Capítulo 15

 
Acababa de sentir vibraciones. Eran pisadas de alguien acercándose. Encerrado en un hueco en el suelo, ese ligero temblor era lo único que le recordaba que seguía vivo.

En medio de la absoluta oscuridad, apenas podía sentir sus extremidades. Noel había dejado de moverse hacía tiempo, porque le era inútil buscar comodidad en ese espacio tan reducido. Las paredes se achicaban, se le pegaban a los hombros, a los dedos de los pies y quería gritar, quería apartarlas, pelear contra ellas.

Imposible. Casi no tenía espacio donde encogerse para que no lo aplastaran. Se ahogaba bajo ese bozal. Estaba dispuesto a someterse a lo que fuera con tal que salir de ese agujero. ¿Cuánto tiempo más iba a seguir ahí adentro, sin aire que respirar?

El demente ese te dijo una semana.

Mintió, ya parecía un año. ¿O no?

En medio de tanta oscuridad, las voces en su mente le hacían compañía. Conversaban entre ellas, se empeñaban en ignorarlo y le echaban la culpa de lo ocurrido. Daba igual, en ese agujero, sin poder moverse, sin poder respirar solo quedaba morir en medio del silencio y soledad.

Silencio y soledad. Si pudieras mantener el hocico cerrado, no estaríamos aquí. ¡Es tu culpa! Nos tienes a nosotros, malagradecido. Si no fuera por nosotros ya estarías loco, imbécil.

Es mi culpa.
¿De quién más? Bicho estúpido.
¿Jade? ¿Eres tú?
Eso quisieras, bichito. Como serás de inútil, que Devan te tuvo que vender.
No. Me estoy volviendo loco.
Hace rato. De verdad que das lástima. Perdiste tu libertad y ahora la cabeza. Das pena, bichito. Ahora, cuando el demente de tu amo te saque, si es que lo hace, empieza a portarte bonito. 

Noel, debimos irnos lejos. Tenía un plan, un mapa, tren, bus, todo. Ya estaríamos lejos de aquí.
Pat, no, tú no entiendes. No es tan fácil.
Eres un cobarde. Prefieres ser el perro pulgoso de Devan, del hijo de puta de tu amo y ahora te vas a quedar para siempre en ese hueco en el piso. Nos pudimos largar, tú arruinaste todo.
Pat.
¿Qué? ¿Te vas a arrepentir ahora? Ya es tarde, perdiste la oportunidad y esas solo llegan una vez en la vida.
Luka.

¿Ahora qué vas a hacer? Mejor será que cierres la boca o vas a terminar como Lyon, con un hueco en la garganta.
Nunca vas a salir de aquí. Ese sonido, esa vibración, es una más de las que escuchas dentro de tu mente.
No es nadie, solo tu imaginación. Ya te dejó «tu amo» aquí dentro, para que te mueras.
No, esta vez es real. Son pasos. Alguien viene.
No te muevas, quédate quieto y sé obediente.
Sé una buena mascota, tu amo se va a enojar si no te portas bien.
No te resistas, se va a enojar, va a ser peor.
Ahora es «tu amo».
Devan te vendió. Olvida a Luka y a Pat, por tu propio bien.
No puedo.
Inútil.
Silencio, silencio, silencio. Alguien viene, alguien viene.

Sobre su cabeza, la puerta de la trampilla se abrió con un sonido chirriante. El cachorro se contrajo todo lo que pudo y la luz entró como torrente. Tuvo que esconder la cara, porque le lastimaba los ojos. De pronto, un par de manos lo asieron con firmeza y sintió que su cuerpo se elevaba hacia la libertad. Al sentirse fuera, se hizo un ovillo. Las lágrimas que ya no tenía pugnaron por salir disparadas de entre la gruesa costra que tenía sobre los lagrimales. Intentó llenar sus pulmones con desesperación y hasta le sintió sabor al oxígeno. Quería gritar, rodar por suelo, liberarse de las ataduras, poder ver de nuevo. Imposible, en ese momento se sentía como un mosquito moribundo y deslumbrado por luz iridiscente.

Sus oídos le advirtieron del sonido de una cubeta de metal y agua meciéndose. Un segundo después, un torrente le cayó encima. Gritó dentro del bozal y se retorció del dolor que sintió cuando el agua hizo contacto con su cuerpo acalambrado. La siguiente dosis fue de agua jabonosa y olía a detergente. Noel tendría que agradecerlo, lo necesitaba. Estaba inmundo, bañado en sus propios fluidos. Sentía el cabello grasoso y las piernas le ardían por la orina que tenía pegada durante los días de encierro.  Las manos que lo manipulaban le hicieron sentarse todo encogido y sostuvieron en esa posición para que mojarle bien la cabeza. El siguiente chorro de agua helada fue para enjuagarlo y se concentró en su cara. El cachorro perdió el control y forcejeó con las fuerzas que le quedaban, porque sintió que se ahogaba.

Las manos lo soltaron y se desplomó en el suelo, empapado, miserable, hecho un ovillo lloroso. Contando sólo con sus oídos, escuchó a Lyon moverse a su lado. Era él, reconocía el sonido de los botines y suelas de goma. Una a una le fue soltando las cadenas que le ataban las muñecas a los tobillos y lo ayudó a ponerse en cuatro patas. Casi no podía sostenerse y cayó contrayéndose todo lo que podía. Lyon lo tomó del collar y tiró de la argolla para que se incorporara.

No lo consiguió. El cachorro se encerró en el ovillo de sus brazos y piernas. Lyon intentó secarlo en ese estado, con una toalla áspera. El cachorro decidió que era una buena idea hacerle la vida difícil. Sería su única venganza. Apenas Lyon se le acercó, lo repelió lanzando manotazos al aire. Girando el cuerpo entero, como lo haría un insecto que no se puede levantar, empezó a patalear para que no se le acercara.

