Capítulo 7

 

Noel abrió los ojos de golpe y su cuerpo se sobresaltó por reflejo. Despertó en una habitación desconocida y el olor a limpio fue lo primero que percibió. La luz tenue y la suavidad del sofá bajo su cuerpo fue lo siguiente.

—Esta ciudad nunca va a dejar de sorprenderme

Sentado en un sillón frente a él y se encontraba el fotógrafo. En definitiva, estaba soñando.

—¿Qué demonios le pasa a esta gente? Te traje cargado sobre mi hombro por tres cuadras y a nadie le importó.

El sonido de esa voz hizo que su corazón se agitara. Luka miraba al vacío y parecía hundido en sus propias cavilaciones. Además, traía gafas puestas y ahora que lo veía bien, uno de sus ojos tenía un color más oscuro que su par. Debía ser más cuidadoso, porque el fotógrafo lo pescó observándolo. Noel bajó la mirada, avergonzado y Luka dejó sobre la mesita de café el libro que tenía entre las manos.

—Voy a tener que cobrarte la estadía. Cada vez que vienes es a dormir. —Fue una broma y quizá debió reír al terminar, porque el pobre chico palideció tres tonos.

Suspiró hondo y Noel, así se llamaba, se hundió bajo la frazada que le había puesto encima para calentarlo. Cuando lo tuvo en sus brazos lo sintió muy frío y al levantarlo se dio con la sorpresa de que era demasiado liviano. No lo recordaba tan ligero. Claro que apenas quería acordarse de la seudo experiencia que había tenido con un puto de la calle.

Rodó los ojos y se levantó del asiento rumbo a la mini cocina situada detrás de Noel. No la usaba más que para preparar café, de vez en cuando. Usualmente comía en la calle, pero en esa oportunidad tuvo que ordenar algo para alimentar al montón de huesos que lo seguía con ojos de animal asustado.

—Tienes que comer —le anunció tomando una cuchara del cajón.

Sopa en un envase de plástico que al destaparlo dejó escapar el aroma a jengibre y fideos de arroz. No se le había ocurrido nada mejor que ordenar comida china.

Apenas se le acercó vio que el chico bajaba la mirada. Su actitud le pareció tan patética que volvió a rodar los ojos. El mocoso no se atrevía a mirarlo de frente, así que se tuvo que agachar para ponerle el envase en las manos.

Noel no se lo recibió. «¿Ahora quería que le diera de comer en la boquita?», Rezongó Luka para sí mismo.

—No has dicho una palabra desde que despertaste. ¿Te olvidaste de cómo hablar o qué te pasa?

No hubo respuesta y era de esperarse. El chico bajó la cabeza y se encorvó aún más de lo que estaba. Luka resopló fastidiado. Estaba acostumbrado a intimidar a la gente con la peculiaridad de sus ojos, pero no dejaba de incomodarle que el mocoso actuara como si esperara un ataque.

—Come o se va a enfriar.

Noel se contrajo aún más. Parecía que temía por su vida. ¿Acaso pensaba que lo iba a envenenar? Luka bufó, aún más incómodo y con ello consiguió que reaccionara. Vio que el chico tomaba la cuchara que le entregaba con una mano temblorosa.  Se la llevó a la boca cargada de un poco de caldo amarillo y por la expresión de dolor en su rostro, supo que algo andaba mal. El mocoso parecía resignado al suplicio, porque se llevaba otra cucharada a los labios.

—¿Qué tienes en la boca? —tuvo que preguntarle, francamente perturbado.

Pudo ver que Noel se tensaba completo y tragaba saliva visiblemente avergonzado. Acto seguido, lo vio levantar el rostro y abrir la boca. Fue una sorpresa descubrirle un arete en medio de la lengua y una expresión de dolor en los ojos. Luka se repuso y trató de suavizar sus siguientes palabras, porque el mocoso se veía espantado ante su reacción.

—Ya veo. —De haberlo sabido quizá habría ordenado otra cosa—. Bebe la sopa si no puedes comer.

Decidió dejarlo en paz. Parecía que su presencia lo perturbaba. Luka regresó a su silla, tomó el libro que había dejado sobre la mesita y lo abrió distraído.

Noel asintió agradecido y dio otro sorbo largo al caldo tibio. La comida se sentía tan bien en su pobre estómago famélico. Luego de beber un par de tragos más, levantó los ojos tímidamente, esperando no toparse con los de Luka.

Tuvo suerte, porque parecía concentrado leyendo su libro. Al darle una mirada, vio que tenía un empaste verde oscuro, adornos dorados en el lomo y las letras de la portada del mismo color. Al leer el título, casi dio un brinco. El Fantasma de Canterville, repitió en silencioEse libro lo conocía, lo había encontrado refundido en un basurero mientras buscaba algo para comer. Fue un hallazgo afortunado, porque a pesar que se había quedado con hambre, esa noche devoró el libro.

—También he leído esa historia —murmuró Noel ignorando el dolor que sentía—. Es uno de mis favoritos.

«Uno de los primeros que leí completos, a pesar de que le faltaban algunas páginas», quiso decirle, pero no se atrevió.

