Capítulo 19

 

Luka buscó a tientas la manija de la puerta. Noel iba envuelto sobre su cuerpo y, a pesar de que le llevaba diez años, lo besaba con la urgencia de un adolescente.

Aun siendo tan mayor, tenía la sensación de que el chico le llevaba mucha ventaja en el arte de la seducción. Noel sabía cómo moverse, cómo besarlo y hacerle perder la cabeza. Mientras se sujetaba con las piernas alrededor de su cintura, el chico se iba frotando contra su cuerpo, gimiendo tan suavemente que hacía que la ropa le ajustara al punto de querer arrancársela.

Tenía que aceptar que Noel lo había tomado por sorpresa. Apenas bajaron del auto, se le trepó encima y no tuvo valor para ponerlo en el suelo. Tuvo que recorrer el garaje y subir al elevador con un adolescente enroscado a su cuerpo.

Ahora tenía problemas para abrir la puerta, porque no conseguía calzar la llave. Cuando por fin lo logró, ingresó a prisa y no se detuvo hasta dejarlo caer sobre el sofá.

Noel era tan liviano; aún estaba demasiado delgado. A pesar de que no le sentía los huesos tan pronunciados como la primera vez que lo tuvo en sus manos, seguía por debajo del peso normal de un chico de su edad. Ahí estaba ahora, en el sillón donde empezó todo, panza arriba, con esos pantalones negros ajustados que recordaba bien. Si no fuera porque la camiseta le quedaba algo grande, tendría todo el vientre descubierto. La idea de verle la piel desnuda le calentó la cabeza aún más.

Luka rio para sus adentros y se retiró a prisa la chaqueta de piel marrón. Definitivamente, se sentía como un jovenzuelo intentado tener sexo en el sofá de la casa de sus padres. La sensación de lo prohibido todavía se cernía en su mente. Pero por más vueltas que le diera, no podía acostarse con Noel. Por más ganas que tuviera, por más que lo deseara. No era lo correcto.

Cuando lo vio al lado del chulo sintió tanta rabia. ¿Por eso tenía que pasar cada noche? ¿Que lo entregara a cualquiera que quisiera pagar por él como si fuera una cosa?

¿Qué dices, Luka? Tú estás haciendo lo mismo. Le diste dinero al proxeneta, a ese que lo trata peor que a un perro. Cuando acabe la noche, va a tener que regresar con él, con ese sujeto. A esa vida, a seguir acostándose con quién sabe cuántos más.

La sola idea le puso la sangre a hervir.

Tú eres el único idiota que le paga para tenerlo tumbado sobre el sofá y no hacer nada con él.

Sí, podría tomarlo ahí mismo, hacer lo que le diera la gana con él y ser como todo el resto. Noel lo miraba extrañado, podía leer su expresión preocupada. Seguro ahora pensaba que había hecho algo malo y se iba a encoger como una oruga.

—¿Lu-ka?

—¿No-el? —le respondió al chiquillo.

Luka se sentó a su lado para tranquilizar al asustadizo mocoso. Noel parecía estar reuniendo valor para decirle algo e intentó balbucear algo. Parecía un pez dorado, por el modo en que movía la boca. Le dio mucha risa, pero se contuvo. Necesitaba esos labios y los recuperó con prisa.

Como era de esperarse, Noel no se resistió ante sus avances. Luka debió bajar la guardia, porque de pronto, tenía al chico sentado sobre sus muslos, escurriendo los dedos bajo su camisa y deslizándose sobre sus pezones.

No podía descuidarse con Noel. A ese paso iban a terminar en la cama en menos de lo que canta un gallo.

—Espera, vamos a tomar un baño primero. —Con el dolor de su corazón y de su erección encerrada en el pantalón, se sacó al muchacho de encima.

Noel se incorporó despacio y pudo ver cómo apretaba los labios al ponerse de pie.

—¿Qué tienes? ¿Te duele algo? —le tuvo que preguntar.

—No, solo un poco, mis pies… No es nada.

No le iba a mentir a Luka. Bastaba con disfrazar la realidad.  El dolor en sus pobres pies quemados era soportable mientras no los apoyara. Noel se felicitó a sí mismo cuando se le ocurrió la maravillosa idea de encaramarse en el fotógrafo para no tener que caminar. Bueno, cuando se bañaran juntos se iba a dar cuenta, ¿no? Lo había disfrutado tanto que sentía el cuerpo caliente y con ganas de más.

—¿Qué tienes en los pies? Déjame ver…

—No es nada —insistió, pero Luka no le hizo caso.

No le creyó ni una palabra. De pronto, lo levantó sobre su hombro y se lo llevó por el pasillo hacia el cuarto de baño. Noel dejó que lo sentara en el estante del lavadero y tuvo que detenerlo. Intentó besar a Luka, pero este se resistió empujándole de los hombros. Le tomó las manos para que se estuviera quieto y le dio una mirada severa.

Noel entró en pánico. Tenía que evitar que le viera la piel quemada. No quería darle asco. Cuando sintió que el fotógrafo le arrancaba los botines, cerró los ojos. No traía calcetines, sus pies quedaron expuestos y él, muerto de vergüenza. Pasaron unos segundos y no hubo reacción de parte de Luka.

Seguro se estaba muriendo del asco. Noel se mordió el labio con fuerza y se forzó a abrir los ojos. Lo que vio en Luka no fue una expresión de repulsión, sino de rabia incontenible. Tenía el rostro enrojecido y hasta le rechinaban los dientes. Vio que tenía los puños tensos y respiraba pesado.

—¿Por qué no me dijiste? ¿Por qué carajo no me dijiste? ¿Qué pasa contigo, mocoso?

¿Quería una respuesta? No, lo decía de puro enojo. Los ojos de Luka brillaban de ira.

—¿Qué pasa contigo, maldita sea? ¿Por qué no me dijiste que tienes eso? —Luka vociferaba y agitaba las manos—. Hubiera parado en un hospital para que te atendieran.

¡Uy! Está furioso.
¿Sabes qué va a pasar ahora? ¿No?
Lo hiciste enojar. Te va a pegar.

—¡Esa maldita manía que tienes de quedarte callado!

Tenías que arruinarlo todo.

—¡Quiero que me respondas! ¿Por qué carajo no me dices nada?

Anda, dile.
A nadie le importa lo que te pase, puta.
Sólo te usan para follar.
Para lo único que sirves.

—¡Te me quedas mirando y no dices nada! Te estaba doliendo y te quedas callado. ¡Respóndeme, Noel!

—Losientolosientolosiento…

Nada ganas con decir que lo sientes.

Sintió que las manos de Luka lo sujetaban de los hombros y lo sacudían con cierta fuerza.

Rápido, ponte de rodillas y dale una mamada.
No, mejor ponle el culo. Como la puta que eres.
Eres una puta, no lo olvides. 
Su puta, él pagó por adelantado.

—¡Noel, mírame! —Luka le sujetó el rostro—. ¿Me estás oyendo? Mírame.

No se había dado cuenta, pero estaba temblando. Sentía un miedo tremendo y consiguió soltarse de las manos del fotógrafo. No sabía cómo responder a sus preguntas. El terror de que lo devolviera a la calle nublaba su capacidad de pensamiento. Luka era su mayor preocupación. Si él no estaba contento, no tenía sentido seguir existiendo.

De prisa se escurrió en el suelo del baño. De rodillas le buscó la bragueta con una mano y con la otra, la pretina de los pantalones vaqueros.

Hazlo de una vez. Puta. 

Luka le tomó las manos antes de que pudiera soltar el botón y se acuclilló a su lado. El modo en que lo miró fue algo que nunca antes había experimentado en su vida.

—No hagas esto —le dijo Luka tomándolo en sus brazos. Lo miraba fijamente y con una tristeza desbordante—. Ven aquí, no apoyes los pies. Te deben estar doliendo mucho.

Noel abandonó el suelo. Sus pies dejaron de lastimarlo y se dejó llevar por la sensación que le provocaba estar en los brazos del fotógrafo. Lo cargaba como si fuese un niño pequeño. Salieron del baño y fueron a la recámara.

Luka lo depositó sobre la cama, cómodamente apoyado en la cabecera y con las piernas estiradas. Se sentó a sus pies y lo tomó de las manos.

—De ahora en adelante, quiero que me digas si te duele algo, si tienes hambre, si tienes frío. —Hizo una pausa y resopló con fuerza—. Noel, no sé nada de ti. Por lo que estás pasando, por lo que has pasado.

