Capítulo 8

El último cliente acabó de subirse los pantalones. Noel lo siguió con los ojos desde el rincón donde fue a refugiarse. Cuando salió dejó la puerta abierta y pudo ver cómo depositaba el dinero en el mismo gorro que Brill había usado la vez anterior. No perdió tiempo y sigiloso tomó el sombrero estirando un brazo flacuchento y cerró la puerta. Con el botín en la mano, se vistió a prisa, a pesar de lo dolorido que estaba.

El de la salchicha resultó ser uno de esos sádicos, tal y como temía. El cliente que le siguió no fue tan malo, solamente quería follar y punto. Noel contó la ganancia un par de veces y la separó en tres partes. Dos fueron a cada bolsillo y la tercera era para Brill. Salió y se escabulló entre el grupo, que ya empezaba a dispersarse. Brill lo notó de inmediato.

—Dame eso —exclamó el taxista arrebatándole el gorro—. Y dame el dinero.

Noel le obedeció y le dio la fracción que le había separado. Intentó escapar antes de que se diera cuenta, pero Brill lo atrapó del brazo.

—Muy gracioso, ya dame el dinero.

—El resto es mío —protestó Noel zafándose ante la sorpresa del taxista—. Esa es tu parte, ahora déjame en paz.

A Brill le tomó un momento procesar el hecho de que el puto se le rebelaba. Levantó el puño, listo para darle una lección, pero alguien lo detuvo. Su sorpresa fue aún mayor, porque era su jefe quien le sostenía el brazo y no tenía intenciones de dejarlo ir.

—Deja que se vaya —le escuchó gruñir con las cejas muy juntas sobre su frente.

—Le tengo que recordar su lugar a esta perra, luego se puede largar. Así que no te metas —fue la respuesta del taxista.

No iba a retroceder ni un milímetro, el gesto de su jefe por proteger al puto acababa de incendiarlo por dentro. Iba a agarrar al gatito y le iba a dar una buena lección solamente para desquitarse.

El jefe le hizo un gesto al chico y este escapó tan rápido como le dieron las piernas.

En la calle la noche ya había entrado, pero no sabía la hora exacta. Era difícil de saberlo sin un reloj, porque oscurecía a las cuatro de la tarde. Lo que sí sabía era que el año iba a terminar en tan sólo cuatro días.

Así que apuró el paso y al doblar la calle, descubrió que las tiendas estaban abiertas. Había una que le interesaba más que las otras, la de segunda mano. La calidad era lo de menos, pero algunas veces había cosas buenas, porque las obtenían de los contenedores de donaciones de zonas adineradas.  Cuando niño, iba con Jade en busca de prendas y zapatos no tan gastados. Los botines que usaba en ese momento, habían salido de una de esas excursiones.

Jade los había sacado del fondo del contenedor. «Toma, para ti», le dijo y al probárselos le quedaron grandes.  De tanto usarlos estaban hechos pedazos, los conservaba porque primero, no tenía otro par y segundo, había sido un gesto de Jade conseguirlos para él.

Por lo pronto, necesitaba comprarse ropa de abrigo. Los días de ir de la mano de Jade a cazar ropa, como él decía, habían terminado. Devan les dio una golpiza al enterarse de lo que andaban haciendo y Jade encontró otro modo de agenciarse prendas.

Tras el mostrador una mujer canturreaba la canción de la radio y no le prestaba atención a la gente que andaba entre las islas. Noel se deslizó en silencio sobre el piso de alfombras raídas. Los estantes estaban en las mismas tristes condiciones que el suelo. Hacia el fondo, la ropa de invierno estaba colgada de los percheros y regada sobre el piso inmundo. Una chaqueta negra varias tallas más grande ostentaba una etiqueta naranja que marcaba un buen descuento. Extrañaba su casaca de cuero, la que lo había acompañado en tantas travesías. Sí, le quedaba enorme, pero le gustaba esconderse dentro de ella.

Los abrigos estaban fuera de su alcance, demasiado caros aun siendo usados. Uno de color rojo tenía un hueco redondo hecho por un cigarro y le faltaba un bolsillo. Noel se lo probó solamente para dejar de sentir frío y al revisar el precio lo devolvió a su sitio. Siguió rebuscando y encontró un par de poleras afraneladas de su talla, con descuento, en buenas condiciones, además.  Recorrió dos veces la misma sección de ropa y consiguió más cosas interesantes.  Un polo de mangas largas, un par de mitones azul oscuro, medias que no traía, un pantalón negro de material grueso y una gorrita de lana. Sacó la cuenta en su mente y supo que le alcanzaría para algo más.

Una gorra de lana con pompones colgando a los lados; tenía unas estrellitas bordadas y era de un bonito tono lila, le iba a quedar muy bien a Jade.  La mujer de antes seguía cantando distraída. Apenas lo vio, dejó lo que estaba haciendo y suspiró inflando su pecho enorme envuelto en un grueso suéter rojo.  Noel le tendió las prendas y ella las inspeccionó con más cuidado del necesario. Ingresó las cantidades en la registradora y metió la ropa hecha bola en un par de bolsas negras. Sin más trámite le señaló en la pantalla el precio y el chico se apuró a pagar la cantidad que había calculado en su mente.

