cómo, sentado sobre la cama, se iba quitando prenda por prenda. La chaqueta primero, luego la camiseta azul, los zapatos, los pantalones vaqueros, la ropa interior, los calcetines.

Devan tomó toda la ropa y la metió en una bolsa de basura y la abandonó a un lado de la cama. Noel se puso de pie, porque sabía lo que le esperaba y era mejor estar preparado.

—No me he olvidado que trataste de escapar de mí —exclamó acercándose peligrosamente—. Voy a tener que recordarte tu lugar. Como cuando recién nos conocimos. ¿Ya no te acuerdas?

No, esas memorias eran esquivas. Intentaba recordar algo de antes de haber llegado a las manos de Devan, pero lo único que conseguía era provocarse jaquecas.

Instintivamente se refugió en un rincón. Devan no tardó en acorralarlo.

—Gritabas como una perra cuando te encerraba, siempre le has tenido miedo a la oscuridad —Devan lo sacudía con ira—. ¡Si no fuera por mí, te habrías muerto de hambre en la calle! ¡Nunca lo olvides!

Noel negó asustado, pero sin dejar de mirarlo fijamente. Si bajaba la mirada no iba a poder medir sus movimientos y no podía darse ese lujo. Balbuceó una respuesta que se perdió en el aire.

—Después de todo lo que hago por ti, te atreves a intentar engañarme. —Devan estaba fuera de sí, lo sabía bien por la violencia con la que lo estrellaba contra la pared sin que pudiera defenderse—. ¡Lo sé todo! Sé bien lo que hay entre ese riquillo hijo de puta y tú.

— Sólo es mi cliente, no tenemos nada. —gritó Noel desesperado.

Le dolía todo el cuerpo, pero el hecho de pronunciar esas palabras lo lastimó aún más.

—¡El mejor sexo del mundo! —gritó Devan lanzándolo sobre la cama y cayéndole a golpes—. ¡Ese cabrón de mierda no sabe con quién se está metiendo!

Sí, Noel recordaba bien el mensaje que Luka le había dejado en la casilla de voz. Aunque no entendía la razón de su molestia. Para Devan, el fotógrafo era otro cliente más de los tantos que había tenido.

—¡Creíste que no me iba a enterar, cabrón!

¿Por qué se enojaba tanto? ¿Acaso no lo obligaba a decirle todo lo que hacían los clientes con él? Era parte de lo que llamaba “entrenamiento”. Devan siempre quería escucharlo de su boca. Noel siempre había pensado que lo hacía para humillarlo más, porque le gustaba verlo sufrir recordando todo lo que hacía con esos desconocidos.

Noel le repetía, entre balbuceos ahogados, que Luka solo era un cliente. Pero Devan podía ver a través de sus mentiras. Dejó de abofetearlo, tomó su teléfono móvil y se lo acercó al rostro magullado.

Vio en la pantalla a un chico elegantemente vestido al lado de un sujeto alto y rubio. Por un instante no los identificó, pero luego se dio cuenta que eran Luka y él en la Galería.

¿Cómo la había conseguido? Sus ojos se detuvieron en el mensaje que acompañaba la fotografía: «Dame lo que es mío, es tu última oportunidad.» Sintió un escalofrío recorrerle la espalda al ver el nombre de Tin Man.

¿A qué se refería Tin Man con esas palabras?

En medio del pánico que sentía, recordó que esa noche le había parecido ver a Tin Man entre la multitud.  En ese momento pensó que había sido su imaginación. Ahora se daba cuenta que había sido real, que sí había estado allí, acechando entre los invitados. Solo imaginarse que el albino estuvo a pocos pasos de él y de Luka lo hizo estremecer. Sabía de lo que Tin Man era capaz.

Noel se recuperó de la impresión y esquivó una bofetada.

—¡Creíste que me ibas a ver la cara! —le gritaba Devan—. ¿Qué carajo hacías ahí con ese riquillo cabrón? ¿Ah? ¡Te voy a enseñar tu lugar, puto de mierda!

Devan, encolerizado como estaba, se quitó la camiseta y la lanzó con rabia a un lado de la cama.

—¡Me perteneces, eres mi propiedad! —le gritó al rostro—. ¡No de ese cabrón de Tin Man o ese riquillo hijo de puta! ¡Eres mío, de nadie más!

Tales palabras lo hicieron retorcerse como poseído, intentando zafarse de las manos enormes que lo apretaban contra la cama.

—¡Quieto, carajo! —bramó Devan.

El tono de su voz hizo que Noel desistiera y se quedó inmóvil como un cadáver.

—Eres mío —susurró Devan con ese tono íntimo que había aprendido a odiar—. Con el trabajo que me costó entrenarte, ese puto hojalata no me va a quitar lo que es mío.

Ahora la actitud de Devan cobraba sentido. Casi entendía la razón por la que habían abandonado el departamento con tanta prisa, dejándolo todo atrás. Ese era el motivo por el que estaban en ese hotel de carretera. Las palabras de Devan confirmaban lo que tanto temía: Tin Man estaba tras ellos.

Otra ola de terror se sumó a la anterior. Devan se soltó el botón de los pantalones y al escuchar el ruido de la bragueta, Noel cerró los ojos con fuerza. Sintió cómo Devan se acomodaba entre sus piernas, sujetándolo de los muslos. Echó la cabeza a un lado, intentando encontrar un recuerdo alegre para esconderse dentro de él.

—¡Mierda!

La voz de Devan lo devolvió a la realidad, mientras otra fila de maldiciones se dejó escuchar. Noel se incorporó apenas para ver que sucedía.

—¡Carajo! —gritó Devan fuera de sí, mientras se levantaba de la cama—. ¡Esto es culpa tuya!

Vio que Devan se bajaba los pantalones y los arrojaba al suelo dejando en evidencia lo fláccido de su miembro. Ahora estaba más enojado que antes.

Noel no perdió tiempo y rodó sobre el colchón, lejos de su alcance. A pesar de que sabía que no tenía a donde huir.

—¡Vuelve acá, mierda!

La persecución no duró nada. Noel terminó de bruces contra el colchón ahogando un grito y Devan montándosele encima.

—¡Esta es la última vez que tratas de escapar! —le recriminó apretándole la cabeza contra la cama.

—¡Lo siento, lo siento! —exclamó Noel asustado.

—¡Cierra el hocico! —le ordenó Devan.

Lo sujetó de la cadera y le dio un sonoro golpe sobre la espalda. Noel gimió de miedo. Lo sintió moverse a sus espaldas, masajeando su propio miembro para penetrarlo. No conseguía una erección. Lo escuchó gruñir furioso. Le iba a dar una paliza, eso sin lugar a dudas.

Hizo lo que tenía que hacer. Estiró una mano para masturbar el miembro blando de Devan. Le pasó los dedos al glande y consiguió rodearlo entero con la palma. Devan lanzó un gemido, pero no dejó de presionar su cabeza contra el colchón.

La posición en la que se encontraba era incomoda, pero no dejó de masturbarlo.

Un sonido fuera de la habitación hizo que Devan saltara de la cama. Vio que tomaba un cuchillo de entre su pantalón en el suelo y se acercaba a la ventana. Le hizo una señal de que guardara silencio, mientras que espiaba tras la cortina, para luego abrir la puerta con sigilo. Al parecer no vio nada sospechoso y volvió a bloquear la puerta de entrada con la silla. Para ese momento, la erección de Devan había vuelto a desaparecer.

Le dio una rápida mirada para asegurarse de que el mocoso no se movía de su sitio. Para eso lo había entrado como a un perro. Para que obedeciera a su amo.

