capitulo 11

 

Despacio, fue despertando de un sueño placentero. Empezó como una pesadilla, pero en el camino se fue arreglando. Ahora que abría los ojos, se fue dando cuenta que estaba bien abrigado y muy cómodo en los brazos de Luka.

Ah, seguía soñando. Su rostro sobre el pecho tibio del fotógrafo. Lo escuchaba respirar lentamente. Su cuerpo entrelazado con el de Luka, ambos sobre la cama de un hotel y…

Noel lanzó un gemido. No era un sueño, ya era de día y la pesadilla era real. Por lo menos lo sería, si no se ponía en marcha. A prisa se desenredó de los brazos tibios que lo albergaban y abandonó su lado, rodando sobre el colchón. Las cortinas del cuarto estaban cerradas, pero la luz diurna se colaba.

—¿Ya te despertaste? —La voz de Luka sonó gangosa y adormilada—. Tuviste una pesadilla y empezaste a patalear como una araña volteada. La próxima vez pido camas separadas.

Luka resopló y se frotó los ojos antes de por fin incorporarse con torpeza y desbarrancarse luego. Recitó una fila de maldiciones de grueso calibre y se levantó del suelo renegando. Acababa de pasar una noche terrible. El colchón de yeso, la maldita cama le había lastimado la espalda, encima el mocoso y sus pesadillas. Ah, sí, necesitaba un café. Si no, se iba a poner de muy mal humor.  Noel lo observaba con su expresión de terror constante y no le prestó demasiada atención. Pasó frente a él hacia el baño. A orinar un rato, le dijo.

El mocoso lo siguió como el cachorro que era, detrás de su amo. Seguro ahora le iba a traer las pantuflas y el periódico, y la idea lo hizo sonreír. No se atrevió a entrar con él al baño. Se quedó afuera, tras la puerta y le escuchó rascarla suavemente.

Esta vez sí quiso reír.

—Me tengo que ir —le susurró Noel con su voz apagada a través de la puerta y solo recibió un gruñido como respuesta.

—Espérame. No te atrevas a irte aún.

—Pero…

—¿Cuánto rato crees que me va a tomar orinar? Espérame ahí afuera, que ya salgo. Te dejaré en tu casa. Un rato de tranquilidad en el baño. ¿Era mucho pedir?

¡Qué molestia! La espalda lo estaba matando. Nunca había dormido en un lugar tan incómodo y eso que había viajado muchas veces a zonas pobres, alrededor del mundo. Incluso sobre el suelo de arenilla oloroso a animal del Kilimanjaro había dormido mucho mejor que en esa cama de hotel barato, en medio de la ciudad que llamaban la capital del mundo.

—No me tardo, quédate ahí, ¿oíste?

Noel prefirió no responderle. Mejor así, necesitaba un poco de silencio para poner en orden sus ideas. Los recuerdos de la noche anterior llegaban en fragmentos. El viaje en taxi. Cuando llegaron al cuarto de hotel y casi tuvieron sexo. Fue solo un casi, Luka había estado muy cerca de perder el control.

Cuando llegó la pizza que ordenó, cenaron juntos. Al abrir la caja, Luka le dejó tomar el primer pedazo, Noel lo hizo y huyó de su lado como un perro callejero. Se paró en un rincón a comer y tuvo que hacer que se sentara a su lado. Luka le comentó que solo los animales de granja comen de pie.

La noche anterior le había hecho muchas preguntas, pero Noel descubrió que si se llenaba la boca con pizza, no tenía que responderle.

—¿Tienes familia? —le preguntó Luka haciendo una pausa para ver cómo el mocoso ponía en práctica su descubrimiento.

Noel solo asintió con las mejillas infladas de comida. Tenía los modales de un animal de la calle y no lo podía culpar por ello. No tenía ningún tipo de educación y sin duda la vida que llevaba no era la de un príncipe de palacio.

—Tengo un hermano menor —respondió Noel apenas pudo hablar de nuevo—. Se llama Patrick, pero no se parece a mí.

—¿Vive contigo? ¿Sabe lo que haces? —Franca curiosidad. Se imaginó por un momento una versión más joven de Noel, pero descartó la idea pronto.

—No vive conmigo, pero sí, él sabe.

—¿Entonces con quién vives? ¿Quién es ese tipo Evan?

—¿Evan? Devan —Noel hizo una pausa para tomar aire y enseguida se llenó la boca de más comida.

—Como sea. ¿Es tu novio? ¿Tu chulo?

Sí, pues, le interesaba. Era curioso. Sospechaba quién podía ser, pero prefería confirmarlo.

—Vivo con él. —Noel bajó la mirada de nuevo—. No, no tengo novio o algo como eso.

Sí, Luka se percató de inmediato de su incomodidad, pero no le importó. Tal vez ya no tenía interés en seguir comiendo, sino que encontraba más interesante ver cómo el mocoso despedazaba una tajada entre sus dedos.

Con los diez dedos sucios, le arrancaba pedazos a la pizza y se los llevaba a la boca sin querer cruzar los ojos con él. Luka suspiró, pensando que si continuaba indagando se le iba a atragantar ahí mismo.

—A mi familia no la veo casi nunca —le comentó a Noel, mientras se estiraba para alcanzar unas servilletas que habían quedado junto al televisor—. Tengo una hermana, a ella la veo menos que eso.

—¿No los extrañas? —le preguntó el mocoso, chupándose los dedos de una mano.

—No. Para eso existe el teléfono. ¿Tú? ¿Tienes un número dónde ubicarte? —le alcanzó la servilleta que el chico recibió con la mano que acababa de lamerse y se chupó los otros cinco dedos.

Noel nunca le respondió, si no que siguió comiendo animado hasta terminar su porción.

Luka abandonó el baño, dejando los recuerdos atrás. Se envolvió con una toalla y buscó sus prendas. No quiso ducharse. Le había ganado el recelo.

Iba a regresar a su apartamento, donde sabía que todo, absolutamente todo, estaba apropiadamente desinfectado por la señora de limpieza, cuyo nombre, por algún motivo ajeno a su comprensión, no podía recordar. Ahí tomaría una larga y merecida ducha mientras volvía a entregarse a sus fantasías más recónditas con quien aún se encontraba presente.  Acabada esa sesión consigo mismo, iba a seguir durmiendo el resto del día.

Cierto, el saco de huesos andaba impaciente. Parecía un cachorro inquieto parado junto a la puerta. Seguro empezaría a rascarla si lo hacía esperar lo suficiente.

—Anoche te quedaste dormido con un pedazo de pizza en la mano. —Luka no evitó reír suavemente—. Se te cerraban los ojos, te recostaste y te quedaste dormido como muerto. Ni terminaste de comer. Es más, llévate lo que quedó. Si no tírala de una vez a la basura.

La sola insinuación de desperdiciar los alimentos lo hizo palidecer más. De igual manera, Noel hizo lo que le dijo, envolvió los pedazos de pizza fría en una bolsa de papel y volvió a la puerta, a esperar como perrito.

Salieron juntos y apenas abandonaron el edificio, Luka lo tomó en sus brazos.

—Está haciendo un frío de mierda y tú estás poco abrigado.

Noel se sonrojó hasta los zapatos y dejó que Luka lo envolviera en su chaqueta. En ese momento deseó estar soñando y poder permanecer en ese estado para siempre. No quería despertar y descubrirse en el infierno usual, ni abrir los ojos y tener que ver a Devan a su lado, apretándolo contra su cuerpo.

—¿En qué piensas? —Luka le susurró en el oído mientras caminaban vereda abajo—. Te va a salir humo por las orejas de tanto esforzarte.