Ella recibió el dinero arrugado recién sacadito del bolsillo y le devolvió una mirada que Noel no pudo descifrar. Pero al entregarle el cambio, descubrió un par de bastones de caramelo entre las monedas que ella había puesto sobre el mostrador. Para su sorpresa, la mujer le sonrió y al hacerlo los aretes de sus orejas bailaron al compás. Eran también bastones como los que le acababa de dar.

Noel le devolvió algo que quiso pasar como sonrisa y se salió de la fila que acababa de formarse tras él.

Quería abrigarse un poco antes de salir, pero no se atrevía a ir a los vestidores. Le traían malos recuerdos, porque en ocasiones tenía sexo dentro de esos espacios. Noel miró a sus alrededores y como no vio a nadie prestándole la mínima atención, se escabulló a un ladito del mostrador. Se quitó la chaqueta de Pat y quedó solamente con la camiseta de mangas cortas, luciendo sus brazos magullados. A prisa, se puso la polera gruesa que acababa de comprar. Casi pudo sentir el calor al instante. La chaqueta de Pat vino encima y estaba por colocarse la gorra de lana cuando se dio cuenta de que alguien lo observaba.

Un par de ojos almendrados seguían sus movimientos sin perderse un detalle. Tendría unos cuatro años, iba vestida toda de color rosa e incluso los adornos de su cabello todo trenzado eran del mismo tono. Al verse descubierta corrió hacia él y se detuvo antes de chocarse con sus piernas. Noel de pronto se sintió tan mayor, tan grande al lado de la niñita que lo miraba absorta. Ella le hizo un gesto con sus deditos enguantados para que se acercara a su altura y Noel se vio enseguida arrodillándose a su lado.  La niña al tenerlo a su alcance le lanzó los brazos al cuello y gritó de felicidad. De pronto, la tienda entera tenía sus ojos sobre ellos dos.

—Isis. ¿Qué estás haciendo?

La mamá de la niña estaba a unos pasos, con un bebé en un cochecito y conversando amena con la mujer del mostrador. Noel se puso más pálido y aún con la niña enroscada en su cuello no supo qué hacer, si quitársela de encima o quedarse donde estaba. No fue necesaria una reacción porque ella le soltó enseguida y corrió hacia donde su mamá.

—¿Conseguiste un novio tan pronto? —Y le dio mucha risa su comentario.

La mujer del mostrador también rio y los bastones de caramelo de sus orejas se sacudieron al ritmo.  Noel se puso colorado ante la insinuación y ni atinó a levantarse.

—Lo siento chico. —La mamá parecía divertida ante su reacción—. Esta niña es así, a todo chico blanquito que ve le hace lo mismo.

Isis sonrió aún más y tomó del carrito del bebé una mochilita que sin duda era suya.

—Mami, mira, mira… —Le mostró la mochila y esta tenía una foto estampada—. Mira, mami.

—Pues sí, se parece, pero no es él. — La madre tomó la mochila y sonrió aún más—. Ahora deja de asustar al pobre chico, Isis. Deja eso.

No, Isis no se iba a rendir, corrió hacia Noel y lo volvió a abrazar con toda la fuerza que su edad le permitía. Ella olía a goma de mascar y enredó sus deditos en su cabello castaño.

—¡Isis! —La mamá intentó sonar seria, pero a todos los presentes les parecía divertida la escena.—. Lo siento, chico. Cree que eres uno de los que sale en la televisión, en los programas que ve.

Le mostró la foto de la mochila y Noel no tenía idea acerca de lo que estaba hablando. El estampado no era bueno y los colores eran difusos. Pero para Isis estaba todo muy claro. Ella le siguió acariciando el cabello y le hizo un pedido.

—Baila. —Al ver que no hubo reacción de parte de Noel lo intentó de nuevo—. Por favor.

La mujer del mostrador lanzó un sonoro suspiro y el resto de presentes la coreó con risitas. La mamá reía más que el resto.

—Mami, le dije por favor, las palabras mágicas, y no me hace caso —protestó Isis a punto de ponerse a llorar.

Noel reaccionó y se puso de pie, con todos los ojos encima. ¿Cómo decirle a esa niña que él no sabía bailar y menos como ella quería?  Al parecer, Isis notó su confusión y lo tomó de la mano. De pronto, le puso en la palma algo que se sacó del bolsillo y Noel descubrió que eran tres caramelos de colores.

No se pudo negar. Había hecho cosas peores y bailar para una niña sería quizá lo único bueno. Muerto de vergüenza, se movió torpemente y seguro parecía que estaba ebrio en vez de bailando. Isis de algún modo entendió su sufrimiento, empezó a dar vueltas y a enseñarle los pasos mientras repetía un pedazo de canción una y otra vez.  Los aplausos no se hicieron esperar y también las risas. Cuando Isis decidió que era suficiente, abrazó la pierna de Noel y lo llamó de nuevo a su lado. Al arrodillarse frente a ella le dio un beso en la mejilla y luego recibió otro puñadito de caramelos.