Lyon lo dejó en ese estado, hasta que se rindió, exhausto. El dolor en sus extremidades confabuló en su contra y la otra mascota aprovechó su descuido y le envolvió la toalla en la cara, atrapándolo. El cachorro volvió a perder el control al sentir que se ahogaba. Se defendió a manotazos ciegos para sacárselo de encima. Mala idea. Lyon lo tumbó de espaldas y se le montó encima, atrapándole los brazos. Dejó que pataleara un rato más, mientras le secaba la cabeza con tanta brusquedad que parecía que quería arrancársela. Una vez terminó de resistirse, sintió un tirón en su collar y el sonido de la cadena enganchándose.

Con el intento de rebelión liquidado, el cachorro se dejó conducir sobre el frío suelo. En el camino, las manchas borrosas que podía distinguir se disiparon y pudo ver por fin. Lyon usaba botines muy parecidos a los suyos. Extrañaba sus propios zapatos viejos, su ropa raída y caminar como un ser humano, no como un animal entrenado.

Lyon se detuvo frente a una puerta doble y al abrirla, escapó el aroma de madera. Reconoció aquel ambiente, había estado ahí la última vez. La textura del piso alfombrado, el olor que despedían los sillones de cuero y los montones de libros en las estanterías que cubrían las paredes hasta el techo, todo le resultó familiar. Sí, era una biblioteca inmensa, tal y como lo sospechó, lamentablemente cargada de malos recuerdos.

En el fondo de la habitación se encontraba el demente de su amo, vestido con ropa oscura y sentado cómodamente sobre un enorme sillón de cuero. Mala suerte, tenía compañía.

—Toto, ven aquí.

Obediente, como mascota bien entrenada, se acercó aventurándose a darle una mirada discreta al invitado. El desconocido tenía el mismo cabello cano que Tin Man, solo que él sí era un anciano regordete y barbudo. Usaba gafas. Al igual que su anfitrión, estaba vestido con un traje negro.

—Buen chico. ¿Aprendiste tu lección?

A los pies de Tin Man, en posición de sumisión, solo movió las caderas como respuesta.

—Buen chico. —Como premio por su obediencia, recibió un par de palmaditas en la cabeza—. Sentado.

Complacido, el amo procedió a retirarle el bozal y lo dejó caer sobre la alfombra. Le acarició la piel irritada de las mejillas y lo tomó de la barbilla para que lo mirara a los ojos, grises y fríos como el brillo de una navaja.

—Las mascotas no deben subir al sillón —comentó Tin Man levantándolo en sus brazos para depositarlo sobre sus piernas—, pero hoy haremos una excepción.

—Veo que consientes mucho a tu mascota. —El invitado se levantó de su asiento y se sirvió una copa de vino tinto—. No te culpo, yo haría lo mismo si fuese mío.

A Tin Man pareció agradarle el comentario y le acarició los labios con el pulgar. Despacio, ingresó dentro de su boca, separándole los dientes.

—No te lo comenté, Rheo, me causa mucho placer verle los dientes a mis mascotas. Mira estas piezas. Perfectos aquí arriba, la hilera inferior con unos cuantos dientes torcidos que no me molestan, si son blancos como estos. —Los acariciaba con las yemas de los dedos. Uno por uno, debajo de los labios, rozando las encías, deteniéndose en los colmillos agudos, probándolos con gusto.

—No hay nada peor que una mascota con los dientes podridos, o sin dientes. —Rheo bebió un sorbo largo y regresó a sentarse—. Eso a mí me liquida la libido.

—A mi cachorro le gusta morder —continuó el demente de su amo y parecía absorto en sus pensamientos—. Toto, no creas que lo he olvidado. La próxima vez que lo intentes te voy a arrancar los dientes, uno por uno.

No estaba alardeando, lo iba a hacer sin ningún reparo. La idea hizo temblar al cachorro y vio a Tin Man sonreír.

—Toto necesita un corte de cabello, un baño y comer algo —retiró los dedos y los dejó reposando sobre sus labios. Los apretó jugando con ellos, estirando el inferior, más grueso que el superior—. No me gusta que estés tan delgado. Lyon se va a encargar de ti. Luego podemos jugar un poco.

El tono de su voz tenía un tinte de reproche. Sentado sobre las piernas de Tin Man, Noel solo atinó a guardar silencio. Hubiera deseado tener los ojos vendados, porque su mirada le escarapelaba el cuerpo.

—No sé por qué albergué la esperanza que me dejaras jugar con él —suspiró Rheo sonando desilusionado.

—Acabo de levantarle el castigo a Toto. No merece las atenciones de sus amos.

—Además, tu mascota no se ve saludable. Como mencionaste, está muy delgado. Me temo que voy a tener que recordarte no usar castigos muy crueles. Mira que a Cordelia he tenido que sancionarla. No puede tener mascotas en el periodo de un año.

—Toto necesitaba un castigo, es todo lo que diré.  Cordelia se merece la sanción. —Tin Man no se veía contento. El tono de su voz tenía la calma de una tormenta que se avecina—. ¡Admítelo Rheo! Si vas a usar tu posición como presidente de la organización para poder disfrutar de mi mascota, otra vez…

—Tin Man, no me malinterpretes por favor. Nuestra organización es pequeña y frágil, no podemos permitir más incidentes como los de Cordelia. Lamentaría tanto tener que tomar cartas en el asunto. Ya sabes, tener que sancionarte y…

—¡Quedarte con lo que es mío!

