Capítulo 4

 

Devan salió y no dejó dicho a dónde iba.  Jade estaba metido en el baño y como podía pasarse todo el día entre maquillándose y peinándose, Noel salió sin avisar. Enrumbó hacia donde se había separado de Pat la noche anterior y encontró la carcasa del auto vacía.

Pat no había regresado. No era del todo una sorpresa, sabía que se marcharía y que sólo sería un recuerdo. Noel no era ningún idiota, nunca había esperado que se quedara a su lado. La chaqueta de cuero era lo único que había dejado atrás y la pensaba conservar. Se la puso enseguida, sobre la que Pat le había dado. Devan podía decirle lo que le diera la gana, pero él no tenía que congelarse el trasero trabajando en la calle.

El cachorro regresó sobre sus pasos, sintiéndose dichoso por tener doble protección contra el frío. Le dio una mirada al pedacito de cielo encapotado, entre los edificios enormes. Parecía que iba a llover y esa noche no habría cómo hacer dinero para comer.

Una vez más, Devan ingresó en sus pensamientos. Si es que regresaba antes que él, le iba a dar una paliza por salir sin permiso. Noel se encogió dentro de su ropa, pensando en una solución desesperada. Podía ir a la bodega y comprar algo de comida. Eso lo pondría contento y seguro hasta le pegaba menos. Era una idea alocada, porque como era costumbre, no traía dinero. Pedir fiado no era una opción, así que iba a tener que ingeniárselas.

Iba distraído y la breve felicidad que obtuvo con el doble abrigo se desvaneció apenas reparó en que un taxi se había detenido a su lado.

—¡Sube, carajo!—le gritó Brill desde detrás del timón.

Noel le dio una mirada a las posibilidades que tenía en frente. Podía subir por las buenas o apurar el paso y buscar refugio en la bodega, a la que planeaba entrar.

—¿Tienes dinero para pagarme?—No era buena idea, pero Noel decidió tentar a la suerte.

—¡Sube y no me hagas repetirlo! —El taxista gruñó y el cachorro sabía que era capaz de dejar el auto en mitad de la calle y sacarlo arrastrando de donde se escondiera.

No quería ir con Brill, pero no tenía otra opción. Noel le dio una mirada a la puerta del comercio. «Tan cerca y tan lejos», pensó mientras se subía al taxi.

—¡Devuélveme mi dinero! —ladró el taxista pisando el acelerador con tal fuerza que hizo rechinar las llantas de su auto.

—No tengo dinero, menos tu dinero —le respondió Noel tranquilamente.

—No me… —Brill golpeó el timón con ambas manos —. Me robaste la billetera, bastardo.

—No me robé nada.

«Pat, fue Pat, él se la robó», murmuró la voz más tímida, en lo profundo de su mente. «¿Ves? Debiste dejar que le pegara en la cabeza».

¿Cómo decirle al taxista que no había manera de recuperar la famosa billetera? Pat no iba a volver, así que era caso perdido.  Otro bufido y pudo oír cómo los dedos largos de Brill crujían al apretar el timón, furioso.

—Te di una oportunidad para que me regreses lo que me robaste. Hasta te iba a perdonar el golpe que me diste, carajo. Soy demasiado bueno contigo Miau-Miau.

Bondad era una de las cualidades que Brill jamás tendría.

—Te juro que no tengo nada —murmuró el muchacho encogiéndose dentro de su chaqueta.

—No me mientas, mierda. Ahora Devan se va a enterar de todo.

Noel se escurrió en el asiento y si no hubiera tenido el cinturón puesto, habría terminado en el suelo del auto. Brill sabía bien que, con semejante amenaza, no tenía cómo negarse.

—Me tienes que pagar lo que me robaste —insistió el taxista.

—No, tú tienes que pagarme por lo de anoche —protestó Noel elevando ligeramente la voz.

—¡Cállate, mierda! Era mucho dinero y me tienes que pagar lo que me debes —gritó Brill, levantando una mano, listo para golpearlo.

—Dijiste que no tenías dinero —insistió el muchacho alejándose lo más que pudo del puño de Brill—. Eso dijiste anoche.

—No para pagar por un culo como el tuyo. Cállate y escúchame bien.  Vas a hacer lo que yo te digo y dejamos esto así. Vamos a ir donde unos amigos, uno de ellos es mi jefe. Le mostré una foto tuya, una que tengo en mi teléfono. Sales con cara de putita…

Había escuchado comentarios obscenos y ya se sentía inmune, pero las palabras de Brill siempre conseguían revolverle el estómago del asco.

—Pero Devan… —intentó interrumpir al taxista, sin conseguirlo.

—Se va a enterar de que andabas holgazaneando en un callejón y de que me robaste, además —continuó Brill sonriendo con malicia—. Vamos a donde unos amigos, haces lo tuyo y te doy una parte de lo que saquemos.