Tin Man quería arrebatárselo. No se lo iba a permitir. Antes mataba al cachorro que verlo en sus manos. Como odiaba a ese imbécil. Mira que amenazarlo con quitárselo, reclamándolo como suyo. Se podía ir a la mierda.

No había aceptado el dinero que le había ofrecido por el muchacho. No había cantidad suficiente que valiera la satisfacción de verle la cara de rabia al hojalata por no tener lo que quería.  En ese sentido eran igual de posesivos. No le iba a entregar al cachorro porque odiaba tanto a Tin Man que amaba verlo rechinar los dientes de ira.

—Primero te mato —le dijo al mocoso, expresando en voz alta sus pensamientos.

Colocó ambas manos en su garganta y pudo ver la desesperación de esos ojos azules que tanto le gustaban. Tenía que tener cuidado. La última vez estuvo a punto de perderlo. Tuvo suerte y consiguió regresarlo a la vida. No podía repetir errores anteriores. Había invertido demasiado tiempo en entrenarlo como para desperdiciar todo ese esfuerzo.

—Debí hacerlo hace mucho, cuando aún podía —murmuró Devan para sí mismo.

Su erección regresaba. Los ojos del chiquillo brillaban invadidos por las lágrimas. Adoraba verlo llorar de ese modo. No de tristeza, sino de miedo. Esos sonidos que emitía, el modo en que se sacudía, lo excitaban hasta lo indecible. Sentía el orgasmo cercano.

Montado encima del chico, empezó a frotarse sobre el vientre hundido, humedeciéndole la piel al contacto con su miembro. Vio cómo el cachorro entrecerraba los ojos, gimiendo adolorido. Pesaba demasiado como para que ese cuerpo de alambre lo resistiera.  Así que se incorporó, anclando las rodillas sobre el colchón, sin dejar de sujetarle la garganta.

El mocoso levantó las manos como si intentara defenderse, pero no lo hizo. En cambio, pudo sentir sus dedos acariciándole el rostro. Lo tomó por sorpresa. No esperaba semejante reacción. Aflojó ligeramente la presión sobre el cuello del chiquillo y lo escuchó balbucear.

—Dev… an, por favor. —Fue una súplica acompañada de dos gruesas lágrimas.

Gruñó sin liberar su garganta y las gotas calientes que acababan de abandonar esos ojos azules se estrellaron contra sus propias manos.

—¡Mierda! —masculló Devan y no se pudo contener.  Se corrió sobre el vientre del cachorro, mientras lo escuchaba sollozar débilmente.

Fue solo un par de segundos, pero fue intenso. Tanto que cayó al lado del chiquillo, quien se retorcía sobre la cama intentando recobrar oxígeno para sus pulmones.

Muy complacido con el orgasmo, alcanzó a ver cómo el cachorro recuperaba el color en el rostro. Lloraba en silencio, así que le dio unas palmadas en la cabeza para calmarlo. Lo último que quería era tenerlo lloriqueando en la cama, mientras se acomodaba para dormir y reponer fuerzas.

Sudoroso y exhausto, solo quería recostarse de una vez, pero primero lo primero. Devan se puso de pie y tomó las esposas que había dejado a un lado de la cama.  No podía confiar en el cachorro. Había tratado de escapar, lo haría de nuevo.

—Ya deja de chillar o te daré un motivo para hacerlo —le dijo con voz ronca, mientras lo ataba al poste de la cama.

Como siempre, el cachorro obedeció. Se quedó muy quieto y en silencio.  Necesitaba un descanso, dormir un rato, el viaje había sido largo. Apagó la luz de la lámpara a su lado. Ya estaba amaneciendo, de todos modos.

***

Noel se encontró a sí mismo sentado en el suelo del baño. Estaba cansado y hambriento, nada a lo que no estuviera más que acostumbrado. Devan lo había dejado encerrado y con las manos atadas a la tubería del lavamanos. Había salido y no sabía a qué hora regresaría.

No tenía idea de la hora que era. Frente a él, la pequeña ventana que daba a la libertad permanecía cerrada. Apenas entraba luz y la verdad era que sí, le tenía mucho miedo a la oscuridad. Cuando Devan lo encerraba en el armario del departamento pasaban días enteros en los que no veía la luz del día. No servía de nada patalear ni llorar, porque sólo conseguía enojarlo más. En esas ocasiones, escuchar los pasos de Jade lo reconfortaban. Solía lloriquear cuando lo escuchaba acercarse. Si Jade estaba de buen humor, se quedaba un ratito al otro lado de la puerta del closet y ponía su palma contra la superficie de madera.  Algunas veces susurraba algo que no conseguía entender, pero era un paliativo para su soledad.

No dejaba de pensar en Jade. No sabía qué había hecho Devan con ella y no se atrevía a preguntarle. Nunca había pensado que le fuera a hacer tanta falta su compañía. No la iba a volver a ver, casi tenía esa certeza. No quería ni pensar en ello, porque a ese paso no iba a volver a ver ni a Pat ni a Luka.

Patrick llegó a su vida cuando él ya se había rendido. Apareció un buen día para quedarse y le dio una razón para seguir existiendo. Le tomó cariño al instante. Cada mañana se levantaba de la cama pensando en cómo haría para escabullirse y verlo. Necesitaba escuchar su voz animada, contagiarse de su alegría.

Algo que siempre le llamaba la atención era la capacidad que tenía Pat para sonreír. Podían estar ambos muertos de hambre y de frío, pero Pat lo tomaba como un chiste. Le decía que iba a atrapar una pareja de gatos para que tuvieran gatitos. En esa oportunidad pensó que iba a criarlos para comerlos y Pat le respondió riendo que no. Los iba a entrenar para que robaran comida de las casas y se la trajeran a ambos.

Era esa risa lo que más extrañaba de su hermano.  La idea de Pat de que eran familia era bastante descabellada, pero el rubio siempre aseguraba que podía probarlo. Noel solía pensar en ello. Si es que compartían la misma mamá. ¿Y si ella se hubiera quedado con él y hubiera abandonado a Pat?

No, Pat no.

La sola idea de imaginarse al rubio en su situación le revolvió las entrañas.

Afuera empezó a llover. Podía escuchar el sonido de las gotas golpeando la ventana. En ese momento recordó que a Pat no le molestaba la lluvia.

 

—Es un poco de lluvia, bobo. No nos vamos a encoger por un poco de lluvia —le decía Pat mientras se escurrían dentro de la carcasa de la furgoneta abandonada—. Además, te hace falta un baño.

—No me gusta estar mojado —le respondió Noel esa vez.

—Lo que pasa es que no te gusta el agua fría —exclamó Pat riendo—. Oye, tienes que mandar una carta al cielo y pedir que entibien el agua de la lluvia. ¿Te imaginas?

—Cámbiate la ropa, no te quedes todo mojado —le dijo Noel, recogiendo las piernas y abrazándose a sí mismo dentro del pequeño refugio que les proveía la carcasa.

—Acabas de sonar igualito que nuestra mamá —exclamó Pat sonriendo—. Sólo te faltó decirme que, si me enfermaba, me iban a poner una inyección y esas duelen mucho.

Otra vez se echó a reír, mientras se desvestía y se le atoraba la cabeza en la prenda que intentaba quitarse. Pat se echó a reír hasta terminar rodando por el suelo de la furgoneta, envuelto en carcajadas.

—Qué pena que no la conociste, Noel —dijo por fin, luego de recobrar el aliento—. Algún día te llevaré a que veas donde está enterrada.

 

 

Patrick, Luka, Jade. No los iba a volver a ver mientras siguiera encerrado en ese lugar. Necesitaba averiguar dónde estaban. Sólo sabía que era un hotel de carretera del cual no conocía el nombre. No tenía ni idea de qué tan lejos de la ciudad se encontraban; si seguían en Nueva York o fuera del estado.

