Capítulo 10

Paulette y su nuevo ayudante prepararon la cena como todas las noches. La complicidad entre ambos era innegable y Phil se vio relegado a atender la tienda solo. Igual que las dos últimas veladas, ésta también transcurrió en silencio. Paulette tan sólo mencionó que se retiraría temprano y eso fue todo el intercambio de palabras del día. Nadie estaba de ánimo para celebrar la llegada del nuevo año.

Con Pat no tenía la misma suerte. El chico se empeñaba por rehuirle como si le hubiese hecho algo imperdonable.  Estaba harto de tal actitud por parte de ambos y decidió tomar al toro por las astas.

—Paulette, ya déjate de cosas, estamos viejos para niñerías. —No fue la mejor elección de palabras, pero paciencia no tuvo para seleccionar otras.

Como era de esperarse, ella lo tomó de la peor manera posible. No sólo dejó de ignorarlo, sino que volteó a enfrentarlo con ojos de leona.

—¿Qué dijiste?

Ya era abuela, estaba jubilada y padecía de dolores en las coyunturas, pero por la mirada que daba, Phil estuvo seguro que iba a comérselo vivo y a escupir sus huesos. Tragó saliva. Jamás iba a reconocer lo intimidado que se sentía. A pesar de ello, se mantuvo firme, con la puerta cerrada a sus espaldas. Entre ambos, sólo el sonido de las máquinas conectadas a Marietta.

—Ahora sí me hablas. Vamos por buen camino. —Fue un patético intento por calmar las aguas. Paulette estaba hecha una tempestad.

—No me escuchas, Phil. —Respondió resentida—. Y no te estás dando cuenta de lo que estás haciendo.

—No, Paulette, las cosas son simples. Si Patrick se va a quedar a vivir bajo mi techo, tiene que ajustarse a las reglas. Estoy protegiendo la integridad de mi casa. No voy a dejar entrar gente de mal vivir, sobre todo cuando tiene relación con Devan.

Ella respiró hondo y sus labios casi desaparecieron en una fina línea.

—Ese pobre muchacho Noel no tiene la culpa y lo sabes. Lo que pasó entre ellos, Pat me lo dijo todo. Si te tomarás la molestia de escuchar su explicación…

—Sabes bien a qué me refiero, Paulette. Ese mocoso depravado no vuelve aquí y fin de la discusión. Si Pat quiere irse con él, la puerta está abierta. Mi única intención es protegerlo de esa gente.

—Pat, no es tu hijo. No es Tino.

—No metas a Tino en esto.

—Phil, por favor. ¡Mi Señor del cielo! Hombre, no te das cuenta de lo que haces. Patrick no es Tino, no tienes idea de lo que pasa por su cabeza, ni de las cosas que ha pasado. No te has preocupado por nada más que tenerlo aquí como si fuera una mascota.

—Dándole comida y un techo. Es más de lo que otra persona haría. Otro lo largaría a la calle.

—O peor. ¿Te has puesto a pensar en lo que ha sido su vida antes de venir aquí?

—Tú sabes que el Patrick me tiene miedo. Me ve como un pervertido que en cualquier momento le va a hacer algo. ¡No, Paulette, no!

—Y tú no haces nada por cambiar eso. El otro día no sólo echaste a Noel a la calle, sino que te pusiste a gritar maldiciones y no sé qué más, Philipo. Pat estaba asustado, yo estaba asustada.

—No fue mi intención perturbarte, Paulette. Está hecho, fin de la discusión.

—Pat y yo hemos conversado y está dispuesto a comportarse. Él sabe que no eres una mala persona y no puedes culparlo por tenerte miedo, Phil. Además, todo ese coraje que le tienes al hermano de Pat…

—¡Qué no son hermanos!

—Le guardas rencor por lo que sucedió con Tino y ese chico no tuvo la culpa. —No debió tocar el tema y lo sabía. Aunque si quería llegar al fondo de Phil, iba a tener que quitarse los guantes de seda.

—¡Te dije que no metieras a mi hijo en esto, Paulette! —La interrumpió mordiendo cada palabra antes de que saliera de su boca—. Vete de una vez como dijiste que harías. Yo me encargo de Marietta.

No se dijo más. Paulette se retiró del campo de batalla antes de causar más daño. Arrepentida, pero muy consciente de que estaba en lo correcto. Conocía a Phil demasiado bien, más que él mismo, quizá. Se despidió de Marietta, quien dormía plácidamente, y le acarició el rostro como lo hacía cuando era niña. Le susurró que volvería al día siguiente y que iba a rezar por ella. Al retirarse no pudo evitar susurrar una disculpa al aire, pero no se dejó oír.

Phil se quedó al lado de Marietta, contemplándola en un silencio rabioso. Estaba furioso, sí, consigo mismo, no con Paulette. Le daba ira que fuera tan entrometida, que creyera que estaba siempre en lo cierto y lo peor: que tuviera razón. Suspiró hondo con los brazos cruzados y las cejas tan fruncidas que casi se le despegaron las patillas.

Tomó la mano de su mujer, tibia y tan suave que parecía que se le iba a desprender la piel. Terminó por recostarse sobre la cama, aun sujetando su mano. Marietta se movió ligeramente, reacciones del sueño placentero que sin duda estaba teniendo. Tenía tantas ganas de entrar en ellos y quedarse a vivir dentro. Esa fue la solución de su mujer al no poder lidiar con lo que había pasado con su Tino. Abandonó el mundo, pero se olvidó de él.

Marietta lo dejó completamente solo.