—En nada. Es que…, pensaba que estaba soñando con esto y que cuando me despertara, las cosas serían diferentes.

Luka no entendió, pero se quedó en silencio. Tenía algo que ver con la pesadilla que había tenido la noche anterior. De pronto, el mocoso había empezado a gemir y a retorcerse sobre la cama. Tuvo que sujetarlo con fuerza para calmarlo. Al hacerlo, le sintió todos los huesos y lo dejó durmiendo a su lado.

—¿No estoy soñando? ¿no? —preguntó con la misma melodía nostálgica en su voz.

—No lo creo —respondió Luka. De pronto, el montón de huesos empezaba a soltarse. Fuera de su hábitat natural, un cuarto de hotel barato, parecía un chiquillo casi normal.

Escuchó que Noel suspiraba desilusionado. Hasta le habría respondido que sí, que era todo una ensoñación solo para verlo menos preocupado. Caminaron un par de cuadras y encontraron taxis circulando. Detuvieron uno y los condujo a la estación de tren.

Eso sería todo, no iba a volver a ver a Luka porque cuando llegara donde Devan, este lo iba a desaparecer. Lo mejor que podía pasar era que lo matara, lo peor era que lo dejara vivo y cumpliendo su amenaza. No quería pasar el resto de sus días encerrado en un cuarto, abriéndole las piernas a cualquiera, amarrado a una cama. Prefería que lo matara y que vendiera sus órganos, como hacía con las demás putas que ya no le servían.

Una vez en llegaron a su destino, Noel no quería despedirse. Le costaba tanto regresar a su mundo. Luka lo detuvo antes de que se alejara, tomándolo de una mano.

—Toma esto. —El dinero que le ofreció por su compañía. El chico lo miró perplejo y agradeció susurrando.

El viento helado de la mañana le revolvió el pelo castaño, crecido y desordenado.  Luka lo vio temblar y se quitó la chaqueta para ponérsela encima de los hombros huesudos.

—Es para ti. —En efecto, el temblor lo envolvió a él también. De pronto, hasta le dolía el cuerpo y los dientes le iban a castañear en segundos—. Póntelo.

—No —fue la respuesta de Noel, luego de un breve balbuceo—. No puedo, es tuya.

Luka chasqueó la lengua e ignoró su pedido. Se alejó del chico para evitar que lo escuchara tiritando. El mocoso necesitaba ese abrigo más que él. En casa tenía otros y no iba a extrañar uno. Noel siguió persiguiéndolo con la chaqueta en la mano.

—No tengo frío, estoy acostumbrado. —Noel intentó sonreír para reafirmar su punto. Luka lo miró desbaratando su mentira—. Además, es muy grande para mí, no me queda bien, es…

—Es una excusa patética, intenta de nuevo. —Y el fotógrafo cruzó los brazos para abrigarse a sí mismo.

—No puedo quedarme con algo tan fino. —Devan iba a pensar que lo había robado y se la iba a quitar.

—Te dije que te la pusieras.

A esa hora, aún temprano, muy poca gente deambulaba. Lo mejor era retirarse sin hacer mucho aspaviento. Noel se envolvió en la casaca marrón forrada por dentro y perfumada a la loción que usaba Luka. Una fragancia muy parecida a las que rascaba Jade de las hojas de sus revistas.

El tren apareció justo a tiempo. Luka sentía que se le estaban congelando los pensamientos. Apenas se abrió la puerta del vagón, saltó dentro de él para evitar tiritar escandalosamente. No se dijeron nada más. Noel lo vio partir y Luka se lo quedó mirando por la ventana del vagón. El tren partió apenas se hubo sentado y eso fue todo.

Noel se alejó entonces, tratando de sobrellevar la idea de que no lo iba a volver a ver.

***

Esa mañana, el autobús se retrasó y Paulette llegó un poco tarde a casa de Philipo. Fue una sorpresa para ella descubrir la sala revuelta, cobijas en el suelo y a Phil recién levantado. Lo siguió con los ojos mientras él iba a la cocina y se quedó acomodando los cojines caídos del sofá.

—¿Y Pat? ¿No se ha levantado todavía?

—Anoche tuvo fiebre —respondió Phil frotándose los ojos.

Ella lo vio asomarse y le señaló las medicinas que reposaban sobre la mesa de la sala.

—Ya veo, lo noté algo decaído ayer. —Paulette le sonrió ligeramente—. Si sigue con fiebre, es mejor que guarde cama hasta que se le pase. Iré a ver cómo sigue…

—No está en la trastienda. La calefacción estaba fallando así que lo dejé dormir en el cuarto de Tino.

La enfermera se lo quedó mirando de hito a hito, no tuvo que decir nada. La expresión en su rostro habló por ella.

—Iré a ver cómo sigue. —Y lo dejó a solas, porque estaba sucediendo lo que ella tanto temía

Paulette entraba en esa habitación una vez por semana, sin falta. A pelear con el polvo que quería enterrar los recuerdos que habían quedado en esa habitación. Al ver a Pat sobre la cama de Tino, sintió un hincón en el pecho.

No podía culpar a Philipo por querer alojar al chico en su casa. Tenía un caprichoso parecido con Tino y ella misma casi se desmayó al verlo, la primera vez. Estuvo a punto de caer de rodillas y agradecerle al Señor de los Cielos por devolverles a quien tanto extrañaban.

Cada mañana, al levantarse, se detenía en la iglesia y dejaba encendidas dos velitas, una por Tino y la otra por su propio hijo, ambos perdidos para siempre. Dicen que el tiempo cura las heridas, pero no es cierto. Solo endurece la piel, pero nunca sana.

Paulette suspiró para alejar la tristeza y acarició el rostro de Pat como solía hacer con su propio hijo. Habían pasado años desde su partida, pero nunca había dejado de extrañarlo. Había días en los que tan solo levantarse de la cama y escuchar el silencio era devastador. Se forzaba a sí misma a vivir un día más porque aún no era momento de partir. Hasta que Dios disponga, murmuró, y me deje reunirme con mi hijo.

Rezaba sus oraciones matutinas cada mañana apenas abandonaba la cama y tenía una lista de nombres por los cuales pedir. Pat había entrado en ella desde el momento en que lo conoció, aunque ese pobre chico Noel ya estaba en sus plegarias desde hacía años.

Con el contacto de sus manos arrugadas y olorosas a vainilla, Pat empezó a despertar. Antes de abrir los ojos supo que era ella. Ese olor le acababa de abrir el apetito.

—Hola, Paulette. —Apenas podía levantar las pestañas cargadas de legañas—. ¿Ya es hora de desayunar?

—Buenos días. —Le pasó la palma por la frente para liberarla de los cabellos rubios—. ¿Cómo te sientes?

—Como si me hubiesen pisado diez elefantes. Me duele todo, la cabeza también. La garganta, siento que me hubiese comido un montón de carbón y ahora me quema.

El tono ronco de su voz confirmó la teoría de la enfermera.

—Has pescado una amigdalitis. Con un jarabe y pastillas vas a estar como nuevo. No tienes fiebre, pero te voy a tomar la temperatura…

—Sí, pero ¿dónde estamos?

Ella suspiró de nuevo y le acarició las mejillas aún tibias.

—Es la habitación de Tino, el hijo de Phil y Marietta.

—¿Cómo llegué aquí? No me acuerdo.

—Luego averiguamos. Tienes que tomar tu desayuno y un jarabe para esa garganta inflamada. Ahora levántate, que voy a tender la cama. Vamos, arriba que ya es de día.

