Capítulo 3

El sonido de su voz tenía un marcado tono a regaño. Pat retrocedió dentro de la absoluta oscuridad y dejó a un lado un trozo grande de concreto para defenderse de los intrusos.

Dentro de la furgoneta destartalada hacía menos frío que en la calle. Rescataron frazadas de mudanza de un basurero y tapizaron el interior de metal. Pat encendió otra linterna a baterías y por fin se pudieron distinguir en la oscuridad.

—También me da gusto verte —lo saludó Noel frotándose las manos para entrar en calor.

—Pensé que no ibas a venir —le confesó al oído. Y no se contuvo. Lo abrazó con todas sus fuerzas, deseando trasmitirle el calor de su cuerpo.

Pat estuvo muy preocupado por su hermano mayor, no lo veía desde la noche anterior y estaba a punto de volverse loco. A veces le parecía que a Noel no le importaban sus palabras. Sólo se dejaba abrazar, se dejaba tocar, pero nunca decía nada. Como ahora, que apenas lo liberaba de sus brazos y le tendía un puñado de billetes para que se los guardara.

Patrick escondió el dinero dentro de su camisa de felpa a cuadritos. Él era el banco, así bromeaba con ese tonto de Noel. Siendo el hermano menor, tenía que guardar el dinero para que no se lo quitara ese cabrón de Devan.

—Mira lo que conseguí —animadísimo, Pat cambió el tema y alumbró el camino hacia un paquete de galletas saladas y una lata de soda de naranja.

—¿Y eso?—Noel tomó las galletas y se las metió a la boca, casi con desesperación.

—Pues, nada, un regalo para ti. — Por lo visto, ese hijo de puta de Devan seguía matándolo de hambre, pensó Pat y se puso la linterna en la boca. La carne pálida de sus mejillas se iluminó desde dentro. —Ya que estas aquí, ¿qué tal una historia de terror?

—Mejor dime, ¿quién te hizo eso en la cara? —Noel ni terminó de hablar y se metió otro puñado de galletas a la boca.

—No es nada. Un empleado de una tienda me pegó y yo también le pegué y ya. —respondió el menor de los dos —Mejor te cuento lo que soñé anoche.

—Mejor dime porqué te pegó—insistió el intenso de Noel.

Pat apretó los labios, suspiró hondo. ¿Por qué carajo tenía que ser tan terco? Le había dicho que no era nada y tenía que insistir. Lo iba a mandar a callar, pero antes de que pudiera hacerlo, escucharon ruidos en el callejón.

Enseguida Patrick apagó la linterna y se quedaron en silencio. Casi ni respiraban. Seguro no era nada, pero el cobarde de Noel se había puesto nervioso. Pensaba que alguien iba a venir a atacarlos y eso. ¿Acaso no sabía que estaba preparado para hacerle frente a lo que fuera?  Ya se lo había dicho, tenía un trozo de concreto a la mano, para defenderlos.

Nada iba a pasar, seguro era alguna rata hurgando en el basurero, tal vez un gato, pero bueno. Quizá así Noel se olvidaba del asunto de su labio partido y lo dejaba en paz.

— ¿Entonces, me vas a decir o no, Pat? —Aguardaron un poco más y, como no hubo más amenaza, Noel volvió a la carga.

Necesitaba saberlo, si el pequeño rubio se ponía a pelear en la calle, iba a arruinarlo todo. Nadie sabía que lo escondía en esa furgoneta y Jade andaba husmeando. Le había mencionado que sabía que ocultaba algo y Noel estaba seguro de que alardeaba, pero no quería tomar riesgos innecesarios. Escuchó a Pat gruñir. Seguro ahora se iba a poner rabioso, cuando un momento antes estuvo de lo más contento. Así era él, cambiaba de estado de ánimo a la velocidad de un pestañeo.