***

Desde temprano, en las calles principales se concentraba la gente para celebrar el inicio del nuevo año. Los restaurantes y bares reventaban a esa hora. Amy esperaba verlo en el dichoso nuevo local del que se había pasado la tarde parloteando. Luka le aseguró que iría un rato, para sacársela de encima, pero no tenía intenciones de celebrar nada.

Cierto, la ciudad estaba alborotada y tuvo que llamar a la compañía de taxis cincuenta mil veces hasta que sus esfuerzos dieron resultado. Por fin, consiguió uno que tenía la voluntad de conducir por calles copadas de peatones. Luka sólo quería pasar el rato en calma. Nada más que eso. Claro que la tranquilidad que buscaba tenía nombre y a esas horas de la noche, no estaba por ningún lado.

El taxista le preguntó, luego de la tercera vuelta a la manzana, si quería dar otra más. Luka hizo una mueca, imperceptible en la oscuridad del asiento trasero, y no respondió.

—¿Señor, sigo o prefiere ir a otro lado? —El taxista tuvo que insistirle, porque parecía que ninguna puta era de su agrado. Le iba a sugerir otro punto donde buscar diversión, pero se contuvo.

No obtuvo respuesta y dieron una vuelta más. El taxista se aventuró a acercarse a la vereda y una horda de putas salió de su escondite. Luka ni se dignó a abrir la ventana. No era lo que buscaba. El taxista notó el poco ánimo del pasajero y siguió avanzando, antes de que las chicas saltaran sobre el auto.

Dobló la cuadra y otra vez la misma operación, otro enjambre abandonó su cueva. En esta oportunidad eran algunos chicos, pero el resultado fue el mismo. El taxista notó la intranquilidad del pasajero y enseguida tomó cartas en el asunto.

—Si está buscando compañía, conozco un par de lugares donde hay, usted sabe… de todo.

Luka lo miró a través del espejo. Sus ojos disparejos se achicaron de frustración.

—¿De todo?

—Sí, chicos, chicas, mayorcitas, jovencitos, de todos los colores. De todo, todo.

—¿Y animales también hay?

El taxista se quedó en un silencio respetuoso y lanzó una carcajada.

—De repente. Gustos son gustos. ¿Sí quiere ir?

—No.

La respuesta seca. Acababa de perder valiosos segundos prestándole atención al conductor. Dieron vueltas calle arriba y por los alrededores también. Por la estación del tren, la del subterráneo, donde lo había visto la primera vez, donde solía andar, donde lo recogió cuando decidió acercársele. No veía a Noel por ningún lado. Lo más probable era que estuviera con alguien. Sí, le dio rabia, porque en el fondo era un crío engreído, tal como decía Amy. Estaba acostumbrado a salirse con la suya y no pensaba rendirse aún.

Quizá, si se bajaba, podía ponerse a preguntar por Noel. Ahora que lo pensaba, no sabía si ese era su nombre real. Era como lo conocían por ahí, asumió. Vaciló un momento y luego decidió que se quedaba dentro del taxi hasta que apareciera.

—Si busca a alguien en particular, puedo hacerle el contacto. —El taxista estaba decidido a ser de utilidad.

—No sé su nombre —mintió Luka, más fastidiado que antes.

—Tengo unas amiguitas que hacen buen servicio, ahí están las fotos. —Le pasó su teléfono celular—. Las llamo si quiere.

—No, gracias.

—No soy de esta zona, si no le ayudaría. Otra zona sí conozco, pero acá no.

No iban a llegar a nada y ambos lo sabían. Por lo menos, le estaba pagando más de lo marcaba su pantallita. El taxista aceptó el trato por el dinero extra, pero ya se estaba cansando de deambular sin rumbo.

El sentimiento era mutuo y a Luka se le ocurrió algo.

—Me quedo en la esquina. —A unos pasos de un taxi estacionado junto a un puesto de comida.

El chófer de ese taxi estaba al lado, masticando mientras hablaba por teléfono. Pasaron tres veces por ahí y seguía haciendo lo mismo. Su taxi paró y Luka se bajó a prisa. Era buena idea preguntarle a un taxista local por alguien que trabajaba en esos lares.

—¿Conoces esta zona? —le preguntó a quemarropa—. Estoy buscando a alguien.

—Conozco esta zona como la palma de mi mano —le respondió Brill limpiándose la boca con el papel áspero que era la servilleta, y le sonrió con los dientes manchados de comida.

Luka subió al auto sin decir nada más. El taxista le pidió al vendedor ambulante más papel para envolver su comida. Luego subió al auto saboreando el último mordisco.

—¿Para dónde vamos, jefe?

—La estación del tren. Estoy buscando a alguien.

De nuevo el mismo camino. Dieron dos vueltas más y Brill entendió de qué se trataba.

—Si no está por acá, hay otro sitio. Afuera de los hostales, ahí a veces andan, jefe. —Brill hizo una pausa para evaluar la reacción del pasajero. En efecto, había dado en el clavo—. Si no, me dice cómo se llama la persona y yo se la busco. Tengo contactos.

A Luka se le iluminó el rostro y no tuvo que responder. Pues claro, el mocoso le había dicho que a unas cuadras quedaba un hotel donde podían quedarse. Recordaba bien sus palabras y el sonido de su voz, apagada y tímida, porque le había llamado mucho la atención viniendo de un puto. En fin, quizá tendría más suerte buscando en otro lugar. Necesitaba encontrarlo.

Brill emprendió la marcha y la radio marcó las once de la noche.

El famoso hotel que había mencionado Noel era uno de los incontables hoteles distribuidos a lo largo de dos bloques. Las puertas estaban abiertas y Luka tenía la cara adherida a la ventana.

Estaba de suerte y sonrió más aún. Amy tenía razón, siempre se salía con la suya.