¿Estaba hablando en serio? ¿De verdad quería saber?

—Ni siquiera sé cuál es tu apellido. No sé dónde vives, no sé cuándo naciste. Ni siquiera sé si de verdad tienes la edad que dijiste. No quiero que me mientas, sino que me digas la verdad.

—Foster. Ese es mi apellido. —Nunca nadie se había puesto a hacerle tantas preguntas. A nadie le importaba saber de la vida de la puta que se iba a follar.

—Noel Foster. Suena bien. Mucho gusto, Noel Foster. —Luka le tendió una mano—. Luka Thompson, un placer conocerte.

A Noel le pareció tan cómica la escena que le arrancó una media sonrisa. Se apretaron las manos y Luka sonreía también.

—Tengo diecisiete y nací el día de Navidad, por eso me dieron ese nombre.  Devan no es mi familia él solo es…, tú sabes… Ya lo conociste.

No debió mencionarlo. La rabia regresó al rostro afable de Luka. Ahora se ponía de todos los colores de nuevo, de pálido a escarlata.

—Fue Devan. ¿No?

Noel giró el rostro a un lado, tal y como lo haría un cachorrito.  Le recordó tanto a la mascota de su infancia, que recordó controlar sus reacciones. El chico no tenía que responderle. Claro que había sido el chulo. Por el miedo que le tenía, seguro era capaz de inventarse alguna explicación descabellada para encubrirlo.

—¿Siempre te golpea? Cada vez que te veo tienes un nuevo moretón o peor. —Intentaba disimular la rabia que estaba sintiendo—. ¿Por qué sigues con él si te trata tan mal?

Noel no le iba a responder. Podía ver en su rostro el miedo que sentía. Entonces era peor de lo que se imaginaba.

—No tengo a dónde ir.

—Cualquier lugar es mejor que vivir con alguien que abusa de ti, ¿no?

—No es tan fácil, no puedo… No puedo dejarlo.

—¿Por qué no?

—Porque cuando piensa que intento escapar, me pasa esto.

Noel apretaba las mangas de la camiseta raída que traía puesta. Vio que también le temblaban los labios y estaba seguro de que, si podía salir corriendo, lo haría.

Era lo que esperaba, el chulo lo tenía amenazado. Ese maldito cobarde, abusando de un chico al que le doblaba la talla. Las quemaduras de sus pies eran cosa seria.  Solamente de verlo así, todo encogido sobre la cama, podía darse cuenta del miedo bien infundado que le tenía a ese sujeto.

—No puedes dejar que te haga esto.

El chico lo miró incrédulo, con la misma expresión de la mascota de su infancia. Resopló profundamente. Iba a ser una larga noche y ya estaba empezando a arrepentirse de tocar el tema. Se levantó de la cama y se dirigió hacia el baño. Ibuprofeno, se dijo, por lo menos podía mitigarle el dolor.

Luka no tenía idea de lo que estaba hablando. Claro que podía ser peor, mucho peor. No podía decirlo, nadie podía saberlo. Devan lo mataba si se llegaba a enterar de que andaba contando lo que pasaba tras puertas cerradas. No había nada que Luka pudiera hacer al respecto, aunque la sola idea de contarle a alguien era un alivio. Nunca nadie se había interesado por su bienestar, ni siquiera Devan. No le importaba que estuviera dolorido o enfermo, mientras pudiera trabajar.

Les das pena, pues, y asco también.
Mira dónde vive él y tú vienes de la calle, de una alcantarilla.
Por eso es que Devan te pega, porque eres bruto. 
Lo que quiere es convencerte de que él es bueno. Para no sentirse mal cuando te la meta. 
Es como esos tipos, con los que has estado. Cuando te ponías a llorar, te decían que te calles y lo hacían más despacito.
«Si te quedas quieto, te va a doler menos». «Devan, dale algo a este puto para que deje de chillar».
En realidad no le importas tú. Solo quiere que abras las piernas y te dejes follar sin que él se sienta mal por tu edad. 
A nadie le importa, puta. No creas que él es diferente. Solo quiere estar en paz con su conciencia. 

—¿Por qué haces esto por mí?

Necesitaba saberlo. Luka acababa de regresar y le tendió dos pastillas. Hasta le trajo un vaso con agua.

—¿Cómo que por qué? Tienes los pies quemados y es lo menos que puedo hacer. ¿Acaso no te duele?

—¿Por qué, Luka? ¿Por qué eres tan bueno conmigo?

—Noel, escúchame. —Vio que dejaba las pastillas a un lado y se volvía a sentar sobre la cama—. Es lo menos que puedo hacer por ti. Si veo que te duele, si tienes hambre, si tienes frío, lo menos que puedo hacer es remediarlo.

Luka le acarició el cabello removiendo algunos mechones desordenados por su rostro. Dolió, sí, porque esa no era la respuesta que esperaba. En el fondo de su mente, ambas voces se reían de él.

¿Creías que siente algo por ti?
Eres una puta, una puta de la calle. 
¿Quién se enamora de una puta?
¡Qué idiota! Ya sabes que nadie te quiere.
Él no te quiere.
Ni tus padres, ni Pat, ni Luka, ni nadie.

—Toma las pastillas, te vas a sentir mejor. Mientras, voy a poner una película… —le dijo y se levantó de la cama.

Quizá en otro momento hubiera saltado de felicidad ante la mención de una película. Pero ahora no sentía más que un vacío en el pecho. La ilusión con la que se sostenía en pie acababa de esfumarse. Luka no sentía nada por él más que lástima. Le había dado de comer, algo para el dolor y era más de lo debía esperar. Era un cliente más, no debía olvidarlo. Le había pagado a Devan por tenerlo toda la noche. Entonces iba a hacer todo lo que él quisiera. Lo que fuera.

***

El eco de una voz se disipaba en su mente. «Todavía no.» Era una voz femenina, una que extrañaba tanto. Ella lo repitió una vez más, para que no lo olvidara. «Todavía no, Pat.»

Abrió los ojos con las palabras en los labios, las pronunció antes de que desaparecieran para siempre.

—Todavía no.

Su mamá tenía razón, no podía rendirse, aún tenía trabajo por hacer en la tierra. Noel, fue el siguiente pensamiento que tuvo al despertar completamente.  Entonces se sintió como un recién nacido, sin conciencia de donde se hallaba, apenas descubriendo el mundo.

El rostro de Paulette se condensó frente a sus ojos y al verla le dieron ganas de sonreírle.

—Hijo, nos tenías en ascuas —exclamó llorosa, mientras le acariciaba el cabello con su manita arrugada—. Estuviste inconsciente, no sabíamos qué iba a pasar contigo…

Vio a la anciana secarse los ojos con la punta de un pañuelo, mientras sollozaba.

—Todavía no me puedo ir, Paulette. Mi mamá me dijo que me regresara. Estaba soñando con ella, estaba frente a mí y yo quería alcanzarla y… Maggie me dijo que no, que todavía no era momento.

Paulette empezó a llorar con fuerzas renovadas, se cubrió el rostro con las manos.  Los hombros le temblaban. No quería hacerla sufrir, no acababa de entender qué estaba sucediendo. Acababa de despertar, de soñar con su madre y cómo trataba de alcanzarla, pero ella lo detuvo diciéndole que todavía no era tiempo de ir a su lado.

—No llores, Paulette.

Pat intentó incorporarse y calmarla. Quiso alcanzarla y acariciar su cabello de espuma. Ella le recordaba a una taza de capuchino, con su cabello blanco ensortijado y su piel bien oscura. Quiso decírselo a modo de broma, pero el cuerpo le dolía como si se hubiera estado peleando con alguien. Recordó que se había enfrentado al cabrón de Devan. Estaba defendiendo a Jade y…

—¿Qué pasó con Jade? ¿Y Noel? ¡Tengo que encontrarlos!

—¡No vas a ningún lado! —Oyó la voz de Phil desde algún lugar de la habitación.

Fue cuando cayó en cuenta de que ya no estaba en ese callejón oscuro, sino en el cuarto de Tino, en casa de Phil, a salvo de todo peligro.

Paulette intentó calmarse y giró hacia Phil, quien se les acercó y quedó de pie tras la enfermera.

—No es momento ahora, Philipo. El niño necesita descanso, es mejor que lo dejes.