—¡Esta niña! Tan pronto y ya se consiguió novio. Isis, deja de coquetear que ya nos vamos, se hace tarde y tenemos que darle de cenar a tu hermano. Deja al pobre chico, Isis. Lo siento chico.

Isis le sonrió y se fue con su mamá, no sin antes despedirse de él batiendo su manita.  Noel se quedó en su sitio con los caramelos en la palma, las bolsas negras en el suelo y una sonrisa en los labios. Era la primera vez que bailaba para alguien y que se sentía contento con su pago.

***

Phil cerró la tienda temprano y Pat se ofreció a ayudar a preparar la cena. Descubrió que le gustaba la cocina, encontraba fascinante el proceso de combinar ingredientes y especias para obtener un platillo delicioso. El muchachito encontró un recetario en las gavetas y lo escondió entre sus cosas. Junto al periódico del día, las recetas de cocina le ayudaban a combatir el insomnio. Dormía, sí, unas cuantas horas, pero por la mañana amanecía con la cara entintada sobre las hojas del diario y abrazando su recetario.

—¿Pat? ¿Me estás oyendo? —Paulette le hablaba. Había estado ignorándola sin darse cuenta.

—¿Qué? —Pat se metió una zanahoria en la boca—. No te escuché.

—Te decía que ese molde de carne huele delicioso.

—Lo más rico es el puré de papas, es mi favorito.

—Lo sé, por eso lo preparé. Ahora anda a lavarte para servir antes de que se enfríe. Phill no tarda en venir.

Pat no respondió, sino que la abrazó por la cintura y escondió la cara sobre su espalda.

—Pat. ¿Hijo? ¿Estás bien?

—Estoy bien, es que tú te acuerdas de cosas como esas y ni siquiera somos familia. El idiota de Noel no se acuerda de mí nunca. Vine a buscarlo porque le prometí a mi mamá que lo iba a encontrar y a él no le importa. Además, es mi cumpleaños y ni a él, ni a nadie le interesa.

Pat luchaba por mantener su voz inquebrantable, pero la tristeza se dejaba sentir entre los tonos agudos y remanentes de esa niñez que aún conservaba.  Pat de ahora quince años recién cumplidos, todo un adulto, no podía empezar chillar como si fuera un niñito. Cerró los ojos con tanta fuerza que los párpados casi se le des¿prenden cuando los volvió a abrir. Listo, ahora no sentía nada de nada. Consiguió encerrar toda esa tristeza en algún recoveco de su mente.

Paulette lo abrazó con más fuerza y le besó la frente. Pat aprovechó para acariciar el cabello ensortijado de la enfermera, tan cortito que parecía espuma. Ella le recordaba a una taza de café; su piel oscura en contraste con el blanco espumoso de su cabello.

—Entonces necesitamos un pastel de cumpleaños con sus velitas y…

—Nunca he tenido un pastel. —la interrumpió el muchacho sonando distraído.

No estaba sorprendida ante tal revelación. En el poco tiempo que habían pasado juntos, Pat empezó a contarle acerca de su vida sin que ella tuviese que interrogarlo. Descubrió que tan sólo un año atrás perdió a su mamá. Luego lo enviaron a un albergue, de donde huyó apenas pudo y estaba dispuesto a vivir en la calle antes de regresar.

—Entonces prepararemos el mismo de la vez pasada. ¿Te parece bien?

—Sí, me gustó mucho, me comí la mitad yo solo. —Sonrió sobándose la barriga, mientras recordaba la maravillosa sensación que había experimentado al probar los tres primeros pedazos—. Incluso la parte que le guardé a Noel.

El molde de carne estaba listo, la alarma en el horno se los indicaba. Paulette se apuró a apagar la estufa, pero Pat se adelantó y tomó su lugar para sacarlo de las entrañas del fogón. Mitones de cocina puestos, un mandil alrededor de su cuerpo, de pronto se sentía un experto. La sensación era nueva, aprender algo útil le hacía feliz. Paulette tenía mucha paciencia para enseñarle, no gritaba como Phill ni se enojaba por todo.

—Felicitaciones al chef —bromeó abriendo campo sobre el repostero para la fuente de comida.

—Pero si tú me enseñaste a hacerlo, Paulette. —Estando tan caliente no le pudo arrancar un pedazo, como estaba tentado de hacer—. ¿Ya podemos comer? Me muero de hambre.

La mesa puesta, los platos en su sitio, el olor a comida invadiendo todo el espacio. Pat aún admiraba su obra, poniendo especial atención en los jugos que resbalaban sobre la carne y el humo en espirales. Le había quedado igual a la foto del recetario y estaba orgulloso de sí mismo.

