Capítulo 2

Eran más de las seis cuando llegó a su destino. Noel apretó las mangas de su chaqueta y se dispuso a cruzar la puerta al infierno. Antes de que pudiera reunir valor y tomar el picaporte, esta se abrió sola.  Retrocedió sorprendido y en el umbral apareció la criatura más hermosa de los alrededores.

—Alguien está en serios problemas —le dijo deteniéndose a su lado, para luego atropellarlo y abrirse paso—. Si fuera tú me daba prisa, ya está bien furioso.

Acto seguido, desapareció a toda velocidad y Noel prefirió ignorar sus palabras venenosas, aunque sabía que no se alejaban de la realidad.

Al ingresar al departamento, minúsculo en comparación al palacio en el que vivía Luka, un humo denso le dio la bienvenida. Devan se encontraba fumando, sentado en su usual silla en la cocina, con el televisor encendido. Al escucharlo entrar, dejó su cigarro sobre el cenicero rebalsado. No le dijo nada, nunca lo hacía, solo se levantó de un salto y le pegó en la cara.

Noel rodó por el suelo. Apenas se hubo repuesto, sacó de entre su ropa el sobre que le había entregado Luka para dárselo a su chulo.

—Vaya, qué elegantes estamos hoy —le dijo Devan, arrebatándoselo de un zarpazo—. Un sobre cerrado, se ve fino.

El muchacho, aún en el suelo, se maldijo por su estupidez. Había conservado el sobre en vez de deshacerse de este. Devan lo destruyó con sus manos y se puso a contar el dinero unas tres veces, una superstición personal. Si no le satisfacía la cantidad, lo iba a matar allí mismo.

Sin perder más tiempo, Noel se incorporó para continuar con el ritual de entregarle todo lo que consiguió trabajando. No se quedaba con nada, ni un centavo, y Devan se aseguraba de ello. Se desvistió, con más prisa de la que hubiese querido. La chaqueta primero, luego los pantalones ajustados y la camiseta gris. Todo al suelo.

—Te dije que te deshicieras de esto—bufó el chulo, mientras tomaba su casaca buscándole los bolsillos. Solo encontró lo usual, condones y un par de paquetitos de lubricante— Empieza a hablar antes que te haga escupir las palabras.

Noel no supo qué decirle, si era la verdad no le iba a creer. Necesitaba pensar en una buena excusa de porqué había llegado tan tarde.

—No te escucho explicando porqué llegas a esta hora —insistió Devan, asiéndolo del brazo y lo arrojó contra la mesa de la cocina.

No contento con ello, el chulo le aplastó el cráneo contra la superficie inmunda. Noel reprimió un grito y escuchó a Devan gruñir como un animal. Lo siguiente que sintió fue una palmada sobre la carne magullada de sus nalgas.

—¡No tenía como! —respondió Noel, rindiéndose a los hechos—. Estuve en Manhattan y se me hizo tarde. El subterráneo…

—¿Qué carajo hacías ahí? Te he dicho que no te salgas de tu zona — Esta vez lo golpeó tan fuerte que el resto de palmadas parecieron caricias. Cuando estaba así de enojado, las cosas no pintaban nada bien para los cachorros.

—Devan, te juro que no sabía qué me iba a llevar hasta allá. Es un cliente nuevo, nunca lo vi antes.

—¡Imbécil! ¡Creíste que no me iba a enterar! ¡La mula de Müller vino corriendo a contármelo todo!

Devan lo tenía firmemente presionado sobre la mesa y le puso una mano sobre la espada. Noel sintió que se bajaba la bragueta con la otra y entró en pánico. Sabía bien lo que venía, pero nunca estaba preparado para ello. Recibió un par de nalgadas sonoras y luego sintió a Devan empujarse dentro de su cuerpo sin ningún miramiento.

—¡Te subes a un auto como ese y piensas que te va a llevar a follar a una esquina! ¡Habla! ¿Quién es ese cliente que te paga tan bien por una mamada?

—Es nuevo —susurró Noel desesperado.

—No estuviste follando anoche, así que si se la mamaste y te pagó tanto por eso. ¡Mierda! Tienes la boca más cara de la ciudad. Si no le diste el culo a nadie. ¿Qué estuviste haciendo hasta estas horas?

—Trabajando, te lo juro. Me dio ese dinero, yo no sé.

