Capítulo 5

Iba a morir, era cuestión de tiempo.

Acurrucado sobre el suelo, Noel miraba por la baranda la ciudad distante. Las luces de los autos, los escasos peatones, el ruido de las calles, todo iba a quedar atrás. Devan se iba a deshacer de él tan pronto le dejara de ser útil.

De todos modos, nunca había pensado vivir tanto.

Nunca iba a olvidar la vez en que Müller llevó a una de sus chicas, una que intentó escapar. La llevaba sujeta del pelo y ella lloraba mucho, peleando por liberarse. Devan le gritó que se callara y la golpeó con un martillo en la cabeza. Ella no se movió más.

Jade se acurrucó en un rincón a su lado, aterrado por la escena. Quizá lo que más asustó a los cachorros fue el rostro de la mujer cuando tocó el suelo. Tenía los ojos abiertos y mucha sangre resbalando sobre su rostro. Müller estalló en carcajadas y Devan limpió el martillo con un trapo.

Devan le ordenó traer una frazada del cuarto y Noel tuvo que obedecer a prisa. Era la primera vez que veía de cerca cómo se deshacían de las putas. Entre los dos adultos, envolvieron a la chica en el trozo de tela y se la llevaron hacia el cuarto, al final del pasillo.

«Si te entras ahí ya no sales», le susurró Jade al oído una vez, cuando los malos sueños no le daban tregua. No llevaba la cuenta de cuántas otras putas corrieron la misma suerte, porque con el tiempo dejó de contarlas. Pero Noel recordaba sus rostros, los veía a veces en medio de sus propias pesadillas. Siempre había pensado que correría el mismo destino que todas esas caras sin nombre. Pero, al parecer, no moriría de un golpe en la cabeza. Lo haría de frío.

Por lo menos Pat estaba a salvo y, con un poco de suerte, saldría adelante. No lo iba a poder ver con sus propios ojos, pero esperaba que así fuera. Que tuviera una vida lejos de la calle, la que él no conocería nunca.

Cuando conoció a Pat, una noche en que el cliente de turno no quiso pagar un cuarto y lo arrimó contra la pared de un callejón, jamás imaginó que se harían tan cercanos. Una vez acabada la faena, el cliente le tiró unos cuantos billetes y se alejó subiéndose los pantalones. Noel se agachó para recoger el dinero y alcanzó a ver un par de pies escondidos tras un contenedor de basura.  Alguien lo había estado espiando todo ese tiempo.

Al pedirle que saliera de su escondite, Pat lo hizo. Receloso al principio, pero desafiante un segundo después. Apenas vio al pequeño rubio, supo que la estaba pasando peor que él. Estaba muy sucio y tenía una lata que había obtenido del basurero. La había estado lamiendo, porque se había cortado la boca con el metal filoso.  No lo pensó dos veces, le tendió uno de los billetes que había recibido de paga. Pat no lo recibió, se lo quedó mirando pasmado. Dejó caer la lata al suelo y lo abrazó con todas sus fuerzas.

—Te estuve buscando susurró sobre su pecho—. Yo sabía que te iba a encontrar, hermano mayor.

Nunca nadie lo había abrazado de ese modo y se sintió tan bien que tuvo deseos de más. Desde ese momento, supo que tenía que proteger a Pat, de preservarlo de la vida que él llevaba.

Habría querido despedirse del rubio, aunque se enojara y gritara. Era mejor que nunca lo supiera. Su cuerpo iba a desaparecer y jamás nadie se iba a preguntar qué había pasado con él. Una puta de la calle más, un chico de la calle menos; a nadie le importaba. Pero a Noel le quedaba la satisfacción de que había logrado mantener a Pat a salvo mientras pudo.

«¿Y Luka?», preguntó una vocecita en su mente, sonando triste. «Ya no lo vas a ver».

En sus últimos momentos, sólo podía pensar en él; en su cama tibia y en todas aquellas fotos que le había tomado. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué alguien como Luka se había fijado en alguien como él?

«Le diste lástima, eso fue».

Noel cerró los ojos y, tumbado en el suelo como un perro moribundo, se resignó a terminar sus días en la soledad que bien conocía.

