Capítulo 13

 

Afuera estaba lloviendo y esa noche no iba a ir a ningún lado.  Durmió de a ratos, con toda la cama para él solo.

Tuvo suerte, seguía vivo. No sabía cómo había sobrevivido a la golpiza que le dio Müller, primero, y luego Devan. Tan solo acordarse dolía. Y aún no podía creer lo que había hecho. Algo en su mente debía estar muy mal.

No sólo había mandado a Müller a la mierda, sino que cuando lo arrastró fuera del auto, le dio un empujón para quitárselo de encima. Plenamente consciente de sus acciones, estaba dispuesto a saltar en medio de los autos con tal de no regresar con Devan. Noel corrió como un animal asustado por el lado auxiliar de la carretera y en sentido contrario del tráfico. Creyó sacarle ventaja a Müller, pero las luces de los autos lo aturdieron.

Müller consiguió derribarlo y no se molestó en dejar que se levantara. Lo arrastró hacia su auto sin que pudiera resistirse. En ese momento, mientras recibía una lluvia de golpes, deseó enmendar sus palabras y deshacer sus acciones. En medio de la paliza, Müller lo levantó de la polera y esta terminó por desgarrarse.

—Debería romperte el cuello, pero no voy a quitarle la diversión a Devan. —Sonreía enloquecido de rabia—. Luego que ese cabrón acabe contigo, te voy a cortar las patas para que no lo vuelvas a hacer.

—Lo siento —sollozaba, porque sabía lo posible de la amenaza—. Es que no quiero que Devan me venda, no quiero irme de su lado.

La cara de Müller mutó de la ira a la confusión para tornarse en una mueca burlona.

—¿Qué dijiste cabrón? No, si tú no vas a ningún lado. Antes te quedas conmigo, hijoeputa. Yo te voy a enseñar a portarte bien, como una buena puta.

—Devan me quiere vender…

—Cállate mierda, cierra el puto hocico. —Un golpe en el vientre le quitó el aire de los pulmones—. Carajo, todos los problemas que traes. Devan te va a encerrar cabrón, no aprendes. ¿No? Ni cuando estabas así, cachorrito, pasó lo mismo. Ah, tan buen rato que pasamos.

Por una fracción de minuto pareció atrapado en sus pensamientos.

—¡Qué carajo! ¡Todavía se te puede sacar provecho!  —Diciendo esto, lo estrelló contra la puerta del auto.

Pudo sentir que el cráneo se le partía y un dolor caliente le bajaba por la espalda. Aturdido y con la voluntad de un trapo, dejó que Müller lo levantara en peso y lo lanzara dentro de la cajuela del auto.  A pesar que tenía los ojos abiertos, solo veía oscuridad y creyó que estaba ciego. Se abrazó a sí mismo mientras escuchaba a Müller maldecir al aire.

Cuando abrieron la puerta de la cajuela, fue el rostro de Devan el que se asomó. Tenía que aceptarlo: por un momento se sintió feliz de poder verlo.  Fue un alivio descubrir que no estaba ciego, solo tenía el cráneo hecho trizas, por cómo le dolía.

Devan lo tomó de la ropa y lo sacó arrastrando de donde estaba.

Una vez en el pasillo, tuvo miedo de la puerta que escogería. La del final del corredor, la de la luz siempre encendida, sería el final de su vida. Las demás tampoco eran buen augurio, pero Devan lo llevó al departamento que habitaban.

No le dio tiempo para huir. Lo derribó en el suelo y le empezó a pegar con la pala para la nieve. Hecho un ovillo, solo esperaba su fin.  Para su pesar, Devan y Müller se detuvieron para evaluar el daño.

—Con huesos rotos no vale ni cinco centavos. —Devan dejó caer la pala al suelo.

—Arriba, que no es hora de dormir. —Müller le tiró un puntapié extra y se agachó para levantarlo—. Y me debes una mamada.

Dejó que Müller lo sostuviera. Noel sentía las extremidades flojas y no podía mantenerse en pie. Devan se les unió al instante y levantó el rostro para evaluar el daño. Gruñó ligeramente y procedió a jalonearle la ropa para quitársela. Pronto quedó sin prendas encima, tan solo con las manos de Müller tocándolo. El sobre que le dio Luka, cayó al suelo y Devan le rebuscó en los bolsillos, la ganancia de la noche. Cuando terminó de contarlo, lo escondió entre su ropa.

—¡Mierda, cabrón! Si mis putas hicieran la cantidad que esta perra. Anda, si ya no lo quieres, dámelo. Yo le saco provecho.

Devan lo miró fastidiado y Müller carraspeó nervioso. Noel se encontró entre dos fuegos. No importaba de cuál lado viniera, se iba a terminar quemando.

Ni lo pensó, solo se acurrucó sobre el pecho de Müller y sintió su erección a través de la ropa que traía puesta. Escuchó como el hombre resoplaba ansioso cuando apenas lo rozó con la pierna desnuda. Colocó su cabeza bajo el mentón de Müller y este pudo aspirar el perfume a champú que tanto dijo gustarle.  Sus manos huesudas se aferraron a uno de los brazos del adulto, mientras que se contraía sobre su pecho, frotando su pierna sobre el miembro endurecido.

Resultó tal y como esperaba. Müller lo levantó en peso delante de Devan y hasta le faltaron piernas para llevárselo a su habitación. Lo tumbó sobre la cama y se desvistió a toda prisa.

Sin perder un segundo, Müller se acomodó entre sus piernas magulladas y las colocó sobre sus hombros. Ya a punto de correrse hizo que el cachorro se le subiera encima, lo puso de espaldas y lo sujetó de las muñecas adoloridas para que no tuviera como sostenerse. Sentado sobre el sexo de Müller, Noel pudo sentirlo ingresar completo dentro de su cuerpo. Lo jalaba con fuerza, según él, para exprimirse dentro. No tardó en llegar al orgasmo con un gemido hondo.

—¡Hijoeputa! —exclamó Müller jadeando, y se desplomó sobre el colchón, donde apenas cabía, exhausto y sudoroso—. Devan de mierda, como se va a deshacer de tan buen culo. Anda, puto, déjame bien limpio.

El cachorro sabía hacer su trabajo. Se acomodó entre las piernas velludas de Müller, frotándole los muslos afilados y se concentró en masajear su sexo erecto con el arete de su lengua.