—Sólo voy a conversar con él, mujer —la interrumpió, alzando la voz lo suficiente como para callarla—. Deja de actuar como si le fuera a hacer daño.

Paulette se levantó de la silla de un salto. Llorosa, respiró hondo antes de darse media vuelta para marcharse, visiblemente ofendida.

Phil resopló y la dejó irse. Luego, se sentó en el lugar que Paulette había dejado. Tenía toda la apariencia de un oso de cuento; regordete, severo, con los brazos cruzados y una expresión amarga pintada en toda la cara.

—Phil… —Le iba a explicar sus razones. No quiso desobedecerle, él era un hombre de palabra.

Si le explicaba, quizá entendería por qué había tenido que hacerlo. Estaba preocupado por Jade y tuvo razón de ir a verla. Acababa de ver lo mal que Devan trataba a Jade, cómo la golpeaba, y sabía que su hermano pasaba por lo mismo.

La voz se le apagó, la impotencia de no poder hacer nada le quitó las palabras. No sabía que decir. Notó que Phil tenía los ojos inyectados, la mandíbula tensa, el ceño fruncido. Pero debajo de esa apariencia amenazante se veía cansado y tenía la mirada triste.

—Lo siento Phil, debí decírtelo, yo no pensé que…

—¿Por qué, Patrick? —interrumpió, y el tono grave de su voz contenía una dosis de tristeza.

—Phil, yo… —Fue un sollozo. De pronto, empezó a llorar.

Esas estúpidas pastillas, las que eran de su mamá se habían terminado y su ausencia provocaba que hiciera tonterías. Recordaba bien el miedo que había sentido. Más allá del dolor por los golpes que le daba el tal Devan, la rabia se abría camino, revestida de temor. Era una sensación irracional que jamás podría explicar. No lo pensó, se lanzó como suicida a pelear una batalla perdida.

Phil había aparecido como el ángel vengador que echó a Adán y Eva del paraíso, igualito. Era Phil y su bate de béisbol la última imagen que recordaba antes de… perder la conciencia.

—Durante siete años me he hecho esa pregunta. ¿Por qué? —La voz de Phil se convirtió en tristeza pura—. ¿Por qué no tuve más cuidado con él? ¿Por qué no le prestamos más atención? ¿Por qué tuvo que ser Tino? ¿Por qué Dios no me llevó a mí en su lugar? Tino tenía apenas ocho años cuando desapareció.

Phil hizo una pausa. Parecía que le costaba mucho continuar. Le estaba hablando de Tino. Recordó que Noel se lo había mencionado. Ese era el tiempo que había pasado desde la desaparición del hijo de Phil. Quizá debía detenerlo. No quería hacer sufrir a nadie más. Había hecho llorar a Paulette y con eso tenía bastante. No quería ver al italiano triste, pero sabía bien que no había vuelta atrás. Vio cómo Phil respiraba hondo y sus ojos se perdían en algún lugar de esa habitación.

—Tino cumplió años en julio, una semana antes de que… —Phil necesitaba darse valor para continuar, un nudo grueso se le formó en la garganta—. Entre las cosas que pidió fue esa gorra y el bate de béisbol. No quería nada más. Marietta le preparó un pastel y tuvimos una celebración en casa. Tino era fanático de los Yanquis de Nueva York y un primo de Marietta nos consiguió entradas para un juego. Tenías que haber visto lo feliz que se puso. No dejó de hablar de eso todo el camino de regresó de la práctica de béisbol.

 


—¿Y si atrapo una bola? —Tino sacudía las piernas. Iba en el asiento trasero del auto, lo bastante emocionado como para no poder quedarse quieto.

—Si atrapas una, iremos a pedir que te la firmen —le aseguró Phil a su hijo, mirándolo por el espejo retrovisor. 

Tino le sonrió devolviéndole la mirada por la misma vía. A su lado, Marietta dejó oír una risita breve.

—¿Me lo prometes, papa? ¡Mama! ¡Dile que lo prometa!

—¡Te lo prometo!  ¿Cuándo he faltado a una promesa?

Escuchó a Tino reír.

—¡Después hablan de eso! —interrumpió Marietta. Acababan de estacionarse en la puerta y ella se estaba desenganchando el cinturón de seguridad—. Mientras preparo la cena, Tino, quiero que tomes un baño y me dejas tu uniforme para lavarlo. 

—Sí, mamma.—Phil, tú también. No me dejes la ropa tirada. Siempre lo haces y luego tengo que estar recogiendo del suelo.

Papa, estás en problemas con mamma. —Tino siempre encontraba todo divertido.

Mamma mía! Ustedes dos en mi contra.

Marietta bajó primero y tomó un par de sillas plegables del maletero del auto. Tino se desenganchó solo de su asiento y bajó siguiendo a su mamá hacia la casa. Phil se quedó sacando del maletero los implementos para las prácticas: bates de béisbol, guantes, pelotas. Tino siempre quería ayudarlo a cargarla, pero pesaba demasiado, así que Phil los llevó por su cuenta.

Una vez dentro de casa, escuchó que Tino le decía a Marietta que había olvidado su gorra en el auto.

Fue la última vez que escuchó la voz de su hijo.

Pasaron unos minutos y la voz de su mujer hizo que saliera a la calle a toda prisa.

—¡Phil! ¿Tino está contigo? —gritaba ella fuera de sí—. ¡No está afuera! ¡No está por ningún lado! ¡Tino!

—¡Tino estaba contigo, mujer!

—¡Salió por su gorra y como se tardaba fui a ver! ¡Tino! —Marietta se dio la vuelta y empezó a correr desesperada y sin rumbo. 

La alcanzó calle abajo. Ella gritaba llamando a su hijo. Con la bulla salieron los vecinos. Marietta sollozaba, negándose a calmarse. 

Llamen a la policía, exclamó alguien. No está el hijo de los italianos. Otra voz. Pero si estaba aquí conmigo, esa era la voz de su mujer gritando. 

Phil dejó a Marietta a cargo de una vecina y fue en busca de su hijo. Recorrió el vecindario entero, preguntándoles a todos si alguien lo había visto.

Valentino no está. Solo salió a la puerta a traer su gorra nueva.

La policía arribó y Marietta ya no podía articular ideas. La gorra no estaba por ningún lado. Valentino tampoco. Pidieron fotografías y los vecinos se organizaron para buscarlo. Dieron la alerta Amber[1]. Llegó un canal de noticias; la comunidad entera estaba en alerta. 

Nadie durmió los días siguientes, todos vivían una pesadilla. Paulette se instaló en la sala y no se separó de su Marietta ni un instante. La familia y los vecinos armaron una vigilia. Pusieron fotos de Valentino por todo el vecindario.

No hubo noticias, ninguna pista. La policía entraba y salía de la casa. Nadie vio nada, nadie sabía nada. La televisión los dejó en paz, un detective se quedó a cargo de la investigación y les dijo que no quedaban muchas esperanzas de recuperar a Tino. Phil se negó a creerle, lo largó de su casa. Salió en busca de su hijo con sus propios medios. Recorrió la calle por enésima vez, pero no hubo resultado alguno.

Hasta que una tarde, días luego de que Tino desapareció, escuchó pasos acercándose a la entrada. Abrió la puerta de golpe, con el corazón volcándose y la esperanza de que fuera su hijo quien volvía a sus brazos. Frente a sus ojos estaba la silueta de un niño y, por un instante, casi gritó de alegría. Cabello oscuro, desordenado, encorvado, andrajoso, enormes ojos azules y asustados.  

De un momento a otro, la euforia que empezaba a sentir se convirtió en una profunda rabia. Quien estaba ahí en las gradas no era su hijo, sino un niño que sostenía en las manos la gorra que era de Tino.

Phil vociferó fuera de sí, zarandeó al mocoso hasta que lo obligó a darle una pista de cómo había obtenido la gorra. Mencionó solo un nombre: Devan. Enseguida se puso en marcha con el chiquillo a rastras. Lo forzó a que lo llevara con ese malnacido y cuando lo tuvo en frente, lo encaró. 

Fue inútil reclamarle algo a ese granuja. Devan sacó un arma de inmediato e intentó amedrentarlo. No, no había fuerza en el universo que lo hiciera desistir. Iba a llegar al fondo del asunto, iba a encontrar a Tino así fuera lo último que hiciera. Consiguió que ese patán le sacara una respuesta al mocoso ese, Noel.