—¡Oye! ¿Qué carajo quieres qué te diga? Si tú andas todo hecho mierda siempre. El otro día ni podías caminar, Noel. Me dijiste que el cabrón de Devan te pegó, así que no me vengas a regañar a mí. ¡Mierda!

Noel siguió llenándose la cara con las galletas, en lugar de prestarle atención. Pat se enojaba por cualquier cosa, pero estaba acostumbrado a ese tipo de reacciones. Las vivía a diario con Jade y con Devan.  El rubio quería cambiarle el tema, quizás era buena idea hacerlo. No quería desperdiciar peleando el tiempo que pasaba con él.

—¡Ahora no dices nada! ¿No? ¿Hasta cuándo vas a dejar que el puto de Devan te haga esto, Noel? Te va a matar un día y tú no haces ni mierda. Yo lo voy a ir a buscar a ese cabrón y lo voy a matar. Déjame que lo encuentre y vas a ver…

De la rabia que sentía, Pat se mordió el labio y le brotaron gotitas de sangre. Noel dejó de masticar, se limpió la cara con la manga y llevó su mano al labio maltrecho de Pat.

—Si te muerdes no va a sanar. Pat, deja eso.

—¡No me toques! ¡No quiero que me toques si estuviste por ahí follando con cualquiera!

El rubio le lanzó un manotazo y hasta le dio un empujón en un ataque de rabia fugaz. Noel lo miró con tristeza. ¿Por qué tenía qué decirle eso? Si alguien más lo hacía no importaba, pero en la boca de Pat esas palabras dolían.

Noel se sacudió las migajas que cayeron sobre su chaqueta vieja y se dispuso a marcharse. Era lo mejor, si el rubio estaba así de enojado, no quería quedarse a gozarlo.

—¿Ya te vas Noel?  Acabas de llegar y… ¿Sabes qué? Mejor me largo, este lugar apesta.

—¿Y a dónde irás a esta hora? Ningún albergue está abierto, afuera hace frío.

—¡No te importa, Noel! ¡Ya déjame tranquilo, no soy tu puta mascota! Me sé cuidar solo, no me tienes que decir qué hacer. Me regreso a la calle y no te preocupes, no te voy a quitar a tus clientes. —Pat lo dijo con toda su mala intención. En ese momento solamente podía concebir el modo en que hacerle más daño—. A esos pervertidos te los puedes quedar tú. Es más, aquí tienes tu cochino dinero.

Noel le dio una mirada a los poquitos billetes que cayeron en medio de ambos, pero no los tomó. Pat podía rabiar todo lo que quería, pero ambos sabían que no iba a ir a ningún lado.

—Mañana puedes ir a un albergue—Noel suspiró hondo—. Pero tienes que ir temprano si quieres que te den comida. No te pongas así, toma el dinero que te di y guárdalo para después…

—Oye, tú mejor cállate. ¿Quién carajo eres tú para darme órdenes?

—Tú dijiste que soy tu hermano mayor. ¿No? Es mi trabajo, creo —le contestó Noel, tranquilamente.

—Eres mi hermano mayor y un idiota, Noel. Además, estás temblando de frío. —De entre la ropa que tenía en una bolsa de lona, Pat obtuvo una chaqueta de felpa igual a la que él usaba, y se la dio—. Toma, póntelo.

Lo dijo con tanta autoridad que Noel obedeció sin chistar, a pesar que le llevaba dos años de edad. Patrick, de catorce años, sonrió satisfecho. Parecía que la rabieta se le había pasado.

—Noel, quiero que te quedes conmigo, a dormir…

—No se puede —replicó el cachorro y con ello la paz acababa de terminar.

Pat odiaba que le llevaran la contraria, pero no había remedio. No podía quedarse con él.

—Aunque sea una noche, Noel. No quiero estar solo con las ratas. No es justo, nunca te quedas, nunca te veo. Siempre estás ahí con ese Devan…

Iba a pedirle que no lo mencionara. En ese rincón escondido, era el único lugar donde se sentía a salvo. Tranquilidad escasa y momentánea, porque terminaba regresando a su lado cada noche, como perro a su dueño.