Müller gruñó, incorporándose lo suficiente para observarlo y dirigir sus movimientos. Lo sujetó del cabello para asegurarse de que todo su miembro ingresara dentro de la boca tibia que lo recibía.

—Me la acabas de poner dura de nuevo. —Y Müller se rio como si le hiciera cosquillas—. Me la puedes chupar todo el día si te dejo.

Ante estas palabras, Noel le dio una lamida larga de la punta hasta la base y luego lo introdujo el falo completo en su boca. Las manos de Müller lo tomaron del cabello y pudo sentir que se corría una vez más.

—Tanto entrenarte en esto para que ese mamón de Devan te mande a otro lado. —masculló Müller reponiéndose del orgasmo. — Me lleva el diablo, carajo. No me quiere dar a Jadecita y te va a estar vendiendo a ti. Ese cagón lo hace por joderme.

Müller le ordenó que le pasara su ropa y le tuvo que dar la chaqueta que era de Luka.  Al tomarla de donde la arrojó tuvo ganas de gritarle ¡es mía, me la dieron a mí!

Luka de nuevo. No le importaba si tenía que acostarse con todo el resto de la ciudad con tal de poder tener la oportunidad de verlo de nuevo. Cualquier esfuerzo sería insuficiente.

Müller estaba complacido con su desenvolvimiento en la cama y le pellizcó la cara antes de salir del cuarto. Al quedarse solo, Noel se tumbó sobre el colchón sucio, sin fuerzas para volver a levantarse. Tenía que estar atento. Devan podía cumplir su amenaza. No estaba a salvo, nunca lo estaría.

Sólo quería que lo dejaran en paz. Dormir un rato y cerrar los ojos para olvidarse de donde se encontraba. Se encogió sobre la cama y se cubrió el rostro con los brazos. Müller discutía con Devan y podía esperar que nada bueno le tocara de los tratos que hacían esos dos.

—¡Jódete, cabrón! —gritó Devan, dando el tema por saldado—. Ya quisieras que tus putas hagan billetes como mis cachorros. Ahora lárgate, Mula, antes que te cobre por el polvo.

Un par de maldiciones y Müller se retiró lanzando cosas al suelo. Devan le respondió con un par de amenazas y luego azotó la puerta del departamento. Noel se encogió todavía más, demasiado asustado como para buscar refugio.

No tenía donde huir. Solo empeoraría su situación, que ya bastante mal pintaba. Devan no tardó en aparecer en el umbral de la puerta. No, no había terminado de darle una lección.

La última vez que había intentado escapar, lo encerró en un cuarto y dejó que media ciudad entrara a divertirse con él. Iba a venderlo, eso era seguro.  No iba a volver a ver a Luka y no estaba dispuesto a permitirlo.

Luka en su mente. El corazón le palpitaba a mil por hora y cuando Devan lo levantó, a la fuerza, intentó resistirse.

—Devan, te juro que no me vuelvo a escapar.

—Siempre dices lo mismo. —Y lo sacó arrastrando por el corredor—. Ahora cierra el hocico, antes de que te lo cierre yo.

No sabía de donde le salía el valor para pensar en defenderse. Intentó patalear, agarrarse de las paredes, pero fue inútil. Si lo vendía, no iba a volver a ver a Luka, a Patrick…

Suplicar no servía de nada, menos aún resistirse. Cerró los ojos y cuando se dio cuenta, Devan le dio un puntapié a la puerta del baño.

—Tienes cinco minutos —le gritó arrojándolo contra la ducha.

Ni un segundo extra. Parecía que los contaba en su mente. Temblando, se levantó y abrió el grifo. Ahogó un grito al sentir el agua fría sobre su cuerpo. Devan lo miraba temblar, aseándose lo más rápido que podía. Cuando decidió que se le había acabado el tiempo, le tiró una toalla sucia para que se secara.

Luka tuvo tanto cuidado cuando le secó el pelo y se sentó en la cama a su lado. Luka lo besó y se sintió bien; lo tomó de la nuca y le frotó los labios con su lengua. Lo dejó recostarse en la cama.

Devan en cambio, lo llevó a empujones a su cuarto, le pegó en la cara y lo lanzó sobre la cama. Le agarró una pierna y lo jaló sobre el colchón para acomodarse en medio de su cuerpo.  Hizo que levantara las caderas y lo sujetó de la nuca para que mantuviese el rostro contra el colchón. Entró sin preparación dentro de su cuerpo, en seco, como lo había hecho Müller unos minutos antes. Dolió mucho, pero Noel no se atrevió a quejarse.

Devan lo penetró con fuerza, como si quisiera matarlo. Luka llegó al rescate dentro de su mente. Era Luka quien se lo hacía, lo tomaba con fuerza, le daba de nalgadas.

No, Luka no le haría algo así. ¿No? No como Devan. Así que cerró los ojos para hundirse en su fantasía, para hacerla real.

Devan terminó por correrse, hundiéndole los dedos sobre las caderas, y se tumbó en el colchón a su lado. Lo arrastró hacia su pecho y lo apretó contra su cuerpo. No era lo mismo, no era Luka quien estaba a su lado, no era ese olor a las hojas de las revistas de Jade, no era su respiración tranquila y su cuerpo esbelto.

Finalmente, y cuando todo terminó, Noel pudo dormir de puro cansancio. Despertó al sentir a Devan moverse. Vio que se levantaba de la cama y tomaba su teléfono. Mirando la pantalla, el chulo encendió un cigarro y se fue de la habitación gritándole a quien sabe quién.

Una vez a solas, esperó que Devan se alejara y su voz desapareciera. Noel se levantó entonces, se dirigió a su habitación y la encontró vacía.

Jade, se había olvidado completamente de ella. Quizá no regresaba de trabajar, todavía. Si Devan se enteraba, le iba a ir mal.

Noel aprovechó su soledad para buscar algo que ponerse dentro del montoncito de ropa gastada que estaba en el suelo. Encontró una camiseta y se vistió a prisa. Apenas escuchó la puerta del departamento abrirse y pasos torpes se precipitaron por el corredor. No eran de Devan. Era Jade, o su fantasma, porque quien se sostenía a duras penas en el umbral de la puerta, era un alma en pena.

Jade intentó avanzar hacia él, con la mirada perdida y las piernas flojas. Al cabo de dos pasos, se desplomó de rodillas. De un salto, Noel llegó para sostenerla y que no terminara de bruces en el suelo.

