Capítulo 6

— Entonces. ¿nunca has probado camarones?

—No, tampoco cangrejo. ¿Esos no son insectos grandes? Parecen insectos.

Paulette rio ante esas palabras. Cortaba unas zanahorias, mientras Pat la observaba atento. En la cocina entibiada por el suave sonido de las ollas encendidas y la comida hirviendo, preparaban la cena de Navidad. El muchacho le comentó que era la primera vez que asistía a una y no fue difícil creerle.

Patrick tuvo un hogar alguna vez, al lado de su atareada mamá quien no tenía tiempo para atenderlo. Paulette no se resistió y cuando le preguntó al chiquillo qué le provocaba comer, se le iluminaron los ojos.

—Las papas ya están cocidas, ahora cuando se enfríen les quitamos la cáscara y las aplastamos con un tenedor. Vas a ver qué sencillo es preparar un puré, le ponemos mantequilla y leche, un poco de sal y algo de pimienta.

—Mentira, más fácil es comprar esos que vienen listos. Yo no sé, Paulette. Nosotros no teníamos una cocina, nada más un microondas que estaba en una sala común, donde había también una cafetera. Mi mamá siempre estaba muy ocupada trabajando. Toda esa verdura es cara, más barato es comprar ya hecho. Se calienta y listo.

Cuando vivía con su mamá, no tenían dinero suficiente para pagar la renta de un cuarto e ir a la tienda a comprar cosas caras. Paulette le estaba dando a conocer un mundo nuevo, comida casera era algo que él no conocía.

—¿En qué trabajaba tu mamá?

—¿Mi mamá? Ella hacía muchas cosas, pero era mesera la mayoría del tiempo y yo iba con ella porque no tenía donde dejarme. A veces me quedaba en el auto, pero un día alguien rompió el vidrio porque yo estaba dentro y hacía calor y… Llamaron a la policía. Mi mamá se había metido en problemas y a mí me llevaron a uno de esos hogares—. Dejó las cáscaras a un lado para jugar con las rodajas de zanahoria—. ¿Cómo vas a cocinar esto?

—Zanahorias en almíbar. ¿Te parece bien? Con puré de papas y pollo al horno. No es una gran cena, pero es algo. Necesitamos un postre. ¿No?

—¡Helado! Hay en la tienda. —Pat dio un brinco dispuesto a ir por él.

—Pensaba en una tarta para acompañar la cena.

—Yo nunca he comido nada de eso. Pero Paulette, el supermercado ya cerró, helado está bien.

—¿Nunca has probado una tarta? —Ahora sí había conseguido sorprenderla—. Tienes que probar la tarta de chocolate de mi hermana Jo. ¡Mi Señor resucitado! Esa tarta sabe a cielo.

—Mi mamá traía lo que sobraba del restaurante y eso comíamos. Nunca quedó pastel, pero ya cerró el supermercado. ¿De dónde sacamos uno a esta hora?

—Haremos un pastel. ¿Qué tal?

—¿Dónde? ¿Aquí?—Pat abrió tanto los ojos que parecía que se le iban a escapar de las órbitas.

Paulette intentó no reír al ver tanta sorpresa junta. Pat podía sentirse un adulto, pero aún conservaba cierta inocencia propia de sus años.

—Aquí mismo, en esta misma cocina. Marietta era una gran cocinera, no tan buena como Doña Georgina, su mamá, quien me enseñó a cocinar a mí.

—¿La mamá de quién? A Marietta no la conozco, Phil no me deja entrar a verla.

—Te voy a contar una historia. Yo conozco a Phil y a Marietta desde que usaban pañales.

—No me imagino a Phil en pañales —bromeó el chiquillo sacando la lengua.

—Cuando era niña, vivía con mis seis hermanos en los edificios del Estado y éramos muy pobres. Un día iba caminando por estas calles y doña Georgina me llamó. Me dijo que había preparado mucha comida y que la llevara para mis hermanos. Le agradecí de corazón y desde ese día cada vez que me veía, me tenía algo para llevar a casa. Hubo veces que íbamos Josephine, Marie, Pierre, Mignon, Maurice, el pequeño Patrice y yo, los hermanos Therrien juntos y de la mano. Doña Georgina nos hacía sentarnos a la mesa a comer con su familia. Así conocí a Marietta, cuando aún se chupaba los dedos, y fui su niñera por un tiempo. —Suspiró hondo como si le costara continuar produciendo palabras—. Para hacer la historia corta, le debo mucho a la familia de Marietta. Nunca nos dejaron pasar hambre y hasta me ayudaron a ir a la escuela de enfermería. Con mucho trabajo pude sacar a mis hermanos de la pobreza. Esta familia ha sufrido demasiado, pero aun así no dejan de darle la mano a quien lo necesita.