Paulette tomó un recipiente con puré de papas y lo colocó sobre la mesa, Pat tomó uno con zanahorias y fue tras ella. Se sentía como un pollito siguiendo a la gallina. La decoración de esa cocina estaba empezando a afectarle.

Los pasos de Phil se precipitaron y se detuvieron antes de entrar a la cocina. Pat se lavó las manos a prisa y las sacudió camino a su asiento. Estaba emocionado, nunca antes había celebrado su cumpleaños porque cuando vivía con su mamá no había dinero para gastar en cosas así. Aquella tristeza que traían esos recuerdos no iban a malograr su efímera felicidad. Suspiró hondo, se sentó a la mesa con los codos bien plantados. Apretó los cubiertos y se relamió los labios en anticipación.

Paulette reacomodó la comida y dejó un lugarcito al centro. Phil apareció en el umbral de la puerta. Sostenía en sus manos una cajita que depositó en medio de los platillos. Pat no pudo contenerse, tuvo que darle una mirada al interior y al descubrirlo se quedó sin palabras.

No lo podía creer, era un pastel de cumpleaños con un mensaje que decía «Feliz día Pat». Quedó con la boca abierta y los ojos ambarinos oscilando entre ambos adultos.

—Feliz cumpleaños, hijo. —La enfermera no se contuvo y lo abrazó por la espalda.

El chico aún no salía de su asombro y Phil asomó una sonrisa bajo su bigote, al ver cómo Paulette lo besuqueaba.

—¿Phil? ¿Por qué, cómo supiste que era…? ¿Cómo te enteraste, si le acabo de decir a Paulette?

—Si tú no nos dices nada, nos tuvimos que enterar por otro lado. —Ahora su sonrisa fue más amplia—. No íbamos a dejar pasar una fecha como esta.

Pat seguía sin entender.

—Anda, Phil, no lo hagas esperar más. —insistió Paulette aplaudiendo animada. —Dale su sorpresa de una vez, no seas así.

Pat tembló completo y si ella no lo sostenía, se iba al suelo. ¿Más sorpresas?

—Entra de una vez —Phil estiró una mano hacia el umbral de la puerta.

Una silueta se dibujó frente a sus ojos y por un instante pensó que estaba soñando. La imagen intentó una sonrisa y de pronto Pat creyó que se iba a morir de la impresión.

—Feliz cumpleaños.

Era su voz, era Noel, su hermano había ido a verlo. La vista se le nubló y los labios se le contrajeron; el pecho se le llenó de sollozos y las lágrimas se desbordaron entre las pestañas. Pat se liberó de la enfermera y le faltaron piernas para llegar donde Noel. Lo abrazó con todas sus fuerzas y con miedo de que no fuera realidad.

De nuevo sin palabras, odiándose un poco más por llorar como un bebito. Noel le acariciaba la cabeza y Pat intentó contenerse, pero el truco no le resultó. Podía esconder tristeza o miedo, pero cuando se trataba de felicidad era irrefrenable.

—Pat, se nos enfría la cena —dijo Phil luego de un fuerte carraspeo—. Vengan a sentarse a la mesa.

—Verdad. —El rubio se secó la cara con la manga de su polera—. Tengo tanta hambre que me los comería a todos ustedes.

Paulette rio con más fuerza que el resto y colocó un plato extra en la mesa. Phil le acercó una silla y Noel tuvo que caminar con Pat, unido a él como si fueran siameses.

Ocuparon sus puestos y Noel no supo qué hacer cuando Phil inclinó la cabeza para dar la bendición. Era la primera vez que se sentaba a cenar como en familia.

«Así es como se siente», pensó, «tener una familia».

Paulette les puso comida en los platos y Noel no se atrevía a empezar a comer si el resto no lo hacía. Había decidido hacer el esfuerzo a pesar del dolor en su boca. El primer bocado casi le arrancó un gemido de dolor, pero se contuvo. Tenía demasiada hambre como para que algo tan simple lo detuviera.

—Imagino que quieres saber cómo nos enteramos de tu cumpleaños. Como no nos dijiste nada y nos enteramos tan tarde, no hubo tiempo de preparar un pastel —comentó Phil y Pat dejó de atiborrarse el rostro con comida.

—Tú les dijiste, Noel. Pensé que no ibas a acordarte.

—Somos hermanos—lo dijo con suavidad, casi convencido de que no era una mentira conveniente para aplacar la soledad—. ¿No?

—Además lo vi merodeando afuera por casi una hora —intervino Phil—. Lo hice entrar para no tenerlo dando vueltas y le dije que estas no eran horas de visita.

Noel asintió con el tenedor en la boca. Todo estaba delicioso, el puré cremoso y la carne se deshacía en su boca. Tan feliz estaba que había olvidado entregarle a Pat la ropa que le había traído. La olvidó en la tienda, así que iría por ella.

—¡No te levantes de la mesa que nadie ha terminado! —vociferó Phil.