Noel se acomodó en el asiento, apretando las mangas de su chaqueta. No podía negarse, ya estaba en ese auto y si desobedecía, Brill cumpliría su amenaza. Se quedó en silencio, mirando por la ventana mientras el taxista le subía el volumen a la radio y canturreaba hasta que llegaron a su destino.

***

El taxi se detuvo en un vecindario con edificios igual de grises, pero mejor conservados. En la acera, un puñado de niñas saltaba la soga, cantando unas rimas al lado de bolsas de basura apiladas. Noel les dio una mirada curiosa y la escondió bajo la gorra que Brill le acababa de dar.

«¿Dónde estaban sus padres?», Pensó mientras pasaba al lado de ellas. «¿Acaso no sabían lo peligrosa qué era la calle?».

Alguna vez había tenido la edad de todas ellas, nueve o diez años. Fue en ese entonces cuando descubrió que todos esos ogros que se comen a los niños sí existían. No se veían como en las ilustraciones de los cuentos, no tenían cuernos, ni piel verde, sino que se veían como cualquier persona. Ellas no lo sabían y seguían canturreando, ajenas a la realidad que las rodeaba.

Tal vez debía advertirles de ese vagabundo que las observaba mientras inhalaba el contenido de una bolsa de papel o de aquel otro sujeto recostado en la pared, quien desde que llegaron se estaba tocando la entrepierna.

Quiso decírselo a la niña que tenía más cerca y saltaba más alto que las otras. Brill lo empujó antes de que pudiera hacerlo y le ordenó que no perdiera tiempo. Le iba sujetando el brazo, como anticipándose a un escape. Era inútil, Noel había renunciado a esa idea mucho tiempo atrás, cuando Devan se había encargado de quitarle las ganas a punta de golpes. Además, le había asegurado que, si lo volvía a hacer, las consecuencias serían fatales.

Una vez llegaron a su destino, el olor a humedad y a alcohol los recibió primero que las risas de los presentes. Brill lo atropelló al ingresar e intercambió saludos con los tres sujetos que bebían animados.

El muchacho se quedó de pie, sin saber qué hacer y no tardó en convertirse en blanco de miradas lascivas. Los presentes hablaban de él como si no estuviera presente. Nada a lo que no estuviera acostumbrado. Los interrumpió para que le indicaran dónde querían empezar y sus palabras fueron recibidas con risas.

—Este puto está impaciente —dijo Brill con una botella en la mano—. ¿Quién quiere empezar?

Uno de ellos se adelantó. Un sujeto ligeramente más alto que el taxista y regordete, a quien Brill le llamó Jefe. Tendría unos cincuenta años, piel tostada y muchas pecas en la cara, tantas que parecía uno de esos perros moteados.

El Jefe le indicó que lo siguiera y Noel fue tras él como un cachorrito amaestrado. Lo condujo al baño y no necesitó más indicaciones. Conocía esa mirada. El chico se desvistió y dejó que el Jefe le acariciara el cuerpo con sus ojos. Tenía la oportunidad de asearse un poco y no la iba a desperdiciar. Saltó dentro de la ducha y no se molestó en abrir el grifo de agua caliente. En casa de Devan sólo se bañaba con agua fría, así que estaba acostumbrado.

Apurado, se enjuagó el cabello, que ya le llegaba a los hombros. No se animó a usar jabón y menos aún champú, porque su cliente lo estaba contemplando.

A Noel no le duró nada la paz del duchazo. De pronto, ya tenía compañía.  El Jefe se deslizó dentro del pequeño espacio y apenas pisó el agua fría, lanzó un gruñido de sorpresa.  Enseguida giró la manija y el agua empezó a entibiarse.

—Vine a ver si ya estás limpiecito —le susurró al oído y una palmada aterrizó sobre la carne fría de sus nalgas.

El cachorro agachó la cabeza y el Jefe lo abrazó por la espalda. Tomó una barra de jabón bastante gastada, para frotarla sobre su pecho huesudo. Mientras recorría sus pezones haciendo espuma, pudo sentir la erección del adulto sobándose contra sus piernas delgadas.

—Brill me ha hablado mucho de tus talentos especiales —le decía, mordisqueándole el lóbulo de la oreja—. Sabes bien qué hacer y lo haces bien rico, me han dicho.

Era su trabajo, era lo único para lo que servía, tal y como Devan le repetía. Noel se dio la vuelta y rodeó con su mano huesuda el miembro inflado que se frotaba contra su carne para masajearlo con firmeza. Estaba ahí para darle placer a su cliente y no podía olvidarse de su lugar.

El Jefe quería tocarlo también, le dijo, lamerlo enterito, porque le parecía un helado de vainilla listo para darle una probada. Noel no se iba a resistir. Era una puta, después de todo, le estaban pagando por dejarse usar. Cerró los ojos, incómodo al sentir como su cliente intentaba excitarlo, masajeándolo con rudeza. No lo iba a conseguir. No funcionaba de ese modo.