—Lo compré por impulso. Tenía ganas de leer algo que no estuviera de moda —le respondió Luka sin quitar los ojos de las páginas—. Así que te gusta leer.

—Todo el tiempo —respondió Noel animado, mirando el libro nuevecito, todo completo.

Era verdad, la lectura era su único placer, lo único que lo distraía de su vida miserable. Había rescatado un puñado de libros de incontables basureros. Como toda joya, tenía que esconderlos, para que Devan no se los quitara. Le había dado uno a Pat, para que no se aburriera y porque éste le había exigido que le diera algo suyo.

Esos libros eran su más grande tesoro. Devan le había pescado un par de ellos y los había quemado delante de él, sólo para verlo sufrir. Perderlos le dolió más que la paliza que recibió por «andar perdiendo el tiempo con estupideces».

Ese título que Luka sostenía entre sus manos era uno de aquellos que había perecido en las brasas. Lo extrañaba y quizá algún día pudiera encontrar otro al que no le faltaran páginas. Tan emocionado estaba por el libro, que dejó de comer. No debió descuidarse, porque el fotógrafo parecía asombrado por la minúscula confesión que le había hecho.

No, quizá se enojó porque le acababa de decir que comiera y había dejado de hacerlo. Regresó la mirada al suelo y se dispuso a obedecer. No quería meterse en problemas. Ya tendría suficientes luego, cuando regresara donde Devan.

El fotógrafo cerró el libro, se quitó las gafas y dejó ambos objetos sobre la mesita de café. Tan a su alcance, que Noel se mordió los labios para resistir el impulso de tomar el libro y escapar a toda velocidad. Al darse cuenta de que Luka lo miraba extrañado, regresó los ojos al suelo y siguió comiendo para tratar de vencer la tentación de robárselo.

—Noel, ¿no? Ese es tu nombre.

El mocoso ese sabía leer y le gustaban los libros. No se lo esperaba de un puto de la calle. ¿Quién iba a imaginarlo? Al parecer estaba lleno de sorpresas, lo cual lo llevó a acordarse de un asunto que pretendía olvidar. Luka se rascó la nuca y resopló tan fuerte que casi se quedó sin aire en los pulmones.

—¿Qué hacías por aquí?  No, olvídalo, no me interesa.

No tenía intenciones de involucrarse en asuntos que no eran de su incumbencia y eran obviamente el motivo de su presencia por esos lares. Tampoco esperaba que el mocoso le fuera a responder. Si apenas había levantado el rostro cuando le habló. Definitivamente, había sido una mala idea recogerlo de la calle.

—Por cierto, esto es tuyo —le dijo levantándose de su asiento—. No pude sacarte eso que tienes en el cuello.

Fue un descubrimiento tan inesperado como desagradable. Con cierto pesar tomó los grilletes que le retiró de los brazos y las piernas. Eran de cuero, tenían argollas de metal y estaban tan ajustados que le dejaron marcas rojas en la piel.

—Necesita una llave —respondió el mocoso esquivándole los ojos—. Mi amo la tiene.

Luka se quedó sin palabras ante tal respuesta. Incluso Noel pudo darse cuenta de su malestar. Tan sólo gruñó intentando procesar la información, aunque ya sabía que si trataba de indagar más de lo evidente iba a salir perjudicado.

Tuvo que sentarse, porque no se esperaba tal respuesta. Se dio cuenta de que el chico trataba de comer, pero incluso el caldo ligero parecía lastimarle la boca.  Recordó el frasco de aspirinas que había dejado sobre la mesa mientras esperaba que despertara. Cuando le vio las marcas en la piel, supo que debía estar dolorido.

Luka tomó un par de píldoras y se las tendió. Noel las recibió y se las pasó de un trago.

—Menos mal no era veneno, ni te fijaste en lo que te di.

No era un reproche, sólo le había sorprendido tanto la reacción del mocoso que pensó en voz alta. Ahora Noel agachaba la cabeza, aún más pálido que antes. Carajo, el chico era demasiado sensible, apenas había levantado la voz. No era para que actuara como si lo estuviera amenazando.

—Es aspirina, te va a ayudar con la fiebre y el dolor. —Luka estaba empezando a perder la paciencia.

—Gracias. —Noel intentó ocultar su respuesta tras la sopa que estaba sorbiendo.

—De nada. Dime ¿Qué edad tienes?

No debía continuar con el interrogatorio, pero necesitaba cerciorarse. No le cabía en la cabeza que alguien tan joven estuviera metido en ese asunto de collares y amos.

—La suficiente —fue la respuesta que recibió.

Luka lanzó una risa socarrona y se quedó mirando fijamente al saco de huesos. De acuerdo, se le había acabado la paciencia.

El fotógrafo le clavó sus ojos de distintos colores y tuvo miedo. Estaba enojado, por supuesto, se estaba burlando de él con esa respuesta. Tan sólo actuaba como Devan le decía que hiciera. «Cada vez que te pregunten, tú respondes que tienes suficiente edad para follar. ¿Entendiste? No creas que les importa una mierda. Cuanto más joven, más les gusta así que déjalos que se imaginen tu edad, igual no les importa».