***

Abandonó la habitación a toda prisa y con el dinero en la mano. El cliente era uno de los regulares, pero no sabía su nombre. Ante sus ojos, era uno más de los que pagaban por jugar un rato con él, sin cuestionamientos o remordimientos. Noel terminó de vestirse en el pasillo, apurado por desaparecer. Apoyado contra la pared, se puso la camiseta, los botines y la chaqueta de Pat.

A la calle de nuevo y tenía que volver al trabajo. Devan solo le tenía una cita para la noche, el resto del dinero lo tenía que conseguir por su cuenta. Jade, en cambio, no tenía ese problema porque el cliente que adoraba, lo había reservado semanas atrás.

Noel tenía frío y estaba poco abrigado. Habría deseado regresar a casa, pero no quería pasar la noche con Devan, Müller y sus cajas de cerveza. Volvería a su lugar usual, por la estación de tren. Ahí había un baño público, inmundo y tomado por alimañas, pero podía asearse un poco.

El taxi de Brill apareció frente a sus ojos y a tiempo se escondió tras un grupo de gente. Esperó un ratito prudente y luego se aventuró en la acera, con rumbo contrario al que Brill tomó. No llegó muy lejos, porque a los pocos pasos, se estrelló contra alguien y fue a propósito, porque Noel se iba fijando. Retrocedió por el impacto y cuando levantó la cara se dio cuenta que era quien menos esperaba.

¿Qué haces aquí?, pensó, porque fue incapaz de pronunciar palabra. Noel se quedó boquiabierto cual pez fuera del agua. ¿Qué quería ahora?

—¿Estás disponible? —preguntó el fotógrafo mirándolo fijamente con sus ojos disparejos.

Noel asintió y se dio la vuelta esperando que Luka lo siguiera. Tendría que saltar de alegría, había conseguido un cliente y bien rápido. Ahora podía volver a la calidez que despedían los hoteles y sus piezas destartaladas.  Avanzó apenas y el fotógrafo lo tomó del brazo.

—¿A dónde vas? No me quiero quedar aquí. Vamos a otro lado —protestó el fotógrafo, sin dejar de seguirlo.

—Pero estos hoteles están bien. —Tendría que dejarle en claro a Luka que no podía atenderlo en su lujoso apartamento, en el corazón de Manhattan. Tenía que quedarse en su zona, donde Devan lo pudiera vigilar.

Luka rechinó los dientes, porque no iba a hospedarse en un hotelucho de mala muerte. Apenas se había asomado a uno: olía muy mal adentro, casi tanto como la calle.

—Tienes que estar bromeando. Ese lugar es un chiquero. Huele a orines y todo tipo de fluidos. Pide un taxi —le ordenó a Noel, con el ceño tan fruncido como su nariz, culpa del mal olor.

—¿En un taxi? —preguntó el saco de huesos, luciendo confundido.

—Sí, pronto.

Luka estaba llamando la atención y lo notó apenas pisó la vereda. Tal vez era su pantalón de diseñador o sus zapatos, incluso su chaqueta destacaba entre la corriente de andrajos y ropa de segunda mano que circulaba a su alrededor. Se habría puesto algo menos llamativo, pero no había pensado bajarse del taxi. Tampoco había estado en sus planes llegar tan lejos para encontrar lo que buscaba.

El chico fue a pedir un taxi tal y como le mandó. Un par de ellos pasaron sin detenerse, pero quien se detuvo fue otro cliente. Luka casi explotó, a pesar de que Noel, muy eficiente, lo despachó. Luego otro taxi pasó ignorando al muchacho, pero se detuvo frente al fotógrafo.

—¿Señor, encontró lo que buscaba? —le preguntó el taxista, con la misma sonrisa que le había dado cuando se subió a su auto, allá en su propio vecindario. Donde las calles no eran urinario público y en vez de putas apostadas en las veredas, había árboles.

—Siempre lo hago —le respondió Luka al chófer.

El taxista le abrió la puerta y su sola presencia era como recibir un flotador, para no sucumbir en la corriente de mugre. Luka se dispuso a saltar dentro del auto, pero faltaba el motivo que lo había llevado hasta ese lugar. Ahí estaba el mocoso, a unos metros de él, envuelto en sus propios negocios. Era el colmo. ¿Acaso era la puta más cotizada del vecindario o qué mierda?, murmuró mientras cerraba la puerta del taxi y le decía al conductor que no se fuera.

Noel estaba conversando con otro cliente. Otro más del montón que sin duda tenía. Luka avanzó hacia ambos, confundido entre los demás peatones. El mocoso parecía ajeno a su presencia y apenas se acercó lo suficiente, pudo escuchar su conversación.

—No le digas a Devan. ¿Sí? —Y le acariciaba el pómulo izquierdo, mientras el chico se crispaba como un gato—. Mira que te saliste tan pronto y todavía quería seguir conversando contigo.

El chico negó con la cabeza y el tipo lo tomó de la barbilla. Luka no esperó que continuara e intervino jalando a Noel. Antes de ponerse a pensar en lo que estaba haciendo, tenía al mocoso pasmado en sus brazos y al tipo ese tratando de imponerse.

—¡Ey! ¿A dónde vas? Todavía no he terminado… —protestó ese sujeto. — ¡Ey! Yo estaba…

Luka no tuvo que responderle. Se dio le dio la vuelta y una mirada amenazadora fue suficiente. El otro tipo desistió. Aunque vociferando, no tuvo el coraje de seguirlos.

Luka tenía lo que quería y no estaba interesado en liarse en una gresca de callejón.  Llevó a Noel al taxi y literalmente lo lanzó dentro. El auto arrancó y por fin empezaba a sentir que había ganado, como de costumbre.