Noel regresó a su sitio al instante. No quería hacer enojar al italiano. Ya bastante riesgo era estar sentado a su lado y en su mesa. Se disculpó al instante y se encogió en su asiento. ¿Qué debía hacer ahora? No estaba seguro. Sólo se quedó quieto, esperando una reacción.

Nadie más decía nada, así que Noel dejó de comer. La anciana se detuvo a observarlo, incluso Pat abandonó sus cubiertos. El italiano se levantó y se desplazó tras Noel quien acababa de experimentar un escalofrío. Quizás estaba enojado e iba a darle un escarmiento por lo que fuera que hubiera hecho.

—¿No vas a terminar tu comida? —preguntó Phil mirándolo severo, mientras regresaba a su puesto con una taza en la mano.

—¿Puedo seguir comiendo? —Una interrogante sincera, de verdad no sabía qué hacer.

—¡Claro que sí! Qué tonto eres, Noel —bromeó Pat—. Te dijo que no te levantes, no que te quedaras sin comer. Además, Phil también se levantó.

El rubio empezó a reír y fue coreado por la anciana. Noel asintió avergonzado y siguió comiendo. Definitivamente una experiencia nueva. Era su primera cena familiar y no tenía nociones de lo que debía hacer.

***

Cuando acabaron de cenar, Pat sopló las velitas y partieron el pastel. Noel se dio cuenta de que, por primera vez en su vida, no tenía hambre. Paulette se retiró a atender a Marietta y los hermanos se quedaron limpiando la cocina. Phil los dejó solos, esos dos tenían cosas de qué hablar y les daría cierta privacidad.

—Hacía tiempo no te veía tan contento —le dijo Paulette ya en confianza.

La sonrisa de Phil desapareció enseguida, sin que supiera que estaba ahí, y la reemplazó por su expresión de amargura usual. Se recostó en la pared, con los brazos cruzados como respuesta al comentario de la enfermera. Reinó el silencio por un momento, mientras los ojos de ambos recaían sobre el espectro sobre la cama.  Cada día que pasaba, Marietta dejaba de ser humana, se estaba convirtiendo en una flor. Cada vez costaba más que se moviera, incluso luchaban por mantenerla despierta. Tenía que tener cuidado, porque ella planeaba dejarlo solo en el mundo. Lo tenía decidido y lo estaba consiguiendo.

Paulette le había cortado el cabello, lo notó enseguida. Deseó tanto que ella estuviese despierta para decírselo, que ella supiera que se fijaba en los detalles. Marietta dormía y sus parpados tenían la misma tonalidad liliácea que cobraron sus labios. Permanecía la mayor parte del día en ese estado de somnolencia. Tenían que alimentarla y asearla porque no se valía por sí misma. Phil solo la miraba sin querer tocarla, convencido de que su mujer no lo reconocía.

No tenían manera de saberlo, Marietta había dejado de hablar incluso antes de caer en ese estado lamentable. Esperaba que se durmiera para acariciarle el cabello, para besarle las manos, nunca cuando ella lo miraba ausente.

Paulette se encargaba de atenderla porque era la única persona que su mente diluida aún quería reconocer. Nadie más que se le acercara tenía la suerte de hacerla reaccionar. Ese era el trago más duro para Phil. Su esposa, su Marietta, había dejado su cuerpo atrás y se había ido a donde no podía alcanzarla.

Phil se fue a sentar en el sillón, que le ahora le servía de cama. Antes de la llegada de Pat, dormía en la trastienda. Ese lugar fue por mucho tiempo, fue su refugio para cuando los fantasmas de la casa se empeñaban en rondarlo.

Perdida la trastienda, quedó a merced de los recuerdos que rondaban los pasillos. Pero desde la noche en que llevaron a Pat a la pieza de Tino, se había abierto un portal a tiempos pasados. Phil se acostaba en la cama de Tino y a veces le parecía sentir el olor de su hijo, esforzándose por quedarse sobre las sabanas. Empezaba a sentir miedo de que ese aroma se desvaneciera, así que por la mañana estiraba la cama y cerraba la puerta para protegerlo dentro. Tino y luego Marietta… Los pasillos se quedaron vacíos y la casa, siempre tan silenciosa.

Quizás esa fue la razón por la que había dejado que ese muchacho escandaloso se quedara a vivir con él. Aquella vez cuando lo encontró escondiéndose tras el contenedor de basura de su tienda, no lo pudo creer. Fue como volver en el tiempo. Tino siempre le ayudaba a sacar la basura todas las noches. No, no era Tino quien estaba rebuscando en la basura, pero en la penumbra parecía que era él quien egresaba a casa luego de años de ausencia.

La noche en que había encontrado a Pat, dejó de fumar. El cigarro se le cayó de los labios y no se molestó en recogerlo. Tan sólo atinó a acercarse al espejismo, que le decía que su hijo había vuelto.

El muchachito se puso en guardia. Cuando le preguntó su nombre, contestó que se llamaba Patrick y que estaba en busca de un trabajo para ganarse la vida.  Phil ni lo pensó, le ofreció un puesto en la tienda y un lugar donde quedarse.