—No te pongas así, no hay razón por qué enojarse. Tan sólo vine a cerciorarme de que todo esté en orden y de que tu mascota se encuentra en buenas condiciones. La última sesión fue…

—Controlada a tiempo —interrumpió Tin Man—. No permití que llegara a mayores, no violé ninguna regla y no le permito a nadie dañar lo que es mío. Rheo, si lo que quieres es que mi mascota te vuelva a dar un servicio, solo tienes que decirlo. Sé que Toto dejó una buena impresión y tú disfrutaste mucho.

—No lo niego, pero te recuerdo que nos regimos por los mismos principios del BDSM, seguro, sano y consensuado. Bien sabes que nos podemos hacer de la vista gorda, con una u otra regla, de vez en cuando y…

—Mi mascota está en buenas condiciones, como puedes ver con tus propios y libidinosos ojos.

—Si quieres una felicitación de mi parte, espera sentado. Sabes bien a qué me refiero, no pretendas hacerte el inocente conmigo. No podemos dejar pasar incidentes como los de Cordelia. ¿Me dejo entender?

Tin Man estaba perdiendo la paciencia. Noel pudo ver cómo los labios se le afinaban y las fosas nasales se le dilataban.

—Seguro, sano y consensuado —repitió Rheo en tono grave—. Sería una lástima repetir errores anteriores. ¡No quiero más incidentes!

Tin Man sonrió siniestro.

—Por supuesto Rheo, déjamelo a mí. Te puedo asegurar que no habrá ningún incidente futuro. Pierde cuidado.

Rheo bebió el último sorbo de su copa. Tin Man estaba furioso, pero lo ocultaba bajo una sonrisa falsa. Noel lo notó perfectamente y nunca se sintió más feliz de que lo devolviera al suelo. El cachorro quedó de rodillas, con la cara pegada a las piernas de su amo mientras éste le daba palmaditas en la cabeza.

Lyon se le acercó y se agachó para asirlo de la cadena, pero el demente lo detuvo.

—No, no será necesario usar la cadena. Toto va a obedecer, no quiere que su amo se enoje con él. ¿No, Toto?

—Woof. —Posición de sumisión y sacudir las caderas.

Tin Man les hizo una seña para que se fueran y Rheo se levantó a servirse otra copa. Notó que no les quitaba los ojos de encima y algo en los ojos del anciano le inspiraron confianza. Tanta, que tuvo ganas de lanzarse a sus pies y rogarle que no lo dejara con ese demente. Pensándolo bien, no podía confiar en nadie. Rheo puso a Tin Man de mal humor y se iba a desquitar con ellos. Siempre era lo mismo, lo había aprendido con Devan.

Mientras se alejaba gateando, las palabras del anciano resonaban en su mente. Sano, seguro y consensuado. Era la primera vez que escuchaba acerca de la existencia de reglas. Nunca se las habían mencionado. El entrenamiento al que Tin Man lo había sometido jamás se había acercado, si quiera a la idea de seguridad. Durante cada sesión con su amo tenía la sensación de que intentaba matarlo. En ese momento ni siquiera sabía a dónde iban o qué iba a hacer con él. A pesar de que le dolía todo el cuerpo por el prolongado encierro, estaba dispuesto a ponerse de pie y salir corriendo. Podía intentar burlar a Lyon.

No, seas estúpido, te van a encerrar de nuevo en ese hueco. ¿Eso quieres?
No.
Entonces deja de pensar idioteces.

El viaje terminó en la cocina. Noel ya sentía las rodillas deshechas. Lyon se detuvo frente a un repostero y le puso en el suelo dos platos de cerámica. Noel bebió con desesperación del plato de agua, derramándola por todos lados. Una vez saciada su sed y con la cara empapada, se lanzó de bruces contra su plato de comida. Era algo con carne. Estaba tan hambriento que aunque fueran piedras lo habría disfrutado. Tin Man dijo que quería engordarlo. ¿Acaso se lo pensaba comer?

Lyon se mantuvo inmutable, solo observando cómo desperdigaba comida por todos lados. Esperó que terminara de lamer la base del plato y lo apartó para poder limpiar el suelo.

Cuando hubo terminado, el pelirrojo le hizo una señal para que lo siguiera y Noel tuvo ganas de ponerse de pie. Pero no lo hizo.

Lyon lo condujo al cuarto de baño y con un gesto le ordenó que se metiera en la tina. Una vez dentro, el agua tibia empezó a brotar y Noel intentó arrebatarle el trapo de baño, pero la otra mascota fue más rápida. No lo intentó de nuevo porque no quería que lo volviera a atar.

El baño fue rápido y le siguió el corte de cabello. Cuanto más tiempo pasaba al lado de Lyon, más cicatrices le descubría. Una en particular se le alojaba bajo el ombligo, gruesa como una cordillera de piel mal cosida, que se perdía hacia el sur, bajo la pretina del pantalón corto que llevaba puesto. Tenía varias más cruzándole el pecho, dos argollas pequeñas colgando de los pezones y una argolla gruesa que colgaba del collar.

El último mechón castaño cayó al suelo y Lyon pareció estar satisfecho, porque dejó las tijeras a un lado. Tuvo ganas de tocarse el cabello para ver qué tan corto lo tenía. La única intención de dejarlo ligeramente largo, era para tapar la cicatriz de su nuca.

¡Qué importa! Tienes el collar puesto y de aquí no vas a salir.

Es cierto, «propiedad de Tin Man». La desesperación crecía de nuevo, como oscuridad en su vientre. Las tijeras estaban a su alcance, con tan solo estirar la mano serían una buena arma de escape. Se envolvería con la toalla que había quedado en el suelo y se pondría a correr hasta que se le desprendieran las piernas.