—Yo sé. Phil fue bien bueno en dejarme quedar aquí. Otro me botaba a la calle.

—Me alegra que Phil te dejara quedarte, la calle no es lugar para ti.

Pat sonrió, más animado por la idea de preparar un pastel que por sus palabras. Iba a ser la mejor Navidad de su vida. En esas fechas, su mamá salía a atender banquetes y lo dejaba solito, viendo televisión. Cenaba palomitas de maíz de microondas, pan con mantequilla de maní o a veces sólo emparedados de azúcar, de esos sobrecitos que su mamá traía del trabajo.

La extrañaba. Ella no había sido una mala madre, a pesar de todo lo que Servicios Sociales habían dicho (negligente, abusiva, adicta a los analgésicos). Ellos no tenían idea de lo que estaban hablando; hablaban de su mamá y la tristeza regresaba como una ola que cada vez se come más orilla.  No la podía mantener a raya, se estaba desbordando.

—¿De qué sabor te sabes los pasteles, Paulette? —Sacudió su cabeza rubia para deshacerse de la sensación de angustia que empezaba a abrirse paso en medio de su pecho.

—¿Cómo dices? Ah, del que tú quieras. ¿Qué sabor te gusta más?

Esa era una buena pregunta para alguien que solo se imaginaba el sabor de las cosas por cómo se veían.

—Chocolate. —Algo que le era familiar; venía tomándose una taza a diario desde que había llegado.

—Chocolate entonces. Marietta seguro tiene por aquí alguna receta y…

—Vainilla —interrumpió el rubio—. Es lo más favorito de ese tonto de Noel. Una vez le di unas galletas y casi se come la bolsa. Ese anda todo muerto de hambre, no le dan de comer.

Paulette sintió la tristeza del chico escurrirse a cántaros. Pat dejó de jugar con las papas que acababan de vaciar en un tazón y se desparramó en una silla.  Con la cara escondida sobre la mesa, musitaba algo que sonaba a sollozos.

—Ni siquiera viene a verme. Yo sé que a Noel no le importa lo que pase conmigo. Es el cumpleaños de ese idiota. Podríamos prepararle un pastel, pero no va a venir. ¿No? Quiero ir a buscarlo, pero Phil no me va a dejar ir.

—Pat, no vas a salir y menos a buscar a nadie a esta hora.

—No entiendes, tienes ochenta hermanos y no entiendes. Noel es mi hermano y hoy es su cumpleaños. Es Navidad, por eso le pusieron ese nombre.

—No digas eso.

—Le importa un maldito carajo que haya venido hasta esta puta ciudad a buscarlo. Si no, ya nos hubiéramos largado de aquí hace tiempo.

Infinita tristeza, cavando un hoyo en lo más hondo de su pecho. Pat detestaba llorar, pero su cuerpo lo traicionaba y una rabia inmensa lo invadía. Se puso de pie de un salto y salió a toda velocidad por la puerta principal de la casa.

Una vez fuera, encontró nieve por todos lados. De un resbalón terminó hundido sobre lo blanco del panorama. Lanzó un gruñido de gato de arrabal e intentó levantarse. Estaba furioso, quería lanzar cosas, patear a quien se le cruzara. Paulette lo llamó desde la puerta, pero Pat le respondió con otro gruñido. Phil apareció tras ella y fue tras él.

—¡No! —gritó el muchacho voz en cuello, para que el par de peatones se enteraran de lo que ocurría—. ¡No te me acerques!

A nadie le importaba, Phil podía arrastrarlo dentro o apuñalarlo ahí mismo y nadie haría nada. Los peatones se apuraron para alejarse de la escena. A Pat le causó cierta sorpresa, y cuando se percató, Phil ya estaba encima de él levantándolo en peso como a un saco de arroz.

Pataleó con el cuerpo entumecido y sintió que un oso lo levantaba para llevarlo a su cueva. Pat gritó todo lo que quiso, hasta que Phil lo dejó caer al suelo de la sala para que se le desprendiera la nieve.