Quizá, si hubiera tenido una familia, su realidad habría sido otra.

Lo único que quería era un hogar. No lo merecía. Tampoco le iba a alcanzar el tiempo en la tierra para hacerse de uno y era demasiado tarde para arrepentirse por no conseguirlo. La idea de tener un lugar donde sentirse a salvo lo iba a terminar trastornando.

Sollozó apenas, demasiado agotado para quejarse más y tan concentrado en dejar de sentir, que no notó la presencia de su Amo.

—Buen chico — la voz de Tin Man lo sacó de sus ensueños y sintió que además tocaba con la punta de la pantufla.

Dándole una mirada al paño sobre el suelo, acababa de cerciorarse que Noel le había obedecido. Satisfecho, su Amo le desató la correa y le dio un tirón para que se levantara.

No, Noel tenía otros planes y entre ellos no estaba seguir jugando a ser su mascota. No estaba contento con ese juego, no era divertido. Se quedó tumbado, haciendo esfuerzos para que su corazón dejara de latir por sí solo. Un ataque de rebeldía que se podía permitir, porque ya le faltaba poco para morirse congelado.

Tin Man no era un hombre paciente. Al contrario, según su percepción del tiempo, nunca obedecía con la rapidez que quería.

—¡Maldito animal! —masculló mientras le daba un jalón lo suficientemente fuerte como para partirle el cuello—. Camina.

Noel se levantó tan rápido que su cuerpo no pudo llevar el ritmo de sus movimientos y cayó de bruces. No tuvo que intentarlo de nuevo; su amo lo arrastró por el balcón hacia el corredor, tirando de la correa. Entró en pánico, porque iba a terminar ahorcándolo. Trataba de incorporarse, pero las rodillas se le quebraban y la alfombra le quemaba la piel con la fricción. Tampoco podía gritar para pedir ayuda con el bozal puesto. Sus manos resbalaban, sin poder poner resistencia. Su única esperanza era que alguien viera cómo su Amo lo arrastraba, pero sabía que nadie vendría a salvarlo.

Tin Man se detuvo de improviso y le dio apenas un momento para ponerse en cuatro patas. Noel perdió el aliento. Tenía la vista nublada. Al borde de la asfixia, intentaba aspirar oxígeno a pesar de la mordaza. Regresaron a la habitación de hotel y, una vez dentro, le dio un puntapié en las costillas.

—Perro malo —sentenció Tin Man, mientras lo golpeaba en medio de la espalda con un látigo que traía en una mano.

Dolió mucho, muchísimo. Sin embargo, se mantuvo firme en su lugar. Si lloraba o intentaba escapar, sería peor. Nunca sabía cuándo se iba a detener, sólo sabía que tenía que resistir, inmóvil y obediente.

—Buen chico —le dijo su Amo, mientras se acuclillaba a su lado y Noel bajó más la cabeza, para evitar mirarlo de frente. Eso lo haría enojar y volvería a castigarlo por su atrevimiento.

Tin Man le acarició el cabello y soltó las correas de su bozal. Era un alivio, porque le dolían mucho los labios. Al parecer su amo lo notó, porque repasó las marcas rojizas que le habían dejado las correas sobre las mejillas.

Al terminar el breve examen, le tendió la mano para que la lamiera. Obediente, Noel pasó la lengua por el centro de la palma por donde nacían los dedos, sobre las líneas del destino, hacia el monte de Venus. Recorriendo los cordones sobre las articulaciones, succionando las falanges con cuidado.

Su Amo estaba muy complacido; lo supo al escucharlo respirar pesado. Enseguida se puso de pie y le ordenó que se sentara, mientras que dejaba caer la bata negra aterciopelada que vestía. Como la mascota bien entrenada que era, sabía cómo debía actuar. Sentado en el suelo, Noel levantó ambas manos y sacó la lengua como lo haría un perro. Su amo le retiró los guantes uno por uno y se acercó a su mascota expectante.

Noel recibió en su boca el falo erguido de su Amo y empezó a succionar como había hecho con los dedos. Metódicamente, se ayudó con sus manos libres para darle placer, tal y como lo había entrenado.