A la luz, Pat tenía mucho de Tino, pero no lo suficiente. El chiquillo era rubio y tenía ojos de gato y fiera, la piel pálida, los labios delgados y la nariz puntiaguda como si se la hubiesen ajustado. Flaco como su Tino, ambos comían hasta caerse, pero no aumentaban ni un gramo. Lo que más le incomodaba era esa mirada de adulto que traía y esa tristeza que se le escurría. Pat no era un niño, nunca lo había sido, era un viejo atrapado en ese cuerpo esmirriado y ajeno. Pero se parecía tanto a su hijo. No, no era Tino sino el recuerdo caprichoso que la vida te pone cuando se ensaña contigo. Su hijo tenía el cabello del mismo color de Marietta, en ese bonito tono de las hojas de otoño. Era una mezcla de ambos, se parecía a su madre, pero tenía los ojos pardos y el carácter de su papá, belicoso e impulsivo.

—¡Mi Señor resucitado!—Paulette acababa de asustarlo con los brazos levantados—. Te estoy hablando desde hace rato y no me escuchas. Ya veo de dónde saca Pat el mal ejemplo

—¿Qué tienes, mujer? ¿Qué estabas diciendo?

—Te pregunté acerca del hermano de Pat. Me ibas a contar como así llegó ese pobre chico a cenar con nosotros—. Paulette tomó asiento en su silla, la misma que ocupaba a diario, al lado de la cama.

—Lo vi dando vueltas afuera y le dije que o entraba o se largaba. —Phil hizo una pausa para tomar valor y continuar la historia—. Tenía un…collar de perro alrededor de la garganta. No se lo podía quitar porque tenía una cerradura…

A Paulette se le descompuso el rostro, pero dejó que continuara la historia.

—Me dijo que era el cumpleaños de Pat y yo lo mandé por un pastel. Ya sabes el resto. Le dije que terminara y se fuera.

—Ese pobrecito, Phil. Gracias por dejarlo quedarse, significa mucho para Pat. Extraña mucho a su hermano, no deja de hablar de él.

—No son hermanos. Un par de mentirosos, eso es lo que son. No debí dejar que se quedara, sería mejor que se fueran los dos.

Paulette se quedó en silencio por un momento.

—Entonces hazlo. Phil. Si ya tomaste una decisión, hazlo de una vez.

—¡Sabes que no puedo! —Se le escapaba la frustración por los poros—. No puedo echarlo a la calle.

—Phil, tú y yo sabemos que Pat no está bien de su cabecita. Además, Noel…

—No me sigas mencionando a la gente de Devan. He tomado una decisión y la voy a llevar a cabo. Le daremos parte a las autoridades y Servicios Sociales.

—Servicios Sociales va a enviarlo a un hogar sustituto hasta que cumpla mayoría de edad. Pero Pat va a regresar a la calle, eso es lo que va a suceder.

—Paulette, te lo confío por la amistad que tenemos. Entiende que es mejor para todos…

—Yo te he cambiado los pañales, Philipo, así que no me vengas a decir que entienda. Escúchame bien, solamente espero que no te arrepientas luego. Si vas a echar a ese pobre, escucha bien, a Pat a la calle, cuando más necesita ayuda, hazlo y que el Señor te perdone. Pero recuerda bien que todo se paga en esta vida.

—No me hables de pagar cosas en la vida, mujer. No me hables de arrepentimientos, porque no hay día en el que no me arrepienta de no haber tenido más cuidado con Tino, de no haberle prestado más atención a mi mujer. No me hables de Dios y…

—¡No blasfemes!

—No me hables de pagarle nada a la vida, ya me ha cobrado bastante. Me quitó a mi hijo, me quitó a mi mujer… y no hay día que pase que no me arrepienta de seguir vivo.

Otro silencio incómodo, Paulette lo prefirió así. Phil se levantó de la silla y le dijo en un susurro que se hacía tarde, que la llevaría a su casa.

***

La cocina limpia, los platos en su sitio, las gallinitas de cerámica le llamaron la atención a Noel y lo sorprendió examinando una con curiosidad. La presencia de su hermano lo llenaba de una felicidad increíble. Era todo lo que necesitaba, todo lo que quería. No había minuto durante el día en que no pensara en él, en lo que estaba haciendo, en cuándo iba a volver, en lo felices que serían si pudieran estar juntos. Luego dejaba esos pensamientos y trataba de pisar tierra. Estaba bonito eso de soñar un rato, pero la realidad era distinta. Pat deseaba con todas sus fuerzas que al final de la aventura los esperara un final feliz.

—Mira Noel, me quedó muy bien. —Pat acababa de ponerse la polera que le había regalado y sonreía tanto que las mejillas se le iban a descolgar.

Su hermano mayor no le respondió, sino que se encogió de hombros y puso la gallinita en su sitio sobre una repisa. Pat extrañaba sus silencios y cómo respondía con una mirada.  Eran polos opuestos, Pat jamás se quedaba callado y andaba en pie de guerra. Noel, en cambio, casi no usaba su voz y nunca protestaba.