Noel se escurrió en el asiento, al lado contrario del taxi. Luka rodó los ojos porque de pronto le parecía insufrible su reacción.

—¿Quién es Devan? —le preguntó al helado saco de huesos y lo rodeó con un brazo para quitarle el frío.

—¿Para dónde vamos?

El mocoso estaba evadiendo su pregunta, porque sospechaba que rumbo estaban tomando.

—Yo pregunté primero. ¿Quién es Devan? —insistió Luka—. ¿De qué no se debe enterar?

—Es quien va a matarme si no me bajo ahora —le respondió Noel quien parecía dispuesto a saltar del auto en movimiento, antes que quedarse a su lado.

—¿Estás drogado o qué? —gritó Luka, tomándolo de las muñecas, antes de que pudiera abrir la puerta—. ¿Qué crees que haces?

Noel no le contestó, solo se encogió sobre el asiento luciendo mortificado y tuvo que sacudirlo, hasta que por fin le respondió.

—Me tengo que quedar por acá, en mi zona.

El mocoso se liberó de sus manos y ya no intentó cometer la estupidez de antes. Luka bufó incómodo, pero pensándolo bien, con el tráfico de esa hora iban a llegar a su destino al año siguiente, literalmente hablando.

—De acuerdo, nos quedaremos en un hotel cercano. Pero en uno limpio —cedió entonces, para tranquilidad del montón de huesos inmóvil a su lado.

El conductor los llevó a un hostal de por ahí y les aseguró que era bastante decente. Luka tuvo serias dudas al entrar al lugar. Se veía limpio, sí, y discreto, pero lo que más le llamó la atención fue lo rápido y fácil que consiguió una habitación. Noel se veía claramente muy joven y Luka, obviamente, era un adulto. Sin embargo, la mujer de la recepción ni le prestó atención al chico a su lado. Sonriendo, le entregó la llave de un cuarto en el área de fumadores, sin mayor requisito que su tarjeta de crédito.

Todavía sorprendido, Luka avanzó por un pasillo hacia la habitación que les asignaron. Noel iba tras él y cuando giró para dejarlo entrar se sobresaltó todavía más. El chico tenía un moretón enorme en el pómulo izquierdo.

No se había fijado. La mujer de la puerta también lo había visto y no dijo palabra. Apenas entraron, Luka arrastró a Noel al baño y lo sentó sobre el borde de la tina para examinarlo.

—Quédate aquí, no te muevas —le dijo mientras iba en busca de hielo.

Noel hizo caso a medias. Al verlo partir, se quitó la chaqueta para estar más cómodo, se lavó la cara y enjuagó la boca unas tres veces. Nunca era suficiente para quitarse el mal sabor. El espejo le hizo ver bien la magnitud del daño en su rostro. No era gran cosa, pero al fotógrafo parecía incomodarle.

Luka no tardó en regresar. Golpeó la puerta, tomó una toalla olorosa a detergente y envolvió un puñado de hielo.

—Ven aquí y ponte esto en la cara. Te va a ayudar con la hinchazón. —Le entregó la compresa fría y lo abandonó en el baño.

Noel le obedeció a prisa y fue tras él. Vio que Luka se quitaba su chaqueta marrón y la dejaba caer sobre la cama, donde fue a sentarse. Encendió el televisor y se puso a cambiar de canales.

—Aún no me has respondido. Lo que te dijo ese tipo en la calle. ¿De qué no se debe enterar ese tal Devan?

—No es nada.

—¿Cómo qué no? Quiero saber si consumes drogas o algo así. De una vez, habla. Igual te voy a pagar, pero quiero la verdad.

—Ni siquiera fumo —le respondió y esta vez no se ahorró un tonito sarcástico que no pasó desapercibido por el fotógrafo—. Además, ese tipo se refería a otra cosa.

—Bueno, ¿a qué cosa? ¿No puedes decirlo completo?

A Noel de pronto le resultaba divertido sacarlo de sus casillas. No se daba ese lujo a menudo, así que mejor se iba con cuidado.

—A esto —le señaló su rostro lastimado. Acababa de mentir y no sintió remordimiento. Al contrario, su mentira dio buenos frutos. Luka le creyó y quizá ahora lo iba a dejar en paz—. ¿Me puedo ir a bañar?

—Dale. —El fotógrafo cerró los ojos suspirando—. ¡Voy a pedir comida! ¿Qué quieres comer? Y no me digas lo que sea.

—Pizza. —Noel se detuvo antes de entrar al baño y respondió sin pensarlo.

—¿Pizza de qué? Eres insufrible, mocoso. No puedes terminar ni una idea.

—Queso. —Y desapareció ante la mirada de fastidio de Luka.

Era lo que Devan siempre ordenaba, aunque Müller le dijera tacaño. Así que de queso estaba bien. Lo único que deseaba en ese momento era asearse un poco. El agua caliente era un lujo que podía disfrutar en contadas ocasiones. Tomó un jaboncito blanco, que el hotel había dejado para que usaran, y se lo frotó con fuerza para desprenderse del sudor ajeno.

En plena ducha, cerró los ojos para tomarse el atrevimiento de fantasear que estaba con Luka, pero de un modo diferente. Que no existía Devan, ni que cuando acabara de hacer su trabajo tendría que regresar a su lado. Noel suspiró mirando sus propios pies y como el agua caliente se escurría entre sus dedos.

Luka quería saber qué le había pasado, porqué tenía ese golpe en la cara. No le quiso decir porque tuvo miedo a su reacción. La verdad que ni Luka, ni Devan sabrían. Fue bien simple, llegó a reunirse con su cliente en un cruce de calles. Caminaron juntos hasta ese hotel y fueron de frente a la habitación. Ahí dentro, aguardaba otro tipo y Devan no mencionó nada acerca de tríos. Tampoco quería estar con dos a la vez.

