Capítulo 9

Abrió la puerta y los vapores escaparon del cuarto de baño por el corredor como una corriente tibia. Emergió de entre la suave humareda perfumada con la toalla en la mano, en vez de la cintura, y se dirigió derechito a la sala en busca de sus gafas.

—¡Luka! ¿En serio?  ¿Te puedes poner la ropa? Gracias.

Cierto, no estaba solo.

—¿Sigues aquí? —Luka le hizo una mueca a la figura borrosa sobre el sillón. Seguía en el mismo lugar donde la había dejado. Sin embargo, lo único que se puso fueron las gafas que habían quedado sobre la mesita de café.

—Sigo aquí y tú sigues desnudo. —Amy mantenía sus ojos fijos en los papeles sobre su regazo, con el fin de evadir su descarada desnudez—. Se buenito y ponte la ropa.

—Me gusta secarme así, al natural. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no te has ido?

No tenían nada más que discutir y no estaba de ánimos para conversar.

—London Lukas Thompson —recitó Amy con tono cantarín, descruzando una pierna y enredándola en la pantorrilla contraria—. Vengo a verte y me tratas así. Otra persona no te aguanta tanto desplante, so hijo de puta.

—Le diré a mi madre que le mandas saludos. —Luka la imitó, tumbándose en su sillón favorito, tomó un libro y levantó la mirada—. ¿Sigues aquí?

—No me voy hasta que veamos lo de la Galería. —Amy resopló fastidiada.

—Ya discutimos al respecto —la cortó Luka antes de que pudiese empezar con la cantaleta. No tenía interés en tratar ese asunto por demás aburrido.

—¡No! Yo te dije «Luka tenemos que discutir sobre la Galería» y tú te fuiste a bañar. Te tardaste lo que te dio la gana, además. —Amy se acomodó las gafas, de marcos gruesos, sobre el tabique nasal con el dedo medio levantado.

—Pensé que te habías ido.

—¡Pues no! Sigo aquí esperando que te dignes a prestarme atención para concretar lo del local que encontré. Bueno, encontramos, fue el destino. Queda justo al ladito de ese restaurante donde Mónica y yo nos conocimos. ¡Ay, Luka! El lugar es precioso, es pequeño y acogedor…

—Pequeño y acogedor, suena a contenedor de basura. Es un basurero, ¿verdad?

Luka se reclinó sobre el sillón y la toalla, que hacía pocos esfuerzos por cubrirlo, abandonó su tarea y resbaló al suelo. Fue el turno de Amy de sonrojarse completa. Carraspeó incomoda, pero él la ignoró por completo.

—No es un basurero y no está tan mal. Necesita unos arreglos aquí y allá. Además, el lugar es céntrico y…

—Lo que sea. —Enterró los ojos en el libro—. Si tanto te gusta.

—¿Ni siquiera quieres verlo? ¿Planos, la distribución de los ambientes, la locación? —Amy sacudió el montón de papeles entre sus manos.

Era inútil. Luka, tan ajeno como siempre.

—Tú te encargas de todo. Si es un basurero lo arreglas. Yo sólo aparezco por ahí de vez en cuando.

—Eso sería genial, que te interesaras un poco. Luka, ponte ropa por favor que ya me aburrí de verte las miserias.

—¡Ey! ¿Acaso sabes de lo que estás hablando? Nunca has visto uno de estos en la vida real. —Separó ligeramente las piernas—. Los de los libros no cuentan.

Amy lanzó una carcajada que llenó el departamento, descruzó las piernas y las volvió a enredar.

—Si no te conociera como te conozco, te hubiera partido la cara de una bofetada. Si no te vas a vestir por lo menos ponte los lentes de contacto. Me pones nerviosa. ¿Sabes?

—Encargué nuevos y no han llegado. Mira, atrás tuyo está la puerta, si te vas ya no te van a asustar mis ojos.

—Estas insoportable. ¿A qué se debe? Ya sé, conociste a alguien. ¡Cuéntame Luka! Quiero saber. —Del bolso sacó una cajetilla de cigarros, sin perder el tono animado en su voz.

—A fumar a la calle. —Levantó los ojos clavándolos en ella, sólo para perturbarla más, pero Amy sonrió y le tendió la caja.

—Sigo esperado que me cuentes a quién conociste, Luka. Sólo te pones así de insoportable cuando alguien te trae loco. ¿Quién es? —Amy le devolvió una sonrisa y le dio una calada a su cigarro.

—¿No dejaste de fumar? Hasta me diste un discurso acerca de la nicotina.

—Dejé de fumar y no le digas nada a Moni. Le prometí que dejaba el cigarro, pero es tan difícil. —Amy no escatimó una nota de dramatismo en su voz.

—¿Quién es Moni?

El libro entre las manos, pero sus pensamientos se alejaban de la habitación, como el humo del cigarro que acababa de quemarle los dedos.

—Nadie, tan sólo mi novia, de la que hablo siempre, con la que salimos a cenar a veces y quien siempre me acompaña a todos lados. Luka, ¿en serio? Dime de una vez quién te tiene así de perturbado.