Al cabo de dos segundos, Luka cerró los ojos y cuando los volvió a abrir, se veía mucho más intimidante que antes.

—Te pregunté por tu edad y no me has respondido —insistió, y el tono de su voz no dejaba lugar a confusiones. Estaba furioso.

Pensó en mentirle con descaro, pero no pudo.  Devan lo había entrenado para trabajar entregando sexo a cambio de dinero, no en el arte de la conversación. A sus clientes no les interesaba escuchar lo que él tuviera que decir, sólo usarlo un rato y nada más. Pero Luka era diferente, lo había tratado tan bien, le había dado de comer, le había quitado los grilletes, le había dado un par de aspirinas. El fotógrafo merecía la verdad por lo bueno que estaba siendo con él.

—Creo que tengo diecisiete —le respondió por fin, sacando la cuenta en su mente

—¡Sabía que eras menor de edad! —exclamó Luka llevándose las manos a las sienes como si quisiera contenerlas.

Lo sabía, no debió abrir el hocico, ahora estaba en problemas. Noel dejó el recipiente de comida a un lado y se preparó para lo peor. Seguro le iba a pegar, pero no importaba. Por lo menos se había llenado un poco el estómago y las pastillas que le había dado iban a hacer efecto pronto. De repente, antes de que lo botara de su casa podía robarse ese libro. No, era muy arriesgado. Se encogió contra el sillón esperando los golpes, pero estos no llegaban.

—¿En qué andaba pensando? ¡Carajo! —Vociferó Luka mirando al techo—. Termina de comer para que te puedas ir.

Sí, iba a dejar que se fuera. Había hecho su buena acción del día y se acabó. No podía quedarse con un puto menor de edad metido en su departamento, sentado en su sala. No estaba pensando con la cabeza. En primer lugar, nunca había debido dejar que se subiera a su auto. Tenía diecisiete, ni siquiera la edad legal para beber licor y ya andaba en la calle acostándose con cualquiera que le pagara.

«¡Mi-er-da!», pensó Luka mientras intentaba calmarse. Sí, había encontrado al mocoso en la calle, moribundo. Se le había desplomado encima y no lo iba a dejar ahí tirado sobre la nieve. No supo qué hacer, así que lo llevó a su departamento. No le había hecho nada, sólo lo había dejado sobre el sofá. El chiquillo estaba inconsciente, frío, muy frío. Tuvo que examinarlo para ver si tenía fiebre o algo. Lo que descubrió fue algo para lo que no estaba preparado.

En definitiva, Luka mordió más de lo que podía pasar.

—¿De verdad hay alguien tan enfermo para hacerle esto a otra persona?

Más que una pregunta, era un reproche. Laceraciones en las comisuras de los labios; alguien le había pegado un buen golpe a Noel y le había dejado una cicatriz en el labio. Sin duda el mismo que le había dejado toda esa serie de magulladuras.

—Mírate, tienes los brazos y la espalda toda magullada. —continuó Luka sin poder detener el tren de sus pensamientos.

Ya se imaginaba dando sus declaraciones en la delegación de policía. «Oficial, yo no tuve nada que ver con eso, no le toqué ni un pelo, sólo lo recogí de la calle. Lo llevé a mi casa, porque no pude dejarlo tirado en la nieve». Había tenido que atenderlo, no podía dejarlo en la intemperie, como si fuera un animal moribundo.

Claro que se había metido en un serio problema, porque si al mocoso se le ocurría morirse en su sala, no podría librarse del escándalo. Sobre todo cuando la policía investigara y viera que tenía fotos de Noel guardadas en su estudio.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo sentado ahí? —le gritó al mocoso.

Luka no era ningún ingenuo, sabía que cosas como esas sucedían en el mundo, pero en países muy pobres. Lo veía en televisión y en revistas de actualidad. Quería creer que la inmundicia del mundo se escondía tras fronteras, océanos y kilómetros de distancia; nunca tan cerca, nunca en su ciudad, mirándolo a la cara, sentado frente a él en su sofá, en su propio departamento.

—No lo tomes a mal, pero hay un límite en las cosas que se hacen por dinero.

No pretendía sonar a reproche, pero sinceramente estaba consternado. Además, no quería tener nada que ver con un puto menor de edad. Tampoco iba a sentir pena por él, ya había hecho bastante con no dejarlo morirse como un perro.

—No creo que estés tan desesperado para dejar que alguien te haga…, te haga eso.

Sí, quizá era un iluso. Sin embargo, el chiquillo lo miró con esa expresión desolada y se encorvó hundiéndose sobre su asiento.

Las palabras de Luka quedaron retumbando en su mente y algo en su interior se partió en dos. No sabía bien qué era, pero se empezó a sentir diferente. Noel lo miró con rabia y se levantó con cierta torpeza. Vio que su chaqueta de felpa se quedaba a un lado del sofá, la tomó y con ella envolvió los grilletes que estaban sobre la mesa.