Una jaqueca empezaba, acompañada de dolores en el cuerpo. Vestido apenas con una camiseta que Devan le había dado para ponerse y acurrucado sobre el suelo, tuvo un ataque de tos que le hizo perder el aliento.

Intentaría dormir un poco mientras Devan regresaba. Pero tenía miedo de soñar con Luka. Solamente verlo en sueños le provocaba una tristeza enorme.

«Dos semanas» le dijo. Luego de un puñado de días lejos el uno del otro, se volverían a ver. La realidad dolía mucho más que todo el malestar que tenía en su cabeza y garganta. Nada se comparaba con el vacío que sentía en el pecho.

Sus labios llamaron a Luka casi espontáneamente. Empezó a pelear contra sus ataduras. Era inútil que tirara de las esposas, no podía liberarse. Sólo conseguía hacerse daño.

Se detuvo al escuchar la puerta abrirse y supo que Devan acababa de regresar de quién sabe dónde. Vociferaba en el teléfono maldiciones de todo calibre y podía oírlo desplazarse por la habitación como animal enjaulado.

—¡Ya sé que necesito papeles falsos, imbécil! El idiota de Müller se va a encargar de conseguirnos eso. Tú solo dile a tu gente que nos hagan cruzar. Dos adultos.

La puerta se abrió y el recién llegado apareció en el umbral.

—¡No, cabrón! Estoy esperando que la mula de mierda me haga el trámite. Tú te encargas del cruce al otro lado. Ya sé que puedo cruzar por este lado, no seas cagón. ¡Pues no! Quiero cruzar por Maine porque se me da la puta gana. Tú encárgate de tener todo listo.

Noel se quedó muy quieto, intentando desparecer dentro de la pared blanca del baño y escondiéndose bajo el lavamanos.

—¡Inútil de mierda! —masculló Devan pasando a su lado.

Orinó maldiciendo al aire, luego giró sobre sus talones y se subió la bragueta. Noel contuvo a duras penas un ataque de tos y Devan se acuclilló a su lado para liberarlo. Fue tanto su afán de escapar de su lado, que Noel se puso de pie en seguida y demasiado rápido. Sintió un fuerte mareo.  Para ese momento, la jaqueca era insoportable y los calambres en el cuerpo no se quedaban atrás.

Devan le dio un empujón para conducirlo hacia la habitación y en el camino empezó a toser sin control.  Noel perdió el aliento y tuvo que sujetarse contra una pared para mantenerse en pie.

—¿Qué carajo tienes? —le preguntó Devan, haciéndolo girar para observarlo bien.

Al parecer era más que obvio que estaba enfermo.

—No me siento bien — Noel consiguió responder entre espasmos de tos—. Me duele mucho la cabeza.

Tenía la voz rasposa y apenas podía mantener los ojos abiertos. Sentía la garganta en llamas y una picazón violenta le hacía toser tanto que seguro se le iban a descolgar los pulmones. Sin embargo, la reacción de Devan era algo que no esperaba. Le estrelló la enorme palma en la frente con un sonido sordo.

—Fiebre —sentenció—. ¡Carajo, no tenemos tiempo para esto! ¡Métete a la cama, rápido! ¿Qué me estas mirando?

No tuvo que repetirlo. Noel saltó sobre la cama y se escurrió a toda prisa bajo las sabanas y cobertores. Estaba muerto de frío, a pesar de que sentía la cara caliente y no por el rudo tratamiento de Devan.

No, Devan no estaba contento con la novedad. Nada que modificara sus planes le agradaba. Se quedó mirando al cachorro masculló un par de groserías. Jade siempre se enfermaba de fiebre y sólo cuando los clientes se quejaban al respecto, Devan les daba a ambos muchachos un par de pastillas. Uno para que le bajara la fiebre y al otro para que no le diera nada. Eso era lo que decía.

Acurrucado en la cama, intentando calentarse un poco, Noel alcanzó a ver como el adulto rebuscaba furioso en el interior de la bolsa de gimnasia que llevaba como equipaje.

—¡Mierda! —exclamó y eso le indicó que Devan no encontró lo que buscaba.

Noel cerró los ojos y se escondió dentro de los cobertores. Desde su refugio, escuchó a Devan cruzar la puerta otra vez. No le importaba a donde fuera. Necesitaba dormir un rato en la cama, no en el suelo, abrigarse un poco y dejar de sentirse tan mal.

Trató de conciliar el sueño, porque la fiebre y la tos lo consumían. De pronto, el sonido de una vibración lo sacó del inicio de sus ensueños. Noel se incorporó despacio y pudo ver que Devan había dejado su teléfono sobre la mesa.

Al darse cuenta, saltó de la cama con tanta prisa que casi se fue de bruces al suelo. Se abalanzó contra el celular olvidado y dejó que vibrara un par de veces más hasta que se cortó la llamada.

Noel no perdió tiempo, tenía un número en la mente y sus dedos los marcaron, tropezando sobre las teclas de plástico.

¿Qué le diría a Luka? No sabía dónde estaba y si podría escapar. El teléfono estaba sonando y su corazón palpitaba a mil por hora. Le había dicho dos semanas, pero no iba a poder cumplirlo.

El teléfono seguía sonando. Noel gimió angustiado y ahogó un ataque de tos. Sus labios llamaban al fotógrafo en silencio. Nada, no contestaba.

—¡Ey! ¿Qué tal?

Era la voz de Luka. Su corazón dio un vuelco y sonrió nervioso.

—¿Adivina qué? Estás en mi casilla de voz. Ya sabes qué hacer.

Un timbre agudo sonó a continuación. A Noel se le borró la sonrisa y un vacío se le formó en el estómago. No pudo decir nada y la llamada terminó.

A prisa marcó de nuevo, manteniéndose atento a la puerta, porque Devan podía volver en cualquier momento. El teléfono sonaba y sonaba. Seguro Luka estaba ocupado, por eso no contestaba.

Las voces en su mente empezaron a tejer teorías, pero las ignoró todas. Si es que terminaba en la casilla de voz otra vez, necesitaba pensar en el mensaje que le dejaría.  Lo siento Luka, estoy en algún lugar que no conozco, no sé cuándo voy a regresar. O si lo voy a hacer. Solo quiero que sepas que siento que te…

Los pasos de Devan lo sacaron de sus pensamientos apresurados. Entró en pánico y casi soltó el teléfono. De prisa, lo dejó sobre la mesa y saltó sobre la cama.

—Tiene gripe. Mañana cuando le pase la fiebre nos vamos —decía Devan mientras abría la puerta.

—Ojalá su hijo se mejore pronto—respondió una voz de mujer—. Tiene que comer algo con esa medicina. La gripe está dando mucho. Es por este clima tan feo. No para de nevar y parece que no va acabar el invierno nunca.

Devan la dejó hablando sola.

—Vieja de mierda —masculló acercándose a la cama.

Noel se asomó de dentro de su fortaleza de cobijas, porque no era una buena idea perderlo de vista. Devan tenía una botella con agua en una mano y una de cerveza en la otra.

—¿Qué carajo estás esperando? ¿Quieres que te la dé en la boca? —vociferó.

Noel abandonó su refugio y Devan se sentó a su lado. Lo sujetó de un brazo y lo hizo ponerse de pie.

—Come algo primero. —Le señaló un Hot Pocket que yacía sobre la mesa, al lado de su teléfono.

El muchacho no perdió tiempo ni esperó que le repitiera la orden. Tomó a prisa el enrollado y se fue a comer de pie a un lado de la habitación.

Solo los animales de granja comen de pie.