—¿Bichito, eres tú? —Al sentirlo cerca, Jade se colgó de su cuello y empezó a sollozar casi sin voz—. Dime que eres tú.

—Soy yo, Jade —le respondió con miedo de tocarlo— .Ya pasó, ya terminó.

Los ojos color jade intentaron creerle, pero empezaron a llorar más fuerte que antes.

—Ven, vamos a que te laves.

Jade era peso muerto y parecía un venado aprendiendo a caminar. Noel tuvo que hacer un esfuerzo enorme y trastabillando llegaron al baño, donde se desplomaron. Un momento después, escucharon los pasos de Devan. Acababa de regresar de donde fuera que hubiese estado.

Notó que Jade dejaba de sollozar de puro miedo y escondió su rostro sobre su pecho. Ambos compartían el mismo temor; quizá Devan irrumpiera en el cuarto de baño y les daría una paliza. Tal vez regresara a Jade a su encierro.

Esperaron un momento. Sólo se escuchaban las voces del televisor. Sigilosos como ratones, se pusieron de pie, ayudándose mutuamente. Jade entró a la ducha y casi aterrizó en el piso. Noel se quitó la camiseta y tuvo que entrar con ella, para bañarla.

El agua fría se llevaba las huellas todo lo sucedido. La sangre sobre sus labios, sobre las rayas rabiosas de uñas sobre su espalda, el sudor ajeno pegado sobre su piel, saliva y semen. Jade no tenía que decírselo, simplemente lo sabía.

—Te ves terrible —murmuró Jade, abrazado a su cuerpo e intentó sonreírle—. Jabóname, ¿sí?

—No hay jabón —le respondió, lamentando la mala noticia. Negarle algo tan insignificante.

Jade levantó el rostro apenas, al parecer sin energía para protestar. Tan sólo recostó la frente sobre su pecho y al tenerlo tan cerca, Noel se dio cuenta de que le llevaba por lo menos una pulgada de ventaja. Y eso que andaba todo encorvado.

Un mechón de cabello largo y rubio ondeaba bajo el chorro de agua. Era lo último que había quedado de la larga cabellera, ahora mutilada completamente. Lo tomó entre sus dedos para desprenderlo, pero seguía unido al cráneo.

—Devan lo hizo —gimió Jade y su voz amenazó con apagarse—. Me quitó lo único bonito que tengo.

—Pensé que eran tus ojos lo único bonito que tienes —le susurró mientras dejaba el mechón en paz—. Y tus ojos siguen en su sitio.

—Mis ojos también son lindos.

—Y tu sonrisa, ¿no?

—Mi sonrisa también —añadió Jade—. ¿Qué más? ¿Qué más tengo lindo? No pares, qué más.

Jade hablaba en serio, pero se veía demasiado dolorido para continuar hablando. Noel le pasó las manos sobre el cuello para lavar las manchas moradas de otras manos y dientes afilados. Sobre los brazos tenía laceraciones hechas por las cuerdas que la habían tenido atada a la cama. Jade había batallado en su contra y el resultado se podía ver bien sobre sus pálidas extremidades.

Dejaron que el agua se llevara todo, incluso sus voces. Jade se quedó abrazándolo como si tuviese miedo de que, si lo soltaba, iba a regresar en el tiempo y a volver a donde había estado encerrado.  Lo sabía, porque conocía esa sensación.

—¿Qué día es hoy?

—Jueves creo, sólo has estado dos días ahí —le respondió Noel mientras cerraba el grifo del agua.

—Necesito que me arregles el pelo —le susurró Jade con la voz quebrada.

—Pero Jade…

—No puedo quedarme con mi pelo así —y empezó a llorar de nuevo.

No pudo negarse.  Dejó a Jade envuelto en la misma toalla sucia que había usado y fue a buscar una tijera. No tardó nada, pero al volver lo encontró analizando el daño, frente al espejo carcomido.

—Pensé que me iba a matar, me agarró del pelo y me pasó su cuchillo por la garganta. Me lo cortó de un tirón, luego siguió y siguió, hasta que me dejó así.

Parecía que hablaba con su reflejo, mientras acariciaba el mechón sobreviviente a la masacre. Apenas lo vio con las tijeras, empezó a sollozar suavemente.

—Me veo horrible con el pelo así, mi cara también está horrible. —Se tocó una cicatriz antigua, de cuando Devan había querido cortarle un seno—. Me van a quedar marcas como esta.

Jade buscó en su rostro una huella mínima, apenas piel hundida, justo debajo de su ojo izquierdo. Fue un arañón, dijo una vez refiriéndose a la cicatriz imperceptible sobre su pómulo, alguien me dejó un recuerdo.

Noel le acomodó el cabello húmedo con cuidado y empezó a emparejarlo con la tijera lo mejor posible. Para Jade, su cabello era su orgullo más grande y Devan sabía bien cuánto le iba a doler si se lo cortaba. Siempre les daba donde más les dolía.

Cuando terminó, Jade no podía dejar de llorar por su larga melena perdida. Ahora la tenía sobre la nuca y no del todo pareja. La acarició con sus dedos temblorosos e intentó serenarse.

—Me veo horrible —dijo apretando los dientes—. Lo has hecho a propósito.

No iba a pelear con Jade, no con Devan afuera. Mejor dejar las cosas por la paz. Noel recogió con la mano los mechones que cayeron al suelo, los tiró en el inodoro, jaló la palanca y optó por la retirada.

—Lo has hecho al propósito —insistió Jade con la cara bañada en lágrimas. Si hubiese tenido más energía, seguro que se le lanzaba encima.

Jade quería descargarse con alguien. Siempre era lo mismo, pero no le iba a dar el gusto. No tenía ganas de aguantarlo. Noel lo dejó en el baño, lloriqueando sobre el suelo y con la palabra en la boca.

***

Patrick estaba empezando a desesperarse porque no sabía nada de Noel desde hacía días. Salió a buscarlo ignorando las advertencias de Phil y las promesas que le había hecho a Paulette. Llovía y, a pesar de que llevaba un paraguas, terminó mojado hasta el tuétano.