Phil sintió que a su cuerpo se le escapaba el alma, cuando se pusieron en marcha y detuvieron a un par de cuadras de donde quedaba su propia casa. Maldijo al cielo, se maldijo a sí mismo, maldijo el momento en que vino al mundo. La rabia se le desbordaba y mandó a Noel a pararse en la puerta, a servir de anzuelo. Frente a sus ojos apareció ese bastardo, aquel que se había llevado a Tino. Ese hijo de perra, ese depravado. Pudo verle en la cara el modo asqueroso en que miraba al mocoso frente a él.

No se contuvo. Apenas aquel malnacido se hizo a un lado para llevarse a Noel adentro, le saltó encima. El demonio de la ira se apoderó de él. El bate de su hijo en la mano, la rabia, la desesperación, la justicia.

No esperaba que Dios lo perdonara, porque no estaba arrepentido. El bastardo hijo de perra que se había llevado a Tino era un depredador sexual registrado, aprehendido por la policía en repetidas ocasiones, pero andaba libre y campante por las calles. Vivía con un nombre falso a unas cuadras de su casa en un vecindario donde vivían familias como la suya y había pasado bajo el radar de la policía sin ningún maldito problema.

Reincidente. Tino no fue el primero, pero sí sería el último.  

 

 

Phil se quedó en silencio, perdido por un momento, alejado de la realidad por unos instantes. Giró el rostro hacia el bambino, quien lo miraba desde la cama de su hijo absorbiendo cada palabra. Recordar era revivir, como echar sal sobre heridas que nunca iban a cerrar. Dos lágrimas gruesas rodaron por las mejillas de Tino… y recogió una con la yema de un dedo.

No, su nombre es Patrick. Se llama Patrick, se recordó a sí mismo.

—Tino tendría tu edad en estos momentos. A veces pienso que va a regresar. Que ese bastardo… —continuó mientras que la lágrima tibia se secaba sobre la piel áspera de su dedo. —Nunca encontraron su cuerpo, sólo la gorra que le regalamos por su cumpleaños y un mechón de su cabello.

La voz se le quebró, los ojos se le encendieron del brillo acuoso de las lágrimas.

—Las pruebas del laboratorio arrojaron que era el cabello de mi hijo. Encontraron un mechón, junto con otros siete más que intentaban identificar. La gorra de béisbol fue lo único que nos quedó de Valentino.

—Pero ¿qué pasó con el tipo ese? —Pat tenía el rostro lloroso, le temblaban los labios y estaba apretando la colcha de la cama de Tino.

—Estuvo en la cárcel. Yo dejé que me arrestaran por cobrar venganza. Pero ese malparido de Devan aprovechó mi ausencia para amedrentar a Marietta. Ella me lo contó llorando, me suplicó que no denunciara a Devan. Que ese bastardo iba a matar a ese chico Noel si lo involucrábamos. Hice lo que ella me pidió, lo hice por mi mujer. No mencioné a ese miserable de Devan. Decidí que desde ese momento no quería volver a saber de ese bastardo. Nunca más, ni acordarme de que ninguno de ellos existe. Ni ese mocoso Noel, ni Devan…

—Pero… pero Noel no tuvo nada que ver —intervino Pat—. Él también… A él también le cortó el cabello. Noel me lo dijo, casi lo… Él tiene una cicatriz en la mano de lo que pasó…

—¡Ese bastardo sabía lo de Tino! ¡Tenía la gorra de mi hijo!

—No, Phil, Noel no sabía nada. Mi hermano me dijo que…

—Si hubiese dicho algo… —De verdad estaba cansado de ese asunto. Deseaba no tener que saber nada de ese otro chico, poder enterrarlo con el resto de evidencias, de archivos, del caso cerrado y resuelto en el que se había convertido la desaparición de su hijo—. Si hubiese dicho algo, mi Tino estaría vivo.

—No, Phil, no fue así… Noel me dijo que sucedió.

—Ese mocoso no es más que el títere del malparido de Devan. Te diré lo que pasó. Dejé que me arrestaran por vengarme de quien asesinó a mi hijo. Quería encontrarlo en la cárcel y hacerle pagar. No pude, porque incluso esa satisfacción me la arrebató el bastardo de Devan. Al asesino de mi hijo, de mi Tino, lo mataron en su celda antes de que yo pudiera llegar a él. Por órdenes de Devan. Ese hijo de perra no quería que nadie lo involucrara. ¡Maldito sea!

—No es justo, Phil. Noel no tuvo la culpa…

—¡Deja de defenderlo, que tú no tienes idea de nada!  Ese mocoso me dijo bien claro cuando le pregunté, me lo dijo en mi cara, que ustedes no son familia. Si es que es tu hermano, te niega sin reparos.

Vio que a Pat se le descomponía el rostro. Reaccionó como si lo hubiera herido de muerte. Otro par de lágrimas rodaron sobre su piel pálida. No eran hermanos, era toda una fantasía que Patrick inventaba. El otro mocoso le confesó la verdad bajo amenaza. Se habían conocido en un callejón, que no tenía idea de dónde venía Pat, pero que le pedía que se encargara de él. Que no lo echara a la calle, porque no tenía donde ir.

No, Pat nunca iba a entender, jamás lo iba a aceptar. Solo quería ayudarlo, solo quería protegerlo. Como no había podido hacer con Tino. Salvarlo, como no había podido hacerlo con su propio hijo. Si tenía que hacer que pisara tierra y destruir todas las fantasías que había creado en su mente, que así fuera.

—Tú odias a Noel, por eso dices eso. ¡Noel no tuvo la culpa! Ese tipo casi lo mata, le cortó el pelo también y pudo huir de ahí por pura suerte. Tú lo odias porque Noel se salvó y tu hijo no.

—Hubiera sido mejor que matara a ese bastardo sin hogar, que a mi hijo Valentino. —La rabia de nuevo, apoderándose de su razón. Ese demonio interno aflorando, ocupando el lugar que le correspondía a su corazón.

No debió decirlo. Acababa de escucharse a sí mismo y empezaba a arrepentirse de haberlo hecho. Paulette avanzó hacia ambos, estuvo escuchándolo todo. Claro, nunca se había acabado de ir. La enfermera se plantó delante de él. La vio llorosa también; su figura pequeña, su piel oscura, sus labios gruesos temblando de tristeza. Levantó la mano y le pegó una bofetada que estuvo a punto de derribarlo.

—¿Cómo te atreves a decir eso? —le recriminó la anciana y estaba seguro de que iba a repetir la bofetada—. Estás hablando de ese pobre chico, acusándolo, cuando bien sabes que no tuvo la culpa. ¡Qué Dios te perdone, Phil! Acabas de decir una barbaridad.

Paulette se mantuvo firme, con la mano alzada, y erguida como una roca. Pat los miraba a ambos con los ojos llenos de lágrimas. No decía nada. Phil se quedó mirándolo fijamente. ¿Qué acababa de hacer?

—Ya sé que no tengo perdón de Dios. No espero que me perdone, mujer. Ya me quitó todo lo que tenía, solamente espero que me lleve de una vez, porque ya no me queda más porque vivir.

Phil se retiró. No tenía manera de quedarse. No quería ver a Tino llorar, no quería seguir lastimándolo con sus palabras. No, su nombre es Patrick. Él no es mi hijo, no es mi Valentino. 

***

Luka había rentado una película, pero estaba seguro de que ninguno de los dos la estaba viendo. Se sentó en la cama al lado de Noel, lo rodeó con los brazos y dejó que el muchacho recostara el rostro sobre su pecho. Se distrajo acariciándole la mejilla hasta que lo creyó dormido.

Las manos de Noel reposaban sobre el colchón, cubiertas por las mangas de la prenda gastada que traía puesta. Cierto, tenía un regalo para el chico, y con todo el ajetreo previo lo había olvidado.

Con sumo cuidado, desprendió el cuerpo tibio de sobre su pecho y lo depositó sobre la cama. En efecto, Noel dormía profundamente.

De puntitas, se acercó a su closet, donde tenía guardada una bolsa de papel con el logotipo de una conocida tienda. Al tomarla del suelo hizo un sonido ligero, pero el lirón que reposaba sobre su cama no se dio por enterado. Luka se acercó con la bolsa en la mano y la dejó a los pies del lecho. Sonrió de oreja a oreja; acababa de ocurrírsele algo.