—Dale, promételo, y por Devan no te preocupes. Nos largamos y no nos van a encontrar. Estuve viendo la ruta del tren y si juntamos dinero para el pasaje y… Mira… tengo un mapa, lo tomé de la estación. Podemos tomar el tren hasta la última ciudad que es… Te lo juro que nadie nos va a encontrar.

Pat le estaba pidiendo que hiciera una promesa destinada a romperse. No se podía quedar, no podía dejar que nadie se enterara de su existencia. El rubio no tenía idea de cuánto estaba en juego.

—No es tan fácil como suena—fue la respuesta tajante de parte de Noel. No servía de nada alimentar ilusiones.

—Oye, te estoy dando una solución. ¿Acaso hablo mierda? ¿Qué crees? ¿Qué como soy menor que tú no sé nada del mundo?

—Pat, no hagas esto.

—¡Oye no! Tú no tienes una puta idea de todo lo que he tenido que pasar para llegar hasta aquí. Todo por encontrarte, Noel. ¿Sabes qué? ¡Me largo!—anunció el rubio mientras le arrollaba para salir de la furgoneta.

Patrick no llegó muy lejos, apenas si bajó los pies a la nieve sucia, rabiando todavía, cuando notó que en la entrada del callejón se dibujaba una silueta. Masculló una grosería, mientras retrocedía para buscar con qué defenderse del intruso.

Buscó el pedazo de concreto, pero fue Noel quien llegó al rescate saltando delante de él. Le dio un empujón que lo hizo aterrizar dentro de la furgoneta y no le dio tiempo a protestar. Alcanzó a escuchar la voz gangosa del desconocido, empapada de un acento particular.

—Aquí andabas, gatito. Ya sabía que te vi meterte por acá. ¿Qué haces aquí?

Noel salió al encarar a la última persona con la que quería encontrarse. Brill era uno de los tantos que trabajaban para Devan. El taxista era uno de sus clientes regulares y no tenía tiempo para lidiar con él, cuando Pat andaba furibundo.

—¿No tienes trabajo por hacer?—Brill se relamió los labios mientras lo agarraba de los hombros—. A Devan no le va a gustar enterarse de que andas escondiéndote para no trabajar.

—No me importa lo que le digas, ya me voy.

No, no iba a ningún lado. Noel intentó zafarse de las manos del taxista, pero este tenía otros planes. No era buena idea hacerlo enojar, pero tenía que alejarlo lo más posible de donde Pat se escondía.

—No me provoques, gatito —Brill lo estrelló contra la pared del callejón y sus labios gruesos le mordisquearon la oreja—. Ya sabes lo que dicen, no se juega con fuego porque te puedes quemar. Ahora pórtate bien como ya sabes y haz tu trabajo.

El mocoso le acababa de poner la entrepierna tan dura como la pared contra la que lo tenía arrimado. Necesitaba atención urgente, porque si no lo hacía le iba a reventar el pantalón. Además, el puto ocultaba algo, no solía ser tan insolente. Si conseguía averiguarlo, iba a tener al gatito de rodillas y chupándosela cada vez que a él le diera la gana.

—El dinero primero.

Fue la respuesta del mocoso. Así que poniéndose difícil, ¿no? Bueno, le estaba teniendo paciencia, lo estaba tratando bonito y así se portaba ese gato callejero. El pantalón desabrochado, la bragueta abierta, ahora nomás faltaba que el mocoso se arrodillara frente a él y se la mamara como solo él sabía hacerlo. Devan lo tenía bien entrenado.

—Verás, estoy un poco corto de plata ahora y ya nos conocemos de tiempo. ¿No? Ya tenemos confianza.