—Estás imaginando cosas, de nuevo.

—¿Yo imagino cosas? —Amy hizo una mueca y sus labios pintados color ciruela se distorsionaron—. Discúlpame, pero en la escuela, yo me acuerdo bien, eras tú quien le andaba diciendo que veías fantasmas. Incluso le diste una lamida al pizarrón para probar tu punto.

—Esa fuiste tú, tú lamiste la pizarra, porque te dije que así los fantasmas se te iban a aparecer.

—Maldito, me tendiste una trampa. —Y lanzó otra risotada.

—No te obligué a nada, lo hiciste por tu propia voluntad.

—Ya me conoces, Luka. Confío ciegamente en muy poca gente y tú eres uno de los afortunados. Eres mi único amigo hombre, además.

—Soy el único hombre que toleras. Me lo has dicho varias veces.

—Bueno, sí. Nunca me han gustado los hombres, sólo las chicas desde que era un esperma en las bolas de mi viejo. —Una risotada más hizo vibrar las paredes—. Nadie quería ser amigo de la niña rara a la que le gustaba besar otras niñas. Éramos la pareja perfecta, la machona y el…

Fenómeno. —La interrumpió, con la mirada perdida en la habitación.

—¡Ey! Ese apelativo es nuevo. Recuerdo que le diste de trompadas a un chico de la otra aula que te llamó perro siberia

—No lo volvió a hacer.

—Sí Luka, porque le dejaste una mejilla más hundida que la otra.

—Hacía tiempo que nadie usaba el color de mis ojos para ofenderme, aunque fenómeno es nuevo —repitió casi para sí mismo.

—Vamos, Luka, que eso quedó atrás. Bueno, ¿qué planeas para esta noche? Moni y yo vamos a ir a ese nuevo bar que abrieron la semana pasada, tiene buen ambiente…

—¿Es tu cumpleaños?

—¡Año Nuevo! De verdad que quien sea esa persona de la que no quieres hablar, te tiene perturbado. Sólo mírate, estás completamente fuera de este planeta —rio Amy divertida—. En serio, dime quién es.

—¿Sigues hablando?

—Luka, amigo. Mira, le puedes mentir a todo el mundo, pero yo te conozco bien. Como prefieras. Sé que andas así por alguien y como lo sé… bueno. —Ella hizo una pequeña pausa—. Te demoraste demasiado en la ducha y esas paredes son de papel. Escuché todo lo que hacías ahí dentro.

Luka rodó los ojos y se escondió tras su libro.

—Segundo, tienes ese libro desde hace rato y no lo estás leyendo —continuó Amy balanceando el dedo índice—. Tercero y con esto cierro mi caso, es que tú, London Lukas Thompson, jamás de los jamases dejas que se te acaben los lentes de contacto.

Silencio grave. Los ojos disparejos de Luka se fijaron en Amy. Recorrieron el contorno de su rostro, el maquillaje cuidadosamente aplicado bajo las gafas y el pulcro flequillo de cabello castaño. Dejó el libro a un lado, El fantasma de Canterville podía esperar.

Era cierto, le había perdido el interés a la lectura. Cuando estuvo en la ducha, bajo el chorro de agua caliente, la imagen de piel lechosa, huesos salidos, la mata de pelo castaño, mojado bajo el torrente de agua…, todo ello hizo que su cuerpo reclamara. No se contuvo e hizo el escándalo que creyó hacer que hasta Amy, desde la sala, alcanzó a oír.

—No, no tienes fiebre. —La mano pequeña y de uñas pulidas de Amy reposaba sobre su frente—. ¡Oh! Ya despertaste. No sé quién sea esa persona, pero lo que sé es que te dio fuerte esta vez.

Luka resopló profundamente y Amy volvió a su sitio sonriendo. Tenía planeado averiguar de quién se trataba, porque lo conocía demasiado bien como para ser burlada.

—A ver los planos del lugar acogedor que encontraste. —Cambiar de tema ayudaría mucho—. Si te vas a quedar, por lo menos puedes ser útil y preparar un café.

Volvió a quemarse los dedos fumando, pero no iba a reconocer que Amy tenía razón. Andaba disipado entre ideas que le habían quedado rondando en la mente, como una manada de hienas. Ruidosas, traicioneras y molestas.

—¿Qué tal si te pones algo de ropa mientras yo ordeno de comer? —Amy aplastó el cigarro que fumaba en el cenicero—. A ver si en el camino se te va la calentura. Porque no creas que no me di cuenta de que eso que tienes ahí, entre las piernas…

—Fue tu idea hablar al respecto, Amy.

Luka se puso de pie de un salto, pero dejó la toalla caer al suelo. El libro, en cambio, fue su único aliado en tiempos de necesidad.

—¡Asco! —Amy se cubrió el rostro con una mano—. Voy a pedir lo que se me antoje, es tu castigo por calenturiento.

De pie se dirigió a la cocina con el teléfono en la otra mano.

—No pidas nada vegetariano o te vas a comer afuera. —Casi había desaparecido tras la puerta de su habitación.

Amy tenía razón, las paredes dejaban pasar los sonidos como si nada.