Cuando lo vio por primera vez fue en el callejón donde aún se encontraba la furgoneta destartalada, ahora convertida en un nido de ratas. Noel le dijo que no podía pasar la noche en la calle, que era demasiado peligroso para alguien como él. Pero es que él no tenía idea de los meses que había pasado deambulando en estaciones de trenes, de buses; durmiendo en las veredas o en donde pudiera. Y nada le había pasado. Siempre tenía mucho cuidado y no era un idiota para confiar en cualquiera. Sí, varias veces había tenido que defenderse de algún perverso que lo perseguía, pero siempre salía bien librado.

No, Noel no estaba en el callejón, tampoco parado contra el muro donde solía esperar a sus clientes, en esa esquina poco iluminada. No había nadie en la calle, apenas algunos autos circulando. Caminaba sobre la acera inundada, cobijado a medias por un paraguas rojo. De pronto, un auto bajó la velocidad a su lado. El conductor empezó a llamarlo. Hasta le mostró un billete para que se subiera al carro.

—Sube, bonito. Sube que llueve mucho —le dijo el conductor, con el auto encendido y el billete ondeando. El agua se le iba a meter por la ventana abierta.

Estuvo a punto de mandarlo a comer mierda, pero no. Ese billete se veía nuevecito y era algo que necesitaba con urgencia. Vamos, si Noel lo hacía… Pat se acercó a la ventana y le vio bien la cara al tipo ese. Un viejo asqueroso, como todos esos con los que Noel se andaba metiendo.

—Sube de una vez, que te estás mojando mucho —insistió desde dentro del auto—. Sube, chiquito.

Pat le sonrió a modo de respuesta y se reclinó un poquito más sobre la ventana del conductor.  El sujeto sonrió satisfecho, hasta le hizo un gesto con la cabeza para que se apurara y subiera rápido. Pat se le acercó, separó los labios como si quisiese decirle algo y cuando lo tuvo bien cerca, le escupió en la cara. Le arrancó el billete de la mano antes de que pudiese reaccionar.

Emprendió la fuga con el paraguas a cuestas, resbaló un par de veces, perdió el aliento y lo recuperó en el callejón que fue su morada por un tiempo. Estaba furioso y quería llorar de rabia.  Se secó la cara con su polera húmeda y emprendió la marcha de vuelta a casa.

Phil estaba esperando en la puerta. Perfecto, no sólo regresaba con las manos vacías, la ropa ensopada y con ganas de gritar hasta que se le reventaran las cuerdas vocales, sino que ahora venía un sermón.

Pat pasó frente al italiano con los zapatos empapados, pero Phil lo siguió hasta la trastienda.

—Phil, mañana me botas de tu casa, ahora llueve mucho. Y por favor no me sermonees ahora, me duele mucho la cabeza.

Sí, tendrían una charla de adultos, pero sería luego. Primero sus pastillas. Si no era puntual, su condición empeoraría.

Phil no le respondía. Se plantó en la puerta con los brazos cruzados y su cara de enojo.

—Ya sé que hemos hablado. Dije que me iba a comportar, pero entiende, Phil. No sé nada de Noel desde hace siglos y si le ha pasado algo… —No, no quería ni pensar en algo como eso, Noel tenía que estar bien, más le valía estar bien.

—Ve por una toalla y sécate bien, luego me buscas en la cocina. Tú y yo vamos a hablar de esto otra vez. ¡Date prisa!

El tono de su voz no le gustó para nada y ni tiempo le dio de protestar. Pat hizo lo que le dijo, pero las ganas de rabiar no lo abandonaron. Frustrado, pensaba en Noel, en que nunca le había dicho donde vivía. Tampoco pudo encontrar a esa chica, Jenny, la de la otra noche, a la que dio la cerveza. ¿Era Jenny? No. ¿Jackie? No se acordaba de su nombre. Bueno, ella le debía un favor y le podía pedir que le ayudara a encontrar a Noel.

Necesitaba algo de agua para pasar sus píldoras, así que una vez vestido, hizo bola la ropa mojada para dejarla secando en el baño. Primero sus medicinas. Escondía el frasco dentro de su ropa amontonada y de pronto no estaba. Revolvió todas sus prendas. Nada.

—Tranquilízate —se dijo—. Busca bien.

Al obtener el mismo resultado, Pat empezó a entrar en pánico. Sudor frío se resbaló por su espalda y una sensación de vacío se le formó en el estómago. Trató de hacer memoria. Por la mañana se levantó y fue por agua al baño, tomó sus pastillas mirándose al espejo, regresó a su habitación. Las puso en su sitio…, no, tomó un baño primero y luego se tomó las pastillas y… No.

Fue corriendo a donde las había dejado la última vez. En el baño no estaban. La angustia lo alcanzaba, la desesperación lo envolvía y de regreso a la trastienda, se encontró a Phil.

—Te estoy esperando —le dijo el italiano bloqueándole el paso.

—Ahora no, hablamos luego. Necesito hacer algo importante.

—¿Buscas esto? —Phil no iba a retroceder un centímetro. Entre sus dedos tenía el frasco de plástico amarillo que necesitaba con desesperación—. Si es que estás escondiendo algo más, es mejor que empieces a hablar de una vez. ¿Y bien? ¿No me ibas a decir? —insistió Phil y su tono de voz era grave.

—No es tu asunto. Devuélveme mi medicina, la necesito. —Y saltó sobre Phil tratando de recuperar el frasco. No lo consiguió, pero trastabilló y cayó de rodillas al suelo.

—Tengo derecho a saber qué pasa contigo. Dejo que te quedes en mi casa y quiero confiar en ti…

—Eran de mi mamá. Las necesito para estar bien.

—No son tuyas, me queda claro.

—Mira, Phil, ya tienes la excusa que querías para botarme a la calle. —Suspiró, rindiéndose. No tenía ánimos, no se sentía con energía para pelear—. ¿Qué más quieres de mí?

—La verdad, solo quiero la verdad. —Phil hizo una pausa y respiró hondo.

—Tengo, algo, hay algo malo conmigo. ¿Ya? Por eso no me querían en los hogares sustitutos, nadie quiere a un enfermo mental. Tú tampoco me vas a querer, así que mejor me voy largando.

—¡Deja de decir tonterías! Quiero ayudarte. Me haces más difícil el trabajo si me ocultas las cosas.

—Ya te dije, Phil, que nadie me quiere tener por esto. Necesito tomar mis pastillas para estar bien. Mi mamá tenía lo mismo, era bipolar, pero nunca fue mala conmigo. Ella era muy buena, pero… Tenía ese problema y estaba enferma.