El dolor en todo su cuerpo pasó a segundo plano, una rabia inmensa era lo único que sentía. A veces sucedía, se enojaba con Jade y Devan porque ellos le hacían daño sin remordimiento. Nunca con Pat, no de ese modo, era imposible. Pero Luka acababa de insinuar que todo lo que hacía era por voluntad propia. Esa simple premisa, acababa de herirlo hasta el interior de sus huesos.

«No tiene idea», dijo esa voz en su mente sonando temerosa. La voz rabiosa mandó callar a la voz tenue y lanzó un gruñido de animal.

Devan. Su imagen llegó a su mente y un escalofrío la acompañó. Apenas regresara lo iba a matar a palos, porque no tenía cómo justificar la tardanza. Quizá podía coger algo para vender o robarle dinero. No, además de puto, no se iba a convertir en ladrón. La idea de caer más bajo lo hizo desechar esa posibilidad. Necesitaba pensar en algo, pero estaba demasiado enojado.

Luka no podía creerlo, el mocoso estaba furioso. Hasta se había puesto las gafas para asegurarse de que no estaba viendo visiones. En el rostro de Noel las emociones eran tan visibles que, aunque no hubiera tenido ojos, habría podido percibirlas. Acababa de ofenderse y estuvo tentado de correr por la cámara para sacarle unas tomas.

—¿Qué, ya te vas? Ya veo, tus otros clientes no van a apreciar que llegues tarde. —Sonrió sarcástico. No pudo contenerse, quería ver cómo reaccionaba si lo provocaba un poco más—. De nada por cierto, fue un placer arrastrar tu trasero flacuchento hasta aquí.

Resultó. El mocoso estaba más enojado que antes, seguro hasta se animaba a responder. La cámara, la necesitaba con urgencia.

—Me quedaría, pero estoy desesperado por dinero. Si quieres una mamada te doy un descuento por ser tan buena persona. —Noel se le acercó peligrosamente hasta quedar cara a cara con él—. ¡Ah sí! Gracias por todo, fenómeno.

Luka se quedó sin palabras por un minuto completo, que fue lo que le tomó al mocoso ponerse los zapatos y huir a la puerta. Luego estalló en una carcajada que se convirtió en una cadena de risas.

—¿Me dijiste fenómeno? —Entre espasmo y espasmo, apenas podía hablar—. ¿En serio? Me han dicho de todo menos fenómeno.

—No delante de ti, pero sí eres un fenómeno. —le respondió Noel sin atreverse a mirarlo.

—No delante mío, porque de hacerlo les hubiera partido la cara. —Luka Dejó de reír y avanzó hacia el mocoso—. En la escuela, nadie se atrevía a decir nada acerca de mis ojos de distintos colores, luego de que mandé a un par al hospital. Uno hasta ahora sigue ahí, no ha salido desde entonces.

La cara del muchacho era increíble. Le estaba creyendo cada palabra y estaba al borde de la carcajada, pero se detuvo. Iba a jugar un rato más, hacía mucho no se divertía tanto.

Avanzó hacia Noel y lo detuvo contra la puerta. No se movía, estaba pasmado mirándolo a los ojos. ¿De verdad creía que lo iba a golpear? No le faltaba razón, lo había abofeteado la primera vez, pero se había disculpado. Eso contaba. ¿No? ¡Ah, Luka! No podía con su genio. Levantó la mano sólo para ver cómo el mocoso se contraía esperando el golpe. De haberlo hecho, le hubiera dado en toda la cara, pero se arrepintió enseguida y deslizó la mano sobre la mejilla tibia del chiquillo.

Entonces vio que Noel abría los ojos y tenía aquella expresión que tanto lo perturbaba. Miedo, resignación, tristeza y a la vez confusión. No tuvo valor para decirle nada, su mano descendió hasta donde nacía la cicatriz en el labio y dejó el pulgar ahí, tocándola suavemente. Noel bajó la mirada y empezó a lamerle el dedo.

La criatura depredadora de nuevo, la veía a través de los ojos azules de Noel. Estaba actuando como un puto haciendo su trabajo, pero no era lo que él quería. La última vez que lo había tenido tan cerca, había estado a punto de ceder ante los deseos de su cuerpo.

Una mano del chico se deslizó bajo su oreja, pasando por la yugular, rodando por su pecho y vientre hasta encontrar la pretina de su pantalón. Le dio un jalón tentativo y los dedos huesudos se deslizaron debajo de la tela.

—¿Qué estás haciendo? —Luka apenas reconoció su propia voz quebrada.

Noel aún estaba chupándole el pulgar con destreza, mientras que con la mano lo masajeaba, y poniendo dolorosamente duro. El muchacho acababa de conseguir que no quedara espacio dentro de su pantalón para seguir masturbándolo.

—¿Cuánto quieres? —se le escapó entonces, con lo último que le quedaba de voluntad a Luka.

—Depende del servicio, una mamada…

—¡No!  ¿Cuánto por largarte y no volver más?

El calor en su cuerpo no disminuía e iba a terminar mal si no le ponía un alto en ese instante.

—Lo mismo que la otra vez. —Fue la respuesta apresurada que Noel le dio, retirando la mano de dentro de sus pantalones.