—Devan…

—No se va a enterar de nada, ahora empieza a mamar —vociferó y en todo el callejón se escuchó su voz, fuerte y claro.

No iba a negar que le gustaba cuando se ponía así. Se resistía el cabrón y tuvo que forzarlo a agacharse agarrándolo del pelo. El puto sabía hacer su trabajo; primero usaba la lengua, despacio la pasaba y repasaba sobre su carne caliente, luego la metía dentro de su boca. Podía quedarse así todo el tiempo y luego, correrse en su garganta. La sola idea lo calentó mucho más; le apretó la cabeza con más fuerza, ahora gemía el condenado.

—Sigue así, gatito —Estaba follándole la cara y los sonidos que hacía el mocoso iban a volverlo loco. Contra el muro, como un taladro, casi no podía contenerse.

Brill susurraba ese sobrenombre y hacía que se erizara como un gato de verdad. Le había puesto ese apodo la primera vez que lo había visto. En aquella oportunidad, acababa de escapársele a Devan y no sabía hacia donde correr. Terminó perdiéndose en el laberinto de calles para terminar escondido en un garaje de taxis. Pensó que nadie lo había visto escurriéndose entre los autos estacionados, pero estaba muy equivocado.

Brill salió de su taxi y lo reconoció de inmediato. El cachorro que se le escapó a Devan, le dijo, Al escuchar el nombre de Devan, Noel se escurrió debajo de un auto apenas se vio descubierto.

Lo amenazó con sacarlo a palos, le dijo que tarde o temprano tenía que salir, pero que si lo hacía por las buenas le iba a dar de comer. Noel no le creyó una palabra y Brill perdió la paciencia. Con una manguera para lavar los autos, lo sacó de su escondite a punta de agua fría. Entonces tuvo que rendirse, empapado, dolorido y agotado.

Una vez que Brill lo tuvo en sus manos, lo encerró en la cajuela de su taxi y lo llevó derechito donde Devan. Encontré tu gatito extraviado, le dijo al chulo.

Noel regresó a su realidad en ese callejón maloliente. De pronto le era difícil continuar con lo que estaba haciendo. Trató de quitárselo de encima, mientras que la saliva y el semen se le escurrían por la barbilla.

—¿Por qué mierda dejaste de mamarla? No me vas a dejar así. ¿Qué te habrás creído, gatito?

—No me llames así. —Fue tan solo un susurro que no llegó a los oídos de Brill, sino que se perdió en el ruido de la calle.

El taxista tenía otros planes. Lo empujó contra el muro oloroso a orines y le apretó la cabeza con fuerza. Noel intentó pelear contra las manos que buscaban soltarle los pantalones sin poder detenerlas.

—¿Qué va a decir Devan cuándo le diga que estás holgazaneando? ¿Ah? No le va a gustar.

Apretado contra la pared, Noel trataba de zafarse y logró girar hacia Brill, quien no esperaba tanta resistencia. El taxista le pegó en la cara y lo hizo reaccionar. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué no dejaba que se lo hiciera ahí en la calle como otras veces, con otra gente?

Pat está presente, una voz dentro de su cabeza sonó alarmada.

—¿Qué pasó Miau-Miau? ¿Quieres que sea rudo contigo? ¿Ah? Te gusta que te traten mal.

Detestaba esos sobrenombres más que a sí mismo. Gruñó como un gato rabioso y volvió a la carga. La lucha fue breve. Brill, siendo más alto y fornido, terminó estrellándolo contra la pared. Noel gimió apenas y sintió que las luces se le apagaban.

—Deja de resistirte, puto, y compórtate como un gatito bueno.

Noel se quedó inmóvil, a pesar de que las voces en su mente le gritaban que huyera. El taxista le apretó la cara para que lo mirara bien. Noel agachó la cabeza, contrayéndose contra la pared, cuando sintió la mano de Brill masturbándolo con brusquedad. Apretó los puños de su chaqueta y se mordió los labios para aguantar el dolor. Brill le sonrió y lo tomó del hombro para hacerlo girar contra la pared. Pero antes de que pudiera conseguirlo, Pat apareció a espaldas del taxista.