Jaló a Noel de los tobillos con suma delicadeza, sin esfuerzo alguno. El muchacho se movió ligeramente, pero siguió durmiendo. Luka aprovechó y se subió a gatas sin tocarlo. Resbaló los dedos bajo la tela corriente de la camiseta que traía puesta y descubrió que Noel no tenía nada debajo. Y con el frío que aún hacía, pensó. A Luka se le agitó el pecho de ira, pero supo controlarse. De todos modos, Noel tenía la piel tibia, porque en su departamento el termostato marcaba pleno verano.

Con paciencia, fue enrollando la tela sobre el vientre hundido de Noel, sobre el pecho donde las costillas saltaban al ritmo de su respiración. Repartiendo besitos en su camino, se dio cuenta de que los huesos no eran lo único que sobresalía, sino que algunas marcas moradas desfilaban bajo sus labios. Consiguió liberar un brazo sin despertar al chiquillo. Los minúsculos moretones se siguieron manifestando a lo largo de las estacas pálidas que eran sus brazos. La ira empezaba a subirle como espuma y si seguía investigando, iba a terminar como perro rabioso, echándola por la boca.

Le retiró la camiseta y la lanzó con cólera al suelo. Retrocedió hasta acomodarse sobre los muslos del muchacho y sus dedos bailaron en su sitio de pura anticipación. Los hizo ingresar despacio bajo la pretina del pantalón, que le quedaba muy ajustado. Apenas le rodeaba los huesos de las caderas. Era cuestión de jalar lo suficiente, pero despacio. Como si estuviera pelando una fruta exótica y tuviera la precaución de no verterse los jugos encima.

La tela empezó a ceder y a resbalar suavemente por encima de la escasa carne que revestía las piernas del chico. Los moretones le saltaron a la cara, escandalosos y evidentes rastros de dedos. Gruñó como animal mientras deslizaba la tela sobre los muslos y encontraba más huellas de quienes habían pasado por ahí antes que él.

Pudo haberse rendido, debió dejarlo tranquilo, pero no se atrevió a detenerse. Luka acabó de tirar de la prenda hasta las rodillas nudosas e incoloras de Noel. Apretó la tela para no estallar y recordar que Noel seguía durmiendo.

No, no era así. Luka levantó ligeramente la vista y se topó con los ojos azules de la resignación. Noel lo miraba con esa expresión vacía y honda como un océano. Sus ojos eran como dos fosas marinas. Se pondría a navegar dentro de ellos, pero iba a naufragar.

El chico recogió las piernas lo suficiente como para que el pantalón se le desprendiera en el camino. Eso era lo que quería, ¿no? Desvestirlo y pasarle las manos por todos lados, mientras que con la excusa de «te compré ropa y quiero que te la pruebes» podría investigarlo mejor.

Noel lo miraba atento y sabía que buscaba anticiparse a sus movimientos. Cuando lo vio separando las piernas para darle cabida, Luka tuvo que sobreponerse. No, si ganas no le faltaban de montársele encima y cogérselo a su gusto.

Ya que estaba en su cama, ofreciéndose como un plato de comida a quien no ha probado bocado en semanas, su miembro fue el primero en reaccionar ante la invitación. Carajo, Luka. ¿Puedes controlarte? Gracias. Respiró hondo y vio que Noel no se movía. Sus ojos se centraron en la huella morada sobre el hombro huesudo del chico. Parecía que lo hubiera mordido un equino, por el color y la intensidad con la que habían quedado los dientes impresos sobre la piel.

—¿Y esto? —Pregunta retórica, sólo para aliviar la tensión.

No quería saber. ¿O sí?  Una vez más, se estaba olvidando de quién estaba debajo suyo. No era una modelo interesada en acostarse con él para hacerse conocida. Tampoco alguien con quien acababa de compartir unas copas en un bar y con quien estaba por pasar un buen momento para al día siguiente desaparecer de su vida.

Noel, de diecisiete años, era quien estaba en su cama y le estaba pagando por estar con él. ¿Con cuántos más había estado esa noche ese chico? A juzgar por las huellas que le habían dejado en el cuerpo…

No se dio cuenta de cómo, pero de pronto sus manos retrocedieron y todo su cuerpo las siguió.

El rostro de Noel adquirió esa tristeza honda que conseguía abrirle un hueco en el pecho. Vio que echaba los ojos a un lado y se mordía los labios. Luka se levantó. Su erección acababa de disiparse. Resopló hondo y se fue a sentar a la orilla de la cama. Enseguida, el muchacho se arrodilló sobre el colchón, a su lado. La cabeza gacha, como una mascota asustada por haber molestado a su amo.

Luka resopló con fuerza, al borde de desinflarse. Se rascó la cabeza y se frotó la nuca intentando aliviar la tensión entre ambos.

Fue una mala idea traerlo a su casa, a su cama. ¿Qué habría sido mejor? ¿Dejarlo allá en la calle, para que otro se lo llevara a un hotel? Si no aparecía él, otro habría llegado. Otro sujeto, poniéndole las manos encima, dejándole las marcas que tenía por todo el cuerpo. No, Luka no estaba listo para aceptar que lo mismo sucedía cada noche.  Cuando no estaba a su lado, estaba con quién sabe quién, con cuántos. La sola idea le revolvió el estómago. No quiso ni imaginarlo, porque sentía que la bilis se le salía por las orejas.

—Tengo algo para ti —exclamó el fotógrafo, para detener el tren de sus propios pensamientos—. Está en esa bolsa

No hubo respuesta, acababa de señalarle el regalo que le había traído y chico ni se inmutó.  A otra persona le habría ganado la curiosidad y quizá hasta saltado encima del paquete para revisar su contenido. A Noel, en cambio, parecía no importarle. Sólo se le acercó un poco más y colocó la frente sobre su hombro.

—¿No quieres ver lo que hay dentro? —insistió Luka, porque necesitaba un espacio mínimo entre ambos.

Vio que Noel asentía apenas y giraba hacia la bendita bolsa. No tenía que decírselo, no le importaba en lo más mínimo su contenido. Luka no le dio tiempo de asomarse, porque lo tomó del brazo con más fuerza de la que necesitaba usar y le dio un jalón.

El muchacho aterrizó en sus brazos, mirándolo pasmado. Luka lo sostuvo, apenas dándose cuenta de lo que acababa de hacer. ¿A quién quieres engañar Luka? Su cuerpo reaccionó antes que su mente. ¿Por qué negar que es lo que más deseas?

Sí, estaba deseando apretarlo contra su pecho y dejar de sentir esa rabia que le crecía por dentro como una enredadera espinosa. No podía echarle la culpa a nadie de la tormenta que se desataba en su mente. Por un lado, el veneno que Amy le había inyectado acerca de «ese muchacho» aún hacía efecto. Por el otro, su propia conciencia le decía que no era una buena idea involucrarse donde no lo llamaban. Lo curioso era que algo, que no sabía que era ni de donde salía, le decía que no les hiciera caso a esos otros dos. Ellos no saben nada. Luka. Ellos no entienden lo que estás sintiendo.

—¿Lo que estoy sintiendo? —murmuró y no escatimó una sonrisa, porque sabía que estaba pensando en voz alta.

Noel lo miraba con la confusión dibujada en el rostro, abandonado en sus brazos. Después de todo por lo que habían pasado juntos, seguía asustado. Entonces Luka, tienes que hacer algo al respecto.

—Vamos a tomar un baño, —anunció, mientras avanzaba hacia la puerta de su habitación, con el chico en los brazos—. Así que no me mires como si te fuera a lanzar por la ventana.

Noel no le respondió, sólo apoyó su cabeza contra el pecho del fotógrafo, sintiendo los latidos de su corazón. Aquel sonido lo tranquilizaba. Hacía un rato se había quedado dormido oyéndolo. Ni terminó de ver la película que Luka puso en la televisión por estar ocupado aspirando el perfume de su piel, muy cómodo entre sus cálidos brazos.

Luka no dejó que tocara el suelo y con cuidado lo depositó sobre losa fría, del borde de la tina. El dolor de las quemaduras no desaparecía aún, pero Noel estaba tan distraído siguiendo a Luka con los ojos, que casi lo había olvidado. El fotógrafo dio un par de vueltas en el baño, mientras la tina se llenaba de agua y obtuvo un par de toallas de una gaveta.  De un perchero empotrado en la puerta obtuvo un albornoz mullido y lo dejó sobre el mueble del lavadero.