De un modo u otro Luka consiguió que se sintiera peor que antes. Noel bajó la cabeza, arrepentido por no haberse ido apenas pudo. Había tenido que tentar a la suerte y estirar un poco su estadía al lado del fotógrafo. En su mente fantaseaba con poder regresar a ese apartamento. Se imaginaba a Luka con sus gafas, enseñándole las fotos que había tomado de él y pidiéndole que se tumbara en ese sillón para que le tomara otras más. En ese espacio encontraba cierta paz. Hasta ese piso, en ese edificio en medio de Manhattan, Devan no podía llegar.

Luka se apartó de su lado para buscar el dinero, para que se fuera de una vez. El mocoso volvía a calentarlo tanto que casi se había corrido en sus pantalones caros. Iba a tener que saltar al agua fría para liquidar la erección y las ganas de volver a tocar a ese chiquillo flacuchento, pálido y miserable. Buscó a toda prisa su billetera, sobre la cómoda. No se acordaba cuanto le había pagado por las fotos. Tomó unos cuantos billetes y salió al encuentro del chico.

La sala vacía, la puerta cerrada, Noel había desaparecido de su vida sin decirle nada. «Era lo que necesitabas, Luka», pensó, «un minuto más y lo metías en tu cama».

Imposible, no, un menor de edad y encima un puto, qué barbaridad. Ya podía ver las columnas de chismes hablando al respecto. Era cosa de un paso en falso y caería redondo en las redes del mocoso. Había estado cerca, muy cerca. Y su erección se lo recordaba.

***

Tenía mucho frío, los zapatos empapados y la basta de los pantalones embarrada de nieve sucia. Noel caminaba con el resto de los escasos peatones, esquivando charcos y tratando de no resbalar. El callejón que conducía a su destino siempre era un lodazal, aunque siendo estrecho no acumulaba demasiada nieve, como el resto de la vereda que en ocasiones era intransitable.

El camino de regreso sirvió para que olvidara el mal rato con Luka y se preparara para lo que venía. Noel suspiró profundamente y entró tan cabizbajo como era su costumbre. Lo primero que percibió fue la música suave del televisor, lo siguiente fue a Jade tumbado sobre el sillón leyendo sus revistas.

El alma le regresó al cuerpo y hasta se sintió feliz de verlo de nuevo.

Como era de esperarse, éste lo ignoró, dejó que entrara y dejara los zapatos al lado de la puerta para no mojar el piso. Noel le dio una mirada a la cocina, unas tazas, platos apilados en el lavadero esperándolo, porque Jade no quería mover un dedo cuando Devan no estaba. Le dio una mirada al refrigerador. Quedaban un par de botellas de cerveza y unas tres latas de lo mismo. Prepararía algo de té para quitarse el frío, pero primero tenía que cambiarse de ropa.

—¿A dónde vas? —Jade tramaba algo, eso ni dudarlo.

—A cambiarme —le respondió sin prestarle demasiada atención.

—Brill te anda buscando. Ha venido como tres veces. ¿Que ahora es tu marido o qué? ¡Ay de verdad qué risa me das! Brill encima, qué asco contigo.

No tenía caso quedarse a escucharlo. Tenía otras cosas que hacer, como ver qué ponerse. Además, Brill lo buscaba porque sabía de la ausencia de Devan y tenía planes para él. De repente podía sacar algo de dinero, porque tenía que comprar la ropa que ya no tenía y… Entonces detuvo el curso de sus pensamientos, porque las palabras de Luka volvieron a retumbar en sus oídos.

«No lo tomes a mal, pero hay un límite en las cosas que se hacen por dinero».

Apenas se cambió la camiseta por otra igual de delgada. Devan no estaba, pero eso no significaba que podían vacacionar. Quizá hasta había dejado la lista de clientes. Pero eso lo sabía Jade y no era de confiar. De todos modos, se iba a dar un pequeño descanso y luego iría a ver a Pat.

Primero un té, porque estaba muerto de frío.

Noel regresó a la cocina y encontró a Jade tarareando canciones, mientras balanceaba los pies al compás de la música. Seguía hojeando una revista de moda, una de tantas que conformaban su colección.  Jade las obtenía intercambiando ciertos servicios con el dueño de una tienda de arriba de la cuadra.

Devan no tardó en enterarse del negocio y le ladró a Noel para que pusiera todas las revistas en una bolsa de basura. Jade recibió una paliza horrible, en la que por poco termina muerto. Al chulo no le bastó con estrellarle la cabeza contra el suelo, sino que, además en un ataque de rabia, lo lanzó contra la puerta de la habitación y le abrió el cráneo del golpe.

Jade estuvo muy mal, luego de ese episodio. Sin embargo, las amenazas de Devan no lo detenían. Noel sabía bien que todavía seguía intercambiando sexo con el tendero a cambio de comida y otras cosas.

—¿Quieres té? —le preguntó a Jade disipando los recuerdos.

Quedaban un par de bolsitas y era lo único que Devan les daba de desayuno. Como respuesta, Jade tarareó la canción más fuerte. Noel rodó los ojos porque no sabía por qué se molestaba en ofrecerle nada.

—¿Jade, Devan te dejó alguna indicación? —Era inútil preguntarle, pero se iba a arriesgar de todos modos.