Cuando intentó retroceder, fue tarde. Corrió a la puerta, pero el intruso lo alcanzó primero. Forcejearon un par de segundos y de un golpe lo lanzó sobre la cama. Cuando volvió en sí, los dos estaban encima de él, sujetándolo con fuerza. No tuvo más que rendirse, como era usual. Al final, no quiso quedarse más tiempo en el cuarto. Noel tomó el dinero que le tiraron sobre el colchón y se acabó de vestir afuera. No le iba a decir a Devan, no quería problemas, tampoco a Luka, no quería que lo mirara con asco otra vez.

Terminó de bañarse a prisa y salió envuelto en la toalla, con su ropa hecha bola entre las manos.

—Ven, acércate —llamó Luka al verlo salir en medio del vapor del baño.

Estaba viendo la televisión y en la pantalla apareció Times Square, reventando de gente. Noel se sentó a su lado aún mojado y devolvió la compresa sobre su mejilla herida. La televisión dijo que faltaban pocos minutos para cambiar de año.

Durante el comercial, Luka desprendió los ojos de la pantalla y se lo quedó mirando intranquilo. Con otra persona habría sabido manejar la situación, pero era Luka. La experiencia previa con él le decía que no se moviera hasta que se lo indicara. Noel se encogió en su lugar y al ver que el fotógrafo se levantaba de su asiento e iba al baño, no supo qué hacer.

¿Había hecho algo malo? Noel se mordió el labio, pensando en que estaba en problemas. Mientras tanto las voces en su mente discutían.

Le das asco, puta.
No le gustas, eres muy feo.
Solo tenías que tumbarte en la cama y dejar que te la meta.
Inútil.

Necesitaba un momento para tomar aire, pero no tuvo el valor de abandonar la habitación. Así que salió del baño aún envuelto en remordimientos. Apenas tuvo a Noel a su lado, lo vio más pequeño de lo que lo recordaba. Quizá era porque tenía el cabello mojado, pegado a la nuca y andaba todo encorvado. Además, parecía un niño y recién lo notaba. Había dicho que tenía diecisiete, pero se veía mucho menor. Luka tuvo que levantarse de su lado porque no, no podía ponerle un dedo encima. ¿En qué estaba pensando? ¿Qué se le había metido que lo puso tan mal?

El chico seguía en donde lo dejó, mirando la pantalla. De espaldas se veía aún peor. Las magulladuras que le vio la vez anterior aún no se borraban y, como si fuese poco, tenía nuevas. ¿Qué estaba haciendo? Una cosa era permitirse fantasías privadas y otra llevarlas a cabo. Se acercó apenas y Noel volteó a verlo. Una vez más pudo ver a la criatura depredadora asomarse a través de esos ojos.

—¿Por dónde quieres empezar? —preguntó el chico y al ponerse de pie, la toalla que lo cubría apenas, cayó al suelo—. ¿Vas a tomarme fotos o esta vez sí vamos a coger?

Era como estar viendo a una persona distinta. El chiquillo tímido había quedado relegado quién sabe dónde. Quien ocupaba el cuerpo de Noel le desabotonó el pantalón, dejándolo caer al suelo y sin dejar de mirarlo a los ojos. Luka lo dejó actuar, se deshizo de la prenda, de la camiseta de manga larga y se quedó en ropa interior. Tomó al chico de los hombros y lo lanzó sobre la cama. Noel cayó sobre el colchón como si no pesara nada y se acomodó separando las piernas, esperando que se le acercara.

No, Luka tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para quedarse en su lugar. El chico se incorporó y al no ver una reacción, se arrodilló sobre la cama.

—¿Qué quieres que te haga? —El tono de voz de Noel carecía de emoción alguna—. Puedes ser rudo si quieres, puedo resistirlo.

No. No. No.

A Luka la fuerza de voluntad se le escurría a modo de sudor. Una pelea sin cuartel entre su voluntad y el deseo de su cuerpo. Tenía al objeto de sus fantasías tan a su alcance y no podía tocarlo. Apenas lo hiciera, iba a perder el control, lanzársele encima y follarlo hasta que ambos perdieran el sentido.

Noel estiró las manos para adueñarse de la pretina de su ropa interior. Luka lo tomó de las muñecas y lo aventó sobre la cama. Su cuerpo caprichoso se montó encima. Enseguida el chico separó las rodillas para darle sitio y que se posicionara en medio.

Luka lo volvió a tomar de las muñecas y las levantó sobre la cabeza de Noel.

El último bastión de razón, su cuerpo ganaba la partida. Se frotó contra la entrepierna del chico, sus ojos nadando en las piscinas azules fijas solo en él. Gimió mientras la ropa que le quedaba le estorbaba. Tiró por la borda todo recelo. Iba a hacerlo, darse el gusto y finalmente estaría tranquilo. Noel seguro leía sus reacciones, aunque era innegable que estaba a punto de correrse como caballo desbocado. La locura envuelta en todo el asunto, el hecho de que era un mocoso quien tenía debajo de él, oliendo a jabón, con el pelo húmedo, todo, todo hacía que su cuerpo se rebelara.

Luka respiró pesado, bien acomodado entre las piernas abiertas, y maldijo al aire. No supo bien si fueron las palabras del mocoso o darse cuenta de no estaba excitado. No mierda, no. Amor propio, orgullo, conciencia quizá, todo confabulando contra su propio cuerpo y su erección palpitante.

—Ponte la ropa —susurró suave y amenazante, para despegarse del cuerpo núbil y tembloroso, mientras que el suyo vivía un terremoto.