Sucedió muy rápido. De pronto, Brill se desplomó y Noel pudo ver que Patrick sostenía un pedazo de concreto. Los ojos ambarinos le brillaban de ira. Tras un breve silencio, ambos chicos reaccionaron y se arrodillaron al lado del cuerpo inerte.

—¿Crees que está muerto?—preguntó Pat con genuina curiosidad.

—No, no sé.

Patrick levantó el concreto, listo para pegarle otro golpe.

—Deja eso, ¿qué has hecho?—Noel no salía de la sorpresa y ahora tenía que procurar que el rubio no acabara de matar a Brill.

—Le di en la cabeza, Noel. De nada —explotó el rubio en tono sarcástico—. Ponte la ropa.

Noel acabó de ponerse los pantalones, pero Brill aún no se movía. No estaba muerto, pero si lo dejaba solo con Pat no iba a durar mucho.

—¡No iba a dejar que te hiciera nada!—Pat estaba enojado y la voz se le quebraba.

—Pat, tenemos que sacarlo de aquí.

—No, Noel, no. ¡Te estaba haciendo daño, no creas que no los escuché!

—No entiendes, Patrick, esto nos va a traer problemas. Cuando despierte…

—Eso no va a pasar…—el rubio levantó el concreto con ambas manos—… si le reviento la cabeza.

—Deja eso—Noel intentó quitarle el arma de entre las manos, pero parecía pegada a su piel—. Tenemos que sacarlo de aquí, llevarlo a su auto. Debe estar estacionado por ahí.

Intentó levantarlo, pero Brill era peso muerto y con los nervios encima no podía solo. Pat no soltaba el trozo de asfalto y parecía que esperaba un descuido para acabar con el taxista.

Sucedió lo que temían, Brill empezó a moverse y seguro despertaría en cualquier momento.

— ¡Carajo, Noel! Déjame que termine con ese cabrón, no te va a volver a tocar—Pat levantó el concreto que tenía apoyado contra su pecho.

—Vete, Patrick, antes de que se despierte.

—¿A dónde carajo quieres que vaya?

—No sé, pero no te puedes quedar aquí. Un albergue, busca uno, el que te dije que queda entre la calle…

El taxista se retorció y Pat se levantó primero. Noel lo vio correr hacia la furgoneta, tomó su bolsa de lona y escapó por el callejón, sin mirar atrás. Entonces hizo lo mismo apenas unos segundos después de que el rubio desapareciera de su vista. No era la forma en que quería decirle adiós, pero su refugio ya no era un lugar seguro.

Noel estaba de suerte, no quedaba gente en la calle que pudiera delatarlo. Tan sólo el grupo de mujeres que conocía como El Gallinero. Allí iban ellas, con sus tacones resbalando sobre la acera cubierta de hielo y ataviadas como gallinas, con vestidos de colores y sacos abultados. Nadie se cruzaba en el camino de las viejas del Gallinero y salía bien librado. Incluso Jade se iba con cuidado alrededor de esa pequeña turba ruidosa.

El cachorro prefería evitar todo contacto con esas mujeres, quien en grupo encontraban ventaja. Ya las había visto arrinconar y darle una paliza a una foránea que se atrevió a hacerles la competencia, la semana anterior. Al verlas acercarse, empezó a extrañar a la única persona que podía salvarlo de las del Gallinero.

La conocían como Melva, tenía cerca de sesenta años y decía que la nombraron en honor a una copa de helado. Todos la conocían y sabían que se hacía respetar en esos vecindarios. Jade la odiaba y la evitaba como a la peste, porque había tenido la mala cabeza de desafiarla abiertamente.