Estaba llorando. Las lágrimas se le derramaban sin que pudiese contenerlas. Odiaba cuando sucedía. No era un niño, no tenía por qué llorar como una criaturita. Se secó la cara con la manga mientras trataba de serenarse.

—Sus pastillas, esas eran de ella. Las necesito. Phil. Cuando no las tomo me pongo mal. Por eso no me querían, me botaban a la calle. Tú, no entiendes, Phil. Nadie me quiere, nadie.

Intentaba controlar su llanto, pero resultaba imposible. Pat se cubrió la cara con las manos para que su amor propio no terminara dañado.

—Ni siquiera mi propio hermano me quiere.

—Basta ya. —Phil tenía los brazos cruzados sobre su pecho y una expresión amarga en el rostro. —Escucha bien, lo peor que puedes hacer es tenerte autocompasión. No digas que nadie te quiere. Paulette, ella te quiere. Y si te he dejado quedarte es porque quiero ayudarte. Necesitas medicamentos, terapia, tienes que decírmelo. Yo necesito saber.

—Phil, me han botado a la calle por eso, porque no quieren un loco bipolar en casa.

—Yo no veo ninguno aquí. ¿Tú sí?

Con esas poquitas palabras, con unas cuantas, consiguió desarmarlo. De pronto quería seguir llorando, pero no de tristeza. Pat no supo como terminó rodeándolo con los brazos. Enterró su rostro sobre su pecho y empezó a ahogar su llanto.

Era la primera vez que a un adulto no le importaba su condición. En los hogares sustitutos, su presencia equivalía a un cheque jugoso. Ahora venía este sujeto a tratarlo tan bien, a darle un techo, comida y un trabajo a cambio de básicamente nada. Pat no dejaba de llorar y se le iban a secar los ojos, pero no importaba. Phil le acariciaba la cabeza y lo apretaba contra su barriga. Quería quedarse así el resto de su vida, nadie antes había hecho algo así por él, sostenerlo y consolarlo de ese modo.

—Si dejas de llorar, vamos a la cocina por chocolate —le dijo Phil sin dejar de acariciarle la cabeza aún húmeda—. Paulette trajo wafers, de esos que le manda su hermana, los que tienen azúcar de verdad.

—¿Los de fresa? —preguntó el rubio con los ojos mojados y la voz quebrada.

—Y dolce de leche —respondió Phil sin soltarlo.

—Esos son mis favoritos.

Fueron a la cocina, pero Pat se rehusaba a soltarlo. Phil tuvo que hacer esfuerzos para no caerse y, ya en su destino, depositó al chico sobre una silla.

Dos tazas de cerámica sobre el repostero, cocoa, agua y calentar en el microondas. Pat observaba, limpiándose la cara con una hoja de papel toalla, cómo Phil abría la bolsa de malvaviscos, olorosos a azúcar y talco de bebé.

—Dices que tu mamá tomaba esos medicamentos. ¿Cómo los conseguiste?

—Los tomé de sus cosas, cuando ella murió. Y las escondí. Cuando me quedé solo, me mandaron a un albergue y me quitaron mis pastillas para venderlas en la calle. Mi mamá hacía lo mismo, porque necesitábamos dinero para la renta y otras cosas. No teníamos casa y nos botaban a la calle.

Pat hizo una pausa y tomó aire para continuar. Hablaba muy rápido, además.

—Una vez, fuimos con el hermano de mi mamá que tiene una casa grande, con jardines y piscina. Su mujer nos botó a la semana y fuimos donde la mamá de mi mamá. La vieja esa me llevó a servicios sociales sin que mi mamá supiera. Maggie salió a buscar trabajo y esa vieja aprovechó. Esa vieja de mierda era bien mala, Phil

El microondas dio la alerta. La cocoa estaba lista. Phil reaccionó del trance y se dio cuenta que Pat tenía la mirada perdida, pero no paraba de hablar.

—Maggie tardó seis meses en recuperarme. Me enviaron a albergues y… Maggie tenía que vender sus medicinas para pagar la renta. Tuvo un carro, pero lo perdió. Hasta que se juntó con un novio que nos dejó quedarnos con él, pero luego nos botó también y así…

Acababa de contarle un poco más de su vida antes de llegar a sus manos. Phil resopló, tomó una taza y le vertió una generosa cantidad de malvaviscos. Los ojos ambarinos de Pat volvieron a mirarlo.

—Cuidado, que está caliente. —Tino era un apurado. Siempre se quemaba los labios y Marietta le entibiaba el chocolate antes de que lo tomara.

Pat era igual. Se relamió los labios antes de enterrar la cara en la taza. Phil se sentó frente al muchacho y al darle el primer sorbo a su chocolate, lo encontró amargo. No era culpa de la bebida, era que de pronto las palabras de ese chico le dejaron un mal sabor.

—Phil, esos albergues son lo peor. Estuve en tantos desde que puedo acordarme. Uno, no…, dos fueron buenos más o menos, pero el resto… —Pat le dio una bocanada a su chocolate y se pasó un malvavisco entero—. Una mierda.

—¡Ese lenguaje!

—¿Para qué te miento? El último hogar fue el peor. No, espérate, no fue el peor, pero casi. La gente de ahí era mierd… mala. El que nos cuidaba me rompió el brazo con un bate, así igualito al que tú tienes. ¡Crack! Sonó bien feo. En el hospital me preguntaron cómo me pasó y yo tuve que decir que me caí peleando con otro chico. El muy bastardo me dijo que si yo decía que él lo había hecho, me iba a romper el otro brazo y como que necesitaba mis bracitos para defenderme.

Phil dejó la taza a un lado, incapaz de beber un sorbo más. Una sensación de impotencia le creció en el pecho. Ansiaba tomar el bate y caerle encima a quien fuera al que Pat se refería. Lo mencionaba con tal desparpajo como si fuera algo que vio en la televisión. Está bien, dejaría que Pat continuara, que botara todo lo que tenía dentro, aunque le carcomieran las ganas de conseguir el nombre de ese sujeto, ir a buscarlo y hacerle polvo el esqueleto.

—¿Phil? ¿Te vas a tomar eso? —preguntó el muchachito y sus ojos ámbar aún hinchados por el llanto, lo miraban fijamente.

—No. Aquí tienes. —Le cedió la taza entera y Pat sonrió de oreja a oreja.