Lyon adivinó sus intenciones y las tomó antes de que pudiera acabar de planear a quién se las iba a clavar primero. Le pegó una bofetada que lo lanzó al suelo, pero no le importó, estaba acostumbrado a recibir golpes. Dispuesto a pelear por las tijeras, se levantó al ataque y Lyon las lanzó hacia atrás de él. Por reflejo, volteó en su búsqueda, pero sintió que Lyon lo tomaba del pelo. Lo derribó sin ningún esfuerzo y le aplastó la cabeza. Lo tuvo ahí hasta que dejó de gruñir y patalear por soltarse.

—¿Qué sucede aquí?

¡Tin Man! No, no iba a regresar a ese hueco de nuevo. Gimió bajo la presión de Lyon y este lo soltó. Ambos adoptaron la posición de sumisión.

—¿Lyon, estabas maltratando a mi cachorro?

No había fuerza en el mundo que le hiciera confesar lo sucedido. Así que se quedó en su sitio, con la cara pegada a los zapatos de Tin Man, esperando que Lyon viera el modo de comunicarse.

No hubo respuesta. Lyon no se movió si quiera. Si algo había aprendido con Devan, es que quien calla otorga. Empezó a gemir como lo haría un perro al ver a su amo acuclillarse frente a él. Tin Man hizo que levantara la cara y le vio la mejilla hinchándose por el golpe. Sus ojos tomaron ese brillo de navaja sedienta de sangre.

—¿Eso fue lo que sucedió Toto? ¿Lyon te estaba tratando mal?

—Woof.

Ni lo pensó, simplemente salió de su boca. Hasta cerró los ojos, casi sin creer lo que estaba haciendo. Su amo bufó descontento, pero no estaba seguro de si le había creído. Lyon no se movía, no reaccionaba. No tuvo que hacerlo. Recibió una patada que lo hizo rodar por la cocina. Tin Man estaba enojado y se estaba descargando con su otra mascota.

Lyon no emitía ni un sonido y el cuerpo se le sacudía con la violencia de los golpes. Cuando se detuvo, luego de lo que parecieron horas, volvió a su posición de sumisión como si nada hubiese sucedido. Tin Man se enderezó como una lanza, se acomodó la ropa y el cabello blanco apenas alborotado por el ejercicio. Avanzó hacia Noel, agazapado bajo la mesa.

—¡Toto! Ven conmigo. —Fue la siguiente orden.

Despacio Noel abandonó su escondite. Tenía que obedecer o las consecuencias no se harían esperar. Así que fue siguiendo a su amo como la mascota obediente que pretendía ser.

***

Noel entreabrió los ojos y se quedó muy quieto, esperando que el resto de su cuerpo terminara de despertar. La sensación le era familiar. Eran los narcóticos que Tin Man le hacía tomar. Le daba tanto sueño que podía dormir por días enteros.

El cansancio no lo abandonaba y no podía levantarse de la cama. Incluso su mente estaba en blanco.  Lo peor era que le costaba distinguir entre sus sueños y la realidad. Aunque no podía decidir cuál era peor. Sólo le quedaron pesadillas, porque Luka los había abandonado tiempo atrás.

Abrió los ojos, se forzó a hacerlo. No estaba en su jaula, estaba en la cama y necesitaba salir de ese lugar, así se tuviera que lanzar por una ventana.

 

Tin Man lo dejaba echarse en la cama, sólo cuando tenían sexo. Le acariciaba los huesos con las yemas de los dedos, resaltando lo flaco que estaba durante el recorrido. Le apretaba los pezones mientras al oído decía que le pondría argollas ahí también. A Noel no le importaba lo que le hiciera, porque cuando eso sucedía, Luka volvía a su mente. Quería verlo de nuevo, quería regresar a la calle y acostarse con toda la ciudad si era necesario, hasta que el fotógrafo apareciera.

El miedo empezó a invadirlo, porque alguien se movía a su lado. Tin Man nunca lo dejaba pasar la noche con él en la misma cama. Para eso tenía su jaula, en una esquina de la habitación. Se mordió los labios tratando de descubrir de quién se trataba. De pronto, piel tibia, en contacto con la suya y encontró el olor familiar a sudor, humedad y un rastro de perfume, de esos que se frotan de las revistas.

Noel exclamó su nombre en silencio, sin estar seguro de poder emitir sonidos. El corazón casi le estalló. Recién caía en cuenta que no estaba acostado sobre la cama blanda de edredones como espuma, sino el colchón duro, sucio y estrecho de toda su vida. Jade se movió a su lado buscando calor. Sintió sus brazos flaquitos rodearlo y pechos pequeños frotarse contra su costado mientras buscaba comodidad. Noel tuvo miedo de moverse, porque si estaba soñando no quería despertar.

Jade se revolvió a su lado, presa de una pesadilla. Algo más que compartían. Después de vivir tantos años con Devan, los malos recuerdos los perseguían hasta en sueños. Casi habría dicho que las de Jade eran peores, porque a veces se despertaba gritando y con la cara mojada en lágrimas.  Recibió a Jade en sus brazos y lo escuchó sollozar en sueños.

El llanto cesó y Jade se acurrucó sobre su pecho, mientras que los labios se le movían llamando a alguien. Siempre era el mismo nombre, Bryan. Al acariciarle los mechones revueltos sobre la nuca, la expresión de paz de Jade aún dormido, compensaba todos los malos ratos que le hacía pasar. No podía odiarlo, lo intentaba y no funcionaba. Noel cerró los ojos. Las pestañas le pesaban y el calor que de sus cuerpos terminó por sumirlo en un sueño profundo.

Durmió un poco más y despertó con Jade revolviéndose a su lado, para desprenderse de su abrazo.