Noel continuó masturbándolo y lo escuchó gruñir, entre jadeos, acercándose al orgasmo. Estaba tan acostumbrado a tener sexo con extraños que era un proceso mecánico. Lo tocaba un poco, lo masajeaba como sabía y luego lo haría correrse en su mano. Claro que su cliente podía arrinconarlo contra la pared mojada, acariciándole las nalgas con rudeza, intentando ingresar en su cuerpo.  Noel hizo un sonido de descontento. No podía tener sexo sin protección.

Intentó zafarse de la mole que lo apretaba, de los brazos que lo rodeaban y de las manos que intentaban levantarle las piernas para anudarlas sobre las caderas rollizas.  Noel estaba en problemas, porque si se negaba a dejarse follar ahí mismo, se iba a ganar una golpiza.

Si lo hacía sin protección y se enfermaba, Devan lo iba a matar. Le tenía más miedo a su chulo que a cualquier enfermedad y a un cliente enojado. Así que consiguió escurrirse de las manos del Jefe, aprovechando la humedad de sus cuerpos y se alejó lo más que pudo.

—Voy a traer un condón —exclamó, levantando las palmas, para protegerse de las represalias.

—No, ven aquí, ven —insistió el Jefe, masajeándose a sí mismo—. Ven, rápido, ven.

No lo hizo, sino que salió en busca de los preservativos que guardaba en su chaqueta. No llegó lejos porque el Jefe lo tomó del cabello mojado y lo lanzó contra la pared de la ducha.

—Te dije que rápido. Se me va a ir. Rápido, chúpamela.

Noel se arrodilló en el suelo e hizo lo que le pedía. Dejó que se corriera en su rostro y aprovechó el agua para enjuagarse bien la boca.

—No le digas a nadie de esto —le dijo su cliente en tono cómplice—. A Brill le dices que te la metí toda y te gustó harto. Y que me corrí tres veces.

El muchacho asintió, incapaz de contradecirlo. El Jefe le sonrió y hasta le acarició el cabello. Se quedaron un rato más bajo el grifo de agua. El dueño de casa se enjabonó y al terminar salió primero de la ducha. Luego se quedó mirándose frente al espejo empañado, esperando que el chico lo siguiera. Noel se enjuagó la boca una vez más y por fin abandonó el chorro de agua.

Su cliente esperó con una toalla envuelta alrededor de su voluminosa figura, que Noel se seque y tome su ropa de donde la dejó. Salieron del baño juntos y en la sala los recibió un coro de voces y silbidos.

Brill dejó sobre la mesa, al lado de varias botellas, el gorro sucio que le había dado hacía un rato. El Jefe tomó dinero de debajo de unas revistas sobre un armario y lo lanzó dentro del sombrero.

—Vale la pena, me corrí tres veces —exclamó el Jefe de Brill y todos los demás se lo celebraron.

Noel se quedó desnudo y aún húmedo esperando al siguiente. No tardó en adelantarse y jalarlo del brazo para empujarlo contra un sillón al lado del resto. No podía olvidarse de que sólo era una puta y tenía trabajo que hacer.

***

Brill lo dejó bajarse frente a una bodega, la cual visitaba cuando tenía dinero en el bolsillo. El taxista recolectó el dinero que sus clientes habían dejado en el gorro y le dio un billete miserable.

—Es más de lo que vales. —le había dicho frente al resto de sus compañeros. 

Si había querido humillarlo un poco más, lo había conseguido. No sólo lo había hecho tener sexo con otros mirando, sino que además lo había obligado a recoger el billete con la boca. No le importaba. Por lo menos había obtenido algo de su trabajo, no como con Devan quien no le daba ni un centavo.

Atravesó la calle y con el dinero en el bolsillo entró al comercio, donde Brill se estacionó. El dueño era un tipo alto y de mal carácter. Siempre tenía un bate de béisbol en la mano y ya le había partido la cabeza a un par de ladrones con éste. Phil era de temer, así que Noel ingresó todo encogido dentro de su chaqueta, le dio una mirada escurridiza al tendero, quien lo siguió con los ojos, y se dirigió al refrigerador de la cerveza. Tenía suficiente para un par de cajitas y la comida congelada estaba en oferta. Estiró una mano para tomar una caja y unos ojos ámbar aparecieron entre las botellas de vidrio.

—Oye, tienes que ser mayor de edad para comprar eso.

—¿Qué haces ahí dentro? —balbuceó Noel, a punto de soltar la cerveza al escuchar esa voz seguida de una risita burlona.

—¡Sorpresa! Sabía que me ibas a extrañar —Pat le sonrió desde la trastienda, donde estaba rellenando los estantes —. Oye, si sueltas esas botellas me vas a ensuciar la tienda.