La voz de Luka resonó en su mente y lo hizo sonreír. Mordió un bocado y encontró la comida tibia. Jamón con queso, era su sabor favorito. A Jade le gustaba de pepperoni. Los conseguía del tendero al que le daba toda clase de servicios. Jade lo hacía para no morirse de hambre.

Jade siempre pedía los de pepperoni y le guardaba la mitad. Una vez trajo a casa uno de jamón con queso y se lo dio casi entero. Sabe horrible, le dijo aquella vez y apenas le había dado una pequeña mordida. Come tú, que estás más flaco que yo.

No se dio cuenta hasta después que Jade le guardaba su porción, porque él llevaba más días sin comer. Nunca se lo había agradecido. Ahora era tarde para arrepentirse, no iba a ver a Jade de nuevo.

—¿Por qué mierda no contestas?

La voz de Devan lo hizo saltar sobre su sitio. Pronto se dio cuenta de que estaba hablando por teléfono.

—¿Dónde está el cabrón de Müller?

Al parecer seguía sin ponerse en contacto con su compinche. Müller siempre seguía a Devan a todos lados, Eran mejores amigos o algo así. Dudaba que Devan fuera capaz de sentir afecto por nadie, pero quizá Müller era la única persona por la que se preocupaba. El hecho que no le respondiera los mensajes significaba que algo había sucedido.

—¡No me importa si está en coma y a punto de que lo desconecten al mierda ese! ¡Quiero que me conteste el puto teléfono!

Seguía vociferando y alguien le respondía al otro lado de la línea. Noel apenas podía escuchar el sonido de la otra voz, pero no entendía qué era lo que decía.

—¿Cuándo sale del hospital? ¡Qué me llame apenas salga! —No esperó una respuesta y cortó la llamada.

Noel aún no terminaba de comer, pero se le acababa de ir el apetito por el modo en que Devan lo miraba. Temperamental como era, ahora estaba hirviendo de rabia.

—Ven aquí. —Devan le hizo una señal con la cabeza para que se sentara a su lado.

—Devan, me siento muy mal. —Noel escondió su protesta en un susurro y dejó el pedazo de comida restante a un lado. No iba a poder terminarlo.

Acudió de prisa al llamado de Devan. Así había sido toda su vida y sabía las consecuencias de resistirse. Noel se sentó a su lado, muerto de frío, con los ojos entreabiertos por culpa del dolor de cabeza y la fiebre. Tosió para probar su punto y que lo dejara en paz, pero Devan lo tomó del brazo y acercó hacia sí.

—¡Abre el hocico! —ordenó.

Le puso una pastilla sobre el arete de la lengua y aplastó la botella de agua contra sus labios. Lo obligó a tomarla y luego esperó que abriera bien la boca para mostrarle que la había pasado.

—Regresa a la cama. Mañana nos largamos de aquí, así tengas fiebre o te estés muriendo, cabrón.

Noel no esperó que lo repitiera, regresó a esconderse bajo los cobertores mientras Devan terminaba su cerveza.

—Eso que tienes en la lengua, quiero te lo saques. —Devan se levantó de la cama—. No te quiero ver con eso puesto.

Lo escuchó recorrer la habitación y detenerse en la ventana. Quizá pensar en Tin Man lo ponía nervioso, porque se puso a espiar a través de la cortina y después aseguró la puerta con la silla. Una vez estuvo contento con las medidas de seguridad tomadas, regresó sobre sus pasos.

—Todo va a cambiar de ahora en adelante. —Las palabras de Devan sonaron a una orden—. ¿Me estás oyendo?

—Sí, Devan.

—Thomas, ese es mi nuevo nombre —exclamó señalándose a sí mismo—. Tú eres Brian, de ahora en adelante ese es tu nombre. Trata de recordarlo.

Devan, ahora Thomas, se acomodó a su lado en la cama. Sabía que el cachorro iba a obedecer ciegamente. No tenía otra opción.

Noel suspiró para disimular el ataque de tos que sentía venir y se escurrió dentro de los cobertores. Alcanzó a ver cómo Devan se estiraba para tomar el control remoto de sobre la mesa de noche. Encendió el televisor y se puso a cambiar los canales; al parecer quería ver el pronóstico del tiempo.

Dijo de que partirían al día siguiente, nunca le decía a dónde.

—Brian. —Escuchó que lo llamaba con cierto tono melancólico en su voz.

Cierto, ese era ahora su nuevo nombre y ya empezaba a odiarlo. No quería un nuevo nombre. Noel se incorporó despacio y obediente y aún adormilado por las medicinas, notó que la expresión de Devan era distinta. Miraba al vacío, parecía perdido en sus pensamientos.

Pasaron unos minutos eternos en los que el televisor proveía el único sonido en la habitación. Noel no supo qué hacer. Si regresar a la calidez de sus cobijas o quedarse fuera de ellas. Estaba muy cansado por la fiebre, la gripe, las medicinas, el dolor de garganta, el viaje a quien sabe dónde. El televisor le dio la respuesta y el corazón le dio un vuelco: estaban en Vermont.

—Todo va a ser diferente de ahora en adelante, Brian —dijo Devan mientras lo tomaba en sus brazos.

Devan solía viajar con el viejo Roger a atender sus negocios a VermontTenía muchos contactos allí. Movían mucha droga y la llevaban hacia los demás estados y Canadá. Müller hablaba de ello todo el tiempo, de las rutas que tenían para cruzar sin problemas. De cómo pasaban drogas y gente de un lado de la frontera al otro.

Tenía que encontrar el modo de escapar de su lado mientras pudiera. Devan lo tenía bien sujeto entre sus brazos. El olor a sudor, cerveza y tabaco que desprendía le provocaban náuseas. Tuvo que aguantarse y fingir que dormía. Cerró los ojos, porque las manos de Devan se escurrían bajo la camiseta que llevaba puesta y le susurraba al oído.

—Vamos a empezar de nuevo, Brian, y todo va a ser diferente.

Noel se mordió los labios y reprimió las ganas de gritarle que era un mentiroso. Nada iba a cambiar. Le podía dar un nuevo nombre, hablar de una nueva vida, pero sabía que sería el mismo infierno.

***

—¿Alo? —Amy tomó el teléfono que Luka había dejado sobre la mesa de trabajo—. ¡Alo! ¿Quién habla?

No hubo respuesta y se cortó la llamada. Bufó fastidiada. No tenía tiempo que perder. Estaban en medio de una sesión de fotos en el Parque Nacional Redwood y estaba tomando ya demasiado tiempo.

—¿Devan?

Esa era el nombre correspondiente al número de la llamada. Extrañada por tal descubrimiento, Amy se puso a revisar la lista de contactos de Luka.

Todos los números de su lista de contactos estaban separados por categorías: Familia, amigos, apestosos. El tal Devan pertenecía a la última.

—Luka, tiene cada cosa —murmuró regresando a la pantalla principal del teléfono.

Amy suspiró hondo al ver la foto que tenía Luka en la pantalla de inicio. Fue la que les había tomado Moni cuando cenaron juntos la noche de la inauguración de la Galería. En esa imagen, Luka y el chiquillo ese posaban mejilla con mejilla, todos acaramelados.

—Éste está mal cabeza —murmuró mirando fijamente la foto de Luka que le sonreía desde la pantalla—. Como si no lo conociera bien.

Luka estaba oficialmente encaprichado. Ya habían hablado al respecto. Ella le insistió que lo mejor era que dejara de ver al chico. Noel no le traería más que problemas, de eso estaba más que segura. Podía apostar lo que fuera a que iba a suceder como ella lo pronosticaba. Primero el muchachito ese se iba a meter a la cama de Luka y luego lo iba a tener comiendo de su mano.