Una vez listo, Luka se puso delante de él y se quitó a camisa a medio desabotonar, para arrojarla al suelo. Se rascó el abdomen firme y liso, deslizando sus dedos en busca del botón del pantalón. Lo zafó y se bajó los pantalones, sacudiendo las piernas.

Ni supo cómo, pero una risita le brotó de la garganta a Noel. Antes que de Luka dijera nada, Noel agachó la cabeza, avergonzado.

—Me gusta ese sonido, deberías hacerlo más a menudo —le dijo Luka tomándolo de la barbilla, acercándose lo suficiente para terminar con una mordidita en sus labios.

Noel asintió despacio y sus brazos atraparon a Luka de la cintura. Dejó su frente sobre el pecho duro del fotógrafo y le prometió en silencio que así sería. Haría lo que fuera, lo que él quisiera.

Luka le acarició el cabello y lo empujó con suavidad presionando su hombro. Justo encima de la marca morada de una mordida. Noel no pudo evitar gemir, porque dolía un poco al contacto.

—En serio. ¿Quién te mordió ahí? ¿Un burro?

—Fuiste tú —le tuvo que responder, porque no se sentía capaz de volver a mentirle.

No esperaba una reacción violenta. Hasta ahora, Luka le había demostrado que no lo golpearía por cualquier cosa. Pero no podía quitarse aquel temor tan pronto. La experiencia le dictaba que no se confiara.

—¿Yo? —preguntó Luka—Bueno, sí, soy medio burro, de aquí para abajo.

Le dijo, bajándose los calzoncillos y Noel no pudo evitar reírse de nuevo, al verlo guiñando.

—Pero no te vuelvo a morder de ese modo —añadió el fotógrafo, acariciándole el rostro con el reverso de la mano—. Prometido.

Noel asintió y dejó que Luka lo sostuviera en sus brazos como a un niño pequeño. Entraron en la tina. Con el afán de que las plantas de sus pies no tocaran el suelo, Luka lo hizo deslizarse sobre su pecho hasta quedar sentado sobre sus muslos duros y llenos de carne.

Se quedaron un momento en silencio, apenas acompañados por el sonido del agua meciéndose. Luka estiró un brazo y tomó la esponja de baño. La humedeció y se la pasó por el pecho, haciéndole círculos sobre ambos pezones. Luego, bajó por en medio de su vientre hasta su sexo. Sin detenerse, continuó por sus muslos separados. Regresó por el mismo camino y continuó con la labor de lavarlo.

Noel iba a terminar por adormilado de nuevo. La esponja acariciándolo, el corazón de Luka latiendo, unos besitos resbalándole por la garganta.

—¿Puedo hacerlo yo? —reunió valor para preguntarle, mientras tomaba la esponja de la mano del fotógrafo.

No esperó que Luka respondiera, porque estaba todavía ocupado mordisqueándole debajo de la oreja. Noel se incorporó con cuidado y se acomodó entre los muslos del fotógrafo. Con la esponja que acababa de conseguir, empezó a masajearle el cuello, descendiendo por el pecho amplio, hacia el vientre. Se concentró en rozar sus labios con los de Luka y lo vio entrecerrar los ojos con el contacto.

Noel aventuró la punta de su lengua entre los labios del fotógrafo. Tuvo el resultado esperado y de pronto se estaban fundiendo en un beso. Para ese momento, la esponja se concentró en masajear el sexo duro de Luka. Con sus manos expertas, apretaba la suavidad húmeda de la esponja; sobre el glande, girando la muñeca, con movimientos circulares. Su otra mano se situó en la base de la columna de carne caliente, masajeando de arriba hacia abajo.

La labor combinada de ambas manos haría que pronto llegara a un orgasmo.

Noel no tardó en oír un gemido escondido bajo un jadeo y vio como Luka echaba la cabeza hacia atrás, para arquearse como un gato. Las caderas afiladas del fotógrafo empezaron a pulsar frenéticas contra sus manos. Noel podía usar su boca y lo haría correrse en segundos, pero no. Quería prolongar el placer que le estaba haciendo sentir.

Sin embargo, le pasó la lengua por la garganta haciendo espirales, zigzagueando de cuando en cuando, sobre la yugular, bajando hacia los huesos de los hombros. Sintió una mano de Luka buscarlo, lo tomó de la nuca y lo acercó a su boca.

El fotógrafo lo besó desesperado, ahogando sus propios gemidos. Noel continuó masajeando su pene, acariciándole los testículos con sus dedos expertos. Luka se iba a correr pronto, pero Noel quería que fuera algo especial.

Se separó de la boca de Luka, desprendiéndose de su abrazo y se deslizó hacia donde sus manos trabajaban diligentes. No le dio tiempo ni de protestar, enseguida separó los labios y le dio una lamida a la punta del glande.  Lamió una gota de líquido pre seminal. En efecto, el orgasmo estaba más cerca de lo que creía.

Al instante, se acomodó para introducir el miembro expectante de Luka dentro de su boca. Lo deseaba. Por primera vez en su vida, de verdad quería hacerlo. No llegó muy lejos. Luka lo detuvo. Lo sostuvo de los hombros y levantó a prisa, para sentarlo sobre la esquina de la bañera. Jadeando aún, el fotógrafo se acomodó entre sus piernas abiertas.

Escuchó que Luka reía, seguro por la cara de sorpresa que acababa de ponerle. Vio que el fotógrafo le sonreía y tomaba su propio miembro, excitado como nunca antes, para ponérselo entre los labios.

Luka sacó la punta de la lengua y le dio una lamida tímida.

—Lu-ka, no, no, yo… —balbuceó, sintiendo que los pensamientos se le diluían.

—¿Qué? ¿No te gusta? —le preguntó sin apartar los labios de donde los tenía.

—Sí, pero, es que yo, yo te lo debo hacer a ti y no…

—Shh, no digas tonterías —le dijo Luka, antes de darle otra lamida—. Ahora relájate, quiero escuchar cuánto te gusta.

—Luka —protestó de nuevo, pero como resultado el fotógrafo insertó su miembro dentro de su boca.

Noel hizo lo mismo, separó sus labios, pero para intentar detenerlo con palabras sin encontrar ninguna. Su mente se convirtió en una masa de pensamientos blandos e incoloros. Incapaz de articular más que gemidos, llevó sus manos al cabello de Luka. Acarició las hebras doradas con suavidad y alcanzó a oír el sonido que el fotógrafo hacía, entre riendo y jadeando, mientras lo lamía.

Sabía que Luka se estaba masturbando mientras le hacía sexo oral. Noel empezó a temblar. Era algo que siempre hacía, estremecerse como si los huesos quisieran escaparse de dentro de su piel. A ese ritmo iba a correrse, iba a derretirse completo y a escurrirse por el suelo de la tina.

Supo que gimió el nombre de Luka un momento antes de perder el sentido del mundo y verlo en tonos blancos. Luka hizo lo mismo, pero no podía estar seguro de ello. Lo único que Noel sintió fue que el fotógrafo lo sostenía contra su cuerpo y luego aquella sensación de paz lo invadió.

El agua de la tina se estaba enfriando. No, quizá tenía esa sensación porque su propia piel estaba en llamas. Noel se dejó llevar, recostado sobre el pecho de Luka, y terminaron de bañarse.

 

***

Sentado en la silla, al lado del lecho donde reposaba su mujer, se les iba la vida a ambos.  En los últimos días Marietta respondía menos a los estímulos externos.

Se le estaba yendo.

El médico a su cargo fue a verla como era rutina y no dio mayor esperanza. Hacía meses venía insinuando que era momento de que la internaran en un hospicio. Ahí tendría la atención necesaria, mencionó, para cuando sucediera lo inevitable. Además, los horarios de visita eran muy flexibles, les dijo.

Phil sostenía un folleto que les había dejado el médico en su última visita. Ni quiso abrirlo, lo arrugó con rabia y lo desecho de inmediato. Jamás había considerado la idea de enviar a Marietta a morir a otro lado. Ella era su mujer, la madre de su hijo, lo único que le quedaba de la familia que una vez había tenido.

Durante años se había odiado a sí mismo por no poder cuidar de ellos. Se descuidó y sucedió lo de Tino. Perdió a Marietta unos años después porque no le prestó la atención suficiente. Ella dejó de hablar de un momento a otro. La llevó al médico, se pasearon por los hospitales, pero nadie le dio la razón de la ausencia de su voz.