—Es mi color favorito. ¿Sabes? Oye, ¿te gustó la comida? Yo la preparé.

—Estuvo buena. —Tomó otra gallinita de sobre el mismo estante—. Creo que nunca comí nada tan rico.

—Yo sé, todo lo que hago es rico. —Y sonrió de oreja a oreja, con cierta malicia impregnada—. Es mi primer intento, Paulette me está enseñando a cocinar.

Noel le dio una mirada de sorpresa a la gallinita entre sus manos.  Resultó ser un recipiente de pimienta y acababa de derramarse un poco.

—¿Ese es su nombre? El de la señora que estaba aquí…

—Sí, se llama Paulette. Es enfermera retirada, pero cuida a Marietta, la mujer de Phil.

—A ella la conozco. Está enferma o algo, nunca supe qué tenía —respondió con su tono lánguido usual.

—¿De verdad?  Porque yo hasta ahora no la he visto. Es que yo nada más estoy en la bodega y de ahí a mi cuarto. Ah, sí, y la cocina, mi lugar favorito. Pero Phil y Paulette siempre están ahí metidos con ella, en ese cuarto de al fondo.

Hasta ahora no se había cruzado con ninguna foto de Marietta en lo poco que conocía de la casa. A decir verdad, el único lugar decorado que podía recordar era esa cocina, el resto se veía desnudo y triste. Siempre se había imaginado que en esas casas de familia tendrían fotos sobre los estantes, las chimeneas, las paredes. Tal y como lo veía en la tele.

Noel no le respondió, sino que terminó de examinar la gallinita y la puso en su lugar. Así que tuvo que insistir.

—¿De verdad la conoces? ¿Cómo así? ¿Por qué no me cuentas nada?

Ahí iban de nuevo, Pat le hacía preguntas que no se sentía capaz de responder. Podía darle el gusto y saciar su curiosidad, pero no quería hablar más de la cuenta. Todo apuntaba a que Pat no estaba al tanto de la historia tras la enfermedad de Marietta. Además, Phil le había dicho que podía quedarse a cenar y que luego se tenía que ir. No iba a abusar de su paciencia, ni la de Devan. Mientras no supiera cuando ese último iba a volver, prefería no arriesgarse. La piel se le escarapelaba con solo pensar en Devan y en las complicaciones que tendría si sabía dónde estaba y qué estaba haciendo.

—Pat, ya me voy. —La voz casi se le quebró en la garganta—. Phil me dejó quedarme un rato y no quiero que se enoje. No pensé que me fuera a dejar entrar a verte.

El rubio se quedó en silencio, con las mejillas ligeramente infladas conteniendo las ganas de saltarle encima y obligarlo a quedarse. No, no iba a arruinar los escasos momentos que podía tener con Noel, se iba a tranquilizar y a tomar el toro por las astas.

—Yo sé, sé que te tienes que ir y todo eso. A pesar de que no me creas, yo entiendo, Noel. Sé que tienes que regresar con esa gente de mierda y eso. Pero antes, quiero que hagas algo bien importante. —Lo dijo a quemarropa, disfrutando la atención que le ponía.

Esta vez su hermano lo miró con cierta sorpresa y hasta cautela. Noel sabía que algo tramaba y, como el cobarde que era, no pensaba caer tan fácil en sus artimañas.

—No te puedes negar, Noel, es algo bien simple. Quiero que me des un beso, un beso de adulto. Luego de eso te juro que te puedes ir.

Noel abrió la boca para responder, pero se olvidó de que tenía el arete puesto. Pat lo había notado desde muy temprano. En lo único que podía pensar era en saciar otra de las curiosidades malsanas que albergaba dentro de su mente.  Al principio se asustó con la sola idea, luego se dio cuenta de que no era mala, sino incomprendida. No iba a forzarlo a que lo besara, solamente darle un empujoncito cordial contra la pared, a diferencia de lo que hacían otros tipos. No iba a lastimarlo. Lo único que quería para con Noel era protegerlo y no dejar que nadie más en el universo le volviera a poner un dedo encima. Sí, eran celos que lo carcomían hasta dejarle un hueco en el pecho. Cada vez que pensaba que estaba en la calle dejando que alguien más lo tocara, algo muy dentro de él se prendía en fuego.

—No. —Un monosílabo como única respuesta y las mejillas encendidas, muy propio de Noel.

—¡No sé por qué no me sorprende! —le reclamó bufando—. Sólo es un beso, no te he pedido que me la chupes.

Noel se lo quedó mirando más pasmado que antes. Odiaba cuando se ponía así. ¿Por qué no podía responderle? Sólo era un maldito beso, nada más. Lo que hace una persona cuando siente algo por otra. ¿Era mucho pedir?

—¡Carajo, Noel! Haces cosas peores con otra gente. —Pat vociferaba y las cosas no pintaban bien. Phil iba a regresar atraído por la bulla.