—¡Fue un maldito sueño! —La voz de Jade sonó abatida y se incorporó rascándose la cabeza—. ¿Qué tanto me miras? ¿Qué quieres?

—Buenos días para ti también —le saludó Noel, feliz de usar su voz nuevamente.  ¿Cuánto tiempo había pasado en manos de Tin Man? ¿Meses?

—¿Qué carajo pueden tener de buenos? —Le increpó Jade achicando los ojos.

—Nada, solo estoy feliz de verte. —Es que su compañero no tenía idea de lo aliviado que se sentía al verlo.

Sí, era patético que prefiriera permanecer con Devan y su único consuelo fuera que Tin Man no lo había comprado, como tanto temía. Jade tomó su comentario como una burla y no le dio tiempo para explicarle.

—Pues yo no. Ahora cierra el hocicote, que quiero dormir. Te agarras toda la maldita cama, cabrón. Como si fuese tuya. Ya, muévete que me quiero acostar. Rápido.

Le hizo un sitio a Jade, aunque lo que buscaba era que le dejara el colchón completo.

—Estaba soñando tan bonito. —Se acomodó dándole la espalda. Tenía frío, porque apenas traía una camiseta de mangas cortas, así como demasiado orgullo para pedir cobija—. Siempre arruinas todo, bicho idiota.

—Qué envidia, ojalá mis pesadillas fueran como las tuyas, Jade.

Debió dejarlo ahí, pero no. Estaba tan entusiasmado de poder usar su voz que no midió las consecuencias.  Jade giró furioso y se le subió encima. Nunca se había visto tan amenazante.

—Te dije que te calles. —Aún traía puesto el collar y tiró de la argolla—. Los bichos no hablan.

—¡Jade! —La voz de Devan apareció de pronto y tuvo el efecto de un trueno. Ambos cachorros sabían que tenían que buscar refugio.

La puerta de la habitación siempre estaba abierta y ni lo sintieron entrar. En ese lugar Devan tenía acceso a todo lo que quería y no debían olvidar ese detalle. Jade se lanzó de la cama de puro susto y no dijo nada para defenderse. No necesitaba hacerlo, porque Devan lo apartó de una bofetada y Jade huyó de su lado.

Noel en cambio, se incorporó, aún muy adormecido como para escapar. Tenía las piernas flojas y no estaba seguro de que lo pudieran sostener. Devan lo notó sin duda sólo para tomarlo del brazo y arrastrarlo hasta la cocina.

El olor a café flotando en el ambiente indicaba que era temprano. Devan desayunaba a las nueve, más tardar a las diez, siempre era muy estricto con sus horarios. Era una pista, porque intentar ubicarse en el tiempo iba a ser complicado.

Jade los alcanzó un momento después y limpiándose el labio herido. Temeroso, se acercó a Devan esperando que le diera dinero para ir a comprarle el desayuno.

—En diez minutos estás aquí —vociferó Devan lanzando un billete sobre la mesa.

Jade asintió apurado, tomó su chaqueta colgada en una silla y se calzó en el camino, antes de desaparecer del departamento.

Si Noel hubiese podido ponerse de pie, iba tras Jade. No había nada peor que quedarse a solas con Devan. Guardaba la mínima esperanza de que lo dejara en paz, como solía hacer cuando regresaba de las manos de Tin Man. De todos modos, tenía que estar alerta, pero casi no podía sostenerse en esa silla de lo cansado que se sentía. Claro que era Devan. Cualquier cosa se podía esperar de él.

Con temor, vio que se acercaba con la misma cadencia de un animal acechando a su presa. Como primera providencia, Devan se detuvo a sus espaldas y le retiró el collar. Le recorrió con los dedos la cicatriz sobre la nuca para subir por su cráneo. Noel lo escuchó resoplar cuando cerró el puño sobre su cabello y le dio un tirón.

—Tienes las pupilas dilatadas —masculló amargo—. Ese pendejo de Tin Man, por muy médico que sea, por poco te da una sobredosis. Dormiste tres putos días.

Maldiciendo al aire, lo soltó por fin y tomó el control remoto de la mesa con un zarpazo. Encendió el televisor, para luego ir a tumbarse en la silla contraria. Noel se quedó sorprendido. Las palabras de Devan tenían una carga de preocupación que nunca antes le había sentido.

Apenas salió de su asombro y con el alma regresando al cuerpo, se levantó a servirle algo de beber.

—¡Tómate un café también! —ordenó Devan, sin prestarle mayor atención—. Y prepara avena para ustedes.

Noel sirvió las tazas de café negro, mientras pensaba en la avena caliente y su estómago brincó de felicidad. Puso una olla con agua a hervir y se recostó sobre el repostero a esperar. No le gustaba el café, prefería el té porque lo encontraba menos amargo.

En el noticiero, una reportera dio la fecha del día: veintisiete de febrero. Entonces, según sus cálculos, había estado fuera dos semanas. El degenerado de Tin Man no mintió. Lo había encerrado una por lo menos una semana, quizá más. Un escalofrío llegó con el mal recuerdo. Deseaba que todo fuese un sueño y que cuando despertara, la realidad fuera diferente. No tener que vivir con miedo, siempre alerta y esperando lo peor.

Devan lo llamó con un gesto y tuvo que acercarse.

—Abre —ordenó y le puso una píldora sobre la lengua.

Noel la pasó sin protestar y la voz de Luka resonó en su mente. Menos mal que no era veneno, ni te fijaste en lo que te di. Una dosis de veneno sería demasiado piadosa. El cachorro volvió a su rincón y Devan a esperar su desayuno. Era aspirina o eso decía el frasco sobre la mesa.