Noel se quedó mirándolo.

Le das asco, dijeron ambas voces a coro.
No te quiere tocar, a nadie le interesa cogerse a una puta como tú.
Ponte la ropa.
Te va a botar como un perro.
Se burló de ti, nunca quiso follar contigo.
D
ate prisa, estúpido, si no te va a pegar.

El chico saltó de la cama y tomó su ropa del suelo. Confundido por su reacción, empezó a vestirse a prisa. Luka regresó al baño y quizá pasaría resto de la noche ahí dentro. Estaba huyendo y no era por cobardía. No iba a pelear una batalla que no iba a ganar. Metió la cabeza bajo el grifo del agua y recordó que el mocoso tenía la manía de salir huyendo.

Chorreando salió del baño y en efecto, ahí estaba, acabando de calzarse para la escapada.

—Todavía no he terminado contigo. —Sonó más siniestro de lo que pretendía—. Ven aquí.

Terror, eso es lo que le vio en los ojos, como si lo estuviera llamando al patíbulo. Sin embargo, Noel obedeció acercándosele como animal arrepentido.

—Voy a tomar una ducha y tú no te mueves de aquí.

Noel asintió con la cabeza gacha y siguió a Luka dentro del baño, donde se acabó de desvestir. Se atrevió a mirarlo antes que ingresara a ducharse y a pasar los ojos por su espalda amplia y hombros agudos. Todos sus músculos eran visibles y tenía un lunar redondo en la mitad de su columna. Toda su piel tenía un ligero color, salvo sus nalgas redondas de un tono más pálido que el resto de su cuerpo. Luka no tenía ningún tatuaje, ni cicatriz, solo las piernas de líneas definidas, tal como sus brazos.

Tan solo viéndolo, recordó a esos modelos que Jade admiraba en sus revistas. Sí, Luka parecía sacado de una de esas páginas lustrosas.

El fotógrafo sacó la cabeza tras la cortina de plástico y lo pescó observándolo. Noel regresó sus ojos al suelo, visiblemente avergonzado, y Luka siguió jabonándose, aunque sin dejar de mirarlo.

—La comida va a llegar en cualquier momento. ¿Tienes hambre? ¡Qué pregunta tan tonta! Si pareces el retrato de la hambruna.

Noel no le entendió muy bien, pero asintió porque era cierto. Sí, estaba hambriento.

—Usa tu voz. Quiero escucharte. ¿Desde cuándo no comes? —Luka lo miraba extrañado y hasta molesto. Sus ojos de dos colores inspiraban cierto temor—. Si te vas a quedar en silencio, esto va a ser aburrido. Anda, pásame una toalla.

El fotógrafo la recibió de sus manos y la envolvió en su cintura. Luego salieron ambos del baño, Noel siguiéndolo como una mascota. Luka no le prestó mayor atención, tan solo se sentó en la cama, aún húmedo, y cuando se dieron cuenta, en la pantalla del televisor ya era Año Nuevo.

Noel le escuchó murmurar algo, pero no le pudo entender. Solo se quedó de pie a un lado de la cama, sin saber qué hacer. Si Luka no quería tener sexo, ¿entonces qué iban a hacer?

Sobre el velador escucharon un zumbido. Era el teléfono de Luka, que vibraba furioso. El fotógrafo lo tomó enseguida y rodó los ojos al ver la pantallita.

—Diez llamadas perdidas. Esta no tiene nada que hacer —exclamó y como vibró de nuevo contestó con fastidio—: ¿Qué quieres ahora?

—¡Feliz Año Nuevo, maldita basura! —La carcajada potente que abandonó el auricular casi le reventó el tímpano.

—Número equivocado, quiso marcar el teléfono de Amy Evans. ¡Adiós!

—¡No! ¡Luka! No cuelgues, era broma amigo. ¡No seas rencoroso! Moni también te manda saludos. Escucha, no nos convence el ambiente, así que estamos camino a tu cubil. Ya que nunca viniste, nosotras vamos para allá.

—Perfecto. Las espero —le respondió a través del teléfono.

—Espera un momento, Luka. ¿Así tan fácil nos vas a recibir? Aquí hay gato encerrado.

—No, el gato está libre y haciéndome compañía —replicó con los ojos fijos en Noel—. Panza arriba y ronroneando.

Un silencio momentáneo. Amy soltó otra risotada.

—¿Estás con alguien? ¡Ya sabía! Me cuentas luego, ya te dejo en paz para que hagas tus cochinadas. Nos vemos, perruño. Feliz Año también —se despidió Amy.

—Gato encerrado —murmuró mientras alejaba pensamientos poco castos acerca del chico que lo miraba como un felino en cautiverio—. Tengo hambre, esa pizza se demora años en llegar.

Luka se tumbó sobre la cama, como el gato que acababa de mencionar. Noel no supo qué hacer. No le había dicho que se fuera, pero tampoco que se quedara. Si no iban a tener sexo, entonces…

—Acuéstate, ven.  No te voy a hacer nada.

—¿Por qué? —se le escapó a Noel y fue casi un gemido. Necesitaba escucharlo de sus propios labios. ¿Qué es lo que quería de él? Si no era sexo, ¿entonces qué?

La pregunta tomó a Luka por sorpresa. Era sin duda una excelente interrogante. El saco de huesos quería saber. Bueno, entonces le daría una respuesta.

—Eres menor de edad —le respondió Luka resoplando fastidiado.

—¿Sólo por eso? —continuó el mocoso.