Tin Man no era como ninguno de los clientes con los que había estado, que gruñían o tiraban de su cabello. Era peor que todos juntos. Nunca podía estar seguro de nada y siempre tenía miedo, porque en cualquier momento podía empezar a golpearlo si no estaba contento con su labor. Podía sentir su sexo inflamado entre sus labios y era la única indicación de que lo estaba disfrutando. Noel no se podía distraer, nunca podía bajar la guardia con Tin Man presente.

—Suficiente. Toto, da la vuelta —le dijo con voz ronca, otra indicación de lo excitado que estaba.

Noel supo que debía detenerse. Dejó que el miembro de su Amo abandonara sus labios y obedeció al instante. Apoyó su rostro en el suelo, con las palmas extendidas y las caderas en alto.  Pudo sentir la mano de Tin Man deslizarse sobre su espalda, recorriendo las marcas que le acababa de dejar. Encontró la cola de goma que le había colocado y le dio un tirón ligero, sólo para disfrutar sus gemidos. Al tercer intento, la arrancó de dentro de su cuerpo. Noel apretó los dientes para no gritar y apenas dejó escapar un ladrido quejumbroso.

—Toto, ¿acaso no estás feliz de servir a tu Amo?

Woof —respondió meneando las caderas y se hizo acreedor de una sonora palmada sobre sus adoloridas nalgas.

—Sube a la cama, estúpido animal.

¿Cómo negarse? Noel se encaramó sobre el colchón a toda velocidad. Si alguien entraba por esa puerta en ese momento, pensaría que él estaba desesperado por tener sexo con Tin Man.

Se mantuvo sobre sus rodillas y palmas, esperando que su Amo lo dirigiera. De reojo, lo vio desplazarse a un lado de la cama y sintió sus manos sujetándole las caderas para acomodarlo hacia un lado. Al parecer, no le iba a dar ninguna píldora en esa oportunidad, lo cual lo puso más nervioso. Siempre le hacía tragar un narcótico para que pudiera resistir los horrores del entrenamiento. Pero la primera vez que había tenido sexo con su amo, este le dobló la dosis.

 

Aquella vez, dejó que Tin Man lo atara a la cama, como había hecho en otras sesiones. Pero cuando colocó una toalla debajo de su cuerpo, supo que algo muy malo ocurriría. Noel se quedó muy quieto y de pronto el dolor que sintió fue tanto que creyó que intentaba matarlo.

En esa oportunidad, lloró, gritó y pataleó desesperado. Cuando su Amo terminó de complacerse, le sonrió siniestro y hasta recorrió con un dedo los surcos de las lágrimas sobre sus mejillas. Noel cerró los ojos; la habitación empezaba a oscurecerse y de pronto dejó de sentir.

Despertó luego de lo que parecieron días y encontró a su Amo sentado a su lado en la cama, contemplándolo. Le ordenó levantarse, pero al intentarlo cayó de bruces al suelo. Tin Man lo obligó a sentarse y le hizo tomar otra píldora de oxicodona.

 

Su Amo dejaba esas pastillas sobre el velador de la habitación, siempre en el mismo sitio, y Noel fantaseaba con robarse unas cuantas. Pero no podía, eran el premio que tenía que ganarse al complacerlo. Esa lección la sabía bien: que existía para obedecer y serle útil.

Una palmada sobre su carne adolorida lo devolvió a su realidad de cachorro. Pudo ver cómo Tin Man se sentaba en la cama con la espalda apoyada en la cabecera y fue a su encuentro. Encaramado sobre los muslos de su Amo, descendió despacio para montarse sobre su sexo expectante.

Tin Man llevaba el ritmo, tenía pleno control sobre su cuerpo. Lo sujetaba de las caderas y hacía que se sacudiera con más velocidad. La correa aún colgaba de su collar y su Amo la tomó para golpearlo en la espalda mientras lo penetraba.

Noel se arqueó echando la cabeza hacia atrás y su Amo lo jaló del collar para arañarle la garganta con los dientes. Se estaba excitando mucho más, porque acababa de soltar la correa y lo tomó de la cintura. Ahora las penetraciones eran más intensas.

«Quédate quieto. Si te resistes es peor. No dura para siempre».