—De acuerdo. —susurró Noel como respuesta. —Como tú quieras 

Pat perdió el habla. No había pensado que fuera a dar resultado. Le temblaron las piernas y el cuerpo en conjunto. Ahora se le acercaba como un gato hacia su presa, como si se hubiera convertido en algo que deseaba con demasía y estaba a punto de disfrutarlo.

Noel se inclinó sobre él e hizo que se apoyara con suavidad sobre el refrigerador a sus espaldas. Acababa de acorralarlo, pero Pat no se sentía amenazado.

Con el dedo índice, Noel le acarició el mentón dibujando el contorno de su rostro, hasta anclar en medio de sus labios abiertos y esperando. La otra mano serpenteó sobre su espalda, colándose por la mínima curva de su cintura, subiendo sinuosa hacia su nuca. Los dedos se le enredaron entre las hebras rubias, descendiendo por el cuello, dibujando la yugular, resbalando sobre el pecho, en declive hacia su ombligo. Para luego escurrirse alrededor de su cintura y apretarlo contra su pecho.

Los ojos ambarinos de Pat se abrieron tanto que casi se le salen del cráneo. Noel cubrió su boca con un beso minúsculo, casi probando el sabor de sus labios abiertos de par en par. Dócil, dejó que Noel ingresara como explorando el panorama, deslizándose ligero con la lengua por encima de sus dientes.

El bendito arete rodó dentro de su boca, acariciando las paredes de sus mejillas, tropezando contra sus dientes. Pat se escuchó gemir, pero sólo fue una exhalación del calor que sentía invadiendo su cuerpo. Los ojos de Noel tenían una expresión que no le conocía y que nunca se había imaginado que vería tan de cerca. De pronto perdió la noción de dónde estaba, simplemente se abandonó ante tal sensación, no tan nueva, pero increíblemente peculiar. Un cosquilleo en su vientre y aquella presión bajo su cintura que empezaba a erguirse entre sus piernas.

Noel se detuvo de sopetón, abandonó su boca y, cuando abrió los ojos para ver qué le sucedía, lo encontró más pálido que nunca. Tan absorto estaba navegando en el mar de sensaciones, que no se dio cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Ambos habían ignorado el sonido de los pasos, hasta que estos se detuvieron en el umbral de la cocina. Pat intentó emitir una grosería de grueso calibre al descubrir la razón de ese precipitado abandono, pero no pudo condensar su voz.

No, Phil no tenía que decirlo, pudo leerlo en sus ojos. Los iba a matar a ambos en ese mismo instante.

Fue Noel quien reaccionó primero. De inmediato se separó de Pat, con el gesto más culpable del mundo. No tenía palabras, pero sus mejillas aún estaban encendidas. Pat también compartía el incendio en todo el rostro. Era escandalosamente evidente lo que acababa de suceder y el bulto entre sus piernas no los iba a dejar mentir. Pat tuvo deseos de aferrarse a Noel y que el mundo se acabara si quería. Sin embargo, la expresión de Phil lo hizo desistir.

5 thoughts on “Capítulo 8

  1. Bendito sea Luka por haberle salvado el pellejo a Noel. En serio. Ya no soporto leer al amito de mierda prodigandole “atenciones”. Se me hace pedante e hijo de puta. Si, sé que todo eso forma parte del personaje y lo acepto, pero argh. En serio, es dificil de tragar.

    Por otro lado, la rebedia de Pat es de espanto y brinco, pero se me hace tierno cuando dice que quiere ir a buscar a Noel. Y me dio mucho pesar lo de su mama, porque a fin de cuentas por lo que lei, no era ninguna arpia. Puto servicio social, solo saben causar problemas.

    Bueno, de aqui no me queda mas que decirte que sigas, porque it gets better and better!

    Besos, mi mosha!

    Le gusta a 1 persona

  2. Por dios. Terminé bastante embotada luego de leer esto, pero valio la pena. Sigues captando más y mejor la sordidez del ambiente en el que Noel está envuelto, pero admito sinceramente que si bien escribes buenos lemons, me cuesta sentir un gramo de placer cuando me recuerdo que Noel lo que tiene son 16 años y esta ya hecho un trasto viejo. Pero bueno, es un efecto secundario que estoy dispuesta a dejar pasar porque el trabajo que has hecho so far es excelente.

    Un besote!

    Me gusta

  3. Entiendo que Noel este pasando por cosas increiblemente sordidas, pero ese tipo de reacciones ante peticiones inocentes y que vienen de Pat, quien mal que mal, con todo y sus cambios violentos de humor, tiene mas corazon que cualquiera que Noel haya conocido, realmente deja mucho que desear. No he visto que realmente se alegre de que al menos su hermano esta pendiente de el y todo eso. Ni siquiera se me ocurre pensar que es que de algun modo, Noel lo protege para no meterlo en el peo con Devan y compañia. No estaria de mas que Noel en algun momento reflexione antes de que pierda a la unica persona que, insisto, mal que mal, con o sin bipolaridad, le importa de veras.

    Un besote, mi mosha.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s