—Cinco minutos más. —Pat se quitó las cobijas con cierta modorra. Sentía los brazos pesados y las piernas que se le desenganchaban—. ¿Estás segura de que es de día? Me siento bien cansado.

—Phil te dio el jarabe para la tos que produce somnolencia. Hay personas que les da más sueño que a otras. ¿Cuántas cucharadas te dio?

—No sé, Paulette, no me acuerdo. ¿Puedo dormir un ratito más?

Ella rio un poquito al verlo abrazarse a las cobijas como si fuera una garrapata y con un ojo abierto esperando que le dijera que sí.

—Bueno, si quieres. Pero se te va a pasar la hora del desayuno y te vas a quedar con hambre.

—Siempre sí me levanto, además hay cosas que hacer en la tienda. Tengo que ayudar a Phil con el inventario y los pedidos no llegan hasta pasado mañana, así que…

—Primero te pones bien, te recuperas y luego piensas en trabajar. Ahora sí, a levantarse, que tengo que tender la cama. —Paulette se quedó pensando si debía cambiar las sábanas o no.

Pat se levantó de un salto y se estiró como lo haría un gato. Rascándose la cabeza, recogió un cobertor del suelo y se lo tendió a Paulette. Dio una mirada de reconocimiento a la habitación. No tenía memoria alguna de cómo había llegado, pero de que había dormido como lirón, lo hizo. La decoración correspondía al cuarto de un niño. Las paredes eran de color azul pálido y el techo tenía estrellas fosforescentes pegadas. Un par de afiches de beisbolistas sobre las puertas del closet y una serie de trofeos y juguetes sobre el armario y el ropero.

—¿Qué pasó con él, con Tino?

La curiosidad lo estaba matando. Necesitaba saber qué había ocurrido. Por el rostro de Paulette, supo que no había debido preguntarlo tan bruscamente, pero le ganaron las ganas de saber.

—Bueno, es un tema delicado. Tino ya no está entre nosotros y…

—Eso ya lo sé. Quiero saber que pasó. ¿Estaba enfermo? Mi mamá estaba enferma y murió de eso. Quiero saber porque así le puedo decir a Phil que entiendo lo que se siente perder a alguien.

Paulette intentó continuar mientras extendía las sabanas. No pudo, el nudo en su garganta de pronto la asfixiaba. Los ojos se le humedecieron y la voz se le quebró.

—No me tienes que contar si no quieres. No quise hacerte llorar, Paulette.

—Lo de Tino fue una tragedia, yo adoraba a ese niño. —Se le resbalaron un par de lágrimas —Siempre fue buen niño, un ángel, siempre lo fue. Eso es todo lo que puedo decirte. Es un tema muy triste y no me corresponde.

—Entiendo.

No, la verdad era lo contrario. Quería saber con más ahínco que fue lo que le había ocurrido. Era obvio que Tino estaba muerto, pero quería el relleno completo. Quizá Phil había tenido algo que ver.

Dejó el tema a un lado, para que ella parara de llorar.

—Paulette. ¿Vamos a continuar con lo planeado?

Ella hizo una pausa para secarse las lágrimas.

—Sí, pero primero te tienes que recuperar. Así con este frío y convaleciente no puedes ir a ningún lado —susurró la enfermera—. Tienes que prometerme algo. Prométeme que vas a estar bien.

—Por supuesto, te prometo y recontra prometo que voy a ir con mucho cuidado. —Le sonrió todos los dientes afuera.

Ahora sí estaba animado. Tenían un trato, con la ayuda de Paulette iba a poder ver a Noel. No es que quisiera burlarse de Phil, pero él no quería entender. No podía abandonar a su hermano. Tenía que velar por él, como le había prometido a su mamá. Ya lo había encontrado, la mitad de la promesa estaba cumplida, y ahora le tocaba hacer el resto.

Casi se olvidaba, tenía que tomar sus medicinas. Las había dejado en la trastienda.  No podía descuidarse con los horarios, si no, no iban a hacerle efecto. Pat se rascó los brazos con fuerza; tenía mucho sueño aún, pero sus pastillas no podían esperar.

Dejó a Paulette ocupada y se escabulló hacia su habitación solitaria. No escondía sus medicinas ahí, porque Phil podía ir a revisarle las cosas y nadie debía enterarse de que las tenía. Las guardaba en otro lado, en un escondite súper secreto. Una pastillita redonda que pasó sin ayuda de agua. Acarició el frasco con el dedo pulgar y lo cerró con fuerza. El nombre en la etiqueta le humedeció los ojos.

—Noel, ella tenía un nombre muy bonito —susurró para sí mismo mientras envolvía el frasco en una media gastada y lo volvía a meter entre trapos viejos que Phil guardaba en la trastienda—. Maggie se enojaría conmigo si dejo que te pase algo.

Tenía que esperar un poco. Apenas se sintiera mejor, iba a poder cuidar de su hermano. Todo iba a estar bien, porque no pensaba romper la promesa que le había hecho a su mamá antes de que ella dejara de existir.

***

No dejaba de pensar en el fotógrafo. De pronto, se había convertido en lo único que ocupaba su mente. No sabía cuándo iba a aparecer de nuevo y si lo haría, pero cada noche se mantenía atento, por si su auto doblaba la avenida.

Deambulaba en la calle como animal abandonado, sin detenerse, porque por lo menos así mantenía cierto calor en su cuerpo. Ya no tenía la chaqueta que Luka le había regalado. Devan asumió que se la había robado a un cliente y se la quitó de inmediato. Se la probó, pero como le quedó estrecha, se la dio a Müller.

La noche avanzaba y tenía al menos un par de horas antes de que Devan empezara a extrañarlo. No había clientes, la temperatura marcando negativo los ahuyentaba. Nevó por la mañana y con la calle aún intransitable, el resto de las putas se rindieron ante lo evidente. Nadie, ni un solo auto interesado en nada más que llegar a su destino.

—Me estoy congelando el culo —gruñó Jade, quien encabezaba el movimiento de putas descontentas. Abrazándose a sí mismo dentro de la chaqueta rosada que su cliente favorito le había regalado se sopló las manos antes de continuar—. Esto es una mierda, me regreso a casa.

El Gallinero ni se molestó en aparecer. No podían competir con las putas más jóvenes. Estaban pasando hambre, como el resto de la calle.

Ya habían pasado varios días desde el encuentro con Luka y Noel no quería perder la esperanza de que fuera a aparecer. Jade lo mandó a la mierda cuando se negó a irse con él y se fue con el resto a guarecerse. Noel era entonces la última de las putas que aún deambulaban por allí, con los zapatos mojados de nieve y el rostro quemado por el viento.

Un ratito más, les decía a las voces de su mente. Un poco más, seguro que ya viene. Estaba solo en la calle; lo único que se movía era un carro de policía y sus luces brillantes. Optó por retirarse. No había remedio, otro día más sin hacer un centavo con que comer.

No era tan tarde, apenas las diez. En noches como esas, podía quedarse hasta la madrugada y con el mismo resultado. Alcanzó a Jade antes de que entrara primero a cizañar en su contra y se dieron de empujones para entrar uno primero que el otro. Noel fue el ganador. Jade cayó sentado y no se veía muy contento.

No tanto como Devan.

Fumaba, lo usual. Tenía una pila de paquetitos con cocaína sobre la mesa y no se veía de buen humor. El ritual habitual de todas las noches no dio buenos resultados. Ambos cachorros tenían tanto dinero encima, como cuando partieron.

—No hay clientes, Devan —los remedó mientras aplastaba el cigarro con tanta fuerza que casi parte el cenicero en dos—. La misma excusa de siempre. ¿Qué hacemos ahora? ¿Ah? Si no hay dinero, ustedes dos no comen.