¿Qué clase de pregunta era esa? ¿En serio? Ahora sí estaba incómodo. ¿Qué quería que le respondiera? Que no estaba interesado en cogerse a un saco de huesos que todavía no tenía edad para beber alcohol y ya andaba saltando de cama en cama. ¿Eso quería escuchar?

—Parece que tú sabes la respuesta mejor que yo. ¿No? A ver mocoso. Dilo.

—Es que, eso no es razón.

Frustrado, casi herido por el constante rechazo, Noel no podía detenerse. Por primera vez en su vida, de verdad quería acostarse con alguien. No porque le gustara, sino porque era lo normal.  Era la normalidad que conocía, a la que estaba acostumbrado.

—¿No es razón? ¿Sabes qué estás diciendo?

—Cuando alguien me recoge en la calle es para sexo. Tú, tú no… No entiendo.

—No entiendes.

El fotógrafo se quedó en silencio y se levantó de la cama. Se acercó al chico y lo tumbó sobre el colchón con tanta fuerza que reprimió un quejido.

—¿Esto quieres? —le dio una sacudida sujetándolo de los brazos—. Dijiste que podía ser rudo.

Idiota, ahora ya se enojó, te va a dar una paliza y luego vas a regresar con Devan sin un centavo. Te lo mereces, no puedes cerrar la maldita boca.

—Mírame bien. Quiero que me mires. ¿Esto quieres? —gritó Luka. —Que te joda como a una perra. Pues no. Si vas a ser mi puta, vas a hacer lo que yo digo. No al revés. No quiero tener sexo contigo, porque no soy un depravado.

No había manera de que le contestara. No entendía, Noel no podía ni escucharse a sí mismo.

Ya lo hiciste enojar. Ni para puta sirves. No quiere coger contigo. Le das asco.

—Jamás te haría daño y no solo porque eres diez años menor que yo, sino porque no está bien. Yo no soy como el resto de enfermos que te ponen collares y te dejan esas marcas en la espalda. ¿Ahora sí entiendes?

Está mintiendo y tú le crees. Nadie te quiere cerca porque eres horrible. Míralo a él, con su cuerpo de modelo de revista. Tú das pena, perro feo.

Noel asintió, pero Luka aún sobre él lo miraba fijamente. Un momento después, se levantó y se fue a vestir.

—¿Dónde dejaste la compresa? El hielo. Póntelo en la cara para que baje la hinchazón —le ordenó.

***

Phil abandonó su habitación y regresó a su estado habitual de fantasma. Se dedicaba a recorrer la casa en penumbras. Había dejado de hacerlo cuando Pat llegó, pero esa noche, Paulette liberó a sus demonios interiores. Quedándose al lado de Marietta, estos solo se hacían más fuertes.

Llevaba el bate de béisbol en la mano. Jamás lo soltaba. Pasó por la habitación de Tino y no tuvo valor para entrar dentro de esa cápsula del tiempo. Siguió avanzando por el corredor hasta la trastienda. No le sorprendía ver la luz encendida. Escuchó voces y música, eso era nuevo.

La trastienda tenía un cuarto pequeño que alguna vez había usado como almacén. Había terminado por convertirlo en refugio cuando los fantasmas de los recuerdos paseaban por la casa y los demonios en su mente lo mantenían despierto. Puso una cama plegable que le hincaba las costillas y un colchón delgado que le destruía la columna. Necesitaba conseguir uno mejor para Pat.

Ahí estaba el muchacho bajo las frazadas y apenas su cabeza rubia visible. Tenía entre sus manos un televisor pequeño y estaba tan concentrado que no notó su presencia.

—¿De dónde sacaste eso? —Quizá no debió preguntar de ese modo, pero ya estaba hecho.

Pat se sobresaltó y torció el cuello tanto que sus huesos sonaron.

—Paulette me lo dio. ¿Si me lo vas a quitar por lo menos puedo acabar de ver el espectáculo? Ya falta poco para el fin de año.

Phil se acercó dos pasos y se detuvo. La habitación estaba helada, la calefacción estaba fallando.

—No te lo voy a quitar. ¿Desde cuándo está así de frío? ¿Por qué no dijiste nada?

Con razón estaba metido bajo las cobijas, pensó el italiano. Pat abandonó la cama y traía puesta esa chaqueta negra sucia y enorme.

—Desde ayer, creo. Siempre hay un sonido así, como metálico, y de pronto paró y ahora está frío. No me preguntaste, además. —Prefirió no decir nada. Phil estaba enojado con él y prefirió no provocarlo más.

—No te puedes quedar aquí. Te vas a resfriar o peor.

—No, acá estoy bien. No tengo nada de frío. —Y un ataque de tos le vino de repente para resaltar su mentira.

—Eso no suena a estar bien. Vamos. Puedes dormir esta noche en el sofá. Lleva las cobijas.

—Acá estoy bien. Ya que acaba el show me duermo.

Phil cruzó los brazos sabiendo que no iba a ser fácil convencerlo. Pat era un hueso duro de roer, pero esta vez estaba preparado.

—Puedes dormir en el sofá y ver televisión ahí. Lleva tus cobijas para que no te enfermes. Voy a preparar chocolate caliente. Y vas a tomar algo para la tos. No quiero escucharte toser en lo que queda la noche.

Pat vaciló. Aún no confiaba lo suficiente como para bajar la guardia.  No, medicinas en definitiva no, aunque el chocolate caliente seducía. El show hizo una pausa y apagó el televisor. Lo dejó sobre el precario colchón y respiró hondo.

—De acuerdo.

A Phil casi se le cayó el bigote de escobilla que tenía. Fue demasiado fácil; estaba preparado para batallar un rato más. El ragazzo no dejaba de sorprenderlo. Evitó sonreír cuando vio a Pat envolverse como un gusano en las colchas y arrastrarlas sobre el suelo camino a la sala. Iba detrás de él y se desplomó en el sofá apoderándose de él por completo.