Dentro de su pieza, la luz estaba apagada y la cama revuelta. No ayudaba que ella trajera el tema, ahora solo podía pensar en el montón de huesos, tumbado sobre el catre, como un gato ronroneando. Con las piernas separadas, dejando ver bien cómo el centro se erguía. Podía sentir cómo la piel de Noel se entibiaba y le recorría los muslos, con los diez dedos dejando huellas rosadas. La boca, ah, esperando atenta, los labios abiertos y listos para que los invadiera.

Noel dejaba que lo probara como si se tratase de un caramelo. Primero con la lengua serpenteando sobre la superficie, investigando el relieve y siguiendo los caminitos que marcaban las venas. De arriba a abajo, como si su lengua fuera un pincel trazando sobre su carne, de la base hasta la cúspide. Entonces, los labios se separaban y lo envolvían con calidez húmeda. Ingresaba entero dentro de esa boca, ahogándose en un gemido.

No, no era suficiente. Le recogió las piernas y volvió a tumbarlo sobre las sabanas. Las rodillas dobladas, las caderas alzadas. La criatura salvaje se asomaba en los ojos de Noel; los labios húmedos, las mejillas coloradas, sudor bañándolos a ambos. Ingresó de un solo golpe dentro de su cuerpo y lo recibió con un sonido animal. Noel dejó que marcara el ritmo, jadeando al compás. Ah, iba a terminar por correrse con todas sus fuerzas; sentía el calor de la carne que lo recibía profundo. La sensación de un zíper abriéndose para darle paso a su sexo. Las piernas bamboleándose, las caderas sacudiéndose, los músculos apretándole y humedeciéndose.

Noel iba a gritar su nombre y a todo pulmón.

—¡Luka! —Fuerte, agudo, chirriante—. ¡Por lo menos pon música!

El fotógrafo murmuró una grosería, mientras intentaba agarrarse de lo que quedaba de su fantasía destruida. Cerró los ojos e intentó concentrarse en la presión de su propia mano. La fricción emulaba el cuerpo que deseaba tener en sus fantasías.

—¡Luka, enciende el maldito televisor o ponte a silbar! Puedo escuchar todito, maldito cochino.

—¡Carajo! Tápate las orejas, Amy. No, mejor lárgate de aquí.

La escuchó reír de nuevo y sus pasos se alejaron junto con su orgasmo. La perdió completamente, la fantasía se evaporó.

—Voy por la comida y vuelvo. Termina lo que estabas haciendo y no te olvides de lavarte las manos.

Luka la maldijo, pero ella no le escuchó. Tomó una bata del perchero tras la puerta. Renegando, y aún caliente regresó a la ducha.

—Me voy a tener que mudar de nuevo —murmuró gruñendo—. Y ni jodiendo le digo a esa donde vivo.

***

Devan abrió la puerta de un golpe y Noel despertó sobre el sillón, donde había pasado la noche. El recién llegado lo miró sorprendido, pero no dijo nada. Solamente lanzó a los pies del chico la bolsa de lona que traía colgando del hombro y depositó la chaqueta sobre una silla. Se encaminó a su sitio usual y con sus casi dos metros de estatura, se tumbó con aire sombrío. Un par de surcos colorados le bajaban por el mentón hasta el cuello de toro. Noel no se detuvo a observarlo, sino que fue de inmediato en busca de Jade.

No tuvo que despertarlo, ya estaba en camino apenas sintió la puerta.

Un cigarro en la boca y televisor encendido. Devan resoplaba humo esperando que sus cachorros le entregaran el dinero que habían hecho en su ausencia. Ahí venían; primero Jade con el pelo enredado y la cara legañosa. Lo escuchó acercarse con los pies desnudos y le arrebató la ganancia de la mano. Luego el otro, apenas si se le quería acercar. Ni una palabra, nadie se movía mientras contaba el dinero. Los tenía bien adiestrados, como dos perros fieles. Habían hecho una cantidad aceptable.

Devan traía la garganta seca y una botella de cerveza apareció frente a sus ojos. Sus cachorros conocían bien la rutina.

El televisor dijo que ya pasaba del mediodía y estaba exhausto luego de conducir toda la noche. Tenía el cuerpo tenso como el respaldar de su silla, adrenalina aún circulando y gotas de sangre empozándose sobre el suelo gastado. Resopló como una locomotora, porque la herida abierta punzaba dentro de su carne. Había sido el lado izquierdo, a traición. Devan apoyó la cabeza sobre su palma derecha, como si no pudiera soportar el peso de su cráneo. No era una herida profunda, de eso no iba a morir. Ladró un par de órdenes y los mocosos se dispersaron en direcciones opuestas. Jade corrió a traer el botiquín y Noel, a limpiar el suelo.

Ruido afuera y los músculos se le tensaron por reflejo. El brazo sano tomó el arma que cargaba, pero la mantuvo bajo la mesa. La puerta se abrió y Müller entró a toda velocidad, tropezando consigo mismo.

—¡Mierda! —fue su saludo, mientras intentaba llegar a la silla sin estrellarse contra el suelo.