Esa amenaza no surtía ningún efecto, estaban acostumbrados a pasar hambre. Sin embargo, ninguno de los cachorros levantaba los ojos del suelo.

—Estoy esperando una respuesta —bufó como un gorila, pero no obtuvo resultado.

Devan levantó la mano y fue Jade quien terminó en el suelo producto de una bofetada. Le acababa de partir el labio y Noel retrocedió aterrado al ver la sangre salpicar.

—¿Ninguno? ¿Nadie?

El mismo silencio de antes. Mientras Jade intentaba ponerse a salvo, Devan le lanzó un puntapié y pasó sobre su cuerpo menudo, solo para dirigirse al refrigerador y casi arrancar la puerta. Lo encontró más vacío que nunca, con solo una botella al fondo de la rejilla.

De pronto, montó en cólera. Cerró la puerta de una patada y levantó a Jade de un brazo.

—¡Ve por más y date prisa!

No tuvo que repetir la orden. Jade empezó a correr antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Apenas se detuvo para levantar su ropa del suelo; prefería salir corriendo a la calle y morirse desnudo, sepultado en la nieve, a tener que enfrentarse a Devan.

Noel se quedó en su sitio, sin valor para moverse un centímetro. Con la cabeza gacha, pero observando cómo Devan se desplazaba por la cocina. Reprimió un gemido cuando lo vio acercarse. De pronto, estaba frente a él. Tembló completito, desnudo como un animal. Devan tenía su collar de perro entre las manos y lo deslizó alrededor de su cuello.

—¿Qué estás esperando?

El collar puesto y Noel en cuatro patas, como el cachorro sumiso que era.  Devan disfrutaba mucho verlo en ese estado. La sola imagen lo excitaba. Enseguida se desabrochó los pantalones para darle espacio a su erección palpitante y el cachorro levantó el rostro. No perdió un segundo e incrustó su miembro entre los labios que cedieron al contacto. La lengua empezó a acariciarlo despacio, la bolita de metal recorriendo la extensión del falo.

Gemidos guturales, sollozos y suplicas, todo combinado con sus propios jadeos. De un empujón, lo lanzó de espaldas al suelo y le puso un pie sobre el vientre. Le recorrió el pecho hasta llegar a su garganta. Los sollozos se detuvieron cuando le puso presión sobre el cuello. Observaba cómo el cachorro temblaba, cómo se retorcía y hacía esfuerzos por quedarse lo más quieto posible.

El flujo del aire a sus pulmones se detenía y sentía que le machacaba la garganta muy lentamente. A Noel se le escurrían lágrimas calientes y ya no podía suplicarle que se detuviera. La presión desapareció y a prisa rodó por el suelo lo más lejos que pudo, tosiendo para recuperar el aliento.

Devan no le dio tregua. De un golpe a las costillas lo tuvo en el suelo retorciéndose otra vez. Levantó el pie y lo volvió a aplastar como antes.

—¡Quieto! —Y sus órdenes eran absolutas.

Noel dejó de sacudirse y hasta pudo controlar su respiración agitada. El enorme pie de dedos gruesos, subiendo y bajando sobre su cuerpo, como si fuese de verdad un perro y le estuviese rascando la barriga.

—Recoge las piernas. —Y otro puntapié al muslo. Devan descendió con sus caricias hasta llegar a la pelvis. Luego, los dedos se ensañaron con el miembro semi erguido del muchacho—Te está gustando esto.

Ligera presión que bastaba para hacerlo sollozar de terror. El arco y el talón, los dedos de nuevo, descendiendo un poco más al área del perineo.

—Córrete.

Fue una orden directa y al recibirla, Noel entró en pánico. Su cuerpo reaccionaba a pesar del dolor y odiaba esa sensación. Sus manos buscaron su mediocre erección, pero Devan le pegó un puntapié en el brazo. Dejó de tocarse y se desesperó, porque su excitación se diluía y el miedo abarcaba toda su mente.

Devan no tenía paciencia, ante sus ojos estaba desobedeciendo. Piensa en algo, se ordenó el cachorro mientras buscaba una manera de provocarse un orgasmo. El pie pesado se volvió a centrar sobre su difuminada erección.

Luka, se dijo a sí mismo, es Luka quien lo está haciendo. Las voces en su mente vacilaron un momento y luego concordaron que era una buena alternativa. Aunque nunca suceda, dijo la voz más prepotente. Luka jamás te va a tocar de ese modo, ni con la punta del zapato.

Consiguió un gemido de placer, imaginándose a Luka sobando el pie sobre su cuerpo. No, él no sería tan brusco, dijo su imaginación.

No seas imbécil, si te tira una patada ya es bastante, no mereces más que eso. Con la punta del pie, a lo mucho. La más agresiva de las voces incluso se rio de su ingenuidad. Era tan tonto, claro que Luka jamás le haría eso, porque casi no lo toleraba cerca.

El tiempo se terminó, Devan no iba a esperar más. Con un gruñido le dio otro golpe y lo abandonó mientras se retorcía sobre el suelo. Intentó incorporarse, arrastrarse lejos de su alcance, pero no había terminado con él. Se acuclilló junto al cachorro, le pasó su cinturón alrededor del cuello y aseguró la hebilla.

Un verdadero perro con todo y correa.

—Camina.

Estaba entrenado, lo había hecho muchas veces con el demente de su amo. Trató de seguirle el paso hacia su habitación, gateando al lado de las piernas de Devan. La distancia no era mucha, pero a Noel le parecieron millas.

—Te gusta todo esto. No engañas a nadie. —Devan no esperaba una réplica, por el modo como lo tenía sujeto con el cinturón—. Sube a la cama.

Torpemente, casi sin poder ver de frente, encontró el colchón y se trepó como pudo. Devan tenía razón, su cuerpo empezaba a reaccionar y se odiaba un poco más por permitirlo. Apenas se colocó en cuatro patas sobre la cama, la presión sobre cuello desapareció y el cinturón entró en contacto con la piel de su espalda. Acababa de desobedecer, Devan le había ordenado que se corriera y no lo hizo.  Era su castigo, no esperaba que le fuera a perdonar semejante ofensa.

Te lo mereces, imbécil. La voz más fuerte volvió a la carga. Tiene razón, exclamó la voz más tímida. Solo tienes que correrte cuando te mandan, tan simple como eso, inútil.

—¡Cállate! —le advirtió Devan, porque sus gritos empezaban a molestarlo.

Cierra la boca, idiota. Devan te va a seguir pegando. No va a parar hasta que se te caiga la piel del trasero, cállate de una vez.

Noel apretó las colchas con toda su fuerza. Las rodillas se le doblaban, los codos, tenía la cara pegada al colchón para ahogar sus quejidos.

Por fin, Devan se detuvo. Dejó de pegarle, pero aún no terminaba. El cinturón regresó alrededor del cuello y lo montó como si fuera un caballo, con todo y riendas. El dolor que sintió cuando Devan ingresó en él se escondió entre el que sentía en el resto del cuerpo. Con una mano sostenía con firmeza el cinturón, mientras que con la otra buscaba jugar con el miembro desatendido del cachorro.

Escuchó a Devan resoplar divertido mientras lo tocaba. Sí, su cuerpo respondía, se sujetaba del poquito de placer que recibía. Gemía y jadeaba, intentando contener su voz.

El cachorro acababa de lanzar un alarido, que era la combinación del dolor y placer. Lo conocía bien, porque era él quien le había enseñado a mezclar ambas sensaciones. Devan se impacientó y lo jaló de las piernas para voltearlo boca arriba. Noel gimió por la sorpresa y lo dejó acomodarse entre sus muslos.