Las voces en su mente sonaban alarmadas, incluso ellas podían sentir su agonía. Pero, sin duda, era cierto. Tin Man estaba por correrse, al menos eso parecía por el modo en que lo hacía descender sobre su falo, a viva fuerza.

No tardó en oír la voz de su amo, abrupta y cavernosa, en un grito por pedazos mientras llegaba al clímax. Luego de incontables minutos de dolor, Tin Man disfrutaba contados segundos en ese estado y le hundía los dedos en la cintura, como si quisiera meterse dentro de su carne.

Traspiraban ambos, pero su Amo parecía una vela blanca a la cual la cera se le resbala como gotas de sudor. La frente mojada, las mejillas apenas coloreadas, sus ojos grises brillando como linternas y su respiración agitada. Ahora sólo quedaba esperar que se recuperara y lo dejara limpiar los residuos con su lengua.

Si era un cachorro realmente bueno, le iba a dejar tomar una pastilla de esas. Era todo lo que quería. A pesar de que odiaba la sensación de su estómago estrujándose, el dolor se iba y sentía que caminaba entre nubes. Noel le dio una mirada ansiosa al frasco de píldoras, sin que su Amo lo notara.

No, Tin Man no le iba a dar nada, no lo había lastimado lo suficiente. La ansiedad crecía en Noel, porque sabía que si se daba cuenta de cuánto las deseaba, se las negaría sólo para atormentarlo.

—Suficiente, Toto.

Obedeció y, como la buena mascota que era, regresó al suelo. Se sentó, levantó ambas manos y esperó que su Amo le dijera qué hacer.

Tin Man encendió la televisión y se dedicó a ignorarlo. En la pantalla estaban pasando una película de Navidad. Vio a Santa Claus y a sus duendes. Los conocía porque los veía en los afiches de la calle. Su Amo cambió el canal una y otra vez, buscando algo que ver. No duró mucho en ese estado, porque pronto se levantó de la cama y desnudo se dirigió hacia el baño.

Toto lo siguió y vio que iba a tomar una ducha. Esperó arrodillado sobre el suelo que su Amo terminara. Luego, lo vio salir envuelto en una toalla y dejó que lo tomara del collar.

—Entra en tu jaula.

El cachorro lo hizo y su Amo aseguró la puerta con un candado.

Desde su encierro, pudo observarlo desplazarse por la habitación, vistiéndose para salir. Se puso un traje oscuro y elegante, luego se peinó frente al espejo del baño. Tomó la llave de la habitación de sobre un mueble; un par de papeles cayeron al suelo, pero no se molestó en recogerlos. Noel alcanzó a ver como Tin Man se ponía los zapatos brillantes y un abrigo largo. Luego desapareció tras la puerta.

Noel se quedó pensando en esa película de Navidad, la de los duendes y Santa Claus. Le hubiera gustado ver un poco más de televisión, pero eso era imposible. Tanto como alcanzar ese papel que su amo había dejado caer en el suelo. Era una invitación, eso decía, a una Cena de gala para celebrar la víspera de la Navidad, esa misma noche

No tenía idea de la fecha. Con razón las decoraciones y las películas en la televisión. Veinticinco de diciembre, casi lo olvidaba. Era su fecha de cumpleaños.

***

—¡Buenos días! ¡Felices fiestas! —saludó Paulette apenas Pat abrió la puerta y la dejaba entrar, salpicada de nieve. Ella sacudió sus zapatos antes de ingresar, se quitó el pesado abrigo y copos de nieve rodaron al suelo.

—¡Felices fiestas! —Le recibió el abrigo para colgarlo y que ella no se fuera al suelo intentando balancear su bolso.

Desde muy temprano, Pat había intentado pelear contra sí mismo, pero acababa de perder la batalla. De pronto ya no se sentía tan feliz y apretó los labios sin disimular su desencanto. Regresó a la cocina, porque esperaba a Paulette con agua recién hervida en una tetera ridícula de gallinita. Al tratar de servirle una taza de té, algunas gotas le quemaron la mano y lanzó un alarido en forma de grosería.