Marietta perdió mucho peso. El cabello se le caía a mechones, enredado en el cepillo que guardaba en el baño. En varias ocasiones la encontró tirada en el suelo de la cocina, una en el cuarto de baño y sendas en la recámara, hasta que un día no despertó.

Ahora ahí estaba, en esa cama hospitalaria, en la habitación que habían compartido durante años.

Marietta se negaba a despertar.

—Mujer, yo sé que siempre has estado en contra de la violencia —le dijo Phil en tono cómplice, sosteniendo su mano y recostándose ligeramente sobre su cuerpo inerte—, pero no me arrepiento de lo que hice.

Solía hablar con ella aún en ese estado y consciente de que su mujer no escuchaba.  Desde su silla, le contaba lo que había hecho durante el día. Desde que encontró a Pat hurgando en el contenedor de la basura, nunca dejó de informarle acerca de lo que ocurría. Incluso le comentaba que pensaban llevar a Pat a la escuela, sin levantar sospechas acerca de su origen.

Ahora, frente al lecho de Marietta, se sentía penitente. Acababa de dejar que el demonio de la ira lo controlara, le había dado rienda suelta a los deseos de venganza, que ardían como una pira inextinguible.

¿Hasta cuándo Phil?, le había dicho una vez su mujer. Cobrar venganza no va a traer de vuelta a Tino. 

Nada lo haría. Durante años había guardado la esperanza de que Tino regresaría. Nunca encontraron sus restos, lo cual abría la posibilidad de que siguiera vivo en algún lugar. Esa idea llegó para atormentarlo aún más. Si su hijo estaba con vida. ¿Dónde estaría? ¿Con quién? ¿Lo estarían tratando bien? ¿Y si hubiese caído en manos de alguien como Devan?

Tantas noches en vela, tantas madrugadas en las que se encontraba mirando al vacío, sentado en la trastienda y a solas, pensando y atormentándose.

—Marietta, sé que lo que hice estuvo mal. Pero, no podía dejar que el maldito de Devan le hiciera daño a Patrick.

 

Phil regresó a casa luego de dejar a Paulette y al dar una vuelta, se dio cuenta que Pat no estaba. Lo buscó en la trastienda, en el callejón y no lo halló. Fue a buscar a su mujer, postrada en la cama, le dio un beso en la frente y le dijo que no tardaba. Tomó el bate de béisbol y fue por Tino. Sabía a dónde ir a buscarlo.

Condujo el auto como un demente. Estacionó justo detrás del auto del compinche de Devan. El tal Müller le salió al encuentro al verlo bajar a toda prisa. Traía a una chica entre sus garras y la estaba jalando de los cabellos.

—¿Qué pasó, barrigón? ¿Ya te cansaste de follar con la muerta de tu mujer? —Se rio el muy imbécil—. Si vienes por una puta acá hay varias, gordo feo.

Phil no le respondió con palabras. Las lágrimas de la pobre mujer fueron el combustible que encendió la hoguera. La ira manejaba su cuerpo. Asestó el primer golpe en el brazo. Al ver cómo Müller se doblaba, continuó con uno bien dado en la boca del estómago. La chica escapó a toda velocidad y se refugió en los brazos de las otras, que observaban espantadas.

—¡Panzón de mierda! —gritó Müller tosiendo e tratando de levantarse sin éxito—. ¡Ya te jodiste, gordo cabrón!

Esta vez lo golpeó en la espalda, acompañado por el sonido de sus propios gruñidos. Las chicas sollozaban aterradas. Phil habría preferido no exponerlas a semejante espectáculo, porque no podía detenerse.

Cuando supo que el infeliz de Müller no se iba a levantar, continuó con su misión. Se dirigió a la chica que acababa de rescatar y le preguntó por Pat. No fue necesario que las mujeres respondieran. Escuchó gritos provenientes de más arriba de la calle.

Fue siguiendo el sonido y dejó a las chicas rodeando el cuerpo de Müller, sin saber qué hacer.

Cuando llegó a la boca de un callejón, lo que vio hizo que la cabeza le estalle. Devan tenía a Pat del cuello, apretado contra la pared.

—¡Suéltalo ahora mismo o por mi Santa Madre que acabo contigo, Devan!

Apenas las palabras abandonaron su boca; el bate en su mano cobró vida propia. Lanzó la amenaza y de pronto ya estaba encima de Devan. No le dio tiempo de reaccionar, lo golpeó en la espalda y consiguió que liberara a su Tino.

Vio que el niño caía al suelo inmundo. No se movía; Tino no se movía. El demonio se apoderó de su cuerpo, de sus manos, de su bate. Golpeó a Devan apuntando a su rostro, pero este se defendió. No, no pretendía que el Señor lo perdonara por lo que había hecho. Usó el bate que era de su hijo para vengarse por lo que le había pasado a Tino. Se descontroló, le cayó encima como si se hubiera convertido en granizo. Le dio en la espalda, en los brazos, consiguió darle en el cráneo pelado.

Devan logró rodar a un lado del callejón e incorporarse para enfrentarlo. Vio que buscaba su arma, pero la había perdido mientras escapaba del bate. Quedó tirada sobre el suelo, pero Phil se le adelantó y lo apuntó con esta.

—¡Dispara! —le gritó Devan sosteniéndose contra la pared—. ¡Dispara, cobarde!

No necesitó que lo repitiera, le dio gusto. Disparó, lo hizo dos veces.

—No quiero que te vuelvas a acercar a mi tienda. No quiero volver a ver tu maldita cara en lo que me queda de vida —le gritó Phil fuera de sí—. Y no quiero que te vuelvas a acercar a ese chico.

Nunca antes había visto a Devan en ese estado, con los ojos muy abiertos e inmóvil. Las balas le rozaron el cráneo, por encima de las orejas, quemándole la piel al contacto. Ambos sabían que fue a propósito y que las siguientes no errarían el curso.

Phil no tuvo respuesta, no la esperaba. Recogió a Tino del suelo, sin bajar la guardia. Luego se guardó la pistola entre la ropa y tomó el bate con una mano. Con el chico al hombro, retrocedió sin dejar de mirar a Devan.

Las chicas huyeron asustadas al verlo salir con el bate en la mano. Parecían palomas refugiándose en los aleros de la calle. Pasó al lado de Müller, quien había quedado sobre la acera, quizá muerto.

Subió a Pat al auto y se alejó lo más rápido que pudo. Llamó a Paulette, le pidió que tomara un taxi y que se reuniera con él en su casa. Que era una emergencia. Para cuando ella llegó, ya tenía a Pat instalado en la cama de su Tino.

Se aseguró de que respirara, le limpió la sangre del labio herido. Justo antes de que Paulette llegara, lo sostuvo en sus brazos como tanto deseaba sostener a su propio hijo. De un modo u otro, se sentía en paz.

 

 

Había recuperado a Tino. Estaba a salvo. Lo había traído a casa.

—Como ves, no soy ningún santo. Creo que, con los acontecimientos de esta noche, me gané mi boleto al infierno. No me arrepiento, mujer. Traje a nuestro Tino a casa, está a salvo por fin. De regreso con nosotros.

Phil no pudo más. Recostó medio cuerpo sobre el colchón, con la mano de Marietta bajo sus labios. Envuelto en el olor a las sábanas limpias que aún conservaban el olor de la piel de su mujer, aquella fragancia única parecida al almíbar y leche tibia. La aspiró sobre su muñeca mientras la besaba con tristeza.

Escuchó un crujido en la puerta, pero no se sintió con fuerzas para levantarse de donde estaba. No le importaba que Paulette lo viera en ese estado. Ella lo conocía desde que le empezaban a salir los primeros dientes y más que una amiga entrañable, era una segunda madre.

—Ya sé que no debí decir lo que dije. Es lo único que me pesa haber hecho esta noche, Paulette. No tengo excusa, no debí decirlo frente al muchacho. Pero no me pude contener, durante siete años he vivido con esa espina clavada en el pecho.

—Oye, eso es mucho tiempo —escuchó una voz a sus espaldas y no era la de la enfermera.

—¿Qué haces aquí? Deberías estar descansando. —Phil se incorporó de un salto, aún sobre su silla.

Giró ligeramente y se encontró con el rostro compungido de Tino acercándose a prisa, en medio de la habitación apenas iluminada por las luces de las máquinas que mantenían viva a Marietta.