El chico vendía su cuerpo en la calle. ¡Por Dios! Luka pensó que la conmovería con esa revelación, pero se había equivocado. Historias tristes hay por montones en la ciudad de Nueva York. Así que ese muchachito no era el único que tenía una vida dura. El tal Noel le había contado un cuento trágico y Luka se lo había creído toditito. ¡Ay, por favor! Además, había montones de trabajos decentes para desempeñar.

Es que a veces Luka era tan ingenuo.

Su querido amigo de la infancia podía tener veintisiete años cronológicos, pero era bastante inmaduro para su edad. Tenía que reconocer que ella era en parte responsable, por sobreprotegerlo.

Luka estaba cegado por la calentura. Casi podía ver el escándalo que se iba a armar y sería la delicia de los diarios amarillistas. El célebre Luka Thompson, el mujeriego y soltero más codiciado, andaba babeando por un prostituto con cara de yo no fui.

Algo como eso terminaría con su carrera y sería su hecatombe social. No iba a permitir que sucediera. Si era necesario, tomaría medidas drásticas para evitarlo.

Luka no le estaba dejando otra opción. Tomó su propio teléfono y buscó entre la lista de sus contactos. Estaba decidida a usar la artillería pesada. Debatió un momento antes de marcar el número, sopesando si llamar a la madre de Luka o a su hermana. Felicia seguramente tomaría el primer avión y aparecería con su madre, si la ponía al tanto.

Resopló rendida. Quizá no era buena idea alertarlas. Además, estaba cansada por las horas que ya llevaban sin poder dar por terminada la sesión de fotos. Luka no encontraba la posición adecuada para enfocar a la modelo. Nada más le faltaba colgarse de cabeza de la rama de uno de esos árboles gigantescos.

Bueno, por lo menos no hacía tanto calor y la sombra mantenía una temperatura deliciosa. Podía ser peor. Por ejemplo, Luka podía tener una rabieta y todo se iría a la m…

—¡No! ¡El ángulo de la luz es incorrecto! ¡No puedo trabajar así!

Ahí iba de nuevo. Luka vociferando en medio del set que habían armado, en medio de aquel bosque maravilloso. Todo le molestaba a Luka la Diva, que si se caía una hoja, que si escuchaba a un pájaro, que la luz esto, que la sombra aquello. La realidad era que no se podía concentrar. Una toma que usualmente le tomaba unos minutos le estaba costando horas. La pobre modelo estaba extenuada y, en cuestión de segundos, Luka iba a empezar una pataleta épica.

En efecto, acababa de dejar la cámara a un lado e iba al encuentro de la pobre muchacha. La modelo perdió la posición y la expresión de indiferencia con la que miraba a la cámara. Ahora se veía asustada, porque el ogro de Luka Thompson iba derechito a regañarla por no hacer bien su trabajo.

Tendría que intervenir. No iba a permitir que Luka descargara su enojo con la pobre chica.

—Luka, espera.

Intentó detenerlo, pero fue demasiado tarde. Ya estaba cara a cara con la modelo, quien lo miraba pasmada.

—Te ves incomoda en esos zapatos —dijo Luka, con la mirada fija en la muchacha.

Ella intentó balbucear una disculpa, pero los ojos disparejos de Luka estaban haciendo su trabajo, aterrorizando a su más reciente víctima. Luka había dejado los lentes de contacto en el hotel y ahora andaba por ahí con su cara de perro siberiano. Él odiaba ese apodo, por eso Amy le decía perruño.

—Con ese peinado parece que se te van a despegar las orejas de lo tirante de tu cabello —continuó.

La modelo se rindió. Ya no intentaba darle una disculpa, como había hecho un momento atrás.

—¿Me equivoco? —insistió el Perruño—. Quítate los zapatos, suéltate el pelo, desvístete si quieres. Quiero que estés cómoda y quiero que sonrías. ¿Puedes hacer eso por mí?

Amy estuvo a punto de caer al suelo de la impresión. ¿Ese era Luka Thompson? ¿El mismo al que conocía desde la infancia? ¿El más sádico, perfeccionista y crítico despiadado del trabajo ajeno?

A la modelo le tomó unos segundos asimilar la información. Tal y como el resto de los presentes, no tenía idea de qué estaba sucediendo. Finalmente, lanzó un gritito de felicidad y empezó por soltarse el cabello rojizo.

Incluso Luka la dejó sujetarse de su hombro mientras se quitaba los zapatos de taco. La tuvo que sujetar de la cintura para que no se cayera mientras hacía equilibrio en una pierna. Ella rió como niña. Apenas pisó tierra firme, su rostro cobró un brillo que hacía rato no tenía.

Luka se alejó y tomó su cámara para apuntar a la jovencita, ya aliviada de no estar subida en esos zancos. Frente a la cámara, la modelo empezó a bailotear y cualquiera habría pensado que era una ninfa de los bosques que había perdido la razón.

El resto de los presentes se mantenía en un silencio pasmado. Poco a poco, empezaron a reaccionar.

—Vamos, que tenemos una sesión de fotos que terminar —exclamó Amy mientras azuzaba al resto del equipo.

Al parecer, todos recobraron las energías para seguir trabajando. Luka, en especial, no paraba de disparar. Dirigía a la muchacha, quien hacía una labor estupenda actuando natural, con los pies sucios de tierra, el cabello desordenado y un rubor de manzana en las mejillas.

Luka se detuvo luego de unos diez minutos sólidos de trabajo. Estaba tan sucio como la modelo, por arrodillarse y seguirla en el trance frenético que parecía poseerla. Sudoroso, dejó su cámara sobre la mesa de trabajo y dio por terminada la sesión.

—Perruño —se le escapó a Amy—. ¿Qué fue todo eso? Es la primera vez que te veo trabajar así…

—¿Así cómo? —le respondió Luka sacudiéndose los pantalones, que traía llenos de tierra y hierbas.

—¿Ahora eres bipolar, Luka? Hace un ratito estabas hecho una fiera porque no podías conseguir la toma que querías. De pronto te dio la locura y mira esto.

Señaló a la modelo, quien aún bailoteaba entre los árboles, perseguida por el equipo de producción.

—Eres muy aburrida, Amy. Tienes que aprender a divertirte de vez en cuando. No sé como Moni te aguanta.

—¿Qué mosca te picó? En serio, amigo, me preocupas. Voy a tener que llevarte al psiquiatra, al psicólogo, a un médico brujo, lo que encuentre primero. De pronto estabas furibundo y al segundo siguiente… No me estoy quejando, es que esos cambios de ánimos me preocupan. No es normal en ti actuar de ese modo.

—¿Sigues hablando? —le respondió llevándose una botella de agua a la boca.

—Luka, amigo, hablo en serio.

—Me acordé de algo y me sentí animado. Dos semanas. Le prometí que lo vería en dos semanas —murmuró, mientras se ponía unos audífonos en las orejas.

—Otra vez con lo mismo, Luka. Ya hemos hablado al respecto —insistió Amy en tono cansino.

There ain´t no cure for love…*

Fue la respuesta que obtuvo. Decidió dejar a Luka en paz.

***

Noel iba mirando por la ventana, atento a los letreros que aparecían en el camino. Devan lo había dejado ocupar el asiento del copiloto luego de amenazarlo lo suficiente como para que no se atreviera a intentar escapar de nuevo.  Le ofreció algo de libertad y lo vistió con ropa de segunda mano. Hasta le puso una gorra de béisbol similar a la que él usaba y que no abrigaba nada.

Ahora se llamaba Brian.

Según sus cálculos, habían pasado una semana vagando errantes por el estado de Vermont. Müller seguía sin contestar el teléfono, Devan cada vez perdía más los estribos y a él se le acababa el tiempo.