—¡Abre los ojos! —ordenó Devan aumentando el ritmo de las penetraciones. Quería verlos inyectados y con las lágrimas volcándose.

Noel no podía respirar, el cuello se le iba a partir y la mente se le nublaba. Ambas manos buscaron deshacer la presión que lo asfixiaba, mientras sus piernas peleaban por su cuenta.

Pero Devan no le iba a ceder un milímetro a la rebelión y le ajustó más la correa. No contento con ello, le pegó en la cara, pero Noel ni lo sintió. Mantenía sus ojos fijos en Devan y en su endemoniada expresión. La habitación se llenó de penumbra y el corazón le iba a explotar. Los oídos le zumbaban y no podía respirar. Sus manos se rindieron, sus piernas cayeron sobre el colchón y por fin la oscuridad lo envolvió.

Delicioso era el modo en que el cachorro apretaba su miembro. Profundamente dentro, lo estaba exprimiendo todito. Sacudía las piernas y le daba más espacio para hundirse dentro de esa carne caliente que lo recibía. A Devan le resultaba tan difícil controlarse cuando le apretaba el cuello para escuchar sus quejidos quebrados. El cachorro dejaba de lloriquear y sólo escuchaba como hacía esfuerzos por respirar. Eran esos sonidos guturales lo que lo llevaban al límite.

Tenía que tener cuidado, podía partirle algo. No solo desmayarse, si no algo más permanente. Devan apretó un poco más su garganta y el cuerpo del cachorro se contrajo en un espasmo. Se corrió de inmediato con un gruñido largo. Fue cosa de segundos, pero parecieron años.

Lo disfrutó mucho, tanto que casi tuvo una visión del pasado. Con los ojos entreabiertos, Devan disfrutaba la escena que tenía bajo su cuerpo. Pero la nube de placer que lo envolvía se deshizo al darse cuenta de que el cachorro no respiraba. Gruñendo entonces, le tomó la muñeca pálida y notó que el pulso se desvanecía.

A prisa le retiró la correa del cuello, el collar de perro y le sintió el último par de latidos.

—¡Mierda! ¡Mierdamierdamierda!

No, no iba a dejar que tanto trabajo se fuera por la borda. No otra vez. A prisa, tomó al cachorro y lo puso en el suelo. Se encaramó sobre el cuerpo inerte y levantó su rostro ligeramente, para que no hubiese obstrucción alguna y entrara el aire. Le puso ambas manos en medio del pecho y empezó las presiones veloces y precisas, contando cada una en su mente.

De inmediato, se concentró en la respiración. Apretándole la nariz, soplando dentro de su boca, el pecho se le inflaba. No iba a perder lo que con tanto entrenamiento había conseguido moldear. El tiempo pasaba y solo tenía escasos minutos para reanimarlo. Presiones primero a paso veloz, contando un minuto, alternando con la respiración boca a boca.

—¡Carajo! —No, no iba a dejar que nadie se lo llevara, ni la muerte misma. Ese cachorro era suyo. Lo iba a pelear con quien fuera.

La misma operación, masajes profundos en medio del pecho. Con fuerza suficiente como para partirle las costillas. No importaba, tenía que reanimarlo a cualquier precio. Uno, dos, tres… Pulso otra vez, acababa de sentir su corazón palpitar tímido y la respiración aún leve, pero estaba de nuevo en el mundo de los vivos.

Devan transpiraba más que antes, pero el cachorro respiraba lento y parecía dormido. No por mucho tiempo. Abrió los ojos de improviso y el pánico se le pintó en el rostro. Todavía tenía una pata en el otro mundo, así que lo depositó sin cuidado sobre la cama.

—¡Quieto! —le ordenó Devan sujetándole las muñecas, para que dejara de sacudirse intentando huir de él—. Te vuelves a mover, aunque sea para estornudar, y te amarro a la cama.

Primera y única advertencia. El cachorro no quiso ni pestañear. Devan se le acercó con una frazada y lo cubrió para mantenerlo abrigado. Acto seguido, se quitó la camiseta negra y secó su cabeza calva con ella. Desnudo y sudoroso decidió que se ducharía luego.  Primero tenía que asegurarse que el mocoso siguiera respirando.

Resopló sonoro y se tumbó al lado del cachorro, quien no se atrevía a moverse. Le acomodó la frazada de modo que no se pudiera mover, aunque quisiera. Todavía estaba muy pálido, tenía los ojos inyectados e inundados de lágrimas. Devan encendió un cigarro y le dio una buena aspirada.

—Estuvo cerca —murmuró inaudible y luego exhaló una columna de humo que se perdió hacia el techo.

***

Estaba empezando a desesperarse. A esa hora de la noche, el único lugar donde podía conseguir lo que cabrón de Devan quería, quedaba a demasiadas cuadras de distancia. Jade no podía caminar más en medio de la nieve. Sus botitas empapadas resbalaban sobre el hielo y su única chaqueta no le proveía suficiente abrigo.

En mala hora el tendero de la cuadra había salido de viaje. Tenía tratos con él y estaba dispuesto a darle lo que quisiera a cambio de sus servicios a la hora que fuera. Pero había un problema: la mujer de ese tipo estaba al tanto de la relación que mantenían. Todo porque su cliente prefería que lo atendiera ahí, en su trastienda. La mujer esa los descubrió y a quien le cayeron los escobazos fue a Jade. Por eso ni se asomaba por ahí, cuando esa mujer estaba a la vista.

—Vieja fea y celulítica —murmuró recordándola.

Jade se acostumbró a depender de ese cliente para comer. Cuando Devan los mataba de hambre, como era usual, iba donde él y este le daba lo que había sobrado del día. Era mejor que buscar en el basurero como Noel hacía. ¡Ay, mierda! Para remate no traía un centavo y no había clientes en la maldita calle.

Gimió derrotado, sin nadie alrededor que fuese a escuchar. Su única opción era morirse de frío. Aunque de todos modos Devan iba a matarlo, así que solo le ahorraría la molestia.

Era desesperación lo que le llevó a jugar su última carta. Sabía que el italiano lo iba a mandar de cabeza a la mierda si se le ocurría entrar a su tienda. Todo por culpa del idiota de Noel y el maldito de Devan.

Eran más de las diez y el comercio estaba cerrado. Jade deambuló un rato buscando una solución y al no saber qué hacer decidió rendirse. Estaba por desplomarse en la nieve cuando escuchó la puerta de metal abrirse despacio. Una figura menuda se escurrió en la penumbra del callejoncito y se quedó mirándola fijamente.

—¿Qué? —escupió la pregunta un chiquillo vestido con una chaqueta de cuadros y un gorro de lana hundido hasta las cejas—. ¿Qué tanto me miras? ¿Qué quieres aquí?

—¿Tú trabajas ahí? —le tomó un momento reponerse de la impresión, pero Jade le sonrió de vuelta—. ¿En la tienda? Es que…, necesito comprar algo y…

—Ya cerramos, ven mañana —interrumpió Pat incómodo.

—Es que… —a Jade se le quebró la voz—… tengo que comprar algo para mi papá, si no me pega.

Empezó a lloriquear de modo tal que todo el callejón se inundó con su voz. El chico de la tienda se sobresaltó, pero no se movió de su sitio.

—Oye, no llores. Ya, ya deja de chillar.

—No sé a dónde más ir, todo está cerrado y si regreso sin nada, me va a pegar.

Era cierto lo que decía, tenía el labio quebrado y unas gotas de sangre aún asomándose.