Tino se lanzó a sus brazos, hundió su rostro sobre su hombro y apenas le susurró al oído.

—Lo siento, Phil, lo siento mucho.

Cerró los ojos y lo envolvió en un abrazo. Le acarició el cabello liso, lo apretó con fuerza. Era como volver el tiempo, tenía a su hijo en sus brazos por fin. Quiso llamar a Marietta y que ella abriera los ojos y viera que Tino había vuelto. Estaba de nuevo con ellos, iban a ser una familia de nuevo.

Por fin.

Si tan solo pudiera quedarse en ese estado, con los ojos cerrados, encerrado en su propia fantasía. En ese mundo imaginario donde ese muchacho era su hijo y su mujer no estaba muriendo.

No es Tino, su nombre es Patrick. 

—No tienes que disculparte. —Le estaba costando tanto pronunciar cada palabra—. No debí hablar así de ese chico Noel. Dejé que la ira me dominara. Me quiero disculpar por ello.

—No Phil, yo… yo vine a disculparme contigo, porque arriesgaste tu vida para salvarme del cabrón de Devan. Yo… te juro que no quería traerte problemas. Sólo quería… fui muy torpe en dejar que ese hijo de perra…

—Ese lenguaje —intentó regañarlo, pero no tuvo fuerzas para ello.

—Lo siento. —Vio que Pat sacaba la lengua y se desenvolvía de sus brazos—. Me olvidé de que había una dama presente.

Phil no pudo evitar sonreír ante tal comentario. El muchacho se acercó al lecho de Marietta y le tomó la mano también.

—Phil no nos ha presentado, pero soy Patrick Johnston. Mucho gusto, señora Marietta. Espero que me perdone por ser tan grosero y porque por mi culpa Phil se tuvo que arriesgar para salvarme. Le prometo que tendré más cuidado de ahora en adelante.

Phil suspiró profundamente. Le pareció muy considerado de parte de Pat disculparse con su mujer. No dejaba de tener razón. En todo el tiempo que había vivido bajo su techo, no había dejado que viera a Marietta. Ella era su parte más vulnerable. Ahora que Pat estaba presente, tomándola de la mano, observándola con sorpresa…

—¿Qué pasa muchacho? ¿Por qué pones esa cara?

—Ella me apretó la mano —le respondió Pat, con los ojos muy abiertos.

***

—¿Estuviste con alguien antes de venir acá? —le preguntó Luka a quemarropa.

Era lo último que esperaba que le preguntara luego del delicioso baño. Noel acababa de envolverse en un cálido albornoz y todavía estaba soñando con el orgasmo. No le respondió, sólo se lo quedó mirando, sintiéndose incapaz de responderle.

Luka no insistió, sino que lo llevó cargando del baño a la sala. Con una pierna, jaló una butaca alta y allí lo sentó, frente al ventanal desde donde se veía la ciudad entera. Lo dejó apreciar la vista por unos segundos antes de atacarlo con otra interrogante.

—Noel, no me has respondido. Dime, ¿desde cuándo haces esto?

En esta oportunidad hizo que se estremeciera. ¿Por qué quería saber? Luka estaba de pie a su lado, incluso le rodeó los hombros con un brazo y lo tenía pegado a su cuerpo. Ahora le hacía preguntas que no estaba preparado para responder.

—Hace algún tiempo.

¿Y si le decía la verdad? No, si se enteraba desde cuando había empezado a trabajar para Devan, le iba a dar mucho asco.

—¿Por qué dejas que ese tipo te obligue a hacerlo? —insistió. —¿Por qué no buscas ayuda?

—Yo…No tengo donde ir y tengo que pagarle por darme un techo, comida y por cuidarme…

No quería engañarlo, pero no podía decirle la verdad. Nunca iba a poder escapar de Devan, porque tenía muchos contactos, incluso en la policía. No quería terminar en pedazos, como esas mujeres que mataba cuando ya no le servían, cuando se le escapaban más de una vez. Las llevaba a ese cuarto, al final del pasillo, donde la luz siempre estaba encendida y las cortaban para cosechar sus órganos. Tampoco quería terminar en las manos de Müller, encerrado en una habitación, sin poder levantarse de la cama y sin volver a ver la luz del día.

—¿Te cuida? ¿Te da de comer? Estas raquítico, así que no me digas que te da comida. ¿Cómo te va a cuidar si cada vez que vienes tienes cicatrices y heridas nuevas?

Podía sentir en el tono de voz de Luka. Se estaba enojando de nuevo. ¿Qué podía hacer?

—Tienes los pies quemados. ¿Así te cuida?

—Fue mi culpa. Tenía que pedirle permiso para salir y no lo hice. Devan se enojó porque pensó que me iba a escapar. Me lo merecía, fue mi culpa.

—¡No digas eso! ¿Qué carajo…? ¿Te lavó el cerebro o de plano eres estúpido? —Ahora sí Luka estaba enojado. Lo escuchó gruñir y hasta lo tomó de los brazos apretándolo—. ¿Cómo va a ser culpa tuya? No es tu culpa que ese degenerado sea una mierda de gente. Dime, ¿acaso te gusta hacer esto? ¿Meterte a la cama de extraños? ¿Esto te gusta?

—Es mi trabajo…

—¿Tu trabajo? ¿Te gusta que te hagan todo esto? —Luka lanzó una carcajada sonora que lo hizo temblar aún más—. ¿Qué te pongan collares y demás mierdas? ¿Desde cuándo vives con ese monstruo?

—Nueve, creo, no diez. No me acuerdo. Sólo sé que Devan me recogió de la calle y me salvó de morirme de hambre. Me dio un trabajo, para pagarle. Por favor, no te enojes conmigo. Sé que soy estúpido. Voy a hacer todo lo que tú quieras, pero no te enojes conmigo.

Funcionaba con sus otros clientes, ojalá resultara con Luka. Cuando se enojaban terminaban golpeándolo. Luego se quejaban con Devan y éste le daba una paliza, para que aprendiera a comportarse. Dudaba que el fotógrafo hiciera lo mismo, pero la sola idea de que se enojara y no quisiera volver a verlo, era mucho peor.

—Luka te juro que hago lo que quieras, pero deja que me quede contigo. Mañana me voy, si no me quieres volver a ver… Pero te juro que hago lo que tú quieras, todo. De todo.

Tenía la esperanza puesta en sus palabras y la voluntad firme de complacer a Luka en lo que se le ocurriera. Algo malo sucedía, acababa de decir algo malo; una idiotez, seguro. El fotógrafo cerró los ojos. Sus labios casi desaparecieron. Estaba más enojado aún.

—Luka, te juro que no te estorbaré. Me puedo quedar en la cocina si quieres. Puedo dormir ahí, para no molestarte. Por favor, no te enojes conmigo. Si tú te enojas…—Duele más que nada en el mundo.

Noel no tuvo valor para decírselo, aunque sentía que se moría por dentro.

—No, no entiendes, Noel. No quiero esto. No quiero sientas que deseo estar contigo porque lo que busco es sexo. — le dijo Luka tomándolo de los hombros. —No te mentiré, ganas no me faltan de hacerte el amor y escuchar tu voz gimiendo mi nombre toda la noche, el resto de mi vida. Pero no es el momento adecuado, no es así como quiero hacer… hacer esto.

No, Noel no entendía. Intentaba buscar una respuesta a sus interrogantes dentro de los ojos disparejos de Luka, pero no la encontraba.

—No quiero que sigas haciendo esto Noel, no quiero que nadie más te toque como yo lo hago. —continuó el fotógrafo con tono suave. —Quiero que seas solo para mí.

Quería creerle, con todas sus fuerzas, con desesperación. Pero le estaba costando creer no sólo en sus palabras, si no en que todo esto estuviera sucediendo. La noche iba a terminar, la mañana llegaría y todo volvería a la normalidad.

Luka no podía estar hablando en serio. Noel quería creerle, pero ambos sabían que aquella fantasía, no iba a llegar a buen puerto.

[1]Alerta que se emite en los medios de radiodifusión y carreteras con el fin de obtener ayuda del público en casos de secuestros de menores.  https://www.ncjrs.gov/html/ojjdp/amberalert/000716/

[1]Alerta que se emite en los medios de radiodifusión y carreteras con el fin de obtener ayuda del público en casos de secuestros de menores.  https://www.ncjrs.gov/html/ojjdp/amberalert/000716/

 

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