Sucedió años atrás. Jade llamó a Melva vieja horrenda y terminó muy mal. Pero la segunda vez, porque hubo segunda, cuando iba con Jade a hacer un encargo de Devan. Noel no recordaba la razón, pero Jade le pegó en la nariz y lo hizo llorar. Melva y su Gallinero lo vieron todo y llegaron cacareando en conjunto. Siendo la más alta, la más vieja, la más aguerrida de todas y la que ya le tenía rencor a Jade, le propinó una bofetada que lo hizo rodar por la acera.

—A ver, pégale de nuevo al chiquito, atrévete y vas a ver—le dijo a Jade son su fuerte acento irlandés.

El cabello rojo alborotado de Melva, parecía una corona de fuego y Jade no se atrevió a responder. Las gallinas reventaron en risas y Melva en persona lo ayudó a levantarse.

—Ese abusivo no te va a molestar más. Si lo hace me avisas —gritó para que en su huida Jade la oyera.

Melva fue la única persona que, en toda su vida miserable, se había dignado a defenderlo. Fue tan sólo una vez y Noel nunca había podido olvidarlo. Ella era la única que lo llamaba por su nombre y cuando la noche iba lenta y lo veía dar vueltas todo magullado, lo llamaba a su lado. Melva, la enorme abuela con cresta de gallo e igual carácter, le preguntaba si le dieron de cenar. La respuesta era siempre que no y Noel no se atrevía a mentirle. Entonces ella sacaba uno que otro billetito de su enorme pecho adornado con cuentas de colores y se lo daba en la mano, aún tibio.

—Cómprate algo y que no sean golosinas. —Y le sonreía con sus labios tan encendidos como su cabello.

Ella no quería que ni nombraran a Devan en su presencia y le daba mucha lástima la situación de esos cachorros porque sabía que no podía hacer nada por ellos. También sabía de la existencia de otros más, bajo el cuidado de Devan, porque los había visto pasar por esas calles. Melva no aceptaba en su grupo a menores de edad y en una ocasión llegó a sus manos una chica de trece años. La encontraron buscando comida en los basureros y Noel lo supo porque estaba haciendo lo mismo que ella. Melva se encargó de desaparecerla antes de que alguien más la encontrara. Si tan sólo ella hubiera estado presente, seguro le ayudaba a esconder a Pat.

Melva desapareció un día. El gallinero la lloró y hasta quisieron pasear su ataúd vacío por las calles que ella recorría desde hacía décadas.

«No tenemos ni donde llorarla» se quejaron las otras mujeres cuando determinaron que no iban a verla más.

Jade se puso contento con la noticia. «Por fin se murió esa vieja horrenda» decía. «Seguro que fueron los chinos, ella tenía negocios con ellos».

Los rumores acerca de la desaparición de Melva se evaporaron a las dos semanas.  Todos volvieron a sus asuntos y el Gallinero se terminó por diluir. Las que quedaron convirtieron el grupo en anarquía y patrullaban las calles, amedrentando a todas las novatas desprevenidas. Melva nunca lo habría permitido, ella siempre cuidaba de todas las putas de la zona, desde las más jóvenes, hasta sus casi contemporáneas.

A Noel le hacía falta verla a esas horas; subida en sus tacones, con los vestidos ajustados a sus carnes flojas, su rostro ajado por los años, pero siempre muy maquillado. Pero extrañaba aún más ver la llamarada que Melva tenía por cabellera. El cachorro le dio una mirada al montón de mujeres que pasó a su lado, pero el grupo bastante reducido sin su fundadora presente terminó por ignorarlo.

El golpe de suerte no le iba a durar, así que se alejó de ellas lo más rápido que pudo y regresó a casa, como perro bien adiestrado.