Dejó que Luka se disipara de su mente como el vaho que brotaba de la olla con agua recién hervida. Tenía otras cosas por las que preocuparse. Por ejemplo, que Jade se estaba tardando en volver.

***

Al término de la semana, empezó a sentir cierta envidia hacia Jade.

Devan había decidido mantenerlo encerrado y sentado en esa misma silla, pesando y rellenando paquetitos para abastecer sus otros negocios. No tenía permiso para pisar la calle, ni siquiera para acercarse mucho a la puerta. Mientras que Jade entraba y salía, Noel no tenía escapatoria.

Si había algo peor que convivir con Devan, era terminar en su cama cada vez que le entraban ganas. Acababan de tener sexo y todavía no terminaba de vestirse, cuando lo escuchó hablando por teléfono.

—En la mula de Müller no se puede confiar. Sólo espero que en una sobredosis se quede tieso y deje de joder. ¡Cállate, cabrón! Va un cachorro y no te hagas el pendejo conmigo, Sam.

Noel casi saltó de alegría, por fin iba a regresar a la calle. Jade estaba en la lavandería y el único cachorro presente era él. Devan dejó que se vistiera y le entregó una bolsa con instrucciones precisas de «vas y ya estás de vuelta». No perdió un segundo, fue derechito a donde lo había mandado.

Todavía hacía mucho frío. Siendo marzo, el invierno se resistía a marcharse. Con abril llegaría la primavera, pero quien sabía cuándo empezaría a calentar el clima. Noel se dirigió hacia la morada de Sam, en uno de los edificios del Estado que conformaban vecindarios enteros.  Ese sujeto era uno de los colaboradores de Devan y se encargaba de distribuir la mercancía en toda su zona.

Sam no podía caminar. Una bala en el fémur le había destrozado la pierna y esa era su excusa del momento. Salía poco de casa y cuando lo hacía era con grilletes y acompañado de la policía. Trabajaba de ese modo; su gente iba a buscarlo a la comodidad de su cubil. Su clientela iba desde chicos de escuela, que vendían en las aulas bajo las narices del profesor, otros micros distribuidores callejeros y las putas que movían la droga en los bares del área.

Cuando por fin llegó, eran casi las cinco de la tarde y Sam lo recibió en su sala, que a la vez era cocina, oficina, laboratorio, fumadero y aposentos. Un séquito de esperpentos adictos a la metanfetamina le dio la bienvenida.

Sam, enorme, redondo y sudoroso, recibió el encargo desde el sillón donde estaba empotrado. Tal y como Devan, sabía que algo andaba mal tan sólo mirando la bolsa transparente y su contenido.

—¿Estás con prisa? Escucha puto de mierda, le das un mensaje al mamavergas de Devan. ¡Qué vaya a hacerse coger, carajo! —Sam lo atrapó de un brazo y se lo torció con tanta fuerza, que le hizo saltar los huesos—. ¿Cree que soy pendejo? ¡Esta mierda no es la que me ofreció!

—Yo solo traigo lo que me mandaron —respondió Noel recuperando su brazo.

—¡Me cago en Devan! Aquí falta merca, no es lo que acordamos, cabrón.

—Eso díselo a Devan.

Ni supo de donde le salió el valor para responderle. Tampoco podía decir la verdad, porque si Devan se enteraba de lo que en realidad había sucedido en realidad, lo iba a partir en dos.

 

Faltaban un par de bloques para llegar a su destino cuando, antes de doblar la calle, un auto policial se detuvo a su lado, con las sirenas apagadas, pero con las luces encendidas. Sabía de quien se trataba y Noel se quedó inmóvil a un lado de la vereda.

—Hijo, ¿para dónde vas tan apurado? —El oficial Anderson lo abordó en seguida, empujándolo contra la pared—. Ya sabes qué hacer, separa las piernas.

Luego del cateo preliminar, de donde sólo obtuvo condones de los bolsillos de su chaqueta, continuó.

—Me temo que vas tener que venir conmigo a la delegación —le dijo, sujetándole las manos para esposarlo como a un criminal.

¿Era necesario todo ese trámite? No. Para nada. Noel dejó que lo subiera al asiento trasero y en efecto, fueron hacia la estación de policía. Una vez estacionó el auto, el oficial Anderson, volteó a encararlo.

—Dámelo de una vez.

—No tengo nada, oficial. —Anderson no era un hombre paciente y lo conocía bien, pero tampoco podía rendirse tan fácil.

—¿Prefieres que te lleve ahí dentro y te revise todos los huecos? Dámelo de una vez —insistió el oficial y no repararía en cumplir su amenaza—. Sé que traes algo y no te bajas sin dármelo.

Noel no le respondió, sino que de dentro de uno de sus botines, sacó una bolsita con metanfetamina. La pasó por la rejilla que dividía el auto policial y el oficial la recibió sonriendo.

—¿Ves que todo es más fácil si te portas bien? ¡Es de la especial! Haces el servicio completo. Ese Devan ha de estar haciendo una fortuna.

Muy animado por el producto que tenía en la mano, ya no lo necesitaba. Salvo que quisiera otro servicio, pero parecía que Anderson no estaba de humor para eso.

—¿Qué haces ahí sentado? Lárgate antes que de verdad te lleve allá adentro. Y cuidado con abrir la boca.

Fue turno de Noel de resoplar y bajarse del auto. Cierto, a veces cargaban droga para clientes que requerían ese extra con sus servicios. Anderson lo sabía y era su cuota, la que se cobraba por dejarlo tranquilo. Devan no se podía enterar, porque alguien iba terminar pagando las consecuencias e iba a ser él.

—Espera. —El oficial Anderson, al verlo fuera del auto, le lanzó una bolsita de papel—. Toma, sobraron de la mañana.

Eran rosquillas y al recibir la bolsa le acarició la mano.