Devan le devolvió una mirada dura. El arma regresó a su sitio, entre sus ropas, y Müller se tumbó frente a él para levantarse al instante.

—Mierda, estas sangrando cabrón… ¡Hijo ‘eputa! ¿Qué coño?

Otro trago largo y Devan apagó el cigarro en la mesa de un puñetazo. No estaba de ánimos para contarle cómo había terminado con la cara arañada y el brazo agujereado. Encendió otro y continuó en silencio.

Nadie engañaba a Müller con su aparente calma. Sentado en la silla, sacudía la pierna izquierda. Se rascó la cara de barba desaliñada e incipiente, se mordió una uña y lanzó el pedacito que había arrancado a un lado. Devan seguía fumando, mirando al vacío, ignorándolo a él, al televisor, a las noticias acerca del tiroteo. Ajustes de cuentas, decían la policía y la reportera, quien se veía mortificada por tener que cubrir la nota.

Sangre y varios cuerpos sin vida. Ella caminaba en medio tratando de no resbalarse, mientras la cámara la seguía. Müller miraba con interés a la rubia artificial. Un oficial llegó a retirarla de la escena del crimen. «La prensa siempre estorba», se le escuchó decir y ella no lo mencionó, pero se veía agradecida de salir de ese meollo.

Sí, Müller se quedó mirándola, se perdió en una fantasía fugaz con la reportera, que ahora arrugaba la nariz y el resto del rostro. «Va a vomitar frente a cámaras», murmuró atacándose de risa. Pantalones, ella llevaba unos ajustados y terminó de rodillas escondiendo la cara para que no la vieran las cámaras. Nada, ahora tenía ganas de esa reportera rubia, casi bonita y con tetas tan falsas como el bronceado de su piel.

—Las tetas de verdad se mueven, esas tetas están más duras que mi pito —exclamó Müller y su chiste no le hizo gracia a nadie más que a él.

Devan seguía ignorándolo y Müller se levantó del asiento. En franca frustración,  tomó una botella de la refrigeradora.

—Se te va a infectar esa mierda y vas a perder el brazo. —Lo dijo para sí, nadie más lo estaba escuchando. Resopló resentido y tomó un sorbo del líquido helado—. ¿Cómo fue? ¡Mierda, Devan! ¿Cómo así enfriaron al Roger? Ese hijoeputa…

Fue el turno de Devan de abandonar su universo personal. Levantó una ceja borrosa y le dio una calada furiosa al cigarro. Müller se detuvo en seco, ajustando sus cejas pobladas, mientras se abrazaba a sí mismo.

—A rey muerto, rey puesto.

Müller no entendió y se limitó a mirarlo. Devan esbozó una sonrisa y aplastó otro cigarro. Era verdad que Roger había sido un mentor para ambos y sí, el viejo era un rematado hijo de la gran puta, avaro y malnacido. Pero era Roger.

—Los muertos no valen nada. Ese viejo zorro lo repetía a cada rato. —Tomó un trago largo y Müller hizo lo mismo. Una especie de brindis por el caído—, Y todo por un coño. A ese viejo cabrón ya no se le paraba, pero ahí seguía detrás del primer par de tetas que se le cruzara.

Ante esto Müller, soltó una carcajada. Ese viejo hacía tiempo que había caducado sexualmente, pero nunca perdía la oportunidad de echarse una puta. Había tenido montones de mujeres, por las buenas y por las malas, nunca le habían faltado. Hasta cuando encontró su final lo hizo en su ley, cogiendo como la mula necia que era.

—¿Y por lo menos estaba buena? —Sí, Müller quería saberlo. Si tenía tetas grandes, el culo firme, el pelo, los ojos. Quería imaginársela para cuando su mente fantaseara y su mano fuera a la par de sus deseos.

—Una puta —Devan dio otro sorbo más a su cerveza— con cara de perra.

Todas tenían cara de perra para Devan, a quien no le interesaban las mujeres, eso lo tenía claro. Se conocían bastante como para saber sus gustos al revés y al derecho. A Müller en cambio, le gustaba todo lo que tuviera tetas, decía. Igual que el viejo, quería morirse follando con un par de putas, para que aun después de muerto tenerla siempre parada.

—Pues te decoró bien la cara, cabrón. ¿Quién te metió la bala? ¿El chulo?

Devan no le respondió, no era necesario volver sobre lo obvio. No fue la puta, esa ya estaba muerta para cuando el chulo había entrado en escena.

Roger se fue a lo grande, follando con una puta que, por la edad, habría podido ser su nieta. Murió como perro, envenenado y echando espuma por el hocico. La puta se lo mezcló en el licor. Müller se volvía a perder en sus fantasías acerca de la mujer que no había conocido y que había sido la última de Roger. Pero Devan no le iba a decir que le había roto el cuello mientras ella le arañaba la cara. Que había hecho tanto escándalo chillando, que el chulo entró y se liaron a balazos. Roger de mierda, se había quedado ahí tirado el cabrón. Su cuerpo seguro yacía en un basurero a esas horas.