Jade giró el rostro visiblemente molesto y bufó devolviéndolo a las páginas brillosas bajo sus dedos.

—¿Te dejó algo para mí? —insistió Noel sorbiendo un poco de té humeante. Casi se olvidaba, no iba a poder ir a ningún lado con el collar puesto, especialmente a ver a Pat.

—De repente.

—Jade. ¿Dijo si tenemos clientes?

—Estoy haciendo algo importante, no me molestes —fue la respuesta que obtuvo con la misma mala intención de antes.

Era caso perdido, así que Noel empezó a buscar sobre la mesa los papeles que estaban apilados encima. Nada sobre el repostero y a la habitación de Devan no entraba por su propia voluntad.

—¿Buscas algo? —Jade a la carga. Había estado jugando con él desde el.

—Nada que te pueda interesar, sigue haciendo eso tan importante que dices que haces. —Era su turno de ignorarlo.

—No sé. ¿De repente estás buscando esto? —Había tenido la llave todo el tiempo. Jade se incorporó sobre el sillón y tenía una sonrisa pegada en los labios. —¡Uh! ¿Quieres esto, bichito?

Noel cerró los ojos con ganas de saltarle encima. Así lo hiciera, no se iba a poder quitar el collar por su cuenta. Jade cruzó ambas piernas sobre el sillón; le mostraba la llave plateada mientras sonreía más de la cuenta.

—¡Ay, no pongas esa cara! Sé un buen perrito y ven acá. ¡Ven imbécil, haz lo que te digo!

—Jade, por favor no hagas esto. —Fue un susurro, porque sabía de antemano que no iba a funcionar. Tenía ganas de atormentarlo y hasta que no se sintiera satisfecho no lo iba a dejar tranquilo.

—Los bichos no hablan. Ven aquí perro feo. —Le hizo una señal con el dedo índice donde tenía colgada la llavecita—. Ven o le digo a Devan que recién acabas de llegar y se va a enojar contigo.

Noel apretó las mangas de la chaqueta de felpa y se acercó donde Jade.

—¡En cuatro patas! Ni para perro sirves. —Dobló una de sus revistas en forma de cono y cuando lo tuvo cerca gateando, le pegó en la cabeza.

—Por favor, dame la llave —pidió con la cabeza adolorida.

—Abre la boca. —Le pegó de nuevo—. Abre que quiero ver. ¡Tienes un arete en la lengua! ¡Uh! Siempre he querido uno, pero en el ombligo. ¡Me quedaría tan bien!

Noel aprovechó que había bajado la guardia y le arrebató la llave de las manos. Jade intentó recuperarla y recibió un empujón. Se pegó en la cabeza y lanzó un rugido rabioso.

—Jódete tratando de sacarte ese collar. Te vas a ahorcar antes de sacártelo tú mismo, cabrón. Para lo que me importa, igual le voy a decir a Devan que llegaste bien tarde.

Regresó a su revista más enojado de lo que pudo disimular. Noel escapó por la puerta antes que las ganas de regresar y pelear con Jade lo vencieran.

***

Era inútil, no conseguía calzar la llave en la cerradura y se le estaban acalambrando los brazos. Escondido dentro de furgoneta abandonada, se envolvió en una frazada deshecha, que había quedado olvidada. Un par de ratas salieron de su escondite y se le acercaron en busca de calor. Las apartó con los pies sin hacerles daño, no era culpa de los animales intentar sobrevivir en ese invierno. Era hora de abandonar la nula calidez que le ofrecía su escondite. No podía ocultarse por siempre, tenía que ponerse a trabajar. Noel suspiró derrotado y se encaminó calle arriba por la vereda resbalosa y mal iluminada.

Conocía bien la zona, recorría las calles como perro callejero y ningún rincón mugroso le era ajeno. Brill era una medida desesperada. Sabía dónde encontrarlo. Solía estacionarse en ese mismo lugar, al lado de un puesto de comida ambulante. El olor le despertó el apetito.

El taxista estaba hablando por teléfono, así que pasó delante y siguió de largo como si no lo hubiese visto. Funcionó, Brill despachó a su interlocutor y fue a su encuentro.

—A ti te andaba buscando. —Lo tomó del brazo y de un tirón hizo que voltee—. Te dejé mensajes con tu secretaria. ¿No te dijo nada?

La idea de que Jade fuera su secretaria le dio más miedo que risa. Noel se encogió de hombros e intentó soltarse, pero Brill no pensaba dejarlo ir.

— ¿A dónde vas, Gatito? Vienes conmigo, tengo trabajo para ti. —Lo tenía bien sujeto del brazo y lo condujo a su taxi.

—¿Al mismo sitio? Quiero la mitad esta vez.

—No, vamos a otro lado y te voy a dar tu dinero.  —Brill lo empujó contra la puerta del auto y lo giró para mirarlo bien—. ¿A ver? ¿Qué tienes ahí en la boca? Abre, déjame ver.

—Es un arete, déjame en paz —replicó Noel zafándose por fin.

El dueño del puesto de comida los observaba en silencio, estando tan cerca podía escuchar todo lo que sucedía.