Acababa de notar que el chico tenía la barbilla brotada de un acné incipiente, producto del chocolate diario. Era normal para su edad, pero nada en comparación con lo que él mismo había tenido en su adolescencia. El brote en su rostro fue tanto que se había ganado el apodo de Cara de Pizza. Además, siempre había sido gordito y su ascendencia italiana lo hacía un blanco fácil para ese tipo de apelativos.

—¿Es tu apellido Johnston? —preguntó Phil para cambiarle el tema.

—Sí, por mi mamá, porque al hombre que es mi papá nunca lo conocí. Maggie nunca me habló de él. Sólo me habló de mi hermano. Mi mamá tuvo a Noel cuando tenía mi edad, quince años, e iba a la escuela. Ella iba a una de monjas. Creo que el papá de Noel era su profesor, pero igual. Cuando nació mi hermano, se lo quitaron y lo mandaron a un orfanato acá, en la ciudad. Eso me contó Maggie.

Pat se quedó en silencio. Continuaba bebiendo su chocolate y parecía que no tenía cuando parar de hablar. Necesitaba a Marietta, ella sabría qué hacer, qué decir. Phil suspiró hondo, observando cómo los ojos de Pat se iban por las paredes otra vez.

—¿Y los wafers? —preguntó el chico buscándolos con la mirada.

Cierto. Estaban en una gaveta. Enseguida fue por ellos y los dejó sobre la mesa. Pat esperó que abriera el paquete y los dejara libres sobre un plato. Enseguida atrapó dos y se metió uno a la boca.

—Tenemos que ver lo de tus medicinas. —insistió Phil. — Necesitas continuar con tu tratamiento.

—No Phil, esas pastillas me dan mucho sueño. Me quedo dormido y pasan cosas malas. Una vez las tomé y cuando me desperté el novio de Maggie me estaba tocando. Tenía su mano metida acá, en mi pantalón y yo le grité a Maggie… Ella vino y le gritó. Él le pegó a Maggie. Vino la policía y…

No, Phil no iba a poder comer nada en lo que restaba de la semana. Escuchar a Pat le estaba haciendo. Pat no había terminado, no, otro wafer a la boca para tener energías y continuar.

—No me mires así, no me hizo nada. Me tocó un poco, no me hizo nada. Igual, me pasó en un hogar en que estuve. Ahí, una chica me dijo que el tipo le daba plata si dejaba que le tocara las tetas. Yo tenía que ayudar a mi mamá, pero, te juro que solo fue esa vez. Nada más me tocó y ya. No he hecho lo que hace Noel, así no, sólo eso. Y esa fue la última vez que pasó, porque cuando alguien más lo intentó, me defendí. Fue cuando ese bastardo me rompió mi brazo. Phil. ¿Estás bien?

¿Qué si estaba bien? Bien iba a estar cuando tomara el bate y se encargara de que esa persona que se había atrevido a ponerle las manos encima, pagara. Pat lo miraba consternado y se maldijo a sí mismo por no poder contestarle a tiempo.

—Mañana cuando venga Paulette, vamos a hablar de esto con ella. Tienes que seguir un tratamiento. Las medicinas a nombre de alguien más…, no es adecuado.

—No te preocupes, Phil, yo me encargo de todo. En la calle se consigue todo. Además, cuestan mucha plata. Ah sí, mira. —Pat sacó del bolsillo un billete arrugado y húmedo de a cien.

—¿Qué es…?

—Oye, antes que te enojes o pienses mal de mí, mira. No hice nada malo. ¿Ya? Solo te diré que me la dio un tipo que quería que me subiera a su auto. No me lo dio, se lo quité. ¡Pero no me subí! ¡Yo no hago eso que hace Noel!

—¿Eso estuviste haciendo afuera?

Acababa de hacerlo enojar. A Phil los ojos se le encendieron de rabia. No estaba del todo enojado con Pat por desobedecer categóricamente, sino por exponerse a tanto peligro.

—Fui a buscar a mi hermano. En el camino se me cruzó ese tipo en un carro. No me subí, Phil, me agarré su dinero y me quité bien rápido. No me hizo nada, te lo juro. Siempre tengo mucho cuidado y…

—¡Basta ya! No quiero que vuelvas a hacer eso.

—¡Tengo que ver a Noel! Ya te dije que es mi único hermano, no tengo a nadie más. No lo puedo…

—Dije que no. No quiero que salgas de noche y menos por esa área. Capisci?

—No capishe o lo que sea. No, Phil.

—Haz lo que te digo. No quiero que vayas a ese lugar tú solo otra vez y menos de noche. —Phil levantó la palma para detener al chico, que ya se le venía encima en protesta—. De tu hermano me encargo yo. Puedes verlo, pero bajo mis condiciones. ¿De acuerdo?

Capichi —respondió Pat, sonriendo bajo la taza de chocolate antes, de beber el último sorbo.

***

Devan tuvo que salir de la ciudad de un momento a otro y dejó a Müller a cargo. Lo primero que hizo fue mudarse al departamento de su compañero, con la excusa de cuidar bien de sus perritos.

Al final de la semana, Jade estaba considerando seriamente suicidarse. Müller los mantenía encerrados, ni siquiera los dejaba salir a comprar, porque una de sus chicas le hacía los mandados. La clientela seguía siendo escasa y era evidente que Müller estaba llevando agua para su molino.

Tras piedras, palos, comentó Jade. Como si fuera poco, Devan le dejó encargado a su socio el teléfono que usaba para las citas de sus cachorros. El teléfono sonaba, nadie contestaba y tampoco revisaban los mensajes.

Jade no pudo más. Aprovechó que estaban solos y escuchó todos los mensajes. Cuando terminó casi se cayó sentado. Müller estaba saboteando a Devan y eso no iba a terminar bien para nadie.

—Oye, ven acá, escucha esto —le dijo Jade a Noel, bastante enojado.

Le pasó el teléfono y, en efecto, eran mensajes de sus clientes requiriendo sus servicios.

—¿Oíste bien? Ahí también hay un mensaje de Tin Man. ¿Ese no es tu amo? —Jade no perdió oportunidad para humillarlo. Claro que sabía quién era.

—No, el de él no lo escuché.

—Pues te jodes, porque no lo voy a repetir. Escucha este, es uno de mis clientes. Toma, apúntame la dirección. —Y fue por papel y lápiz.