Jade le limpiaba la herida con un pedazo de algodón. Con cuidado retiraba la sangre cuajada y pedacitos de fibra de la camiseta. Devan supervisaba sus acciones de cerca. El dolor era tolerable y al ver la herida limpia, confirmó lo que esperaba, no era más que un rasguño. La bala le había hecho un corte en el brazo y con unos cuantos puntos terminaba el asunto. Podía parcharse solo, pero el inútil de Müller le daría una mano. Si algo podía hacer ese idiota era coser carne.

—Cuando te mueres no vales nada. —Una reflexión al aire pensando en el viejo Roger, quien se iba a podrir en un basurero. Pero se lo merecía por descuidado.

—¡Anda, pendejo! Toda la plata que haces con los órganos —Müller contuvo una risa sarcástica al ver la expresión de su compañero, a quien no le hizo gracia el comentario.

—Eso es diferente, imbécil. —Un gruñido al final de la oración y con ello le cerró el hocico a Müller.

Aún tenía la boca seca, aún la sangre escurría hacia el suelo. Tenía que poner atención y cuidarse, ahora estaba al mando. Sí, el asno de Müller no era capaz de hacerse cargo del legado de Roger. Si apenas podía con su puterío

Müller se encogió de hombros. Qué importaba, al final se podía ir a la mierda porque todos sabían que era cierto. Los ingresos de Devan, que no eran pocos, se debían gran parte al Road Kill. Todos sabían bien de ese asunto, especialmente los cachorritos como Jade. Con Jade tan cerca casi no podía pensar derecho, las ganas le llegaban y se inquietaba de nuevo. La imagen de la reportera rubia ahora se combinaba con la de la puta cara de perra, las imaginaba juntas y el calor empezaba a invadirlo.

—¿Vas a coserme la herida o a mirármela, cabrón?

Müller se mesó el cabello crecido y enmarañado, oscuro como un bosque. Resopló y al acercarse, Jade retrocedió hasta esconderse tras el otro cachorro. Ya luego iba a ajustar cuentas con la puta de Jade, con su boquita rosada y su cara de mala noche. Carajo, que le iba a coser los brazos juntos a Devan si no se concentraba.

La aguja penetró la carne inflamada, pero a Devan no parecía molestarle la sensación. Apretó el puño con fuerza y arrugó la cara cuando ingresó el hilo. Müller tenía la delicadeza de un elefante y lo cosía como si fuera un costal. Empezó a tararear algo mientras metía la aguja y la volvía a sacar. Jade acomodó unas cuantas gasas sobre la mesa frente a los dos adultos y sin querer dejó caer el esparadrapo a los pies de Devan. Fue Noel quien fue a recogerlo.

—¡Ey! ¿Dónde está tu collar? —Ladró Devan, más enojado que curioso—. ¿Quién te lo sacó? ¿Jade?

Noel había olvidado completamente que no lo traía puesto y trató de balbucear una respuesta. Podía mentir descaradamente y sufrir las consecuencias, o quedarse callado y sufrir igual. Jade tembló en su sitio, esperando que le echara la culpa de todo, pero sólo negó con la cabeza gacha. Bueno, Jade tenía la llave y…

¡La llave! Con toda la confusión de la otra noche Phil no se la había devuelto. Cerró los ojos, tratando de concentrarse en cómo salir del embrollo, pero no veía solución. Respiró hondo y las palabras salieron de su boca, sin que las pudiera controlar.

—No fue Jade, fue un cliente.  El collar lo dejé en el cuarto. ¿Quieres que lo traiga para que me lo veas puesto?

Devan gruñó como respuesta y no se le pasó el detalle que tenía en la lengua. No se estaba sintiendo bien. Había perdido mucha sangre y estaba agotado. El imbécil de Müller no tenía cuando terminar su trabajo y él solo se quería ir a recostar. El cachorro se quedó donde estaba, asustado de mover un músculo. Eso estaba mejor, lo miraba detenidamente y ahora con peor humor que antes.

Jade se le acercó con otra botella y le cayó un empujón apenas lo tuvo cerca. Müller protestó. «Que te quedes quieto, carajo, por un rato nomás que te estoy cosiendo». Un par de maldiciones más y el bruto terminó su trabajo. No era tan difícil, ni era tan grande la herida, era que Müller era un inútil. Hasta bromeó con que le iba a hacer un punto cruz el pendejo.

—Por todo el tiempo que te tomaste me hubieras cosido otro brazo, mula de mierda.

Nada, necesitaba dormir un rato y que se largaran todos. Devan apagó el cigarro, el televisor y se levantó malhumorado. Derecho a tomar una siesta, cerró la puerta de su habitación de golpe.

Müller se quedó en la cocina y terminó su cerveza en paz. Jade sobre sus piernas, olía a cama, a aerosol para pelo, a perfume barato. Le acariciaba las piernas desnudas, recién salidita de la cama, aún en la camiseta que usaba como pijama. Le mordisqueó la nuca rodando con los dientes hasta la garganta. La reportera llegó a su mente, con sus pantalones apretados, con sus tetas infladas, falsas, con ese color en los labios rosita brillante.  Resopló profundo. Jade en sus brazos, la podía tener sobre la mesa o sobre el sofá.  Contra la pared, su cuerpo apremiaba. La reportera rubia, la puta cara de perra. Las urgencias le ganaban así que se levantó de la silla y fue hacia el otro cachorro. Tomó un billete del bolsillo y se lo pasó por los labios.