Devan fumaba sentado en su silla, frente al televisor encendido. Noel se le acercó con la cabeza gacha, el rabo entre las piernas y dejó que le arrebatara el dinero. Procedió a desvestirse como parte de la rutina, mientras pensaba cómo decirle que no había tenido muchos clientes. No había hecho dinero suficiente para tenerlo contento y ahora Devan lo iba a matar, de eso estaba seguro.

—Si vas a empezar a traer esta mierda, sabes lo que te va a pasar.— Una bofetada primero y luego le atrapó la cara con una mano—Te voy a meter a ese cuarto y de ahí no sales más.

Sí, sus palabras tuvieron el efecto deseado, el cachorro tembló completo e intentó darle excusas, pero Devan no estaba escuchando. A esas alturas de su vida, sabía bien que sus amenazas se terminaban cumpliendo.

No quería regresar a aquel tiempo de encierro en la habitación que le había asignado para entrenarlo para que fuera una buena puta. Los clientes entraban y salían, no tenía idea del tiempo, si era de noche o ya había amanecido. Cuando Devan decidió que estaba listo, lo dejó salir y le advirtió que no tratara de escapar. Pero nadie podía culparlo por intentarlo. Noel trató de huir apenas pudo y no llegó lejos. Fue cuando descubrió que en ese mundo, en el que estaba refundido, todos estaban del lado de Devan.

Luego de la paliza más grande de su corta vida, regresó a esa habitación. En ese momento, no supo si iba a sobrevivir. Los meses siguientes los pasó amarrado a la cama y tenía cicatrices en las muñecas como recuerdo.

—No me importa a quien le des el culo, no me vuelves a traer esta porquería. —Con la mano libre, Devan le sujetó la garganta apretando con todas sus fuerzas—. ¿Qué carajo estás esperando?

Con una sola mano, Noel encontró la bragueta del pantalón de Devan y la bajó lo más rápido que pudo. Hurgó dentro de la tela y tomó la erección que lo esperaba.

Devan aumentó la presión y Noel sintió que le iba a romper el cuello. No dejó de frotarlo, aunque con dificultad, porque tenía que hacer que se corriera para que lo soltara. Un par de lágrimas se resbalaron por sus mejillas magulladas y hasta sintió que sus pies abandonaban en el suelo. Empezó a desesperarse. No podía respirar, pero resistirse nunca daba buenos resultados.

—¿Vas a chillar como una perra? Yo te voy a dar motivos para llorar, puto de mierda.

—Por…fav…Dev…

—Si no vas a servir para puta, te voy a sacar los ojos. Pagan bien por ellos.

Devan hacía lo que fuera por dinero y si tenía que vender a sus cachorros por partes, lo haría sin reparo. Quizá en esta oportunidad, sí iba matarlo, pensó Noel. La presión no disminuía y casi no le quedaba aire en los pulmones. La mano se le humedeció y Devan lo dejó caer al suelo de rodillas. Noel tosió apenas para no acabar de morirse y le dio un par de lamidas al miembro que reclamaba atención.

Escuchó a su chulo resoplar complacido; se iba a correr pronto, por el modo en que lo agarraba del pelo para introducir todo su miembro dentro de su boca. Noel levantó los ojos hacia Devan, mirándolo cuando se la estaba chupando. Era así como le gustaba.

Devan aceleró el ritmo de sus caderas y con un gruñido profundo se corrió dentro de su boca. Cuando terminó, el cachorro lo dejó limpio de todo rastro de semen y se retiró lo más que pudo para toser a su gusto.

Noel se encogió en el suelo, intentando recuperar el aliento perdido y Devan fue al refrigerador por una cerveza. No acababa de regresar a su sitio habitual, cuando Jade hizo su entrada, a toda prisa y subido aún en tacones altos.

—Brill nunca llegó a buscarme —exclamó Jade, acercándose apresurado con el dinero en la mano—. Tuve que tomar un taxi, pero mi cliente pagó, me dio dinero para el taxi.