—¿Qué haces ahí? —insistió pasmado por la sorpresa, olvidándose donde estaba y de bajar la voz.

—¡Más vale que tengas dinero para pagar eso y que te largues de aquí!— Phil se le acercó con el bate en la mano y la verdad, no tenía ganas de probarlo.

Bastante iba a tener con Devan cuando regresara.  Noel giró despacio encogiéndose dentro de la chaqueta y se dirigió hacia la comida congelada.  El tendero lo apuntó con el bate e hizo que saltara del susto.

—Ya me voy… —susurró Noel tomando un par de empaques, sin fijarse de qué eran.

Pat lo siguió a través de las congeladoras y parecía que Phil no se había dado cuenta.

—Noel, no pongas esa cara que el italiano no es tan malo. Es malgeniado y gruñón el hijo de puta, pero no es malo. Oye, ¿no te da gusto verme?—Esta vez le sonrió entre susurros.

—¿Qué haces aquí? Pensé que te habías ido —le respondió Noel susurrando apenas.

—¿A dónde querías que me fuera tan de noche? Me puse a dar vueltas y vine acá, la trastienda tenía la luz encendida y la puerta estaba entreabierta. Lo encontré fumando afuera y se me quedó mirando como a un fantasma. Yo me iba a ir, pero me dio trabajo aquí. Le pedí que me dejara trabajar y aceptó. —Le dio risa la expresión sorprendida de Noel.

—Pat. No sé… No es buena idea que te quedes, mejor es que regreses a…

—¿A dónde? ¿A dónde quieres que me vaya? Yo me voy cuando me dé la gana. Tú no me mandas a mí. Además, ¿qué te importa? ¿Creíste que no iba a poder conseguir algo decente? No querías que fuera a vender el culo como tú. ¿No?

Noel cerró la refrigeradora. No tenía tiempo para lidiar con Pat. Puso la cerveza y la comida congelada sobre el mostrador. Phil tenía una expresión amarga y el chico bajó la mirada avergonzado, mientras sacaba el dinero que indecentemente había conseguido. Dejó su billete sobre el mostrador y el italiano cruzó los brazos. No le quería recibir el dinero porque sabía de dónde provenía. Más humillado que nunca, Noel tomó la comida de un tirón.

—Quédate con el cambio —se atrevió a decirle al tendero.

Nunca reaccionaba de ese modo. Jamás se le habría ocurrido responderle así a ningún adulto, pero las palabras de Pat habían dolido tanto que se había quedado sin capacidad de juicio. Phil murmuró una grosería en su idioma natal, pero lo dejó en paz.

No podía quedarse más tiempo; no quería problemas, ya tenía suficientes encima. Que Pat hiciera lo que le diera la gana, ya no era su problema. No quería saber nada más de él, pero claro: si ahí venía, corriendo desde la trastienda, resbalando, casi tropezando y saltándole encima.

—¡Carajo, Noel! No puedes ser feliz por mí ni un poquito. —Pat le dio un empujón que hizo que se tambaleara en su sitio—. ¡Todo lo que hago para ti está mal!

—¡Ey! ¿Ustedes dos se conocen? —Intervino Phil con voz potente como la de una tormenta.

—No, Phil, apenas —se apresuró a responder Noel sin perder de vista al italiano y a su bate.

En cambio, Pat lanzó un gruñido de gato de callejón. Estaba furioso y de la rabia que le dio se arrancó el gorro de lanilla que tenía puesto.

—Claro que nos conocemos, todos conocen a Noel, ¿no?  Si es un puto que le da el culo a todo el mundo—. Lo dijo con tanta malicia que lo hizo estremecer.

—¡Me tengo que ir! —Noel escupió las palabras. No quería quedarse para que Pat lo siguiera humillando. Ya tenía bastante con todo el mundo haciendo lo mismo.

—Huye como el cobarde que eres, no me importa, Noel. Pues sí, Phil. Él y yo nos conocemos. Noel es mi hermano mayor, pero es un maldito imbécil.

—No es cierto.

Era hora de poner las cosas en claro. No iba a apañarle la mentira a Pat, no con el tendero delante y el bate de béisbol todavía en sus manos.

—Encima me niega, el maldito puto de mierda.

—¡Ey, cuida ese lenguaje, mocoso, o te vas con él! —vociferó Phil, más intrigado que antes—. ¡Y me explican los dos de qué se trata todo esto!

Noel no tenía tiempo que perder y bajó la cabeza fastidiado, sin nada que decir. Sólo pedía que Pat le dejara el camino libre para largarse de una vez. Al diablo con Pat, nunca había debido darle la mano, jamás se debería haber involucrado con él.

—Noel, este de aquí, es mi hermano mayor. Mi mamá murió, nuestra madre. —Se corrigió el rubio—. Y yo vine a buscarlo porque es mi única familia.