—Tú, anda tráete lo de siempre de donde los chinos —le dijo pellizcándole los labios, ingresando dentro de su boca pasando el pulgar por sobre el arete—. Tómate tu tiempo, Jadecita y yo necesitamos algo de privacidad.

Sin más, lo dejó ir. Noel tomó el dinero, agradeciéndole al cielo. Nunca tenía tanta suerte y no pensaba arriesgarse a que se le acabara. Müller colocó a Jade sobre su hombro y le fue dando de nalgadas mientras lo llevaba camino al sofá.

***

Noel apretaba el dinero contra los puños de la chaqueta de Pat. La sensación de que había escapado con las justas no lo dejaba tranquilo. Devan lo iba a matar muy lentamente, si llegaba a enterarse de lo que había estado haciendo durante su ausencia. La buena suerte no iba a durar, no cuando Phil lo viera aparecer por su tienda. Pero no tenía otra opción.

Phil le daba casi tanto miedo como cualquier otro adulto, aunque nunca tanto como Devan. Si se había atrevido a ir a buscar a Pat, fue sólo porque era su cumpleaños. El rubio se lo había repetido varias veces, que por poquito nacían el mismo día. Patrick era del día veintisiete y Noel del veinticinco.

La noche anterior todo había sucedido sin querer. Phil lo vio merodeando en la puerta, esperando a ver si Pat se asomaba, para darle la ropa que le había comprado. El italiano le ordenó que entrara y lo tuvo de pie en un rincón por un largo rato.

¿Para qué has venido? —Le dijo Phil con el bate en la mano.

—A traerle algo a Pat. Es su cumpleaños. Devan está fuera de la ciudad y nadie sabe que estoy aquí.

El italiano le quitó la bolsa de un zarpazo y lo miró con ira. No había debido mencionarle a Devan, pero ni lo había pensado. Phil se dio la vuelta camino al mostrador, tomó dinero y se lo lanzó. Lo mandó por un pastel al supermercado y cuando regresó lo acorraló contra una pared.

—Una vez acabe la cena, te vas —le dijo y le colocó el bate bajo el mentón. ¿Qué es eso que tienes ahí en el cuello?

No le respondió, sólo bajó la cabeza recordando la reacción de Luka. Escuchó a Phil respirar hondo, inflar el pecho descomunal y cruzar los brazos esperando una explicación.

—Se abre con una llave —le dijo y se la entregó, para luego descubrir su nuca donde reposaba la cerradura del collar. No le dio más explicaciones.

Phil recibió la llave casi por impulso, le retiró la pieza de cuero y se quedó en silencio. Noel sintió mucha vergüenza. Podía sentir el asco que le provocaba al italiano.

—Ve a lavarte las manos y péinate un poco —le ordenó Phil.

Noel obedeció, sin poder creer que le estaba dejando quedarse. Se aseó y se peinó con los dedos lo mejor posible. El espejo del baño le dijo que se veía enfermo y que el collar le había dejado una sombra oscura donde lo había tenido puesto.

La cena fue algo memorable y comió tanto que sentía que reventaba. Pat estaba muy contento. Noel se dejó llevar por la alegría momentánea, porque cuando le dijo que quería que lo besara, no se negó.

Claro que cuando apareció el italiano pensó que los iba a matar en esa misma cocina. Abandonó los labios de Pat antes de poder formular excusas y sintió que Phil lo arrastraba hasta la calle. Pat intentó seguirlos, pero no pudo alcanzarlos.

Phil lo llevó hasta el callejón aledaño y lo tomó de las solapas, para levantarlo casi a su altura. Noel intentó echarse la culpa para que Pat no terminara en la calle, pero el italiano no estaba escuchando. Le conocía esa mirada de rabia y sabía de lo que era capaz de hacer.

—No te quiero ver más por aquí. Ni que siquiera pases por esta calle capisce? Si te vuelvo a ver por aquí yo mismo le voy a decir todo a Devan.

No necesitaba amenazarlo, la mención de Devan fue suficiente. Pero era una emergencia. Incluso las voces en su cabeza estaban de acuerdo. Tenía que conseguir esa llave o morir intentándolo.

Al doblar la esquina, un pequeño tumulto y un par de patrulleros de policía le salieron al paso. Era lo usual y Noel pasó por un lado, confundiéndose entre los curiosos. Un vagabundo esta vez, sentado contra el muro de un comercio, abrazándose a una frazada. Un policía le hacía preguntas a otro vagabundo, quien sollozaba mientras recogían el cadáver. Noel se acercó demasiado. Supo que no debía hacerlo, pero la curiosidad es contagiosa y el muertito estaba sonriendo.

—¡Monti, oh, Monti —balbuceaba entre lágrimas, el único presente que parecía de verdad conmovido por el deceso. Igual de miserable que el caído, igual de perdido.