El plan trazado por Devan era cruzar por el estado fronterizo de Maine. Tenía los contactos hechos y solo necesitaban identificaciones falsas. En ese campo, Müller era un experto.

La radio tocaba música country e iban viajando en silencio Cambiaban de motel cada dos días para que nadie pudiera encontrarlos. En eso Devan era muy enfático. Se detuvieron en una estación de gasolina, a un lado de la carretera. Esa era una oportunidad excelente para escapar, si no hubiera tenido las manos atadas a la base del asiento.

—Tengo que orinar —anunció Noel, tentando su suerte.

—Fuiste antes de salir —le recriminó Devan y se bajó del auto.

—Pero tengo que ir —insistió levantando la voz.

—¡Carajo! —Masculló Devan—. ¡Te aguantas, puto! Más allá paro para que puedas mear. ¡Acá hay mucha gente!

Era exactamente lo que buscaba. Con todos esos autos aparcados tomando gasolina, quizá pudiera escabullirse entre la gente. Noel le dio una mirada al espejo retrovisor. Una camioneta gris acababa de estacionarse detrás. A su lado, una familia entera. Afuera, un par de personas caminaban con vasos descartables en la mano.

Devan estaba poniendo gasolina. Lo escuchó refunfuñar. Demasiada gente, decía. Tenía que entrar a la estación de servicio a pagar por el combustible.

Si conseguía levantar sus manos atadas lo suficiente como para que el sujeto del auto de al lado lo viera. Al parecer, sus intenciones fueron fácilmente adivinadas por Devan. Lo vio poner la manguera en su sitio y abrir la puerta para ingresar al auto.

—Si intentas algo, cualquier cosa, te mato aquí mismo.

—Sólo quiero orinar —respondió sacando valor de quien sabe dónde.

Los pasajeros del auto del costado lo miraban. Eran dos niñas que hacía un rato estaban atentas en la ventana. Devan se agachó para liberarlo y le mostró el cuchillo que tenía preparado para cumplir su amenaza.

—Ya sabes, puto de mierda.

Noel asintió en silencio. Pensó en escapar mientras Devan rodeaba la camioneta, pero no lo hizo. Las niñas estaban mirando. Les sonrió a través de la ventana y ellas le devolvieron el gesto.

Tenía todas las intenciones de emprender la fuga, pero Devan lo tomó del brazo y lo llevó consigo a la estación de servicio. Había una fila para pagar y lo escuchó maldecir de nuevo.

Esa era su oportunidad. Podía intentar soltarse, correr entre las islas de productos y desaparecer en la carretera. No tenía idea de hacia dónde ir, pero saltar entre el tráfico sonaba mejor a permanecer un minuto más al lado de Devan.

Escuchó a Devan maldiciendo de nuevo, porque tenían que pedirle la llave del baño al dependiente de la estación. La puerta de entrada se abrió detrás de ellos y pudo ver que las dos niñas del auto contiguo entraban pegadas a las piernas de su papá. El trío de recién llegados se detuvo en la fila justo tras de ellos.

El papá de las niñas les dijo que podían ir a escoger una golosina y volver pronto a su lado. Ambas salieron corriendo en la misma dirección y regresaron a su posición anterior, riendo entre ellas.

Noel se mordió los labios y apretó las mangas de su chaqueta. Su plan de escape tendría que esperar.

Lo peor de todo era que Devan estaba aún más incómodo por las voces de las niñas. Lo escuchó gruñir en voz alta y le apretó el brazo con más fuerza.

—Brian, tráete cerveza —le ordenó—. Dos cajas.

Noel, ahora llamado Brian, fue a cumplir la orden de inmediato.

Sabía que lo estaba vigilando, casi podía sentir los ojos de Devan clavarse en su espalda. Los refrigeradores estaban empotrados en las paredes al fondo de la tienda. A unos pocos pasos del congelador donde estaba la cerveza se encontraba una puerta de apariencia inocente.

Noel cerró la puerta del congelador y no lo pensó dos veces. Corrió hacia la salida, a tan solo unos pasos. Al intentar abrirla, la encontró asegurada con llave. A Devan no se le pasó ese intento de fuga y llegó a toda prisa a interceptarlo.

—¡Pensé que era un baño! —exclamó Noel, intentando defenderse cubriéndose con las manos—. De verdad, te lo juro.

Sus palabras cayeron en saco roto. Devan lo golpeó en la cara, en frente de todos los presentes.

En la tienda se escuchó la voz de las niñas gritar asustadas y las de los demás espectadores, asombrados e indignados. Noel se repuso del golpe y se limpió el labio con la manga. Tenía algo de sangre. No era gran cosa, pensó.

—Mierda —murmuró Devan al darse cuenta de la situación en la que estaban. Optó por la retirada.

—¡Ey! —Uno de los presentes intentó bloquear su huida—. ¿A dónde vas con ese chico?

—Está sangrando —dijo una mujer.

—Ese tipo le pegó al chico. —Otra voz se unió a las anteriores.

—¡Oye! ¡Suelta al chico! —El padre de las niñas avanzó con ellas pegadas a sus piernas—. ¡Se ve que no lo tratas bien! ¡Déjalo ir!

—¡Es mi hijo, ustedes no se metan! —vociferó Devan, intentando avanzar entre la gente.

—¿Es eso cierto? ¿Es tu papá? —le preguntó el sujeto que venía con las niñas.

Ellas se veían aterradas y Noel sintió pena al verlas. Podía decirles que no y que Devan lo estaba llevando a quién sabe dónde en contra de su voluntad, pero sintió la punzada del cuchillo sobre sus costillas. Así que solo asintió, sintiendo una mezcla de rabia y miedo.

—Es mi hijo, maldita sea. ¡Métanse en sus asuntos!

Casi llegaban a la puerta principal. El tendero les gritó que tenía que pagar por la gasolina. Devan metió la mano en el bolsillo para sacar un billete y lo lanzó al suelo.

—¡Ay, no! Ese pobre muchacho, se lo va a llevar ese tipo. —La voz de una mujer.

—¡Suelta a ese muchacho! No te lo vas a llevar —insistió el padre de las niñas.

—Ese chico está asustado. ¡Alguien haga algo! —Otra voz femenina se unió a las demás.

—Di la verdad. ¿Es tu padre o no? —La voz de un desconocido.

Las niñas lo miraban asustadas, aún a los lados de su papá. Devan, por su parte, se negaba a dejarlo ir y hundía la punta del cuchillo dentro de la carne. Si decía la verdad, todo acabaría. Iba a morir allí mismo y no volvería a ver a Luka.

—¡Es mi hijo y hago lo que me da la gana con él! —insistió Devan—. ¡Quítense, cabrones!

—No, eso no está bien. ¡Suelta a ese chico! —El papá de las pequeñas avanzó hacia ambos.

Intentó separarlo de Noel, pero Devan sacó el cuchillo y se le fue encima.

A continuación, se desató el caos. Las niñas lloraban espantadas, los demás presentes se apartaron al ver el arma blanca y la sangre brotaba. El tendero anunció a viva voz que llamaría a la policía.

El padre de las niñas estaba herido, tumbado en el suelo. Se arrastraba. Devan acababa de apuñalarlo, pero no consiguió herirlo más que en el brazo. Erró el golpe en el vientre porque Noel se interpuso.

La cantidad de sangre sobre el suelo fue lo que armó el escándalo. Devan retrocedió como una fiera, preparándose para acabar con lo empezado. Furioso como estaba, iba a apuñalar al hombre y a las niñas sin importarle las consecuencias.

No podía permitirlo, no a esas pobres niñas. Noel se interpuso al ver a Devan arremeter contra ellas.