—¿Qué crees que haces? ¡Recoge tus porquerías y te largas! —vociferó Phil sazonándolo con un par de groserías—. Si te vuelvo a ver, yo mismo te llevo a la policía. ¿Qué me estás mirando? ¡Lárgate de una vez!

Pat retrocedió temblando hasta pegar la espalda contra la puerta, mientras Phil seguía lanzando maldiciones y escupiendo fuego. Parecía un oso enorme y rabioso. El chico estaba aterrado, su respiración se aceleró y se dio cuenta de que no tenía hacia donde correr. Por alguna razón no podía moverse, sentía su cuerpo ajeno y el dolor de cabeza acababa de acentuarse en la base de su cráneo. Phil seguía gritando palabrotas. Pat dejó de escucharlo, dejó de sentir.

—¡Pat! —Paulette notó que algo le sucedía. Chasqueó los dedos frente a los ojos del niño, pero no hubo reacción.

Phil palideció y dejó de vociferar. Se quedó en su sitio paralizado, mientras Paulette intentaba que el chico reaccionara.

Al cabo de unos minutos no consiguió respuesta. Pat parecía una estatua de carne y hueso, con los ojos perdidos en el espacio y las pupilas dilatadas. Cuando ya perdían la esperanza de que reaccionara, el chico pestañeó y se desplomó. La enfermera apenas pudo sostenerlo. Phil regresó a la vida y enseguida lo levantó en brazos. Entre los dos lo llevaron a una habitación cuya puerta siempre estaba cerrada. Sin pensarlo dos veces, Phil depositó al chiquillo sobre la cama y Paulette entró tras él.

Phil no había vuelto a pisar ese cuarto desde que Marietta había enfermado, por lo cual fue una sorpresa encontrar la habitación bastante aseada. Averiguaría la razón luego. Ahora empezaba a sentirse incómodo en su propia casa. Los cuadros colgados alrededor de las paredes, afiches de su equipo favorito de béisbol, trofeos y medallas aun en su lugar. Marietta no habría querido que nadie tocara nada, tal y como había quedado cuando…

Phil sacudió la cabeza contemplando la idea de desaparecer un rato. Dejaría que Paulette se encargara del muchacho y, si era necesario, llamaría una ambulancia para que se lo llevaran de una vez y no volverlo a ver.

—Está estable. —Ella le acariciaba la frente a Pat, en busca de fiebre—. Fue un desmayo, tenemos que esperar que reaccione.

—¿Qué fue lo que pasó? —interrogó Phil con la confusión plasmada en el rostro.

—No lo sé, estábamos cocinando, me estaba ayudando y de pronto se descontroló, dijo que quería buscar a su hermano y emprendió la carrera. —La enfermera le acariciaba la cabellera rubia—. Me temo que hay algo mal en su cabecita.

— No lo he visto dormir desde que llegó. —Phil retrocedió un par de pasos para buscarle una silla a Paulette—Es un fenómeno de la naturaleza.

—¿Cómo es eso? Debe estar exhausto entonces. ¿Cómo así no duerme?

Phil regresó a su lugar, apoyado en la pared, con los brazos cruzados para prevenirse de empezar a vociferar de nuevo.

—Cuando lo vi en la calle, le ofrecí pasar la noche bajo un techo. Aceptó con recelo y dejé que se quedara en la trastienda. Por la noche, vi la luz encendida y fui a apagarla, pero bloqueó la puerta por dentro.

—Tiene que desconfiar, Phil. Viene de la calle.

—Lo sé, lo dejé tranquilo, pero sé que no durmió porque tenía esas bolsas bajo los ojos. La noche siguiente igual, la luz encendida y escuché el sonido de las hojas del diario. Yo le dije que si tenía miedo a la oscuridad le daba una lámpara de noche y apagó la luz. Me sintió aún afuera de la puerta y —Phil tuvo que detenerse a tomar aire, porque no estaba seguro de poder continuar— me dijo que si quería un servicio, que buscara a uno de la calle y que si quería me lo podía traer.

Paulette meneó la cabeza y suspiró hondo.

—Esa noche no durmió, a pesar que le juré por la memoria de mi santa madre que nada le haría. No durmió tampoco la noche siguiente, está despierto desde que llegó aquí.