Jade seguía resentido con él y la presencia de Müller la ponía de peor humor. Sin embargo, necesitaba su ayuda para escribir, sólo por eso le dirigía la palabra. La verdad era que tampoco era bueno leyendo.

Las revistas que Jade coleccionaba eran su consuelo, porque las entendía a través de las fotografías. El no saber leer, ni escribir nunca había detenido a Jade. Apenas se enteró que Noel conocía las letras, empezó a usarlo para aprender también. Demasiado orgulloso para pedir ayuda, hacía que Noel escribiera su nombre sobre la mugre del suelo, como si fuese un juego entre ambos. Fue así como Jade memorizó, lo que ante sus ojos eran dibujos, e intentaba copiarlos trazándolos con sus dedos en el aire.

Cuando iban por la calle, obligaba a Noel a leerle los letreros. Así aprendió el abecedario. Lamentablemente para Jade, el no poder practicar las letras mermaba sus esfuerzos, pero el hambre de aprender era tanto como el que tenía a diario de alimentos. Podía escribir su nombre y conocía los números; era muy bueno en operaciones de aritmética, a pesar de que nunca había pisado una escuela. Cuando encontró los libros que Noel escondía y lo forzó a leerle algunas de las historias.

La primera vez que tomó uno de esos libros y trató de leer por su cuenta, tuvo su primera decepción amorosa. Con el corazón roto por no entender palabra de lo que a duras penas intentó leer, Jade volcó su amor al aprendizaje en sus revistas. Textos sencillos e imágenes que reforzaban el sentido de lo que intentaba descifrar. La verdad era que no podía leer las páginas de sus revistas en su totalidad, solo por partes. Las que podía descifrar las memorizaba y repetía para que Noel viera lo bueno que era leyendo.

Jade consiguió que le escribiera en un papel un par de direcciones. Cada letra la repetía muy bajito, moviendo los labios apenas Noel la dibujaba. Al terminar sonrió, porque pudo leer la palabra calle y central. Repitió el mensaje sólo para corroborar que los sonidos de las letras eran los de la voz en el auricular. Satisfecho, Jade le arrebató el papel y se metió a su cuarto. Acababa de averiguar que tenía un cliente esa misma noche y debía prepararse.

Noel dejó que se fuera y se tumbó en el sillón a leer un rato. No iba a negar que el encierro le estaba afectando tanto como a Jade. Luka no abandonaba sus pensamientos. No tenía valor para encararlo, si acaso volvía a verlo. No le iba a poder explicar, no sabría cómo. No quería que corriera peligro. Igual que Pat, esos dos jamás entenderían lo peligrosos que eran Müller y Devan.

Extrañaba a Pat. Deseaba verlo, aunque fuese de lejos.

Es lo mejor para él. ¿Te imaginas qué pasaría si Devan se entera? Va a terminar igual que tú.

Pat era el único consuelo para su soledad. Devan los mantenía aislados del resto del mundo. No tenía amigos o alguien con quien hablar. Jade era la única persona que le hacía compañía, pero no se llevaban bien. Apenas conoció a Pat, éste lo aceptó sin miramientos. Él sabía lo que hacía y no le importaba. Luka, en cambio… Con él no podía estar seguro.

¿Sigues pensando en él?
La próxima vez que te vea seguro te pasa con ese auto encima.
No, Luka es diferente.
Es lo que quieres creer. Le sirves para entretenerse un rato. ¿Acaso te va a tomar en serio?
¿Acaso alguien te toma en serio? Ni siquiera Pat, él hace rato que se olvidó de ti.
A Pat le salieron bien las cosas, de andar en la calle a tener un techo… ¿Y tú? De mascota no pasas.
Phil no es una mala persona.
¿Tú qué sabes? ¡Te odia! Es lo normal. Si no sirves para nada. De repente el enano ese…
¡No lo digas!
Bien dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Las voces en su mente cesaron y tuvo que dejar el libro a un lado porque no podía concentrarse. Tenía hambre porque esa mañana no habían desayunado. Müller irrumpió en el departamento al poco rato, justo cuando se estaba quedando dormido.

—¡Jade, ven aquí maldita perra! ¿Por qué mierda no me dijeron del puto teléfono? —vociferó fuera de sí—. El cabrón de Devan anda jode y jode, carajo. ¡Me cago en todo!

Ni una palabra, silencio total, y Müller seguía despotricando. Fue en busca de Jade y la sacó a jalones de la habitación.

—¡Tú! —gritó señalando a Noel—. El puto de tu amo, el Tin Man, ese mierda, está que lo llama al Devan como si fuera su mujer. El hojalata cabrón te esperaba hace media hora.

. Noel no se sintió capaz de preguntar si debía ponerse en marcha y para donde. Esperó que Müller le dijera que hacer, porque no estaba preparado para semejante situación.

—Ve a prepararte, que viene en camino —gritó Müller sacudiendo a Jade de un brazo—. ¡Puto de mierda!

Noel no perdió tiempo y desapareció tras la puerta del baño. Dejó a Jade lidiando con los reclamos del socio de Devan.

Apurado, se aseó a prisa. Si lo que decía Müller era cierto… Eso no era bueno, Tin Man seguro estaba furioso por su tardanza y no era su culpa. Todavía no terminaba de vestirse cuando escuchó un sonido en la puerta. Jade se sobresaltó también, tanto que casi se le cae la esponjita con la que se aplicaba el maquillaje. Acababan ambos de escuchar la voz de Tin Man. Jade palideció, pero no se atrevió a burlarse, sólo se encogió en su sitio y trató de volver a lo suyo; cubrirse los moretones que Müller le acababa de dejar en el rostro.

Sin perder más tiempo, Toto acudió al llamado de su amo. Gateando por el corredor, se detuvo frente a sus largas piernas, sin levantar la mirada hacia él o hacia Müller, quien se reía a carcajadas.

—¿Dónde está tu collar? —Tin Man se acuclilló a su altura y Noel no pudo evitar cruzar miradas con sus ojos grises.

No se veía complacido, sino todo lo contrario. Los labios de Tin Man se convirtieron en una fina línea y tenía la mandíbula rígida. La razón de su molestia era más que obvia. Müller a su lado se reía tanto que pronto se quedó sin aliento.

Tin Man tuvo suficiente. De un salto se puso de pie, lo tomó de las solapas y lo empotró contra la pared, tan rápido que Müller no supo qué sucedía.