Paulette llegó a su lado.  Pat tenía los ojos reventando de lágrimas. Ella le tomó la mano herida y al contacto empezó a llorar, como si se le hubiera desatado un océano en la cara. La enfermera lo miraba extrañada, pero él no la dejó reaccionar. La abrazó con todas sus fuerzas para esconder su cara mojada. Necesitaba disimular lo mal que se sentía, toda la tristeza que albergaba.

¿Por qué tenía que llorar cómo un imbécil? Pat gruñó furioso y se liberó de la enfermera, que intentaba consolarlo. Al momento, se dio la vuelta para continuar lo que estaba haciendo.

—Criatura, ¿estás bien? Hace un segundo estabas hecho un mar de lágrimas —preguntó Paulette y Pat se dio la vuelta con una expresión irritada.

—Sí. Me quemé la jodida mano y duele como mierda —resopló con los labios fruncidos porque la enfermera lo estaba mirando como a un bicho raro.

Eso serviría para espantarla y que lo dejara en paz. No. No estaba bien, solamente quería desaparecer. Esa fecha le molestaba tanto. Era Navidad y no se había acordado, había perdido la noción del tiempo desde que vivía en la calle.

—¡Ese lenguaje! ¿Qué te he dicho al respecto?

Justo tenía que aparecer Phil. Venía de la habitación del fondo y había escuchado todito. Paulette volteó a mirarlo aún pasmada.  Pat se escondió tras la silla más cercana y se los quedó mirando atento.

—Lo siento, Phil. —El tono de su voz contenía una tristeza tremenda.

—No es una quemadura grave. —La enfermera aún no salía de su asombro—. Me asustaste cuando te pusiste de ese modo. ¿Pat estás seguro de que estás bien?

—Sí, estoy bien —respondió Pat con cuidado, bajo la atenta mirada de los adultos.

—¿Entonces por qué el griterío? Te escuché llorando desde allá adentro. —Phil no se quedaba tranquilo, algo le pasaba al chiquillo.

—Phil, le revisé la quemadura y todo está bien. Será mejor que vaya a ver a Marietta.

—¡No te vayas Paulette, te preparé un té!

«No me dejes solo con Phil», era el mensaje real. Escucharlo gritar lo ponía nervioso.

—Siéntate —le ordenó Phil al niño, que se aferraba a la silla como a un escudo—. Paulette, por favor, tú también.

—Aquí estoy bien. —Pat no se iba a sentar, iba a salir corriendo. Acababa de terminarse su buena suerte y era hora de huir de nuevo.

Los dos adultos se miraron y Phil avanzó hacia el chiquillo.

—No te voy a hacer nada, siéntate que tenemos que conversar —insistió Phil.

—No. No quiero sentarme, aquí estoy bien.

—¡He dicho que te sientes! Tengo que decirte algo importante acerca de tu estancia en esta casa.

—Llamaste a Servicios Sociales, ¿no? Te vas a deshacer de mí —De nuevo la tristeza y esa mirada de rabia que descomponía su rostro infantil.—. No tenías porqué Phil, yo me iba a ir por mi cuenta de todas maneras.

Lo que necesitaba, tanto frío afuera; era Navidad e iba a regresar a la calle. No importaba. Iba a buscar a Noel, obligarlo a que se quedara con él. Sí, eso iba a hacer. Si era necesario, le pagaría para que se quedara acompañándolo. No iba a pasar otro día más solo.

Nervioso, sus ojos saltaban de un adulto a otro. Sabía que no podía confiar en ellos.

—No he llamado a nadie todavía. Estoy esperando que pasen las fiestas —confesó el italiano mesándose el cabello—. Y eso es de lo que tenemos que hablar.

—¡Oye, no! No, Phil. No voy a volver a una de esos albergues, prefiero morirme en la calle. ¿Sabes qué? Me largo con mi hermano, para eso vine hasta acá y me voy con él.

—Dice que el cachorro de Devan es su hermano —le dijo Phil a la enfermera, quien parecía que se iba a desmayar de la impresión.

—Niño, no sabes lo que dices. —Fue el turno de Paulette de intervenir.

—¡No soy un niño, tengo casi quince y soy un adulto!

—Eres una criatura. —La enfermera se veía mortificada.