—¿Ese era su nombre? —El policía apuntaba en una libreta los datos que brotaban de la boca desdentada del otro vagabundo.

—Su nombre es Montgomery Marshall, sí, Marshall como yo, Ronald Marshall, señor. Mi apellido, el viejo Monti no tenía ninguno, así que le di el mío. —Se secó la cara con la manga mugrosa, pero mantenía los ojos fijos en su amigo, a quien ya estaban levantando.

La frazada del difundo cayó al suelo de entre sus dedos tiesos. Ronald Marshall se abalanzó sobre ella y la apretó contra su pecho.

—Murió de frío. —El policía meneó la cabeza y cerró la libreta para ponérsela en el bolsillo—. No fue a un albergue.

—Anoche fuimos al albergue, pero no había más sitio para nadie. El viejo Monti me dijo Ron…—El vagabundo tuvo que detenerse, porque la voz se le hizo añicos. Empezó a sollozar como un niño pequeño, ocultando el rostro ceniciento sobre la frazada sucia—, tú quédate a dormir aquí, porque tu artritis no te deja dormir afuera con ese frío.

Le mostró al policía sus dedos retorcidos como raíces y los volvió a esconder dentro de la frazada.  Acabaron de recoger el cuerpo y lo subieron a una camioneta con el logo de la ciudad.

—Quiero ir, quiero ir con él. ¿A dónde lo llevan? No voy a dejar que Monti se vaya como un perro, que lo entierren en cualquier sitio sin un nombre. No, no a Monti. —Ron Marshall, como decía llamarse, se quitó el andrajoso gorro de lanilla como señal de respeto. Su cabello enmarañado cayó sobre sus ojos tristes.

El policía iba a protestar, pero el tumulto se puso del lado del vagabundo. «Que se vaya con su amigo», decían, «dejen que vaya con el muertito».

—¡Monti me salvó la vida! Si no fuera por él estaría yo esa bolsa. —Las lágrimas se volcaban sobre su barba crecida, sus labios ajados, sus manos torcidas—. Quiero decir unas palabras, si no me van a dejar ir a su entierro.

No tenían tiempo para ceremonias fúnebres, ni sentimentalismos callejeros. «Ya, que suba en el patrullero, que pase la noche en la delegación, ya mañana se le entierra». Esta noche es año nuevo y la ciudad va a estar imposible. Ron Marshall se salió con la suya, tomó del suelo su montón de miserias y las de Monti también.

—No las voy a dejar ahí para que los buitres se los lleven —exclamó lanzando una mirada a los otros vagabundos, que acechaban alrededor.

El tumulto no se disolvía, la policía se impacientaba. «Que se suba de una vez, circulen, circulen gente que no hay nada que ver». Sí, Noel se acercó demasiado. La sonrisa que tenía el occiso le llamó tanto la atención. Quería ver más de cerca la escena; un vagabundo velando por el otro, dos personas que en medio de la miseria habían encontrado una manera de cuidarse mutuamente. Un oficial apareció frente a él, era el oficial Anderson. Se vieron a los ojos por un momento, luego continuó con su labor de dispersar a la muchedumbre.

Noel se retiró, pero sabía que los ojos del oficial lo seguían. Lo vería después, cuando acabara su turno, justo antes de que fuera hora de irse a casa con su mujer e hijos. De repente y si tenía suerte, le daría la comida que había sobrado en la delegación esa mañana, cuando lo llevara en su auto a donde él conocía y donde nadie los iba a interrumpir. Tuvo que cerrar los ojos, porque las voces en su mente empezaron a reírse y tuvo deseos de arrancarlas como si fueran un mechón de su cabello.

«Igual te vas a morir, pero nadie te va a tirar tierra encima.
Patrick te trae problemas. Si no fueras tan estúpido, te habrías deshecho de ese enano.
 Eres tan imbécil que no te das cuenta. ¿No?».

—¡Cállense de una vez! —Y se dio cuenta de que iba hablando solo. Escondido bajo la capucha, nadie le prestó atención, nadie se detuvo a mirarlo.

Apuró el paso y ya en la entrada de la tienda del italiano, apretó las mangas de la chaqueta para darse valor. Las voces en su mente se rieron de su falso coraje, porque en realidad sólo era desesperación.

Ingresó con más prisa de la que se permitía. Phil lo vio enseguida y su expresión cambió de seria a aterradora. Con la cara escondida bajo la capucha, mordiéndose el labio, Noel se dirigió hacia el mostrador donde estaba esperándolo con el bate en la mano. Una sola persona, además de ellos dos, rondaba en la tienda, pero tomó un par de latas de refresco, pagó y se fue.

—Phil, te juro que vengo por la llave y me voy —lo dijo tan rápido que se quedó sin aire.

—¡Fuera de aquí!

—Sólo la llave del collar. —Noel se iba a perforar el labio por cómo se lo mordía.

El tendero hizo una mueca amarga y lo miró incrédulo. Luego negó con la cabeza, tomó la llave de un cajón del mostrador y se la tiró al suelo.