—Está exhausto —dijo Paulette con tristeza—. Chiquito, estás demasiado criatura para que la vida te trate tan mal.

Paulette se hundió sobre la silla de madera y esta crujió con su peso. A Phil las paredes se le empezaron a encoger. Cerró los ojos para evitar dejar entrar la lluvia de recuerdos que lo asaltaban. Esa gorra de béisbol sobre el armario era la favorita de Tino, nunca se la quitaba. Se la habían regalado por su cumpleaños junto con el bate de béisbol y la camiseta con su número favorito. Sin pensarlo, avanzó hacia ella, donde su hijo la dejaba cuando se iba a dormir. «Marietta la recibió esa noche, la sujetó contra su pecho, la mojó con sus lágrimas». Ahora que la tenía entre sus manos, encontró sin buscar las huellas de las lágrimas de su mujer acompañadas de gotitas de sangre que habían quedado marcadas.

Escuchó a Paulette susurrar «Pat». Reaccionaba. Paulette regresó a su lado junto a la cama y los recuerdos volvieron a golpearlo. El niño abrió los ojos; los tenía nublados. La enfermera volvía a revisarle el pulso. Pat recobraba el color. Los miró, reconociéndolos. Separó sus labios secos y dijo:

—Tengo hambre. ¿Ya está lista la cena?

***

Tin Man abrió la jaula y al hacerle una señal, su mascota lo siguió gateando por la habitación. Parecía un cachorro de tigre, con las marcas sobre su piel similares a la de aquel animal. Tin Man se tomó un momento para apreciar la belleza de su obra, las rayas rojas sobre la piel tan blanca. No, no un tigre. Una cebra.

—Te tengo una sorpresa. —Acababa de recoger un paquete en la recepción del hotel y casi no podía contener las ganas de usarlo—. Aunque no la mereces.

Noel tampoco quería saber qué era, no podía ser nada bueno. Observaba disimuladamente mientras su amo removía el contenido de una caja de cartón y la colocaba sobre el velador. Guantes de goma, un par de jeringas, una pinza larga, unos artefactos que no alcanzó a imaginar para qué eran.

—Sentado. —Tin Man encendió la lámpara de noche y se colocó unos guantes de goma.

Con mucho pesar obedeció, no sólo por el dolor que le producía moverse, sino por el miedo a lo que estaba planeando.

—Abre la boca. —Lo tomó de la barbilla para levantarle la cara y tener acceso a sus labios separados—. Ábrela más.

¿Cómo podía negarse? Dejó que introdujera un instrumento con la forma de una pinza alargada, que atrapó su lengua y la jaló hacia fuera.  Gimió ligeramente, pero su amo lanzó un gruñido fastidiado.

—No te muevas.

Noel se quedó lo más quieto que pudo, mientras que Tin Man picaba su lengua con una aguja . Intentó un par de veces hasta que la tercera atravesó la carne suave. Noel tensó el cuerpo y lanzó un gemido hondo. Vio a su amo sonreír y echó los ojos a un lado para evitar mirarlo de frente. Tin Man dejó la lanza con la que había atravesado su lengua y tomó algo de la mesa. Retiró la larga aguja y fue insertando una pieza de metal dentro del agujero que acababa de conseguir.

—Saca la lengua, quiero ver bien cómo te queda. —Tin Man sonrió ampliamente—. Buen chico.

Le acarició el cabello, mientras su mascota trataba de asimilar el dolor en su boca. Era uno más de los que poblaban su cuerpo. Metódico como siempre, Tin Man regresó los instrumentos a la caja y los guantes a la basura.

—No te dije que cierres la boca. —Un regaño. Y esos acababan muy mal—. Quiero probarla ahora mismo. ¿Qué estas esperando?

La mascota se arrastró hacia su amo. Quería protestar, pero su cuerpo no le daba tregua, obedecía antes que su cerebro pudiera detenerlo. De rodillas frente al albino, le desató el pantalón y la ropa interior se resbaló hacia suelo. Toto se sorprendió al encontrarlo fláccido. Tragó saliva y le supo a sangre pero, obediente, empezó a darle lengüetazos primero. Despacio, porque la lengua le dolía tanto que pensaba que se le iba a desprender. La bolita de metal que rondaba sobre la carne tibia iba surgiendo efecto. Por primera vez, lo escuchó gemir ligeramente.