Otro gruñido de parte de Devan, quien acababa de secarse con la mano la frente sudorosa. Le arrebató el dinero sin quitarle los ojos de encima a Jade. Lo contó y lo desapareció dentro de su ropa.

Jade retrocedió a medio desvestirse, temiendo una represalia. Tuvo suerte y Devan se retiró hacia su habitación. En cambio, Noel se quedó pasmado en el suelo. No acababa de recuperar el aliento y Jade acababa de robárselo de nuevo.

—Brill de mierda —murmuró Jade retrocediendo hacia una de las sillas de la cocina —Menos mal mi cliente me pagó el taxi de regreso. ¿Y a ti qué tal te fue, ah? Como si me importara.

Noel tenía cara de culpabilidad y escondía algo. Nadie más lo habría notado, solo Jade, porque conocía bien a ese idiota. El bicho era un puto libro abierto y se le veía en la cara si algo tramaba. Lo que sea que fuera, se iba a enterar primero que nadie.

—¡Ah! ¿Sabes a quién vi, bicho feo? Te cuento que mi cliente me llevó a cenar. Nunca has visto algo como eso, no sé ni por qué te lo digo. La comida más deliciosa, un buffet. ¿Si sabes qué es? Es un restaurante, donde te ponen así montón de comida y puedes comer de todo. Yo como poquito, porque no quiero engordar y ponerme horrible como tú. Comí un montón de shushi…No tienes idea qué es, no importa. Ya bueno, lo que te iba a contar es que vi a ese tipo el del auto caro.

Definitivamente, algo ocultaba el idiota de Noel, algo jugoso, por el modo en que evitaba mirarlo a los ojos.

—¿Te acuerdas de él? Estaba con una chica, así como yo, bien linda. ¡Qué hombre tan hermoso! Mi cliente dice que es actor de cine. ¿No te dijo a ti nada, bicho? Como te fuiste con él, seguro que cogieron en su auto. ¿No? Para que nadie te vea con él.

Estaba acostumbrado a las palabras hirientes de Jade, pero no esperaba que fuera a mencionarle a Luka. En mala hora lo había hecho, porque no podía dejar de pensar en el fotógrafo. Ahora Jade lo miraba con sus ojos verdes de serpiente. Trató de evadirlo, pero sin querer acababa de darle cuerda.

—¿Te vas a ir y no me vas a contar de ese tipo tan guapo? Me imagino que le diste tanto asco que cerró los ojos todo el tiempo. ¿No? Mira que cuando lo vi, se me quedó mirando también.

— ¿Ah sí? ¿Y te preguntó por mí? No me quieras robar los clientes, Jade.

No debió decirlo, porque jugar con Jade era como jugar como una cobra. Lo agarró del cabello y de un jalón le hizo sonar los huesos del cuello. Se olvidaba a menudo de que a pesar de su apariencia femenina, Jade tenía la fuerza de un hombre. Sin embargo, Noel acababa de ganar, porque le había quitado todas las ganas de seguir burlándose de él.

—Estás mal de la cabeza si crees que te va a preferir a ti antes que a mí. Bicho feo.

—Ya lo hizo Jade. ¿No te acuerdas?

Ahora sí que estaba enojado. El gruñido gutural que brotó de los labios de Jade desentonaba con su apariencia de muñeca. Por fin le soltó y Noel retrocedió lo más que pudo.

—No me provoques, imbécil, que luego te va mal —exclamó el rubio girando sobre sus talones desnudos—. No creas que no sé lo que estás ocultando. No quieres que Devan se entere. ¿No?

Jade estaba alardeando y era obvio por el modo en que lo miraba receloso, esperando una reacción que confirmara sus sospechas. Noel tomó su montón de ropa y se alejó sin darle una respuesta. Jade podía decir lo que le diera la gana, pero no tenía idea de la existencia de Pat y de que no dejaba de pensar en Luka.

Tampoco lo iba a saber.

 

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