La historia sonó convincente, bonita y hasta como para final feliz, pero era más falsa que Judas. No, Pat no iba a engañar a nadie con ese cuento. Noel los observaba a ambos, más asustado que antes. El tendero murmuró un par de maldiciones en italiano y volvió a la carga.

—¿Cómo sabes que es tu hermano?

Buena pregunta. Noel también quería escuchar la respuesta. Ambos se quedaron mirando a Pat, quien se limitó a sonreír.

—Simplemente lo sé. —Y antes de que alguien decidiera interrumpirlo con otra pregunta, dijo—: Además porque es igualito a mi mamá.

Ante tal argumento, el tendero no se quedó tranquilo, pero tampoco pudo objetar.

—¿Devan sabe de esto? —preguntó el italiano con un gesto amargo en el rostro.

—No —respondió Noel con tanta alarma que parecía que acababa de escapar de un incendio.

—Por mí no se va a enterar —concluyó Phil y dijo un par de groserías para dejarlos en paz.

Una vez el tendero se retiró detrás del mostrador, Noel pudo volver a la carga. Pat lo miraba con toda la desfachatez del mundo pintada en el rostro. Hasta le sonreía, muy seguro de que su mentira había surtido el efecto deseado. Aparentemente, el italiano se había comido el cuento, pero no podían estar seguros de ello.

—¿Mentiste verdad? —Fue un reproche que explotó en su boca y dirigido directamente al rubio descarado.

Pat no tenía reparos en engañar a todo el mundo con tal de salirse con la suya, pero había llegado demasiado lejos.

—No mentí, pero tampoco dije la verdad —le respondió, sonriendo con un aire de inocencia que habría asustado a cualquiera.

A Noel no le gustó su respuesta, pero no supo qué decir. Lo poco de sensatez que le quedaba le dijo que desapareciera antes de envolverse más en sus artimañas. Nunca debía haberse involucrado con ese rubio trastornado, jamás había debido darle la mano. Ahora que andaba con el cuento de que eran hermanos…

Si Devan se llegaba a enterar…

—Oye, lo siento. No debí decirte eso, pero me dio coraje. —Pat apoyó el rostro contra su pecho y levantó el rostro para que lo mirara bien. Los ojos amarillos se le humedecieron y hasta le temblaron los labios—. ¿Me perdonas, Noel? ¿Por favor?

Noel lo recibió en sus brazos, manteniéndose inmune a los trucos de Patrick. No iba a negar que le habían dolido sus palabras, pero no eran del todo mentiras. Peores cosas le decían a diario y seguía vivo.

Por otro lado, el tendero lo seguía observando desde el mostrador y estaba agotando su paciencia.  Atrapado entre dos fuegos, no tuvo más remedio que asentir y Pat dio un salto en su sitio, reventando de alegría. Lo abrazó con todas sus fuerzas y lo hizo tambalearse.

—¡Lo sabía, no te puedes enojar conmigo porque somos familia! Nos tenemos el uno al otro, Noel. ¡No podemos pelear así!

Noel no iba a contradecirlo, sólo esperaba que lo soltara, así que dejó los paquetes en el suelo.

—Me olvidaba —le dijo al rubio, quien ahora lo miraba curioso. Noel se quitó la chaqueta de piel y se la tendió a su supuesto hermano.

—¿Por qué me la das? —Pat estiró la mano por reflejo, pero reaccionó al instante—. No la quiero, Noel, hace frío y tú…

—Shh —le dijo poniéndole un dedo sobre los labios y mirándolo fijamente—. Es un regalo de tu hermano mayor. Acéptalo.

Engatusado como lo tenía, le bastó guiñar y Pat se ruborizó todito. Noel tomó sus paquetes del suelo y escapó de la tienda. No quería despedirse de ese modo de su supuesto hermano menor, pero no podía darle la espalda a la realidad. Pat tenía más posibilidades de sobrevivir con él fuera de su vida. Sería lo mejor para ambos.

***

La noche anterior había nevado bastante y Pat nunca había estado más agradecido de tener un techo sobre su cabeza. Phil le dio un lugar donde quedarse. En la trastienda había un catre con su colchón donde, aunque hundido, podía descansar bien. Nunca había esperado tanta bondad de parte de un extraño y no era un tonto para rechazarla.

Desde el primer momento se convenció de que había sido obra de su mamá, que estaba en el cielo. Ella lo cuidaba siempre y ahora podía dormir sin preocuparse por que las ratas se le subieran en busca de calor.

Por la mañana, Phil lo llamó a tomar el desayuno, asomándose por el umbral de una puerta que conectaba la casa con la trastienda. Pat sintió recelo de cruzar hacia el lado del italiano, pero el olor a pan tostado le hizo perder el miedo.

Era mejor que tener que buscar en la basura.