La verdad, no entendía porque Luka había pagado tanto sólo por tomarle unas fotos. Pero si decía la verdad o mentía descaradamente, el resultado sería el mismo. Devan no le iba a creer.

—Mientes.—le decía el chulo, sin detenerse. No estaba contento con su explicación y sentía su enojo en carne propia.

—Te lo juro, me llevó a su departamento y quería que se la chupara.

—Levanta el culo —le ordenó.

Noel obedeció arqueando la espalda dolorosamente y Devan le hundió los dedos sobre la nuca, atrapando un puñado de cabello húmedo de sudor.  El chulo jadeaba como una bestia mientras intentaba hundirlo contra la superficie de madera.

Había tenido sexo con tantos desconocidos que ya estaba acostumbrado, pero con Devan era diferente. No importaba cuántas veces lo hiciera con él, siempre era el mismo resultado. Gemía y gritaba porque sentía que lo iba a terminar matando. No sólo era el dolor en cada rincón de su cuerpo maltrecho, sino el terror que le inspiraba. Sí, era eso, sentía que iba a morirse aplastado por la masa enorme que era el chulo.

Luego de agonizantes minutos, por fin se corrió dentro y Noel se desplomó en suelo. Jadeando y gimiendo como un cachorro apaleado, se encogió debajo de la mesa buscando refugio. Devan, en cambio, regresó a lo suyo tumbándose en la silla y encendió otro cigarrillo.

Era momento de desaparecer, antes de que se le antojara seguir con el interrogatorio. No le iba a decir la verdad, porque si había algo que Devan odiaba, era no tener el control absoluto sobre sus cachorros. Quizá ocultarle la sesión de fotos de la noche anterior, era un modo patético de vengarse. Además, lo único que le importaba, era el dinero. El modo en que lo consiguieran le era indiferente.

Noel se sobresaltó al escuchar a Jade entrar a toda prisa, disculpándose por su tardanza. Desenvolvió el desayuno de Devan, cuidando de no taparle la vista del televisor, y le rellenó la taza de café. Dejó el dinero del cambio sobre la mesa y se alejó hacia el lavadero.

Desde su lugar en el suelo, pudo notar que Jade traía algo escondido dentro de su chaqueta rosada y decidió que no sería parte del asunto. Noel se incorporó dolorido y recogió sus prendas para acabar de marcharse, pero Jade se le acercó y hasta le ayudó a levantarse.

Quiso protestar. Apenas sintió al rubio camuflando un frasco de píldoras entre su ropa hecha bollo. Estas sonaron escandalosamente y ambos dieron un respingo del susto. Deprisa, giraron a ver a Devan, quien al parecer no había escuchado por estar sorbiendo ruidosamente su café.

Jade le dio un empujón y lo abandonó a su suerte. Noel no podía sostenerse en pie, sin embargo, intentó acallar el sonido delator apretando el frasco contra su cuerpo. Apenas dio un par de pasos, cuando escuchó a Jade ahogar un grito. Volteó por reflejo y alcanzó a verlo rodando por el suelo.

— ¡Tú, regresa acá, carajo! —le gritó Devan—, ¡Dame eso, puto! ¿Creíste que no me daría cuenta?

Noel se sobresaltó, pero no se atrevió a protestar. Tuvo el descaro de ignorar las consecuencias; nadie se burlaba de Devan y salía ileso. Obedeció enseguida, ignorando la mirada de odio que le dirigía Jade mientras se incorporaba a duras penas.

—¡Son mis hormonas! —intervino Jade señalándolo con una mano estirada, mientras que con la otra pretendía defenderse de los avances del chulo. —El bicho me las robó para venderlas, Devan.

Jade jamás confesaría. Con tal de salvar su pellejo, lanzaría a quien fuera a las brasas. Noel lo conocía muy bien como para saber que seguiría balbuceando su mentira, a pesar de que no daría ningún resultado.

Devan tomó a Jade de la garganta para estrellarlo un par de veces contra la pared donde lo tenía acorralado. El pobre rubio intentaba suplicarle entre sollozos ahogados, que lo soltara. No servía de nada, el chulo sólo lo iba a liberar cuando estuviera a punto de matarlo.

Tal como lo predijo, Jade se desplomó en el suelo tosiendo sin aliento. Parecía un hada caída en desgracia, con el cabello rubio revuelto sobre su cara y el cuerpo contraído retorciéndose en busca de refugio. Noel cerró los ojos, porque ahora era su turno.