—¡Tenemos que irnos, Devan! —gritó para hacerse escuchar en medio de la vorágine de voces, aferrándose del brazo que sostenía el cuchillo mojado de sangre.

Pero Devan estaba fuera de sí y lo derribó de un empujón. Gruñendo intentó lanzarse sobre las niñas, pero Noel lo sujetó de las piernas.

El sonido de las sirenas se dejó oír a lo lejos y Devan reaccionó por fin. En medio del griterío, tomó a Noel de la ropa y lo arrastró al auto.

Esa era su oportunidad de escapar, soltarse como pudiera y correr hacia la libertad.

—¡Si intentas huir, entro y los mato a todos! —le gritó Devan, mientras lo llevaba arrastrando—. ¡Empiezo por las putas mocosas!

Noel no tuvo que responder. Tropezando llegó a la furgoneta y Devan arrancó el auto a toda prisa.

Pasaron varios minutos de camino, los cuales transcurrieron entre resbalones y rechinar de llantas sobre la carretera aún congelada.

Noel iba alerta, escuchaba a Devan gruñir como un jabalí. Dejaron de oír las sirenas, se detuvieron a un lado de la carretera solitaria y Noel supo que el final había llegado.

Devan se lanzó del auto y no le dio tiempo de ir muy lejos. Noel apenas se bajaba cuando fue alcanzado por las manos enormes, que lo atraparon de las solapas de su chaqueta y lo estrellaron contra el auto un par de veces.

El cuchillo con que había herido al sujeto en la estación de gasolina estaba aún manchado de sangre seca. Lo colocó sobre su garganta y lo presionó ligeramente.

—Debería matarte aquí mismo, como a un animal.

Noel contuvo la respiración. No servía rogarle o suplicar por su vida. Cerró los ojos esperando la punzada sobre su carne. La vida escurrírsele del cuerpo.

—Pero no puedo. Debí matarte como al resto de putas que me dan problemas —añadió Devan—. Con mis propias manos.

Noel quiso gritarle todo lo que guardaba dentro. Hazlo, le diría. Ya no quería seguir viviendo en esa situación. Toda su vida con él era una pesadilla sin final. No iba a cambiar nada si seguía en sus manos.

—El cabrón de Tin Man me ofreció buen dinero por ti. Más de lo que vales.

Los ojos de Devan cobraron ese brillo cruel que tanto le asustaba. Si era cierto lo que decía, entonces tenía razón de estar asustado.

Tin Man era de temer. Incluso Devan se mantenía fuera de su camino. No le llevaba la contraria porque habría consecuencias. Eso le oyó decir una vez al psicópata de su amo.

—No hagas que me arrepienta —la voz de Devan no dejaba lugar a dudas— porque te voy a hacer trabajar cada centavo de la cantidad que me iba a dar el cagón de Tin Man, puto.

Estaba hablando en serio.

***

—¿Qué tienes, Luka? Estás distraído, irritable, más insoportable que nunca. ¿Te sientes mal?

—No es nada. Déjame en paz, Amy. Necesito un descanso, eso es todo.

Tenía una copa de vino en la mano y un cigarro en la otra. Tumbado en el sofá de la suite de uno de los mejores hoteles de la costa este, tenía que reconocer que estaba agotado.

—Lo sé, ha sido una semana intensa. ¡Ay, Luka! San Francisco nunca nos decepciona. De no tener negocios que atender en Nueva York, me vengo a vivir aquí con Moni.

Luka le dio una calada al cigarrillo. La ciudad de Nueva York volvía a su mente. Las calles bulliciosas, los comercios, las luces brillantes, los rascacielos y, en medio de la noche, Noel apoyado contra una pared llena de grafiti. Tal y como lo recordaba: mirando al vacío, tratando de calentarse las manos con su propio aliento.

En esa oportunidad Noel estaba tan abstraído que pudo acercarse lo suficiente y tomarle todas las fotos que quiso. El muchacho nunca notó su presencia. Claro, estando escondido dentro de un taxi aparcado a un lado de la acera, nadie se percató de su lente. Solo el taxista se mostró curioso acerca de su interés por la fauna nocturna.

Fueron varias noches en las salía de safari, acechando a esas criaturas de la noche con especial interés en una sola.

Fue así como se le hizo costumbre perseguirlo con el lente de la cámara. A veces lo veía recorrer toda la cuadra; otras, escabullirse en un callejón aledaño. Ese era su escondite o algo parecido.

Claro, no podía olvidar aquella vez lo siguió a pie. Luka se tuvo que bajar del taxi al ver que Noel abandonaba el redil y que con sigilo se encontraba con un chiquillo rubio a unas cuadras de distancia. Ahora que lo recordaba, quizá ese era el hermano menor que había mencionado. ¿Cómo dijo que se llamaba? ¡Ah! Siempre era tan malo para los nombres.

—¿Luka, me estás oyendo? — Amy levantó la voz y lo sacó de sus cavilaciones.

—Pues claro, no tengo otro remedio. Hace rato te dije que te fueras y sigues aquí.

—Como te iba diciendo, estoy tan exhausta como tú —continuó Amy sonando ligeramente resentida—. La última sesión de fotos fue bastante larga, pero no te puedes quejar, perruño, el clima es espléndido. Mientras en Nueva York están limpiando la nieve de las aceras, nosotros estamos aquí, disfrutando una temperatura decente.

—Si tú lo dices…

—¿Y qué me puedes decir de la locación que escogí? Yo les dije que tenía que ser en el Exploratorium y sus jardines. Cuando me case con Moni, quiero que la ceremonia sea en ese lugar. ¡Ey! Otra vez te quedaste como en la luna…

—Se me están pegando las malas costumbres del saco de huesos —quiso bromear, pero una punzada de tristeza le dio en medio del pecho.

Tenía que reconocerlo, no estaba del mejor humor. Desde que subió al avión que los llevó a la costa contraria de donde se encontraba Noel, no tenía descanso.  No podía concentrarse en su trabajo, perdió el apetito y el sueño. Para mal de males, ahora tenía a Amy intentando averiguar lo que le sucedía. Ella iba a sacarlo de sus casillas en pocos segundos e iban a terminar peleando.

Escuchó a Amy suspirar y cruzar las piernas, todo al ritmo con que empinaba su copa de vino. Parecía fastidiada y sabía que estaba rumiando su enojo. La conocía bien; odiaba sentirse ignorada.

Ella parecía perdida en el panorama que se asomaba por la ventana. No podía culparla; la habitación del hotel tenía una vista espectacular. Las montañas en el horizonte y una alfombra de árboles bajo el cielo que ya empezaba a pintarse de noche. La mejor parte era la brisa fresca que traía el perfume del campo.

Había tanto por ver allá afuera, tanto mundo que recorrer. Y él solo pensaba en Noel, en cuanto deseaba que el saco de huesos estuviera a su lado en ese momento. Lo imaginaba sentado sobre sus piernas, con los ojos perdidos en el paisaje, contemplando los colores de la tarde en metamorfosis hacia la noche que se abría tras la ventana.

Sí, Luka fantaseaba con subirlo al avión y luego, sin escalas, llevarlo a su cama. Imaginaba que traía a Noel a ese cuarto de hotel y le iba quitando la ropa, mientras lo tenía observando la naturaleza. Primero la camisa, deteniéndose sobre la curva de sus hombros, repartiendo besos hacia su cuello. Luego pasaría las manos por su pecho mientras que la ropa se deslizaba hacia el suelo. Escuchaba en su mente la risa de Noel mientras repartía cosquillas sobre su vientre.

Sus manos irían trabajando el botón del pantalón. Despegándolo de sobre su piel como si fuese la de una fruta y la carne jugosa quedara bajo la tela.