Listo, fue menos terrible de lo que había imaginado. Por lo menos no le había roto la cara con el bate, ni fue a decirle a Devan. Le habría preguntado por Pat, pero no se atrevió. Si hubiese tenido valor, las cosas serían distintas. Media vuelta y a la calle, tenía que cumplir el recado de Müller. Sí, le dijo que se tomara su tiempo, pero no iba a abusar de sus palabras. Camino a la puerta, la zarpa de oso lo tomó del hombro y lo hizo girar de un tirón.

—Tengo que hablar contigo seriamente. —Phil apareció frente a sus ojos y temió lo peor.

—Phil, lo de la otra noche fue mi culpa. No le digas nada a Devan, por favor.

Noel dejó que Phil lo empujara hasta quedarse ambos en la trastienda solitaria. No sabía qué estaba ocurriendo, pero no esperaba nada bueno.

—Quiero que sepas que lo que hago por tu supuesto hermano, lo hago por Tino. Le he jurado al cielo y por la memoria de mi Santa Madre, que voy a cuidar de ese chico como si fuera mi propio hijo. —Phil resopló y llevó los ojos al cielo—. Nada le va a faltar, pero necesito que tú le hagas entender que esa idea de que son hermanos es peligrosa.

Le costaba creer lo que estaba escuchando y las voces en su mente se alborotaron en conjunto.

«Él consiguió un hogar y tú sigues en la calle. Patrick te utilizó para conseguir comida y donde quedarse».

—¡Ey! ¿Me estás oyendo?

«Idiota, te vas a quedar solo, nadie te va a tirar tierra cuando te mueras.
A nadie le interesa un puto de la calle.
Nadie te quiere.
Mira lo rápido que ese Patrick consiguió un hogar.
Más suerte tiene un animal de la calle que tú.
Es que mírate.»

Phil lo sacudió de los hombros y volvió a la realidad, con aquellas voces fluyendo en torrente.  Acababa de perderse lo último que le había dicho y respirando agitado levantó los ojos hacia el tendero, quien lo miraba consternado.

«Tienes suerte de que Devan te haya recogido, si no estarías ya muerto en una alcantarilla.
Eres un bicho feo.
Sí, y tienes que pagarle trabajando para él.
Mira que él te da un techo, un lugar donde quedarte, eso es bastante.
Y tú pensando que mereces algo mejor.
Pat merece un hogar, porque él no es como tú.
Devan no es tan malo, tú eres demasiado idiota para hacer lo que te mandan.
Por eso te anda pegando, porque tú no entiendes».

Phil seguía hablando, pero no alcanzaba a escucharlo. Las voces no se detenían.

«Pat tiene la oportunidad, tú no la mereces.
Va a tener una vida decente, va a poder ir a la escuela.
¿Cuántas veces has querido tú lo mismo? ¿Ya perdiste la cuenta?».

—¡Reacciona!

La voz de Phil se volvió más honda y fuerte que todas las anteriores. Como un pedazo de madera flotando frente a un náufrago. Noel se asió de ésta con toda su fuerza. Las voces no se callaban, pero la expresión del tendero conseguía asustarlo lo suficiente para ignorarlas.

—Lo siento, Phil. —No sabía de qué se disculpaba ahora, pero no importaba. Algo malo acababa de hacer, por eso estaba tan enojado.

—¿Qué sucede contigo? En fin, me haré cargo de Patrick. Si de verdad te preocupa lo que le pase, te vas a encargar que nadie sepa de esto.

Phil no esperaba que el mocoso reaccionara de ese modo. Pudo ver a través de sus ojos enormes cómo una tormenta se desataba dentro. Lo escuchó balbucear otra disculpa y escapó corriendo.

Ya estaba hecho. Patrick no se lo iba a perdonar, pero tendría que entender que era por su bien. Paulette quizá no le hablaría en lo que le quedaba de vida, pero podía vivir con eso. Phil regresó al mostrador y se detuvo donde estaba la foto de Tino. Suspiró hondo frente a la imagen infantil que sostenía el bate de béisbol y sonreía bajo su gorra nueva.

—Tino. ¿Qué he hecho? —Ahogó un sollozo—. ¿Qué vamos a hacer ahora?

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One thought on “Capítulo 9

  1. No esta nada mal, la verdad.

    Primero que nada, me encantó la escena entre Luka y su amiga Amy. Son de esa clase de amigos que de tanta confianza son unos cabrones de mierda. Me parecio un excelente toque para caracterizar mejor a Luka y darle algo más de humanidad.

    Noel… aunque a veces me enchino toda pensando “cuando va a mejorar este niño” pero me agrada que ahora vayas profundizando en sus propios conflictos internos y en esa cierta “envidia” que siente hacia Pat y que podria ser una razon por lo cual lo rechaza tanto. Claro, es logico, Pat dentro de todo, para bien o para mal, tiene una casa y una familia adoptiva que lo va a cuidar, a diferencia de Noel que esta a merced del perro maldito de Devan y compañía.

    Yo a estas alturas solo puedo pensar que ojala algun dia ese niño pueda abandonar ese terrible ambiente y esa gente horrible, pero no es facil, menos cuando son unos mafiosos de mierda. En fin…

    Un besote, mi mosha, excelente capitulo.

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