En la cocina, Phil preparó dos tazas de ese polvo mezclado con leche y agua caliente. Le colocó unos malvaviscos; así era como le gustaba. Demasiado dulce. Marietta se enojaba cuando se daban esos pequeños gustos nocturnos. Ella decía que Tino no iba a dormir bien luego de ver tanta televisión tan tarde.

Al día siguiente no había escuela, así que Tino podía quedarse despierto un rato más. Luego del chocolate se iba a dormir. Phil iba a dar una vuelta por la casa, para asegurarse de que las puertas estuvieran bien cerradas y volvería al lado de Marietta. La escucharía renegar sonámbula, trasnochada. Mira qué hora es Philipo.

Los malvaviscos flotaban pacíficamente sobre la superficie cremosa del chocolate. Se ablandaban y medio hundían. Phil los observó por un momento y al darse vuelta, cayó en cuenta de lo que estaba haciendo. Apretó las asas de las tazas con cierta impotencia, para regresar a la sala. Pat salió de su escondite de frazadas para recibir la taza y al tocarlo se dio cuenta que el niño tenía las manos frías.

—Mira, Phil, ya va a bajar la bola. Ya va a ser Año Nuevo.

A Phil eso era lo último que le importaba.

—Ven, ven acá. —Phil le quitó la taza que le acababa de dar y le estampó la palma en la frente.

Fiebre, sospechó. Marietta sabría qué hacer. Paulette le daría algún medicamento. Él podía tomarle la temperatura. Respiró hondo, dejó las tazas sobre la mesa de centro y se dispuso a ir por un termómetro, pero algo lo detuvo. Pat bien sujeto a la manga de su suéter lo miró con ojos febriles.

—No te vayas, Phil, ya va a ser Año Nuevo. Mira, ya van a empezar a contar, te vas a perder a todas esas parejas besándose frente a las cámaras.

Phil se sentó entonces, en una silla aparte. Pat, aún dueño y señor del sofá, se acomodó envuelto en cobijas para seguir el conteo. Montones de gente en las calles. Ya faltaban pocos segundos. Cinco, cuatro, tres, dos, uno…

—Esos, besándose frente a las cámaras. —El ragazzo saltó de su lugar riendo hasta que la tos le ganó la partida y tuvo que detenerse—. Mi garganta, me pica un poco.

Phil desapareció rumbo al baño. Sabía que Marietta guardaba un surtido arsenal para luchar contra resfríos y fiebres. Termómetro, pastillas para la fiebre, para los síntomas de la gripe, jarabe para la tos. Juntó todo entre sus brazos enormes, regresó a prisa y Pat aún convertido en un capullo de frazadas, bailaba al compás del televisor.

—Ya siéntate, Tino, y ponte el termómetro en la boca. —Phil se detuvo en seco. Acababa de escuchar su propia voz y casi no pudo creerle a sus oídos.

Pat no pareció notarlo y siguió moviéndose como una oruga inquieta. Phil depositó las medicinas al lado de las tazas y le colocó el termómetro en la oreja al chiquillo.

—Quédate quieto un rato.

Así lo hizo, sí. Se sentía mal, tenía frío, aunque sentía las mejillas calientes. Phil concluyó que tenía fiebre y que necesitaba tomar algo para bajarla y esto, que el otro. Le dio una píldora y lo forzó a tomarse una cucharada de jarabe para la tos. Pat se tumbó sobre el sofá de nuevo, terminó el chocolate y siguieron viendo en la televisión una película de acción, explosiones, balas y persecuciones.

Phil se terminó la taza de chocolate y fue por una de café. No iba a dormir y no necesitaba hacerlo. Los recuerdos de años pasados no lo iban a dejar conciliar el sueño. El chico estaba muy callado, aún convertido en una oruga. Al retirarle las cobijas de encima, se dio cuenta de que estaba sonoramente dormido. La fiebre iba a ceder, lo único que podía hacer era dejar que su cuerpo descansara y se recuperara. Lo tomó en sus brazos y terminó de ver la película. Tino hacía lo mismo, le rogaba para ver un filme más y terminaba dormido.

Suspiró hondo, porque estaba enojado consigo mismo. Pat pasó de sus brazos a la cama que fue de su hijo. Le retiró la casaca de cuero y lo dejó sobre el colchón para taparlo con cuidado.

La habitación llena de Tino, de su risa, de su carácter revoltoso. Phil siempre dejaba una luz de noche encendida, porque el niño le tenía miedo a la oscuridad. Cuando creció, casi la había vencido, pero la luz se quedó por pura costumbre.

Phil la encendió de nuevo y sintió que el tiempo retrocedía.

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2 thoughts on “Capítulo 10

  1. Bueno, hasta que al fin comienzo a ver algo más que sordidez y cosas malas a tus persos, mi mosha.

    Confieso que Luka, con todo y lo WEIRDO que es el, se le siente cada vez mas mucha humanidad, algo que siempre hace a un personaje abordable. Y como esta tratando a Noel me encanta. Le esta haciendo ver algo diferente a su rutina, y lo que es mejor… AL FIN Noel esta aceptando algo diferente a lo que siempre tiene que aceptar y no le esta saliendo con tanto remilgos. Joder, se que la pasa muy mal y anda a la defensiva, pero si ya te muestran claramente que no hay amenaza, que sentido tiene rebelarse tanto?

    Y Phil… bueno. Es probable que me termine encariñando con el viejito. Me gusta que este cuidando bien de Pat, aunque siga siendo un cascarrabias insoportable.

    Un besote!

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