—No creas que me engañas, Luka. Sigues pensando en ese chico. —Amy descruzó las piernas y dejó la copa sobre la mesa de centro—. Debo reconocer que me sorprendió verlo a tu lado en la mesa cuando tomamos desayuno con Moni.

—Amy…

—Ya habíamos hablado al respecto, me contaste que lo sacaste de la calle y de qué trabaja. Además, quedamos que…

—No, no quedamos en nada. —Luka aplastó el cigarro contra el cenicero, quemándose los dedos.

—¡Quedamos en que te ibas a dejar de tonterías! ¡Ya está bien de tanto capricho! Ya quítate a ese chico de la cabeza. Es menor de edad y trabaja en la calle y… ¿Te has dado cuenta de lo peligroso que es para tu carrera que alguien se entere?

—¿Amy, puedes callarte? Gracias.

—¡No! ¡Ahora me vas a escuchar! Ese chico es una amenaza para tu carrera —gritó poniéndose de pie y apuntándolo con un dedo—. ¡No voy a dejar que arruines tu vida, tu carrera! ¡Todo lo que has logrado por encapricharte con un mocoso de la calle!

Amy estaba furiosa.

—Se llama Noel, Noel Foster.

—¡Como sea! Está contigo por tu dinero, porque le pagas por tener sexo contigo. ¡No puedo creer que lo dije! Estás teniendo sexo con él, ¿no? Dime que no, porque sería un problema muy serio.

—¡Claro que no he tenido sexo con él! Tiene diecisiete, no me he acostado con él.

—¡Me alegro! No tienes idea si está enfermo, si se droga. Por lo flaco que está, no me sorprendería que sea adicto a la heroína.

—Deja de decir disparates, Amy.  Está así de flaco porque su chulo no le da de comer. Encima lo trata muy mal. Si lo vieras, ese gorila, es de mi tamaño o más. —La rabia empezaba a bullir de solo recordar al tal Devan—. Ese maldito trata a Noel como si fuera una cosa.

—Mira, Luka, ¿qué quieres que te diga? ¿Pobrecito? Ese chico no es tu problema. Esa es la vida que él ha elegido. Eso es lo que le gusta hacer. Esos chicos se meten en eso por la droga.

Luka se quedó anonadado por la cantidad industrial de disparates que brotaban de la boca de su amiga de la infancia. ¿Cómo podía decir eso?

—¿Cómo se te ocurre que esa clase de vida es la que busca? ¿No me estás oyendo? El gorila ese lo trata como si fuese un trozo de carne que se ofrece en la calle. No es que él quiera esa vida, es que no tiene otra opción.

No, él mismo acababa de escucharse. Tuvo que esperar a que Amy lo dijera para darse cuenta de lo idiota que había sido todo ese tiempo. ¿Cómo no se había dado cuenta? El chulo ese abusaba de Noel en sus narices. Todas las veces que lo tuvo a su lado podía verle las marcas en la piel y los huesos saliéndosele de lo flaco que estaba.

Un temblor violento lo invadió y saltó de la silla. Al darse cuenta de lo ciego que había sido todo ese tiempo le entraron ganas de lanzar cosas al suelo, gritar de rabia, golpear las paredes. Para empeorar las cosas, Amy no se detenía, seguía vertiendo ponzoña a raudales.

—¿Quieres ayudarlo, Luka? Llama a servicios sociales. Pero ya vas a ver que va a seguir en lo mismo, en la calle, con o sin chulo. ¿No me quieres creer? Pues es cierto, por eso no es bueno involucrarse en asuntos ajenos.

—No sabes lo que dices. —Luka se llevó ambas manos a las sienes.

Caminaba por la habitación como animal enjaulado y gruñía como uno. ¿Cómo Amy podía hablar de Noel de ese modo? Ella no tenía idea de nada. Ese chico no estaba buscando esa vida. Si regresaba donde el gorila de Devan era porque no tenía otra opción. Pero en algo tenía razón. Tenía que ayudarlo. Sacarlo de ahí lo antes posible.

¿Qué podía hacer? ¿Llamar a la policía? ¿Servicios sociales? Buscarle un albergue donde lo tuvieran hasta que cumpliera la mayoría de edad. ¿Y luego qué?

Sonrió para sus adentros y se auto respondió a esa interrogante. Luego se queda conmigo. 

Amy siguió parloteando acerca de cómo era el mundo allá afuera y el nulo conocimiento que Luka tenía al respecto. Así que la dejó hablando sola y tomó su teléfono móvil. Salió a la terraza para tener un poco de privacidad que no iba a durar mucho. Iba a atorar la casilla de mensajes del chulo. Iba a sacar a Noel de ese mundo, de las manos del cobarde de Devan. Eso iba a hacer.

El teléfono sonó y sonó hasta que lo envió a la casilla de voz. Maldijo en silencio y marcó de nuevo. A la tercera timbrada alguien contestó en silencio.

—¿Devan? ¡Sé que estás ahí, hijo de perra!  —gritó fuera de sí—. Escúchame bien…

No pudo continuar. Los sonidos al otro lado de la línea lo dejaron sin palabras. Gemidos, para ser exacto, de un timbre de voz que reconocería hasta en el infierno.

A Luka le rechinaron los dientes de rabia. La voz de Noel sonaba fuerte y claro a través del auricular. Sus gemidos no eran de placer. Los jadeos, en cambio, provenían de una voz grave, la misma que dejó oír una risa sarcástica antes de cortar la llamada.

Sintió que le faltaba el aire y una presión en el pecho que alivió gritando de ira.

—¿Luka? ¿Qué tienes? —vociferó Amy corriendo hacia él—. Estás pálido, ¿qué pasó?

No podía responder con la boca llena de bilis. Amy trataba de revisarlo, pensando que estaba herido. El dolor que estaba sintiendo no era físico, pero no por eso lastimaba menos.

Tomó una decisión. Luka Thompson nunca se rendía. Nunca.  Siempre obtenía lo que quería

—¡Me regreso a Nueva York! —le respondió a Amy finalmente—. ¡Esta misma noche!

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6 thoughts on “Capítulo 21

  1. no importa que ya tenga que dormir por que mañana trabajo, no podía dejar pasar un día mas sin leer el capitulo!!! no hay problema que ya no publiques en wattpad para los que seguimos tu historia no hay inconvenientes, estaré esperando con ansias que pasen las dos semanas para otro capitulo 😥

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  2. Luka al rescate, coño! Ya era hora, pero por Dios, que venga antes de que sea tarde, porque al paso que va, el infeliz de Devan y su maní de “si no es conmigo, es con NADIE” va a terminar haciendo desastres como el de la gasolinera.

    “todo sera diferente”, si, y mi polla como una olla, colega!

    En fin, adelante con todos los motores, mi mosha! Que nada te detenga con tu novela!

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  3. Ooooooh!!!! Give me more!!!! Me encanta! Empecé a leer hace apenas dos días y no pude parar, no tengo mucho tiempo así que me quedaba hasta las 3-4 leyendote! Felicitaciones, me he encariñado con algunod personajes, así como he repudiado a otros. Espero con ansias el próximo capitulo.

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  4. Demonios…No puede ser cierto. Necesito más de esta novela, no he podio dejar de leerla, me he leído todo en unos dos días, y que..¡Ahg! No puedo esperar hasta que esté terminaba. No, espera. Que no termine nunca, esto es genial, hace mucho no leía algo tan.. Atrapante e interesante. Eres súper en esto, espero con ansias más de esto, estaré revisando a cada rato por una buena actualización. Otra cosa, leí todo en slasheaven, pero ahí no tengo cuenta y no puedo comentar, igual, estaré atenta en ambos lados.
    Saludos.

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