Bambino, escucha, escucha lo que voy a decirte. Tu hermano, ese muchacho…

—Yo sé, Phil, pero no me importa porque Noel es lo único que tengo. ¿Ves?

Ambos adultos se quedaron en silencio. Pat, de casi quince años, dejó su silla a un lado y se dispuso a marcharse. Ellos no iban a entender la importancia de sus propios asuntos.

—Pat. ¿Sabes quién es Devan? —Ambos temían escuchar la respuesta de la boca de una criatura que, a sus cortos catorce, ya decía conocer el mundo.

—Claro, es el chulo de mi hermano y un hijo de puta.

Phil no le pudo regañar porque no carecía de razón. Tragó el nudo que tenía en la garganta e intentó continuar.

—¿Lo has conocido? A Devan…

—Sé quién es, lo he visto andar por ahí con su cabeza pelada y su cara de imbécil. No he hablado con él porque si lo tengo cerca le tiro una patada —gruñó el muchachito con los ojos encendidos de ira.

Phil resopló cansado y continuó.

—Escúchame, Patrick. Si me prometes aquí, con Paulette de testigo, que no te vas a acercar a Devan o a su gente, te puedes quedar. Capisce?

Pat se quedó en una pieza.

—Pero no vas a echarme a Servicios Sociales, ¿o sí?

—No daré parte a la policía o Servicios Sociales, a nadie. Paulette y yo guardaremos el secreto, pero te puedes quedar con la condición de que no te vas a acercar a Devan o su gente —repitió Phil, sereno.

—¿Noel cuenta? Es mi hermano y no lo puedo dejar.

—¿De verdad es tu hermano?

—¡Sí!

—Entonces va a entender que…

—No hay trato. Llama a Servicios Sociales si quieres. Llama a quien te dé la gana, pero Noel me necesita. Me largo, que pérdida de tiempo, igual gracias por nada.

—¡Piensa bien en lo que vas a hacer! —vociferó Phil—. ¿Qué estoy diciendo? E un bambino!

Phil trataba de ser firme, pero se estaba deshaciendo en dudas. No estaba recogiendo a un gatito callejero, era un muchachito de catorce años del cual no sabía nada. Lo único de lo que podía estar seguro era que, de dejarlo en la calle, iba a verlo en manos de Devan.

—Por favor, escucha, Phil tiene razón. ¡Qué el Señor me perdone! Ese Devan es el diablo encarnado—. Paulette se persignó e hizo una cruz sobre sus labios cuando terminó de hablar.

—No puedo abandonar a Noel. —Al chico se le quebró la voz y una lágrima rodó por toda su mejilla—. Me largo de aquí.

Escuchó a Paulette sollozar.  Ella sabía que, si lo dejaba partir, se iba a arrepentir el resto de su vida.

—¡Te puedes quedar, pero cuida que Devan no se entere! Los problemas no te los vas a ganar tú, sino el otro chico.

Pat sonrió con la cara húmeda, le tendió la mano y dijo que tendría cuidado. Paulette soltó una pequeña carcajada y a Phil no le quedó más que levantar los ojos al cielo.

La enfermera abrazaba al muchachito y Phil los dejó celebrando en la cocina. Recorrió el pasillo deteniéndose frente a la puerta de la habitación de su hijo, aquella que siempre estaba cerrada. Colocó la mano sobre la superficie de madera y suspiró hondo.

Tino, las cosas que me pasan —murmuró.

***

Despertó con el sonido de los pasos de su amo ingresando en la pieza. No sabía cuánto tiempo había tardado en volver, pero vio que traía una caja de cartón en la mano.

Tin Man abrió su jaula, lo dejó salir y le ordenó sentarse frente a él. Le dio una palmada en la cabeza y le acomodó las orejas que no le retiraba desde la noche anterior. Le volvió a poner los guantes y luego continuó con la mordaza, pero no la incrustó en su boca, si no que la dejó sobre su mentón. Finalmente fue la cola de goma.

Una vez que estuvo contento con su trabajo, tomó una lata de sobre la mesa y su plato de comida del suelo.

—Debes estar hambriento, Toto.