—¿Acaso dije algo gracioso? —preguntó con aparente calma.

—¡Suéltame, hijoeputa! —Müller acababa de abandonar el suelo. Apenas las puntas de sus pies lo tocaban.

Estaba en desventaja, Tin Man era mucho más alto que él y, por lo visto, más fuerte. Acababa de lanzar a Müller contra el suelo sin el menor esfuerzo. No contento con ello, colocó un pie sobre la garganta del infortunado y le restregó con fuerza el talón.

—Necesito el collar de mi mascota, para poder abandonar este lugar infecto —continuó con aquel tono de voz que no dejaba sitio para contradecirlo—. Te recomiendo que empieces a buscarlo o vamos a tener problemas.

—Vamos es mucha gente, cabrón —respondió Müller con la voz ajada por la presión sobre su garganta—. ¡Vete al carajo! Si quieres algo, dile a Bingo que te lo traiga.

Mala respuesta, pésima. Noel se encogió en su lugar y hasta sintió ganas de cerrar los ojos, porque sospechaba lo que estaba por ocurrir.

Müller no tuvo tiempo de terminar de incorporarse, porque Tin Man arremetió contra él como un halcón contra su presa. Levantó a su contrincante de la ropa con tanta violencia que lo hizo volar contra la pared más cercana. Müller no pudo ni quejarse, porque una rodilla se conectó con su estómago y le quitó el aliento.

—Toto, ¿dónde está tu collar? insistió su amo sin dejar de presionar a Müller contra el muro.

Noel sabía que no podía responder con palabras y no lo hizo. El collar estaba en el cuarto de Devan y gateó hacia la puerta. Tin Man hizo una mueca de desagrado e intentó abrirla, pero la encontró cerrada.

Si antes estuvo fastidiado, ahora se veía realmente incómodo. Tin Man giró sobre sus talones y le dio un puntapié a la puerta de la habitación donde se encontraba Jade.

—Ven aquí. —ordenó y Jade reprimió un grito de miedo—. Tráeme el collar de mi mascota.

Sin levantar los ojos del piso, Jade fue derechito a cumplir las órdenes de Tin Man. No se atrevía a hablar, ni siquiera a levantar la cabeza en presencia del albino. Temblando se acercó a Müller, quien todavía tosía en el suelo, intentando reponerse.

Jade le tenía más miedo a Tin Man que a Müller, eso era evidente. Tanto así, que intentó cumplir sus órdenes, a pesar de conocer bien las consecuencias. Müller se sacudió a Jade de encima y levantó el puño para golpear al rubio tembloroso. Pero Tin Man apareció frente a él y le conectó un puntapié en pleno rostro.

Jade escapó a un rincón aterrorizado mientras Müller aullaba y se retorcía en el suelo.

—La llave. —insistió Tin Man, mientras le pisaba el cráneo sin piedad. Iba a aplastarlo como a un tomate, si lo dejaba.

—¡Jódete, hojalata! —Como respuesta además le levantó el dedo medio y fue una muy mala idea.

Tin Man sonrió siniestro y su rostro cobró una expresión que se alejaba de lo humano. Procedió a patearlo como si fuese una pelota de carne y hueso.  Sólo se detuvo cuando Müller por fin dejó de moverse.

Para ese momento, tanto Noel como Jade buscaron refugiarse en un rincón de la cocina. Tin Man se irguió como una vara y resopló satisfecho. Se acomodó el traje con cuidado, aun admirando su obra, como un artista. Con una de sus manos enguantadas, se mesó el cabello blanco acomodándolo hacia atrás y se le borró la sonrisa maniática del rostro.

—Te dije que me trajeras la llave, Poppet —exclamó Tin Man con tono suave y girando el rostro ligeramente.

Jade reaccionó ante aquel nombre y a toda prisa, se abalanzó sobre Müller. Poseído por el terror, rebuscó entre sus ropas y pronto encontró un manojo de llaves de la casa. Temblando, se la entregó a Tin Man, cuidando de no levantar mucho su rostro.

—Estúpido animal. —Como era de esperarse Tin Man no la recibió, sino que le hizo una mueca de desprecio. —Quiero el collar de mi mascota, Poppet. Tráelo en seguida, bestia inútil.

Esta vez el pobre rubio gimió antes correr en busca de lo que le pedía. Seguro que, si lo mandaba cortarle la barriga a Müller y sacarle las entrañas, lo hacía sin chistar. Jade cuando entraba en pánico era muy obediente.

Por fin, Tin Man obtuvo lo que quería. Toto tenía el collar puesto y podían partir sin más demora. Müller seguía en el suelo y quizá no se levantaría nunca más. Así que sin más trámite, el albino dio la orden y abandonaron el departamento.

Noel caminaba tras su amo, con la cabeza gacha y el miedo mermándole las fuerzas. De pronto le resultaba extraño estar a su lado fuera del cuarto de un hotel, como era la rutina. Además, nunca había estado vestido frente a él por tanto tiempo.

En la acera los esperaba un auto y un sujeto bajó a abrir la puerta. Su amo le ordenó que entrara primero y emprendieron la marcha.

Dentro del espacio reducido del auto, Noel buscó refugio en la ventana y notó que justo iban pasando por la tienda de Phil. Alcanzó a ver al italiano afuera y a Pat cargando cajas a su lado. Se descuidó y una de sus palmas se pegó al vidrio, pero a Tin Man no se le pasó ese detalle.

—¿Ves algo interesante Toto? —preguntó mientras acariciaba la piel que quedaba expuesta entre el collar y su cabello.

El cachorro negó ligeramente y se encogió contra la superficie fría. El aliento de su amo se colaba dentro de su oído, vertiendo palabras ininteligibles. Una sensación punzante, un dolor caliente…, y lo último que sintió fueron las manos de Tin Man arrastrándolo a la oscuridad.

 

 

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3 thoughts on “Capítulo 13

  1. Admito que al comienzo estuve algo confundida entre los recuerdos de Noel y el “presente”. A la final pasó todo el rollo con Muller y Devan, o simplemente yacia en su cama recordando? Seria bueno que esclarecieras un poquito esa parte.

    Por otro lado… PHIL LINDO! ❤ Verlo tan paternal y comprensivo es asombroso, me dejo un sabor de ternura que no me lo quito con nada.

    Un besote mi mosha!

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