—Mírame a los ojos —demandó Tin Man.

Noel lo hizo, levantó los propios y vio sus mejillas encendidas, su boca torcida en una sonrisa siniestra y sus ojos plateados brillando con lujuria sádica. Quería que lo mirara bien para poder apreciar el dolor plasmado en su rostro.

—Abre los ojos —volvió a reprenderlo, mientras sus manos atrapaban sus mechones castaños, asiéndose de ellos con fuerza.

Las pupilas dilatadas de Toto parecían abismos en medio de lagunas azules. Le descubrió un par de lágrimas, como diamantes sobre la piel descolorida. Era una visión espectacular y con el pequeño aditamento que le había colocado a esa lengua talentosa, acababa de potenciarle la capacidad de complacerlo.

Tin Man llegó al orgasmo más pronto de lo que él mismo había previsto. Era culpa de Toto, el cachorro acababa de malograr la rutina y lo castigó con una bofetada. Erguido para recobrar la compostura, tenía que estar al control de la situación. Acababa de dejar que su propia mascota decidiera cuándo tenía que llegar al clímax y eso era imperdonable.

Toto aparentaba sumisión, pero la realidad era otra: intentaba retorcer los deseos de su Amo para hacer su voluntad. Tin man levantó la mano para golpearlo de nuevo, pero eso era lo que su cachorro quería. Le dio más ira y lo tomó del pelo para darle una sacudida contra el suelo. Escucharlo gemir le daba nueva vida a su miembro.

—Sube a la cama y acuéstate —ordenó leyendo las intenciones de Toto.

Su mascota quería proteger su espalda magullada y le dio un buen palmazo en la cadera para reafirmar la orden. Obedeció como esperaba que hiciera y cuando estuvo acostado boca arriba, se acomodó entre sus piernas separadas. Ingresó dentro de su cuerpo de un solo golpe y escuchó a su perro gemir muy alto.

—Buen chico. —Otra estocada más profunda y esta vez hasta sintió cómo su mascota se sacudía debajo de su cuerpo.

Interesante era el modo en que reaccionaba ante sus caricias. El sexo de Toto empezaba a erguirse despacio. Rodeó con la palma la carne rosada y caliente, y empezó a frotarla con un vaivén apresurado. El cachorro lanzó un grito y las mejillas se le encendieron como luces de tráfico.

Noel quiso resistirse, pero sus manos enguantadas eran inútiles. Detestaba que su propio cuerpo lo traicionara cediendo a los despojos de placer que su amo le dejaba sentir. Dolía mucho y aun así se estaba poniendo como una roca. La transpiración como rocío sobre su frente y espalda, sus labios separados imposibles de acallar… Gemía porque de pronto le estaba gustando.

—¿Acaso vas a desobedecer, Toto? No te he dado permiso para que lo disfrutes. —Y seguía moviéndose dentro de su mascota.

Era peor cuando se lo negaba expresamente. Su cuerpo necesitaba la conclusión y su mente intentaba con desesperación que obedeciera. La mano de su amo ensañándose con él, frotando con más ahínco. Noel no podía controlarse y detestaba esa sensación. Tendría que tomar una medida desesperada, desobedecerlo deliberadamente y hacer que pareciera un accidente. Le dio un empujón ligero con ambas manos e hizo que Tin Man perdiera el ritmo.

Toto cerró los ojos porque lo que vino fue una serie de bofetadas y la última le hirió el labio inferior.

Su amo se detuvo por completo y el amago de orgasmo desapareció para ambos. Tin Man volvió a la carga, le levantó las piernas apoyándose en medio de ellas para ingresar en su cuerpo con la misma velocidad de antes. Ya no le interesaba verlo correrse, sólo buscaba su propio clímax.

Toto temblaba bajo el cuerpo sudoroso de Tin Man y giró el rostro a un lado, para darle una mirada a las pastillas sobre el velador. Se las estaba ganando a pulso, ese sería su único consuelo.

Tin Man llegó al orgasmo y al hacerlo lanzó un gruñido. Se incorporó pronto, apenas jadeando. Toto esperó pacientemente que su amo decidiera que hacer con él, pero sólo lo dejó sobre la cama y se dirigió al baño. Tardó poco tiempo en enjuagarse el sudor y salió envuelto en un albornoz. No dijo una palabra mientras se vestía, calzaba y salía de la habitación.