—¿Qué quieres comprar? —Pat actuaba sin pensar, porque le dio lastima verla llorando.

—Mi papá quiere que le compre cerveza —le respondió enjugándose las lágrimas con la manga de su chaqueta—. Pero no tengo dinero.

Pat retrocedió un paso. Una cosa era querer comprar y otra no tener para pagar. Vaya, él conocía bien los dos lados, los había vivido a diario.

—Si regreso sin nada me va a pegar a mí y a mi hermano.

La muchacha continuó llorando y a Pat se le encogió el corazón. Quería consolarla, pero no tenía valor para acercársele si no la iba a poder ayudar. La chica cayó de rodillas, con la cara escondida en sus brazos. Estaba desesperada la pobrecita.

Pat tragó el nudo que se formó en su garganta y estiró una mano para calmarla. No esperó que ella levantara el rostro y lo frotara contra sus dedos, como lo haría un gato.

—No tengo dinero, pero puedo pagarte de otra manera —susurró Jade y pudo ver en los ojos ambarinos del muchacho una mezcla de sorpresa y repulsión.

Estaba acostumbrada a esa mirada, no era la primera vez que la recibía y no iba a ser la última. Tragándose el orgullo, acarició la palma tibia del muchacho con sus dedos helados. El contacto dio el resultado esperado, el chico tembló completito y dio un paso atrás.

—No tienes que… suéltame, deja de llorar. Oye, si dejas de chillar te ayudo.

—¿En serio?

—Oye, ¿cómo sé que la cerveza no es para ti?

—Es para mi papá. —Se quedó pensando un momento y no se le ocurría más que decirle la verdad—. Si no le doy lo que quiere, me va a matar. Mira…

Jade se quitó la chaqueta. Aguantó el frío solo para dejarle ver las magulladuras que le cubrían el cuello y pecho. No se dio cuenta, pero cuando se vistió lo hizo tan aprisa, que traía la blusa mal puesta. Sus senos se asomaron por entre la tela y vio que el chico se sonrojaba.

—¿Ves? No te estoy mintiendo. —Y emprendió la tarea de llorar de nuevo como una pileta.

—Ya, dime. ¿Cuál es la que toma ese hijo de puta?

Sí, Jade tenía que aceptar que ese era el nombre de pila de Devan.

—Una de etiqueta azul. Vamos, yo te muestro —respondió a prisa y se dispuso a seguirlo a la bodega.

No pensaba desvestirse en la intemperie, ni arrodillarse sobre la nieve para darle un servicio. Aunque al final no importaba. Con tal que le diera lo que necesitaba, lo haría donde el chiquillo ese quisiera.

—Oye no, tú quédate aquí. No puedes entrar.

Obtuvo como respuesta. Bueno, si quería coger ahí en el callejón, no tenía problema

—No te muevas de ahí, voy por la cerveza para ese mal parido hijo de puta. —El muchacho trazó una raya en la nieve con la punta de su zapato y la apuntó con un dedo—. No te muevas.

Jade le sonrió y su carita se iluminó completa. Tenía una bella sonrisa, eso se lo decían todos sus clientes y era cierto. Era quizá una de las cosas más lindas que tenía. Se acabó de secar las lágrimas y se quedó mirando la raya que el chico había trazado sobre el suelo. Escondió sus manos en los bolsillos y revolvió los condones que traía.

Ese muchacho era menor que ella, así que con una mamada seguro se quedaba contento. Pero si quería sexo, por qué no. Una caja de cerveza le iba a salvar la vida. Ojalá le hubiera dejado entrar a la tienda, ahí afuera hacía demasiado frío.

Pat regresó a la bodega, no sin antes dar una mirada atrás. ¿Qué estaba haciendo? Una cosa era escaparse en medio de la oscuridad y otra ayudar a una puta de la calle. Le dio lástima, claro que sí.  Estaba en la misma situación que Noel y si pensaba ayudarlo a él, bien podía ayudar a alguien más.

Esa chica estaba dispuesta a hacerle lo que quisiera, con tal que le diera una caja de cerveza que Phil no iba a extrañar. Pat se rascó la cabeza pensando en la oportunidad que estaba dejando pasar. De pronto se puso a pensar en la cara que el italiano iba a poner, si regresaba y lo encontraba con los pantalones abajo y a esa chica entre sus piernas. Le dio risa y a la vez se sintió mal. Por más puta que fuera, no se merecía esa vida y menos tener a un hijo de millones de millones de putas como padre. No, nadie se lo merecía.

Tomó la caja del congelador. No la iba a robar. Tenía dinero todavía, el que le había dado Noel y que guardaba con celo. Iba a pagar porque era un hombre, un adulto, y no iba a dejar que a esa pobre chica le pasara nada malo si podía evitarlo.

Cuando salió a buscarla, ahí estaba, bien obediente donde la había dejado. Resoplando, le entregó la caja y ella saltó sobre él, para abrazarlo. La detuvo estirando una mano que aterrizó sobre su pecho. Pat se puso de todos los colores. Retiró su mano de los senos tibios y ella le sonrió aún más. La vio dejar la caja sobre la nieve y sí, ella tenía la chaqueta tan abierta como la blusa. Los pechos al aire, pezones rosados paraditos y acababa de sacar un condón del bolsillo.

—¿Qué quieres que te haga? —Jade tomó la mano de su benefactor, la llevó a sus labios y besó con ternura, para luego lamerlos casualmente.

—Nada, no tienes que hacer nada —le respondió balbuceando—. Vete mejor.

No esperaba esa respuesta, pero a esas alturas de la noche, la tomaría sin chistar.

—No sé tu nombre —le dijo mientras se abotonaba la blusa—. Yo soy Jade.

—Soy Patrick. Tu nombre es raro.

—Me lo puso mi papá. ¿Sabes que es el jade? Es una piedra del color…

—Lo que sea. Ya me tengo que ir. —Se le hizo tarde, había perdido demasiado tiempo con ella y ahora tenía otro problema en medio de las piernas.

—¿Para dónde vas?

—Al tren, para allá voy —le respondió para quitársela de encima.

Por lo menos se cubrió las tetas, porque si las tenía delante un rato más, se iba a volver loco.

—Yo también. —Ella tomó la caja de cerveza e intentó tomarle la mano de nuevo.

—Jen. —Retrocedió escapándose de la muchacha—. Me acabo de acordar de que me olvidé algo allá adentro y… Vete nomas por tu cuenta.

—Es Jade, mi nombre es Jade. ¿Seguro que no quieres te haga compañía? Es lo menos que puedo hacer por ti. Me has salvado mi pellejito.

—Otro día, ya otro día será. Tengo que ir a mear antes de irme.

—Vale. Gracias, Patrick, de verdad te debo una. —Una sonrisa enorme, con su cara magullada y labio reventado—. Gracias por tu ayuda.

De nada, omitió al verla irse con el pelo largo volando, con la blusa abotonada, la chaqueta abierta y apurada sobre la nieve, resbalando con sus botitas gastadas. Pat no se arrepentía de ayudarla, pero había perdido la oportunidad de ver a Noel.

Phil iba a regresar y no le iba a dar tiempo para ir a buscarlo. Además, con la entrepierna como la tenía, no iba a llegar muy lejos. Mejor se ocupaba de eso antes de que tuviera que dar explicaciones al respecto. No, si esa noche no iba a ninguna parte más que a tomar un baño, con agua fría.