Comida para perro, fría y olorosa. Su estómago no la toleraba, iba a empezar a vomitarla en menos tiempo de lo que le tomaba consumirla. Noel observaba miserable cómo iba vertiendo la masilla marrón sobre el plato de cerámica blanco, con su nombre en letras negras. Algo de esa materia espesa se le quedó a su amo en los dedos e instruyó a su cachorro para que los limpiara.

Tin Man puso el plato en el suelo y se sentó a observarlo comer.

Si no empezaba a pasar la comida sin saborearla, su amo lo iba a castigar. Noel apenas consiguió engullir una bocanada y le dieron arcadas. Intentó esconderlas, pero era tarde. Rápido, bebió agua de su plato para quitarse el sabor, pero fue demasiado tarde. Tin Man le pisó la cabeza, hundiéndolo contra el recipiente.

—Perro estúpido —le dijo cuándo retiró el pie de su nuca—. Has derramado toda el agua.

Estuvo a punto de usar su voz y responderle, pero las voces en su mente lo detuvieron nerviosas. Cuando se disiparon, la única que quedó fue la de su amo, quien lo arrastraba hacia el cuarto de baño. Lo soltó y le ordenó secarse con una de las toallas. Noel, aún aturdido, estiró la mano enguantada para tomarla y recibió un palmazo en la espalda.

—Así no se toman las cosas, bestia. —Su amo lo golpeó más fuerte y lo sacudió asiéndolo del cabello—. ¿Te voy a tener que enseñar todo de nuevo, Toto? Ve a secar todo lo que mojaste.

Noel gimió aterrado y tomó la toalla con los dientes. Sin perder un segundo, gateó a toda velocidad para cumplir con la orden antes de que su amo se enojara más.

Toto era una mascota obediente y bastante prometedora. Había sido mucho más sencillo de entrenar que sus otras mascotas, principalmente por su edad. El truco era entrenarlos desde muy jóvenes, cuando aún era fácil controlar cada aspecto de sus vidas.

Era precisamente por ello por lo que Devan resultaba una pieza útil en el entrenamiento de su cachorro, manteniéndolo dominado y reforzándole la disciplina. A pesar de ello, no estaba conforme con los cuidados que le prodigaba. Toto estaba demasiado delgado y muy desaliñado. El mentecato de Devan no se tomaba la molestia de acicalarlo un poco antes de enviárselo. Iba a tener que conversar con ese sujeto. Muy a su pesar, porque gustaba de resumir la interacción de ambos a lo estrictamente necesario.

Su cachorro aún no estaba listo. Lo quería mucho más sumiso, como su otra mascota, Lyon.

Allí regresaba con la toalla sucia en la boca, tal y como le había ordenado. La dejó en el suelo junto a sus pies desnudos y adoptó su posición más sumisa frente a él.

—¿Quieres que te perdone por semejante estupidez?

Woof.

—Regresa y acaba tu comida mientras tomo un baño.

Notó que su mascota se estremecía con la cara pegada al suelo y que le tomó un momento levantarse para ir a cumplir su comando. Así que lo premió con un puntapié en las costillas.

—Toto, acaba toda la comida que puse en el plato —le ordenó, a sabiendas de que no se atrevería a desobedecer.

Nada mejor que un baño relajante mientras observaba a su cachorro cumplir sus comandos al dedillo. La tina empezaba a llenarse con agua caliente, nada de tibiezas o frío o hirviendo; así eran las cosas para con él. Se fue quitando la ropa, mientras Toto hundía la cara en el plato de cerámica que había escogido para él. Incluso había escrito su nombre con su mejor caligrafía.

La primera vez que lo vio, le trajo el recuerdo del perro del libro El Mago de Oz.  Toto era uno de los mejores personajes de aquel fantástico relato y quien había ocasionado el declive de Oz. Claro que su Toto, porque era todo suyo, era una mascota obediente, pero que aún conservaba una chispa de rebeldía. Él, siendo su amo, tenía que conseguir la sumisión completa de su mascota.

Tenía a Toto, mas no a Dorothy, lo cual era de lamentar.

Tin Man resopló mientras los recuerdos se cuajaban sobre el agua de la tina. Cuando la tuvo por primera vez, Dorothy acababa de cumplir dieciséis y apenas florecía como mujer. Desde que la vio, supo que su condición de fémina la haría menos resistente.