—Miau Miau, sube de una vez que ya me dieron ganas de probar esa lengua. —Sonrió Brill con todos los dientes afuera y le apretó el brazo, no se le fuera a escapar.

—Primero el dinero. —Noel estaba tentando su suerte, pero tampoco tenía mucho que perder.

—¡Malagradecido de mierda! —Brill levantó la mano para pegarle, pero se detuvo y le dio un empujón contra la puerta del taxi—. Encima que te consigo trabajo te pones como hembrita melindrosa. Ya sube de una vez.

El vendedor de comida suspiró hondo y se frotó las manos. Entendió todo el asunto y no dijo nada, sino que volvió a sus propios negocios.

Noel no se resistió más. Por lo menos dentro del auto podía disfrutar un poco el calorcito en lo que duraba el viaje. Brill siguió renegando todo el camino y el chico optó por ignorarlo. Abandonó su cuerpo, tal como sugirió esa voz tímida dentro de su mente. Pensaba en Pat, en el poco de alegría que pintaba en su vida. Un hermano menor. La sola idea sonaba tan bien que hasta le provocaba sonreír, aunque no estaba seguro de cómo hacerlo.

A Pat la sonrisa le brotaba tan rápido como los ataques de ira. Desde que lo conoció se dio cuenta que algo andaba mal en su cabeza. La verdad que no importaba si estaba loco o no. Trataba de aceptar la idea de que eran hermanos y quién sabe, quizá tenía razón. Era más cómodo creerlo que negarlo.

Muy en el fondo, estaba consciente que sólo era una fantasía inventada por Patrick. Pero tampoco ayudaba el hecho de que no pudiera recordar nada de cuando era pequeño. Jade le dijo su edad, que su cumpleaños era el día de Navidad y que Noel era un nombre muy estúpido. Del resto de su pasado le quedaban fragmentos borrosos. A veces una que otra imagen venía a su mente, un campo abierto, y también escuchaba voces difusas.

Según Jade, había sido una golpiza de parte de Devan, la que lo dejó sin recuerdos. Porque se lo merecía, agregó. Así que quizá Pat era esa parte de su pasado que no podía recordar. Tal vez sí había tenido una mamá y tenía un hermano. Cuando viera a Pat de nuevo le iba a seguir el juego y le pediría que le contara todo acerca de ella. Como era, su nombre completo, cómo era su voz.

Brill detuvo el auto y sus ensoñaciones se disiparon con el sonido del motor apagándose. Estaban en el garaje, donde usualmente lo llevaba para que le diera un servicio. Como era de esperar, no estaban solos. Noel lo había hecho en autos tantas veces que, si querían hacerlo en un taxi, no tenía problema.

Eran tres sujetos quienes esperaban y Noel intentó ignorar sus comentarios. Uno de los presentes reparó enseguida en su collar y en la placa, que hacía ruido cuando caminaba.

Toto, ¿cómo ese perrito de El mago de Oz? —leyó entre risas—. Oye, Brill. ¿Entonces tú eres Dorothy?

Más risas, pero a Brill no le causó ninguna gracia el comentario.

—No, Brill es el hombre de paja. —El otro sujeto casi no podía hablar entre risa y risa—. Porque siempre se hace la pa…

—Muy gracioso, imbécil —interrumpió el aludido—. Pero a tu madre le dicen Dorothy porque es tan fácil que cualquier viento se la levanta.

Más y más risas de los presentes. El que aún sujetaba su collar le acarició los labios como saboreándolo con los ojos.

—¿Te gusta el estilo perrito?—le dijo y le lamió la oreja—. Tengo una salchicha muy rica para ti.

Si esperaba una reacción, no la consiguió. Sin embargo, le dio un tirón al collar usando una de las argollas que colgaban de este.

—¡Guarda eso para después! ¿Dónde anda tu patrón para empezar de una vez? —intervino Brill.

—En el baño, se está poniendo hermoso. —El otro tipo aún no paraba de reír—. Quiere verse bonito para el puto este.

—Entonces tiene para rato ahí. —Esta vez fue Brill y las risas no se hicieron esperar.

Noel se sacudió de encima a los presentes y se hizo a un ladito. Estaba exhausto, hambriento, muerto de frío y dolorido. Pero ahí venía el jefe de Brill. Lo recordaba de la vez anterior. Necesitaba el dinero con urgencia, para comprar comida y algo de abrigo.

«Vete al infierno, Luka», pensó para diluir el efecto de las palabras del fotógrafo, que aún no lo abandonaban. El jefe lo tomó de una mano y lo condujo hacia su oficina. Los demás presentes bromearon diciendo que casi se lo llevaba en brazos, como a su flamante esposa.

La oficina tenía una ventana grande conectada al garaje. Los que estaban afuera podían ver bien a quienes estaban dentro.  No era que le importara demasiado. Noel entró en piloto automático y empezó a desvestirse.

—No, espera. Yo lo hago —le dijo el Jefe con una sonrisa y empezó a sacarle las prendas.

Noel no se opuso y hasta dejó que lo besara con urgencia. La lengua ajena excavaba dentro de su boca y parecía que le quería arrancar el arete a mordiscos. Perdieron el aliento y el muchacho, el resto de su ropa.