***

Cada vez que abría los ojos, lo hacía con miedo de descubrir donde estaba. La habitación siempre a media luz, las cortinas cerradas; un fuerte olor a cigarro se cernía sobre el ambiente. Devan cumplió su amenaza: tenía las manos atadas a los postes de la cama; así que ni trató de levantarse. Noel intentaba conservar la calma y sobrellevar la jaqueca que le partía el cráneo en dos.

Noel no tuvo tiempo para espabilarse. Los pasos de Devan se acercaban y no servía de nada fingir que dormía. Mejor tener los ojos abiertos y prepararse para lo que venía. Le escuchó gruñir mientras se acercaba a la cama. Tenía una botella de cerveza en una mano y con la otra le quitó la frazada de encima.

A Noel el corazón se le desbocaba. Devan recorría su cuerpo inspeccionando el daño. Podía sentir sus manos recorriéndole las pantorrillas, subiendo por sus muslos, incrustándole los dedos robustos sobre la escasa carne de su cuerpo. La botella helada se posó sobre su sexo dormido. Gimió bajito, pero estuvo seguro de que el chulo alcanzó a escucharlo.

Devan le pasó la botella sobre las costillas, de repente fijándose si alguna estaba rota. Luego la retiró para beber de ella. Entonces le recorrió el pecho presionando los moretones que lo poblaban, subiendo por los que tenía en la garganta.

—Puto de mierda —masculló Devan limpiándose la boca con el reverso de la mano.

El cachorro miraba al vacío, intentando rebuscar algún pensamiento alegre para sobrellevar tener a Devan encima. Temblaba de miedo, el más mínimo movimiento que hacía lo aterraba.

Gruñendo todavía, Devan dejó la botella sobre el velador repleto de otras botellas, cajetillas de cigarros y ceniceros repletos. Le desató las manos tirando de las cuerdas y cuando terminó, el cachorro no se movió de su sitio. Apenas recogió sus brazos y se quedó tendido sobre el colchón.

Devan lo hizo girar hasta ponerlo boca abajo. El cachorro reprimió un gemido y se contrajo todo lo que pudo. La mano del chulo le presionó la cabeza contra el colchón sucio. De un jalón lo hizo descender al suelo, sin soltarle el cabello.

Le apretaba el rostro contra la cama y se le montaba sobre la nuca. No podía respirar, pero tampoco hacía nada por soltarse. Apenas se aferraba a los bordes del catre, desesperado, esperando que pronto terminara de matarlo.

Hasta que por fin lo soltó. Tosiendo, Noel se revolvió en el suelo sucio de colillas de cigarro. Devan volvió a asirlo del cabello y lo obligó a levantarse.

—Necesitas un baño, perra —anunció mientras lo arrastraba fuera de la habitación.

Una de las cosas que más odiaba era tener que bañarse con Devan. Siempre implicaba sexo y con él era siempre violento.

—Estás muy flaco —le dijo mientras lo empujaba bajo el chorro de agua—. A nadie le interesa cogerse una puta escuálida.

Noel tuvo ganas de responderle, como las voces en su mente le dijeron que haga. Dile que es culpa de él, dile que se vaya a la mierda.

Devan se escurrió en la ducha junto al cachorro. Descomunal en todo sentido, talla, contextura. Noel parecía un niño a su lado.

—Es tu culpa. Si no trabajas, no comes. Yo te doy un techo y comida. Tú no haces dinero y se acaban todos esos privilegios.

Lo tomó de las muñecas y se las juntó en la espalda. Las manos del chico encontraron sin quererlo el miembro erguido que empezó a frotarse entre los dedos temblorosos.

—No sirves ni para puta. Eso de que no hay clientes es una excusa idiota. Eres tan inútil que ni siquiera puedes hacer dinero abriendo las piernas.

Las manos del cachorro alrededor de su miembro, lo frotaban y envolvían. Estaba tan duro.

—Ni siquiera puedes hacer que me corra. Perra inútil.

Sujetándole los brazos en la espalda, intentaba penetrarlo de pie sobre el piso resbaloso de la ducha. Iban a terminar ambos en el suelo y Noel se llevaría la peor parte.

—Te voy a vender a un burdel de quinta, por lo que me den de dinero y no vas a volver a ver la luz del día. —Lo soltó y lo hizo girar para verlo a la cara. Ojos azules enormes, llenos del miedo que había sembrado hacía años y ahora daba flores y frutos.

Sí, estaba bastante escuálido, pero le daba una apariencia más frágil. Ese era su mejor atributo; parecía un niño. Siempre encogido, se le veía más pequeño de lo que era. Todavía tenía esa aura infantil; por momentos le parecía que solo su cuerpo se había estirado y seguía siendo la criatura de nueve o diez años que conoció la primera vez.

Pasó el tiempo y, luego de trabajo constante, consiguió convertirlo en lo que quería. Era su juguete, su títere, hacía lo que le daba la gana con él.

—¿Sabes qué les pasa a los cachorros que no sirven? —Esa pregunta hizo que el mocoso abriera los ojos aún más del pánico—. Les tuercen el pescuezo. Lo que no sirve se bota.

Sus manos enormes sobre su garganta, apretando suavecito, lo suficiente como para hacerlo gemir de miedo.

—Te advertí lo que iba a pasar si no hacías tu trabajo. —Una bofetada que no le estrelló, porque Devan lo estaba sujetando de un brazo.

—Devan, no.

—¿Acaso te he dado permiso para hablar?

Devan iba a cumplir su amenaza. No quería vivir entonces, no de ese modo. No iba a volver a ver a Pat, a Luka.

Las voces de su mente se sobresaltaron ante ese pensamiento.

Claro que te debes rendir, idiota. No, no, queremos ver a Luka de nuevo. No nos podemos rendir, se decía a sí mismo.

Si dejas que Devan nos encierre, nunca más lo vamos a volver a ver. Exclamó la vocecita más tímida, presa del pánico.

Reaccionó sin pensarlo. Sus manos abandonaron el miembro endurecido y buscaron pelear. Intentó liberarse de la opresión en su garganta.

—Solo empeoras las cosas. —Devan no lo vio con buenos ojos y ajustó aún más.

—Por favor. —Un hilo de voz era lo único que conseguía escapar de la boca del cachorro.

—Siempre dices lo mismo. Se te acabaron las oportunidades.

Noel abandonó la lucha y sus brazos cayeron a sus costados. Devan detuvo la presión en su cuello, el cachorro aún no se acababa de reponer de lo de la noche anterior.

—Da igual. Nadie quiere una perra como tú. No sirves para nada. No mereces la oportunidad que te doy. —Ladró sobre el rostro del chico—. Esta vez será la última.

Ante sus palabras, sucedió lo que esperaba. El rostro del chico se iluminó ligeramente.

—No va a haber más oportunidades. No me vengas con la excusa de que no hay clientes. Los vas a tener cuando te venda al burdel. Y quiero el doble, nada de traer la misma mierda de siempre. Si no, ya sabes.

—Gracias Devan, gracias, gracias.

Tal y como debía de ser, el cachorro le movía la cola. Estaba desesperado por complacer a su amo.

***

Estaba de suerte. Devan le había dado una oportunidad y no la podía desaprovechar. Ligero alivio, pero ahora el problema iba a ser conseguir la cantidad necesaria.

Las voces en su mente soltaron ideas. Brill era una alternativa. No, no lo era. Se va a quedar con la mitad, apuntó una de las voces sin nombre.

Luka, aventuró una de las voces, la suya. Las otras dos se quedaron en silencio. Era una buena alternativa.

No, no tenemos dinero para pagarnos el pasaje. ¿Cómo se te ocurre que podemos contar con ese tipo? Además, ¿si no te recibe?

Seguro que llama a la perrera para que te saquen de su casa. La voz más fuerte siempre se hacía escuchar.