Ella lloraba pidiendo regresar a casa, tal y como en el libro. Pronto perdió la capacidad de hacerlo y con entrenamiento se convirtió en una buena mascota, pero nunca había acabado de satisfacerlo. Obedecía sin ningún recelo, como una muñeca a la cual manejaba a su antojo. Dorothy fue la única mujer por la que había podido sentir algún tipo de atracción. Sí, había adorado pisotearla, destruir completamente su ego, su voluntad; y hasta el final, cuando le rompió el cuello con sus propias manos, ella se mostró completamente sumisa a su destino.

Tin Man resopló hondo dejando que su recuerdo se perdiera en el agua jabonosa. Todavía le quedaba Lyon, aunque había perdido el interés en él desde hacía tiempo. Lyon era una de sus mascotas más antiguas y la que más trabajo le había tomado domar. Al inicio fue una meta inalcanzable para convertirse en un desafío sin final. Tomó mucho tiempo, pero consiguió lo que quería: terminó por hacer añicos su espíritu. Tal como Dorothy, se convirtió en un frasco de perfume fino al que se le acabó el aroma.

Toto, en cambio, era distinto. Era aún un cachorro y conservaba cierta aura infantil que iba a desaparecer en cualquier momento. No era el títere de cuerdas en el que se habían convertido los demás, aún tenía un trocito de voluntad brillando en el fondo de sus ojos.

No podía saciarse de su mascota, pero tampoco quería beberlo todo de sopetón. Despacio y saboreándolo como a un buen vino, cultivado desde la uva especialmente para él. Trataba que el tiempo que le dedicaba a su cachorro fuese de calidad, entrenándolo bien, pero cuidando que el trocito de voluntad no se destruyera.

La mascota regresaba fiel al lado de su amo. Estaba seguro de que había obedecido al pie de la letra. Toto tenía la cara embarrada hasta la frente. Justo al llegar al cuarto de baño, se incorporó y corrió al retrete, donde empezó a devolver el contenido de su estómago. El resultado siempre era el mismo con la comida para perro que le daba, no la resistía.

El amo no estaba contento con tal espectáculo. Se levantó de la tina y se deslizó hacia su mascota, quien aún tenía la cara hundida en la taza de losa.

—Perro malo, ahora tendré que asearte.

Acababa de terminar de vomitar y no tuvo tiempo de reponerse para cuando el amo lo tomó del cabello y lo lanzó contra la tina llena de agua caliente. Le hundió casi medio cuerpo dentro y, sin que pudiera defenderse, se colocó sobre su espalda y con las piernas aprisionó sus brazos.

Con la cabeza bajo el agua, Noel intentaba zafarse sin éxito. Tin Man lo dejó libre y escapó de sus manos como si estuviera cubierto de fuego. Tosiendo y resbalando, Noel encontró refugio en la esquina contraria más lejana de su amo.

—Toto, ven aquí —le ordenó.

No, no iba a ningún lado. Tosía y trataba de meterse dentro de la pared, por el terror que sentía. Su amo no le iba a repetir la orden. Se dirigió a la habitación y regresó con un látigo largo y delgado.

—Ese es el espíritu al que me refería —murmuró Tin Man, mientras levantaba el brazo y lo dejaba caer sobre su aterrada mascota.

 

 

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2 thoughts on “Capítulo 5

  1. EJEM….

    Mientras cuento hasta 1000 para no ir por el hacha y cortarle la cabeza al amito de mierda demente, te digo que se me hizo entrañable Pat esta vez, y su firme resolución de ir a buscar a Noel 🙂 aun a pesar del problema que se pudo meter con su “familia” adoptiva.

    Sobre el petplay… ergh. Bueno, hare de tripas corazon: si, está bien narrado y muy a tono con lo sordido de toda la novela. Expresas muy bien la demencia del amito de mierda (sorry, lo siento, no puedo contenerme) y todo el rollo que se carga en torno a sus fantasias distorsionadas relacionadas con el Mago de Oz.

    Un besote, y sigue adelante con tu novela. Cada vez se pone mejor!

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