El italiano le cedió una silla en la cocina y colocó una torre de panqueques frente a él. A pesar de que tenía en mente el pan tostado, no los iba a rechazar. Una taza de chocolate instantáneo, humeante y meloso, aterrizó frente a sus ojos. Seguro tenía cara de muerto de hambre, pensó Pat relamiéndose  anticipadamente.

Estaba por agarrar a dentelladas todo lo que se le cruzara, cuando Phil se levantó de su asiento y le quitó de un zarpazo el gorrito de lanilla. El cabello rubio ya crecido se escapó en todas las direcciones al verse libre. Pat quiso protestar, pero con la boca hecha agua, no lo consiguió.

El italiano regresó a su puesto, pesado como un oso y juntó las manos. Pat se lo quedó observando, como seguramente lo había hecho Ricitos de oro en aquel cuento, con fascinación y recelo. Estaba rezando y al terminar le dio un sorbo a su taza.

—¿No vas a comer? —le preguntó Phil con el bigote mojado de café.

Pat le respondió llenándose la boca de comida.

—Despacio… mamma mía, ragazzo.

Le sonrió entonces, con los cachetes llenos de comida. El italiano se lo quedó mirando fijamente y bastó para ponerlo en alerta.

—¿Pasa algo? —Pat quiso saber y hasta arrimó su silla, para poder salir corriendo si era necesario.

—Nada, Tino, no es nada.

—Mi nombre es Patrick.

—Lo sé —replicó el italiano y siguieron comiendo en un silencio que no duró mucho.

Llamaron a la puerta y Phil se levantó a atender. Pat, al verse solo, se dedicó a inspeccionar la cocina. Lo primero que le llamó la atención fue la decoración con gallinas. Magnetos sobre la refrigeradora, una libretita con gallinitas dibujadas, una lista de ingredientes escrita con una caligrafía tan pulcra que parecía irreal.

—Letra de mujer —sentenció el chiquillo, limpiándose la boca con la manga de su camiseta—. Phil tiene letra de mujer y le gustan las gallinas.

Se rio solito, pero no le duró la alegría, porque alguien lo observaba desde la entrada de la cocina.

—Mi Dios del cielo —susurró una mujer ligeramente más alta que él y ojitos de aceituna—. Por un momento creí ver un fantasma.

«Phil llamó a Servicios Sociales», pensó Pat alarmado. Era una anciana quien tenía en frente, con su abrigo en la mano y una cartera pesada en la otra. Sería fácil burlarla, sacarla del camino.

—Lo siento mucho, soy Paulette —exclamó la viejita visiblemente avergonzada por su reacción—. Soy la enfermera de Marietta. ¿Nos conocemos?

—Soy Patrick —respondió a prudente distancia—. Trabajo en la bodega desde hace poco.

Paulette sonrió y dejó su chaqueta sobre una de las sillas vacías. También se quitó un sombrero de lana y quedó al descubierto su cabello blanco tan ensortijado que parecía espuma. Pat le dio una mirada por demás irreverente.

—Un gusto conocerte Patrick —le dijo la anciana y se retiró de la cocina, rumbo al pasillo.

Al verse solo de nuevo, Pat volvió a atiborrarse de comida. Durante el tiempo en que había vivido en la calle, había pasado mucha hambre. Hasta que su hermano lo encontró buscando comida del basurero. Noel le había dado dinero y había podido comprar comida para ambos: galletas saladas, galletas dulces, una soda.

Sí, Noel lo había salvado de morirse de hambre y de frío, pero ¿ahora qué? No podía volver a dormir dentro de esa furgoneta, ¿no? Ahora tenía un techo y comida con el italiano, pero tampoco podía abandonar a su hermano.

Pat tomó una servilleta de papel de sobre la mesa y envolvió un panqueque, haciéndolo rollito. Lo iba a guardar para Noel, para la próxima vez que se vieran. Sería pronto, porque no iba a perderlo ahora que lo había encontrado.

***

Nunca le había gustado la nieve; se convertía en barro frío y se le metía dentro de los botines gastados.  Noel caminaba sorteando charcos helados, con las manos escondidas dentro de la chaqueta de felpa que le había dado su autonombrado hermano menor. Pat estaba salvo del clima y en ese momento era su único consuelo. Siempre tuvo miedo de descubrir que se había muerto congelado dentro de la furgoneta.

El frío intenso ahuyentaba a los clientes, pero a Devan no le importaba. Siempre tenía trabajo para sus cachorros. En efecto, Noel iba camino a su cita con la dirección apuntada en una orilla de papel periódico y la idea de morirse de frío en plena calle lo seducía. Iba a encontrarse con su Amo y el único que se mostraba animado por ello era Devan.

Su Amo y su chulo eran socios, pero no se toleraban. Sin embargo, a Devan le gustaba ayudarlo a prepararse para las sesiones con Tin Man. Él mismo le ponía el collar de perro que tenía que usar. Era de cuero áspero, contaba con tres argollas y tenía una placa con su nombre de mascota. Sólo para machacar su vapuleado orgullo, lo obligaba a gatear por el departamento, con el collar puesto y nada más.