—Pórtate bien, mantente en la escuela —le dijo burlándose mientras arrancaba el auto—. No trabajes mucho.

 

Esa era la historia de por qué faltaba mercancía y no había manera de que confesara. A Sam no se le escapaba detalle; sabía que no estaba completo, pero también que Devan era un timador.

—De acá no sales, acá faltan pastillas —insistió Sam, tratando de levantar su descomunal anatomía para imponerse—. ¿Dónde está el maldito teléfono? ¡Alguien que me pase el maldito teléfono!

Nadie se movió, el resto de su séquito estaba demasiado drogado como para prestarle atención.

—¡Oe, Jabba! ¡Jabba the Hutt! Sabes que el mamón de Devan juega chueco, no seas pendejo —intervino un sujeto que salió del fondo, atraído por sus gritos—. Necesito mi vicio, ya que se largue el puto.

Sam no estaba conforme, pero tampoco podía hacer mucho desde el sofá que ocupaba completito. Tenía un bastón a un lado, que quizá en una realidad paralela podía sostener semejante masa. Sus ojos pequeñitos, casi cubiertos por sus mejillas redondas, brillaron furiosos. Intentó recobrar el teléfono estirando un brazo, tan grueso que la carne le colgaba como si tuviese aletas. El sudor se le resbalaba como una pequeña corriente que le mojaba la camiseta que traía puesta y cada movimiento lo dejaba sin aliento.

—¡Oe, Pelotón! ¿Quieres el teléfono?  No seas pendejo, anda, llama a Devan y dile que te mandó menos, para que venga y te joda la otra pierna, gordo cabrón.

El otro sujeto le arrebató la bolsita de las manos rechonchas y se regresó por donde vino. Sam, aún más frustrado, reconsideró la idea de reclamarle a Devan y escupió al suelo un par de veces.

—Lárgate de una vez antes que me levante de aquí, puto. ¡Fuera! —gritó tratando de alcanzar a Noel con el bastón, sin éxito.

No, si no se iba a quedar a que se lo repitieran. De prisa, porque el olor a sudor que desprendía Sam le provocaba dolor de cabeza. El departamento tenía el aire tan denso, como el resto de ese tugurizado edificio. El corredor oscuro, pintarrajeado, lleno de bulla, un par de niños pasaron correteando a su lado. Llegando a la puerta, un par de mujeres peleaban delante de sus hijos quienes chillaban a su alrededor. Las esquivó antes de verse involucrado y trató de alejarse lo más rápido que pudo.  Del edificio salió más gente a unirse a las adversarias y se armó un griterío que pronto atraería a la policía, mientras que otros curiosos sacaban sus teléfonos para grabar la pelea.

El camino de regreso era largo y de pronto la sensación de libertad lo embriagaba. Con las manos en los bolsillos, iba apretando las mangas. Por fortuna, la tienda de los italianos quedaba más cerca que el departamento de Devan. Al cabo de un par de vueltas tomó valor y se asomó dentro de la tienda, ignorando las advertencias de Phil. No sabía cuándo Devan lo iba a dejar salir de nuevo y necesitaba ver a Pat una vez más.

Estaba de suerte, porque el rubio se encontraba holgazaneando tras el mostrador. Apenas entró, los ojos ambarinos de Pat se llenaron de un brillo acuoso al cruzarse con los suyos.

—Hola, extraño, tiempo sin verte —alcanzó a decirle antes de que el rubio saltara el mostrador como un gato montés y casi se partiera la cara tropezando.

Pat lo embistió con la fuerza de un tren, lo arrinconó contra la puerta y no lo quiso soltar hasta asegurarse de que era él. Sí, era su Noel, se había estado muriendo de preocupación y hasta le rezaba a toda esa fila de imágenes de santitos que Phil tenía tras la caja registradora. No sabía cuál de todos le había hecho el milagro, pero ahí estaba, vivito y coleando. Noel había vuelto, tal y como pidió que sucediera.

Las lágrimas pugnaban por secarle los ojos completamente. Tenía a Noel entre sus brazos y traía puesta la chaqueta que le había regalado. Si él supiera que tenía siempre a su lado la chaqueta de cuero. Dormía envuelto en ella, porque sentía que era lo único que tenía para recordarlo.

—¿Dónde te metiste, Noel? Te estuve buscando, Phil te estuvo buscando. Fue allá donde tú andas varias veces. ¿Por qué no apareciste? ¿Qué pasó contigo?

Dejó que se repusiera del golpe que se había dado contra la puerta. Se desenvolvió de sus brazos y, apenas se incorporó, volvió a colgarse del cuello flacuchento de Noel. No iba a dejar que se fuera otra vez. Lo había extrañado demasiado.

—¿Y Phil? Se va a enojar si me ve.

—No, no se enoja. Ya te dije que él te estuvo buscando y.… además, salió a traer unas cosas, viene más tarde. ¿Dónde estabas? Oye, te estuvimos buscando.  Pensé que no te iba a ver de nuevo. ¡Eres un idiota! ¡No puedes desaparecer de este modo! Capisci?

Noel se lo quedó mirando, curioso, y de pronto lo vio sonreír. Sí, era una sonrisa legítima. De repente, las pastillas que estaba tomando le hacían ver visiones.

—También te extrañé. ¿Dices que Phil me fue a buscar? Pero…

—Yo sé, te largó de aquí y eso. Oye, no seas rencoroso, eso quedó en el pasado. ¡Ven, vamos a la trastienda para hablar! —Pat le tomó la mano y una corriente eléctrica lo sacudió, encendiéndole las mejillas.

Era el contacto de piel con piel que lo puso a temblar. Noel se dejó conducir receloso detrás del mostrador, pero no llegaron lejos porque llegó un cliente.