La mascota se quedó donde lo había dejado, sobre las sabanas húmedas, temeroso de moverse. La cama era un mejor lugar para descansar que la jaula donde estaba todo contraído. Por lo menos podía estirar las piernas y de momentos darle una mirada al frasco de oxicodona a su lado,  sin atreverse a tomarlo. Tan cerca y tan lejos.

***

Después de cenar, Patrick se encargó de poner orden en la cocina. Paulette quiso que se fuera a dormir temprano, pero ella no sabía que sufría de insomnio. Como era tarde, Phil se llevó a la enfermera a su casa y lo dejaron solo, suelto en plaza.

Aprovechó para darse un buen baño y prepararse para ir a la cama. Tampoco dormiría esa noche, se quedaría leyendo el diario y pensando que en esas fechas era cuando más extrañaba a su mamá. Solía verla apenas un momento, cuando llegaba a casa para cambiarse un uniforme por otro y se despedía de él con un beso en la frente. Eso sí, jamás se olvidaba de acariciarle el cabello, apretarlo contra su pecho y besarle la frente.

Extrañaba tanto a Maggie, que no notó que Phil estaba de regreso. Cuando descubrió que estaba siguiéndolo por el corredor de la casa, entró el pánico.

—¿Qué quieres? — Pat se detuvo alterado a mitad de camino—. Ya te dije que no hago sexo.

Phil gruñó, pero no abandonó la persecución. Pat no iba a aceptar que estaba asustado, sin embargo, corrió a la trastienda y se cerró la puerta de un golpe. No importaba, podía defenderse. No era la primera vez que se enfrentaba a alguien del tamaño del italiano.

—Te dije que no soy un pervertido y que no te haría nada —gritó Phil tras la puerta.

No le creyó una palabra. Los adultos mentían para conseguir lo que querían y no iba a caer en sus trucos. Phil estaba esperando que se descuidara para entonces atacar. ¡Qué idiota! Jamás iba a bajar la guardia, estaba preparado para defenderse.

—Entonces vete —le gritó Pat al italiano, que no se largaba.

—Vine a ver si estabas bien, más temprano te desmayaste.

—No tengo nada, soy muy sano —volvió a gritar, pero Phil no se iba.

De debajo de la cama, tomó un trozo de madera que guardaba para la ocasión. Estaba listo, si Phil entraba, le caería encima.

—Paulette te lo dijo, un desmayo no es normal —insistió Phil asomándose por la puerta—. No estás durmiendo, no te he visto dormir.

—¡Eres un pervertido! Estas esperando que me duerma. ¡Nunca me voy a dormir contigo tan cerca! —Saltó de la cama con el trozo de madera entre las manos para espantarlo—. Yo no hago sexo, vete de aquí.

Phil no se movió a pesar de que Pat se había convertido en una fiera. Observaba sus movimientos nerviosos, el modo en que medía la distancia entre ambos y buscaba una ruta de escape. Paulette tenía razón, el chico estaba mal de la cabeza.

Respiraba agitado, los ojos le saltaban de las órbitas, hasta temblaba el mocoso. Nada de lo que dijera lo iba a tranquilizar, era mejor una retirada pacífica a tener que lidiar con las consecuencias. Phil se dio media vuelta sin esconder su preocupación.

—Trata de descansar, mañana tienes trabajo que hacer. Si necesitas algo tocas la puerta. Voy a estar con Marietta.

No, no se iba a quedar tranquilo. Pat no iba a dormir el resto de sus días, solamente para darle la contraria. Estaba furibundo y con la cabeza fría hubiese sabido elegir con quién se enfrentaba. La rabia y el miedo eran una combinación explosiva. Tomó lo que tenía más cerca y se lo lanzó con toda su fuerza. Era un libro que Noel le había dado y Phil lo recibió de lleno en la espalda. Entonces sucedió.

El italiano se volteó convertido en un toro salvaje y no le dio tiempo de huir. Lo arrinconó contra la pared y lo levantó del piso. Pat cerró los ojos y alcanzó a levantar las manos para protegerse.

—¡Eso que acabas de hacer! ¡No lo vuelves a hacer! ¡No voy a permitirte que te pongas violento con Paulette o vueltas a gritar! Si no yo mismo te llevo a la policía y por la memoria de mi santa madre, hago que te metan a una cárcel juvenil.