Sí, era humillante, pero con Devan había límites. Con Tin Man, en cambio, nunca se sabía.

Noel temblaba y no precisamente de frío. A su alrededor, la gente iba y venía en todas las direcciones, envueltos en capas de ropa y con bolsas de regalos en las manos. Era cierto, las festividades de fin de año estaban cerca. El muchacho se detuvo junto con ellos, en un cruce peatonal. El sonido de las argollas de su collar y los grilletes de sus extremidades se vieron acallados por el ruido de la gente conversando. Faltaban unas cuadras según sus cálculos y extrañaba su chaqueta de cuero. El chico se encogió dentro de sus propias prendas y hasta le pareció sentir el calor que los demás peatones emanaban. Por fin, las luces cambiaron y todos cruzaron a prisa, quejándose del frío.

Noel levantó el rostro para cerciorarse que estaba en el rumbo correcto y cayó en la cuenta de que el apartamento de Luka quedaba cerca. Seguramente el fotógrafo andaba por ahí, cenando en alguno de esos restaurantes repletos hasta el tope, con alguna modelo famosa como había dicho Jade. ¿Por qué creerle, si siempre mentía?

«No, olvídate de eso», lo regañó una de las voces en su mente. «Tu Amo te está esperando».

Cuando había tenido su primera cita con Tin Man, no se imaginó lo que le esperaba. De aquella vez podía recordar que había caminado bastante, porque no conocía la zona.

Devan le dio una dirección que lo llevó a la puerta de un hotel distinto a los que solía visitar. Noel sintió miedo de entrar, pero cuando lo hizo, una mujer de detrás de un escritorio abandonó su puesto, alarmada. Ella lo abordó y llevó a prisa hacia dentro del edificio, lejos de los ojos de los presentes, que lo miraban extrañados.

—Tienes que entrar por la puerta de atrás. Ya todos te vieron —le reprochó—. Esta es tu entrada, ¿entendiste?

Noel asintió nervioso porque no sabía qué había hecho mal. Un sujeto con traje salió de una oficina y enseguida cambió de manos. La mujer lo empujó contra el recién llegado y este lo arrastró hacia un elevador despintado.

—¿Acabas de llegar? —le preguntó el adulto. Noel asintió. 

No hubo más conversación. El sujeto lo condujo hasta una habitación y se retiró en silencio. 

La puerta se abrió y Noel ingresó cabizbajo. Era la primera vez que pisaba un lugar tan elegante y sabía que iba a ver a un cliente, pero no tenía idea de quién era. Quien lo recibió en la entrada lo tomó de la barbilla y lo forzó a que lo mirara a la cara. En ese entonces, le sorprendió ver que era muy alto y con el cabello blanco como el de un anciano. 

El cliente le acarició los labios con el pulgar, ensañándose especialmente con el inferior, más carnoso que su par. El dedo gordo pronto venció la pared de dientes e ingresó a la húmeda cavidad con un suspiro hondo. 

Noel tensó el cuerpo ante semejante invasión y pudo ver en los ojos grises del desconocido, el vendaval de lujuria que los recorría. Para cuando consiguió insertar el dedo índice dentro de su boca, se dio cuenta de que acababa de colocarle una píldora sobre la lengua. 

—Trágalo —le ordenó el cliente con voz suave pero firme.

El pánico no lo ayudó a completar la orden y le provocó arcadas.

—Shh. Tranquilo. Ahora trágalo. insistió el sujeto de pelo blanco.

Esta vez Noel lo consiguió.

—Buen chicocontinuó el cliente revolviéndole el cabello, complacido—. Ahora quítate todo.

El desconocido retrocedió para darle espacio, pero no dejó de observarlo mientras se despojaba de sus prendas. Un momento después, regresó a su lado con un collar para perro y se lo ajustó en el cuello.

—Te queda bien.—le ordenó y retrocedió unos pasos. Ahora siéntate.

Noel no se atrevió a desobedecer y se sentó en el suelo.

—No, así no, cachorro inútille regañó aquel sujeto enojado—. Ven hacia mí, gatea. 

De nuevo Noel tuvo que obedecer, más asustado que confundido. 

—Buen chico —sentenció el albino dándole palmadas en la cabeza—. Cuando termine contigo vas a ser una buena mascota. 

 

No, lo último que Noel deseaba era acudir a su cita con Tin Man, sobre todo cuando había elegido un lugar distinto. Este hotel era mucho más discreto que el anterior y el vestíbulo, afortunadamente, se encontraba vacío cuando llegó. El dependiente tras el mostrador lo abordó enseguida y Noel retrocedió intimidado. El sujeto le hizo una señal para que lo siguiera, le señaló el elevador de servicio y le indicó el número de cuarto, en el octavo piso.