El chulo lo apretó contra la pared y derribó de una bofetada. Noel no intentó defenderse de los golpes le llovieron. Las manos enormes de Devan buscaron su cuello y lo sujetaron con ambas manos. Noel Intentaba liberarse de la férrea presión, retorciéndose y pataleando, pero era inútil. Por fin lo iba a matar. Parecía que eso buscaba.

Aún no, pensaba desesperado. Tengo que cuidar de él. No puedo abandonarlo.

El sonido del televisor se convirtió en un zumbido lejano y la habitación se iba oscureciendo. Devan lo iba a matar, era cuestión de segundos.

Jade se incorporó con dificultad, apoyándose contra la pared. El dolor de cabeza no le dejaba pensar con claridad; tenía la vista nublada, pero seguía empeñado en recuperar sus hormonas. Le costaba mucho trabajo conseguirlas en la calle y si Devan se enteraba cómo, le iría peor. Así que contuvo la respiración de puro miedo, para no hacer ruido mientras iba por el frasco de plástico.

Menos mal, Devan estaba demasiado ocupado dándole su merecido al bicho de Noel. «Se lo merecía, porque fue su culpa, por dárselas tan fácil, pensaba secándoselas lágrimas, con el reverso de la mano.

A duras penas, Jade avanzó tambaleándose y el ojo izquierdo se le nubló por completo. Mierda, murmuró, porque el derecho empezaba a fallarle también. Quizá gritó del miedo de quedarse ciego y cayó de rodillas para arrastrarse a recuperar sus pastillas.

— ¡Jade! —escuchó que la horrenda voz de Devan lo llamaba furioso.

Jódete Devan y vete con la que te parió.

Necesitaba las malditas hormonas. Si no las tomaba, todo el trabajo de años se iría al desagüe. Jade se arrojó debajo de la mesa y apenas podía distinguir lo que tenía delante, entre las nubes de sus ojos. Una vez el frasco de pastillas entre sus manos, se hizo un tembloroso ovillo.

Gritó despavorido cuando sintió que Devan lo arrastraba de las piernas y lo sacaba de su escondite. El chulo lo tomó del cabello y lo estrelló de bruces contra la mesa. Jade lanzó un alarido de dolor y para desplomarse en el suelo. La habitación no dejaba de girar y tan sólo uno de sus ojos estaba funcionando. El otro había quedado en oscuridad total.

—¡Ven aquí, mierda! ¡No he terminado contigo!

—¡El bicho tuvo la culpa! —Jade no le hizo caso y a ciegas buscó refugio tras las patas de la mesa. —¡Me las quitó para venderlas, te lo juro Devan!

Noel se encogió en el suelo tratando de desaparecer. No le acababan de sorprender las palabras de Jade. Ya conocía su manera de actuar y de lo que era capaz. Vio a Devan enloquecido de rabia, arrastrando a Jade del cabello. Parecía que estaba sacando a un conejo, asiéndolo de las orejas, mientras este trataba de regresar a su cueva con las fuerzas que le quedaban. Pero el cazador tenía toda la ventaja del planeta.

—Te lo juro —sollozaba Jade lo suficientemente fuerte para dejarse escuchar—. El bicho tiene dinero, yo sé dónde lo tiene.

El silencio reinó en la habitación. Noel palideció aún más y casi se volvía transparente. Eso era todo .Con las palabras que brotaron, sin remordimiento alguno, de la boca de Jade, acababa de recibir su sentencia de muerte. Devan volteó a verlo y el cachorro se encogió aún más en el suelo, luciendo culpable a pesar de no serlo.

Lo siguiente fue un gruñido de animal rabioso y el grito ahogado de Jade. Devan lo arrastró hacia la habitación que ocupaban ambos, al fondo del departamento. Al verlos partir, Noel supo que esa era su oportunidad.

Tenía que levantarse y correr por su vida. El cuerpo no le obedecía, entonces tendría que arrastrarse fuera del infierno. No, no podía. Si intentaba escapar, no iba a llegar lejos y las consecuencias serían desastrosas. Devan lo iba a atrapar, no tenía a dónde ir, no podía moverse. Aterrado, consiguió recostarse contra la puerta de la entrada desde donde se quedó escuchando los gritos de Jade y esperando que se apagaran.