Pat regresó a atenderla, pero no tardó nada. Apurado, volvió a su lado.

—Oye, te tienes que quedar a cenar. Ya aprendí a cocinar, Paulette me enseñó. Te estuve guardando comida todos estos días. Sabía que ibas a venir tarde o temprano. Como no venías se la di a alguien más. Ya te cuento luego, pero dime. ¿Qué pasó contigo? ¿Dónde andabas?

—Devan no me dejaba salir. Me mandó a hacer un encargo y tengo que volver. Quise venir porque pensé que no iba a volver a verte. —Esta vez fue Noel quien lo abrazó.

Fue una sorpresa. Usualmente, las muestras de afecto de Noel eran tan mínimas que Pat ni las notaba. No, esta vez era un abrazo real. Pat podía sentir su cuerpo huesudo pegadito al suyo, el olor de su cabello castaño y su mejilla sobre su cuello.

Pat abrazó a Noel con todas sus fuerzas y decidió que no lo iba a soltar nunca más. Solamente deseaba idear el modo de retenerlo, porque tenía tanto que contarle acerca de los progresos de su enfermedad.

No, Noel no lo sabía, nunca se lo había dicho. Tal vez no era el momento, no quería preocuparlo. Le diría que todo estaba bien, porque era cierto. Tomaba las pastillas que eran de su mamá, a pesar de que Phil renegaba. Algún día se lo diría. Mientras tanto, quería disfrutar de lo bien que se sentía el estrechar el cuerpo de su hermano.

—¿Oye, sabes que mamá me hacía lo mismo? Me abrazaba así con fuerza y no me soltaba nunca —rio Patrick.

—¿De verdad? No me contaste de eso.

—¡Hay mucho que contar! Si te quedas conmigo te enteras. Ella tenía un nombre lindo. ¿Si lo sabes?

—No, Pat. Te olvidaste de decírmelo.

—Maggie, se llamaba Margarite. Es el nombre de su mamá, pero esa vieja es de lo peor.

Tener a Noel en sus brazos, era todo lo que quería. Sentirlo cerca le provocaba casi la misma sensación de cuando su mamá lo mecía para dormirlo.

—Maggie era muy linda, lástima que no tengo una foto de ella para que la veas. ¿Sabes? A ella le gustaba acariciarme el pelo.

Noel lo hizo, su mano sobre las hebras de su pelo rubio se sentía tan bien. La misma corriente de antes, esta vez bajando por el espinazo y rodeando la cintura para alojarse en medio de sus piernas. Ni lo pensó, se dejó llevar por sus impulsos. De pronto, juntó sus labios con los de Noel, ligero, apenas. Como esperaba que sucediera, no hubo reacción. Dejó que le plantara un besito sobre el labio más carnoso y se despegara de este, aunque de verdad quería mordérselo.

—¡No me mires así! No te quedes callado. —Pat podía tolerar que rechazo, pero no silencio—. No tiene nada de malo que te dé un beso. Noel, yo te quiero, mucho. Ya está, lo dije. Te quiero mucho y eso es lo que se hace cuando quieres a alguien. Así que quita esa cara que…

—Pat, no tienes que decirlo. Yo también siento algo por ti.

Ahora sí se quedó sin palabras.

—¿Estás hablando en serio? —Tenía que cerciorarse de que no estaba soñando. Porque a veces, cuando soñaba con Noel, amanecía transpirando por todos lados.

Su hermano solo asintió, pero no trató de hacer nada más por reafirmar sus palabras.

—Me estás mintiendo. Si de verdad me quisieras estarías conmigo siempre, no cuando te acuerdas que tienes hermano. —Pat sonó más resentido de lo que estaba, pero ni modo. Estaba hecho.

—Te juro que quise venir antes y no pude. —Algo en la voz de Noel le indicó que era cierto—. Quería ver que estabas bien, Pat.

—Sí, ya me viste, estoy bien. Phil no es tan malo como parece. Quiere que vaya a la escuela y todo eso. Paulette está empeñada también.  Creo que se quieren deshacer de mí por un rato. —Sacó la lengua a modo de broma—. Además, me trata como a su hijo. Ese de la foto. ¿Sabes quién es? Ven, te lo presento. Le estuve pidiendo a ese y a todos esos otros de ahí que te hicieran volver conmigo. ¡Te debo una, Tino!

—Esa es la misma foto que tenían afuera —murmuró Noel, acercándose a donde Phil tenía el cuadro de Tino.

—¿Qué? ¡Tú sabes! Dime Noel, dime que quiero saber, acá nadie me quiere decir que pasó. Sé que algo feo, pero no sé qué fue. ¿Estaba enfermo o qué?

Noel se quedó en silencio un momento y volteó a verlo, listo a evadir su pregunta. No lo iba a dejar irse sin una respuesta.

—No me salgas con que no sabes, en tu cara puedo ver que sí sabes y no me quieres decir.

—No te lo han contado porque fue algo malo, Pat.

—Eso ya lo sé, pero igual quiero saber. —insistió el rubio.

Noel entonces se quedó en silencio, perdido en sus recuerdos.

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One thought on “Capítulo 15

  1. Al fin veo un progreso! 😀

    Entonces todo el barollo con TinMan no fue mas que una pesadilla, o de veras Devan fue a rescatarlo de ese atolladero? Sea como sea, bienvenido. El encuentro con Pat! ❤ Casi parece un final feliz 🙂 es justo lo que necesitaba para respirar aliviada.

    Y de paso, la regañina que le pegó Rheo a TinMan fue de pelicula. Para la posteridad. Bien hecho, hijo de perra. Bien merecida la tienes!

    Un besote

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