—¿Ves esa silla? —El jefe apenas podía hablar entre jadeos—. Siéntate ahí.

No tenía que darle más indicaciones, sabía hacer su trabajo. Noel se acomodó sobre la silla y levantó las piernas, para dejarlas colgando sobre los brazos de madera.  El jefe lo observó con la boca haciéndosele agua y se desvistió de la cintura para abajo. El muchacho lo vio colocarse un preservativo con las manos temblorosas y el sexo a punto de explotar.

Algo tenía ese chico que hacía que la piel le saltara de sobre la carne y empezara a derretirse como un cubo de hielo al sol. El jefe se colocó entre las columnas de nieve que eran esas piernas y las depositó sobre sus hombros. Ingresó al cuerpo que lo invitaba a perderse en la calidez elástica que envolvía su miembro. Escuchó al muchacho gemir al compás de sus movimientos y lo vio entrecerrar los ojos para provocarlo más. Ahora deseaba contener ese sonido en un frasco. Sólo lo abriría en aquellas noches en solitario, cuando fantaseaba con tenerlo bajo su cuerpo. No se contuvo entonces, recuperó los labios del chico mordiéndole el más carnoso, mientras aceleraba el ritmo de las penetraciones.

Desde que lo había tomado por primera vez quería más y a toda hora. ¡Ah, quería hundirse dentro! La mente se le quedó en el mismo tono de blanco que la piel del muchacho. No había notado lo bien que contrastaba con la suya color miel. De pronto se vio así mismo como un cono de galleta, sosteniendo un cremoso helado de vainilla. Le estaba tomando gusto, como a una golosina particularmente dulce.

Sumergido en una piscina de placer, lo tomó de las caderas y le dio un tirón para hacerlo descender sobre la base de la silla. La cabeza del chico resbaló sobre el respaldar, hasta el asiento.

Noel no esperaba el cambio de posición y menos uno en el que se sentía tan vulnerable. Tenía el trasero en el aire, las piernas colgando a los lados de la silla, la cabeza atrapada y sujetaba las patas de madera para no partirse la espalda. No podía verle a la cara al Jefe, pero escuchaba sus jadeos apurados.

De pronto hubo silencio, tan sólo interrumpido por un largo y vibrante alarido de animal bravo. El jefe acababa de correrse y el mundo entero lo supo.

Lo siguiente fueron las risas acalladas y las voces musitadas del resto de clientes que aguardaba fuera de la oficina. Noel esperó que se incorporara de sobre su cuerpo para levantarse, con la espalda adolorida. Alcanzó a ver a Brill y compañía muriéndose de la risa por la ventana de la oficina.

—Jefe, guarda algo para el resto —bromeaba uno de ellos.

El muchacho evitaba mirarlo y se acababa de recostar contra la orilla de su escritorio. Acababa de disfrutar mucho el orgasmo, pero ahora tenía que dejar su oficina y que otro se divierta con lo que acababa de ser suyo. Se sentía como un idiota, el que estaba en el suelo frente a él era un puto, no su novia. No lo estaba «compartiendo», porque no le pertenecía.

La culpa era de Brill, él le había metido el deseo por el muchacho como un gusano a una manzana, carcomiendo y malogrando. Una vez, estando ambos muy ebrios, había sacado el teléfono y le mostró un par de fotos. Primero la de una niña rubia, preciosa, flaquita, con sus labios abultados y ojos verdes. Luego le dijo que se llamaba Jade y no era niña, sino niño. ¡Qué carajo! Si parecía mujer, porque hasta tetitas tenía.  El ladino de Brill alardeaba de habérsela follado y muy rico todo. Pero cuando le mostró la foto de un chiquillo pálido con cara de susto, fue su perdición. El hijo de puta de Brill comentó, además, que le tomó la foto mientras se lo estaba cogiendo. Fue eso lo que le enfermó la mente, porque desde ese momento quiso probar esa piel y morder esos labios.

El jefe terminó de vestirse y avanzó hacia el muchacho, lo rodeó con los brazos e hizo que los huesos le crujieran. Luego se sacó un billete del bolsillo y se lo puso en la mano. El cachorro, como lo llamaba Brill, lo miró sorprendido, pero no dijo nada.

Noel se repuso de la sorpresa. Fue en busca de su ropa y colocó el billete de dos dígitos en uno de los bolsillos del pantalón. Acomodó las prendas sobre el suelo y tomó un puñado de condones justo antes de que la puerta volviera a abrirse. El siguiente cliente ingresó y cerró por dentro. Era el de la salchicha y por la mirada que le dirigió, podía imaginarse lo que vendría

—Ven perrito, tengo algo para ti. Es tu salchicha favorita —le dijo recorriendo con los ojos las marcas que Tin Man le había hecho sobre la piel y sonrió. —Te gusta duro. ¿Eh? A mí también.

El sujeto sin nombre lo apartó de un empujón y se sentó en la silla, sin perder la sonrisa. Le ordenó que se acercara y separó bien las piernas. Al parecer, tenía algo en mente y Noel sabía que no era nada bueno.

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