¿Tienes una idea mejor?, su propia voz de nuevo.

Brill es la solución, dijo la voz tímida susurrando apenas, siempre tiene ganas de jugar con nosotros.

La voz más fuerte se quedó en silencio. Tenía razón, podía negociar con Brill. Algo de dinero podía conseguir.

Fue en busca del taxista. Desesperación era lo que movía sus piernas. No quería que Devan cumpliera su amenaza. Como siempre, estaba acorralado. Lo encontró donde solía estacionarse cuando andaba holgazaneando. Tenía un vaso en la mano, bebía algo caliente mientras conversaba por teléfono. Noel se le acercó con el corazón en la boca y la cara escondida bajo la capucha de su polera.

—Brill, Brill. —Se paró delante de él, los ojos azules fijos en el rostro que lo miró sorprendido.

De haber sabido cómo sonreír, lo habría hecho. No supo cómo continuar, solo vio cómo despachaba a su interlocutor y guardaba el teléfono en el bolsillo.

—Mira nada más lo que trajo el viento, el gatito en persona. ¿Qué carajo quieres aquí? No creas que me olvidé lo del otro día. Me debes dinero, pedazo de mierda. Más te vale tener con qué pagarme, si no Devan se va a enterar de muchas cosas.

El tono burlón en su voz disparó todas sus alarmas. Noel no supo qué decirle. Dejó que lo sujetara del brazo y lo empujara contra su taxi.

—No tengo dinero, pero si quieres podemos… ir… tú sabes… —La voz se le resbaló por la garganta y no tuvo manera de recuperarla. Maquinalmente, con el tono de voz monótono de una contestadora—. Si quieres, vamos donde tus amigos otra vez y…

—¿Crees que soy idiota? No le has dicho de eso a Devan, ¿no? —Lo atrapó de la polera y lo sacudió con fuerza—. ¿Le has dicho a Devan? ¡Habla!

—No, no le he dicho nada, aún. —respondió Noel susurrando.

La expresión de Brill no tuvo precio. Por un momento pudo hacer que se sintiera como él, con ese miedo intenso, con esa angustia que no dejaba respirar. Lo disfrutó apenas, porque el taxista lo sacudió de nuevo.

—No juegues conmigo, perra. ¿Tú crees que te va a creer a ti antes que a mí? Eres más idiota de lo que pareces, gatito. Eso es bastante. —Lanzó una carcajada para probar su punto—. Jamás te va a creer, no tienes cómo probar nada.

—Tú sabes que él no confía en nadie. Si le digo, no me va a creer, pero a ti tampoco. ¿Sabes qué le hace Devan a la gente que le miente? ¿No sabes?

De pronto, se desconocía. No podía dejar que Devan lo encerrara, iba a hacer lo que fuera necesario para evitarlo.

Brill gruñó con todas sus fuerzas y lanzó la taza de café al suelo. Estaba furioso y eso no podía ser bueno. El puto acababa de acorralarlo y lo peor de todo era que no dejaba de tener razón. Maldita sea.

—Más te vale cerrar el hocico —recitó en el oído del mocoso, apretándolo con más cólera sobre el auto—. Si se llega a enterar, va a ser peor para ti.

Brill sonrió con todos sus dientes afuera. No, el puto no tenía idea en lo que se estaba metiendo. De acuerdo, si quería jugar con fuego, se iba a quemar.

—Es lo justo, vamos como siempre, mitad y mitad —le dijo al chiquillo mientras abría la puerta del taxi para que entrara de una vez—. Así me pagas el dinero que me robaste la última vez.

Noel se subió al auto. No tenía nada que perder, iba a arriesgarlo todo. No confiaba en Brill y en sus fórmulas matemáticas para apoderarse de su dinero. Además, estaba seguro de que tramaba algo. En el taxi, la radio siempre estaba encendida, aunque ninguno de los dos le prestara atención.

Cerró los ojos para buscar algún pensamiento alegre donde pudiera refugiarse mientras tanto. La noche que había pasado con Luka, sus brazos alrededor de su cuerpo protegiéndolo de las pesadillas. No había nada mejor que eso para aliviar el miedo.

Brill tomó un rumbo distinto. No iba llevarlo a donde esperaba, con su jefe, al garaje de taxis. Tenía algo en mente y no podía ser nada bueno. Noel se abrazó a sí mismo y mantuvo los ojos cerrados, concentrado en sus pensamientos felices, hasta que por fin el taxi se detuvo.

—Baja de una vez —le ordenó Brill.

Cuando se dio cuenta, estaban en un garaje subterráneo. Al fondo había una puerta de metal que Brill atravesó primero. Era un bar y el encargado tras la barra los recibió con una mirada amenazante.

—Lo de siempre, Randy. Y no le prestes atención a ese puto. Es invisible —diciendo esto Brill se desplomó sobre un asiento vacío.

Noel siguió sus pasos reconociendo el terreno. Un nutrido grupo de borrachos, que jugaba billar, apenas le prestaron atención. Otros tantos estaban desperdigados en mesas y sentados en la barra, a los lados de Brill. No solía trabajar en bares, no porque no lo dejaran entrar, sino porque era menos rentable. La casa se quedaba con un porcentaje del dinero que hacía y Devan lo mataba si le faltaba un centavo. El barman golpeó la barra con el vaso que le puso en frente al taxista y el chico se sobresaltó.

—¿Qué haces ahí parado? Ve a lavarte la cara que estás todo mugroso. —Brill lanzó una risotada mientras le señalaba el rumbo al baño.

El cachorro no respondió, pero se puso en camino. El baño parecía la extensión del basurero. Muy mal olor y los grifos de agua apenas funcionaban. Noel no tuvo tiempo de lavarse la cara, porque tras él entró alguien más, uno de los borrachos de afuera. No era muy alto, tenía el pelo cano, largo, amarrado en una cola deshecha y la barba crecida.

—¿Qué quieres que te haga? —le preguntó Noel a su cliente.

Obtuvo una sonrisa como respuesta y unos ojos vidriosos mirándolo como animal hambriento. Con una mano le apretó el rostro y deslizó los dedos sobre sus labios, ingresando violento en su boca. El pulgar encontró el arete y lo dejó jugueteando con la lengua del chiquillo mientras que la otra mano se bajó la bragueta.

Noel cerró los ojos mientras le daba una chupada profunda al dedo dentro de boca. Luego, cayó de rodillas sobre el suelo inmundo y volvió a internarse en sus propios pensamientos, donde Luka era lo único que existía, aunque fuera por un ratito.

anterior siguiente

3 thoughts on “capitulo 11

  1. *Saca una metralleta y le cae a tiros a Devan* la POQUISIMA simpatia que me salio al verlo tan empeñado reviviendo a Noel se me esfumo RAPIDISIMO, en serio. Encima, estas de broma? No puede andarle exigiendo orgasmearse solo, no esta frente a una maquina de follar, carajo. No le da comida, lo golpea, lo trata como mierda y espera a que se orgasmee no mas porque el es Devan y el se lo ordena… VEA PUES, VEA PUES! *sigue ametrallando a Devan* Verga pana, ya se que el tipo esta loco pero carajo, que se decida, coño. O mata a Noel o lo mantiene vivo!

    Luka es el que está ganando puntos conmigo. Ya es todo un personaje para mi, de paso, junto con Pat (poechito, que esta enfermito, ojala se mejore pronto), que es todo un amor a pesar de sus arranques.

    Y…. *saca de nuevo la metralleta y le vacia lo que queda a Brill* Nuff’ more to say.

    Un besote

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s