No consiguió amedrentar al muchacho, quien sólo gruñó una grosería.

—Y vas a cuidar ese lenguaje de ahora en adelante.

—Lo que sea, Phil. No voy a follar contigo por un plato de comida y un techo, así que vete a la mierda. Mejor me voy porque este lugar apesta.

—¿Es tan difícil entender que lo único que quiero es ayudarte, mocoso? —Otra sacudida y esta vez consiguió asustarlo.

—Nadie hace nada por nadie sin algo a cambio.

Las palabras sonaron amargas en la boca de un niño de catorce años. Quizá era su edad cronológica, pero sus ojos eran los de alguien que ha vivido demasiado.

—No lo hago por ti, sino por alguien más —le respondió el italiano, quien a sus cincuenta y tantos, nunca se había sentido tan orillado—. Marietta nunca me lo perdonaría.

Dejó a Pat en el suelo y en el centro del pecho se le abrió una herida vieja.

—¿Quién es esa? Ustedes hablan de ella y yo nunca la he visto. Seguro que es mentira y Paulette está tan loca como tú. Te dije que me largo, no quiero tu ayuda, puedo solo.

—La calle no es lugar para ti, entiéndelo. Anda a preguntarle a tu supuesto hermano cómo es allá afuera, para que veas de lo que te hablo.

—¿Tú qué sabes, Phil? ¿Acaso has vivido en la calle? Tienes como dos mil años y en tu época no siquiera existía esta ciudad, así que no me vengas a decir que no sé nada. Tú no sabes nada, Phil, no sabes una mierda.

—Te dije que cuidaras esa lengua —añadió el italiano disimulando la tristeza en su voz—. Duerme, mañana tienes trabajo que hacer. Pero si quieres irte, la puerta está abierta. Cuida no darte un portazo en el trasero, si te largas de una vez.

El muchacho se quedó en silencio, recostado contra la pared. No iba a volver atrás, si quería quedarse o marcharse por fin, se sabría al día siguiente. Marietta lo necesitaba, ella y la soledad de su casa.

***

La dosis de antibióticos y la pastilla que tanto anhelaba no fueron una buena combinación. Tin Man decidió premiarlo por ser una buena mascota, pero lejos de sentirse agradecido estaba por desfallecer.

El cóctel narcótico le entumeció tanto el cuerpo como la mente. Antes de dejarlo partir, el demente de su amo le susurró al oído cosas que no entendió. Apenas recordaba las instrucciones que le había ordenado seguir, de no comer nada hasta el día siguiente y cómo debía cuidar la herida de su lengua.

No habría problema, Devan nunca lo alimentaba, así que de ello no tenía que preocuparse.

Noel caminaba sobre nubes de cemento, al menos así sentía el suelo bajo sus pies. Entre que se hundía en la nieve blanca y aterrizaba contra el concreto duro. Tan perdido andaba que no se dio cuenta de que había errado el camino de regreso.

Las veredas tenían senderos para transitar sin resbalar, los arboles a los lados tenían decoraciones colgadas y se tuvo que sujetar de uno para sostenerse. Seguro era su imaginación, porque ese edificio moderno le pareció muy familiar, ese otro también…, y el de allá. Claro que no podía estar seguro si estaba despierto o todavía soñando sobre el piso de plástico de su jaula. De lo que sí estaba consciente era de que sus rodillas cedían y no podría mantenerse de pie por más tiempo.

—¡Ey! ¡Ey, tú! ¿Qué haces aquí?

Alguien lo llamó y no tuvo fuerzas para voltear a ver de quién se trataba. El mundo empezaba a girar con tanta violencia que las rodillas se le deshacían. Intentó alejarse de aquella voz. No quería problemas, si querían echarlo de ese vecindario tan elegante, no había problema. Ya se iba de todos modos.

—¡Te estoy hablando! ¿Te volviste sordo?

Noel avanzó un par de pasos con tanta lentitud que la voz que llamaba lo alcanzó. Alguien estaba a su lado y lo tomó del brazo para hacerlo girar y que lo mirara a la cara. Pero sus ojos ya no podían ver con claridad, estaban empañados por el efecto de la droga. Apenas distinguió el perfume que desprendía el sujeto antes de que su voz grave se convirtiera en un zumbido.

—Déjame ser tu mascota —susurró a quien lo sujetaba con fuerza—. Estoy bien entrenado.

 

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