Noel deambuló por el pasillo desolado con el sonido de las argollas de su collar como única compañía. Su amo alquilaba el piso entero, se había dado cuenta de ello hacía poco tiempo. La puerta de la habitación esperaba abierta. Una vez dentro, se quitó la ropa sin perder un segundo y se arrodilló en el suelo como un perro amaestrado.

—Ven —. El sonido de su voz le erizaba la piel.

Obedeció en el silencio de siempre. Sólo las argollas que llevaba puestas hicieron ruido mientras avanzaba.

—¿Acaso no estás feliz de ver a tu Amo? —Sentado sobre la cama, Tin Man sostenía entre sus dedos un látigo delgado.

Woof —respondió Noel sin mirarlo de frente. No tenía permitido hacerlo.

—¿Es eso cierto? —El látigo le acarició una mejilla, como dibujándole un pómulo—.Entonces mueve la cola, estás feliz de verme.

Obedeció y hasta sacó la lengua como lo haría un cachorro entusiasmado.

—Siéntate.

Noel bajó las caderas e irguió la espalda, con las manos frente a sus rodillas apoyadas en el suelo. El proceso de lucir como una mascota obediente estaba por empezar.

Primero, le colocaba los guantes de cuero duro. Tenía que hacer un puño y luego su amo aseguraba el guante con unas correas alrededor de sus muñecas. No podía mover los dedos y siempre se le acalambraban las manos.

Paso siguiente, las orejas de perro. En una de las primeras sesiones, había intentado ponerle una máscara del mismo material que los guantes. Le cubría toda la cabeza y tenía orejas, un hocico con mordaza incluida. Apenas se la hubo colocado, Noel entró en pánico porque le asfixiaba. Se sacudió en el suelo y hasta intentó salir corriendo. Su Amo no vio con buenos ojos semejante desobediencia y luego de castigarlo con dureza, decidió retirarle la máscara. Quería ver el rostro de su mascota en todo momento, le dijo aquella vez. Así que sólo le colocaba las orejas, que ajustaba con una correa sobre su cráneo y un bozal con mordaza.

La última pieza era la cola. La mascota apoyó el rostro sobre sus manos, con las caderas erguidas, mientras que su amo esparcía lubricante sobre la parte de plástico que iba a ingresar en su cuerpo. Noel no hacía ningún sonido y relajaba sus músculos para darle paso al objeto ajeno que ingresó con agonizante paciencia. Su Amo disfrutaba la labor de asegurarse que estuviera bien puesto.

Acto seguido, tomó una correa de cuero y la enganchó al collar.

—Camina.

Entrenado como estaba, se desplazó por la habitación siguiendo el paso de su Amo. Dieron una vuelta por el espacio reducido que ocupaban y luego se dirigieron hacia la puerta. No, Noel no quería salir, y se resistió a abandonar la pieza. La idea de que alguien pudiera aparecer por el corredor y verlo en ese estado le provocó nauseas.

Tin Man no reparó en sus deseos. Condujo a su mascota por la alfombra áspera, hasta el final del pasillo, donde una puerta de vidrio empañado daba a un balcón. Noel intentó resistirse apenas sintió el viento frío de diciembre golpeándolo con fuerza.

—Toto, siéntate

Obedeció, aunque lo único que deseaba era encogerse en el suelo. Desnudo como estaba, arqueó la espalda escondiendo su rostro, porque de tanto tiritar se le iban a zafar los huesos. Su amo resopló al verlo y lo condujo hacia una esquina del balcón, donde yacían unos paños para que las mascotas fueran al baño.

—Te saqué para que orines. Date prisa, hazlo como te indiqué.

Avergonzado de sí mismo, Noel levantó la pierna y la apoyó contra la baranda del balcón. Tenía un problema, carecía de deseos en ese momento. Temblando de miedo, se acurrucó en el suelo en la posición más sumisa que pudo suplicando a su Amo que lo perdonara, pero  recibió un puntapié en las costillas como respuesta.

—Pronto, hazlo. —El demente de Tin Man no estaba complacido y se lo dejó saber tirando de su correa con ira—. No vas a entrar hasta que hayas terminado.

Tin Man se agachó a su altura, lo tomó de la nuca y le apretó el rostro contra el suelo. Noel sollozó como respuesta; sabía que las probabilidades de pasar la noche, en la más cruel intemperie eran muy altas.  Hizo lo que no debía, pero estaba desesperado. Enroscó sus brazos alrededor de la pierna del Amo y frotó su rostro contra su zapato.

Su Amo no estaba complacido y Noel conocía bien las consecuencias. La mascota huyó de su lado y como castigo recibió un par de puntapiés. Tin Man ató su correa contra la baranda del balcón y le advirtió que no entraría hasta haberle obedecido. Luego se dio la vuelta satisfecho y regresó a la calidez del pasillo, dejando a su mascota temblando, atado a la reja.

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