***

Un golpe en la puerta del armario, donde purgaba su encierro, lo sacó de sus ensueños. No sabía cuánto tiempo había pasado, sólo el dolor en sus huesos le informaba que no había sido suficiente como para sanar solo.

Quizá no tenía idea de la hora, pero de que Jade seguía furioso estaba bien seguro. Podía escucharlo chasquear los labios, mientras insertaba la llave y abría la puerta de golpe.

—¡Devan de mierda, si fuera por mí dejaba que te pudras ahí, cabrón! ¿Qué esperas? ¿Te quieres quedar ahí, imbécil?

Noel ignoró el comentario y se levantó con dificultad dentro de ese pequeño espacio oscuro que era su encierro. Tambaleándose, siguió a Jade hacia la habitación de ambos y en el camino escucharon voces provenientes de la cocina. Roger y Müller, los dos socios de Devan, estaban presentes, , así que no era bueno hacer mucho ruido.

—Esto es tu culpa, cabrón —susurró Jade apoyándose contra la pared, frotando sus brazos magullados—. Me quitó mis hormonas. Tú no sabes cuánto me cuesta conseguirlas, bicho de mierda. Me tienes que comprar otro frasco o le diré a Devan tu secreto.

Noel no le prestó atención y se dispuso a vestirse con lo que fuera que encontrara en el suelo. Tomó una camiseta raída y un pantalón de mezclilla. Los ojos verdes de Jade irradiaban ira y al verse ignorado, lo empujó contra la pared.

—No te robé nada—le respondió para zanjar el asunto, sin dejarse intimidar por sus amenazas—. Yo no toco tus cosas.

—Entonces le voy a contar todo a Devan, ya vas a ver. Le diré que escondes algo.

—Dile lo que quieras Jade, a ti no te cree nada —le respondió.

No tenía ánimos de pelear más, sólo quería tumbarse en el colchón que era de ambos y dormir eternamente. Sin embargo, Jade tenía otros planes.

—Eres bien idiota, ¿no? —Quería desquitarse con alguien y Noel era el afortunado—. ¡Yo hago más dinero que tú! ¿Crees qué le importas una mierda?

Jade se plantó delante suyo. No estaba dispuesto a dejarlo tranquilo hasta humillarlo lo suficiente.

—Es que mírate tú y mírame a mí. Tú eres horrible, bicho. ¿Quién quiere pagar por algo tan feo como tú? Pobre Noel, tan estúpido, tan poca cosa. Mírame, mi rostro es lindo, mi pelo, mi cuerpo también. En cambio tú—chasqueó los labios con una sonrisa lastimera—eres feo y te ves enfermo, por eso no haces el dinero que hago yo.

Noel se sentó en la cama y hasta ahí Jade lo siguió.

—¿Tienes idea de cuántos clientes tengo? Más de los que puedo recordar y me pagan muy bien. Mira los que tú tienes. Viejos horribles, todos gordos, grasientos que te llevan a follar a cualquier esquina.

—Jade, tengo sueño, cállate de una vez.

—¿Cuándo te han llevado a ti a un lugar decente? Esos son los clientes que te mereces y los únicos que vas a tener.

Si Jade supiera, pensó mordiéndose los labios. Sí, el recuerdo de aquel fotógrafo regresó deprisa. No había dejado de pensar en él. Quizá nunca dejaría de hacerlo. El primer cliente con el que había estado y no lo había obligado a tener sexo era difícil de olvidar.

—Así que cuando un carro lindo, con un tipo tan guapo, que digo guapo, guapísimo, pare en esa esquina, tú te haces a un lado y me lo dejas a mí. ¿Entendiste? Yo lo voy a atender muy bien, porque tú eres demasiado idiota hasta para eso.

El rubio tuvo que callarse porque Devan acababa de llamarlos. Se quedaron ambos inmóviles, conteniendo el aliento. Enseguida, Noel abandonó la comodidad de su colchón desvencijado, lamentando no haber podido descansar nada, y acudió al llamado.

Apenas llegó a la cocina, Devan le señaló el asiento que acababa de desocuparse en la mesa. Se puso manos a la obra, a llenar bolsitas de plástico con un polvo blanco que primero tenía que pesar en una balanza portátil.

—¿Qué carajo hicieron ahora? —preguntó Müller, quien acababa de sentarse en el sillón con Jade en sus brazos—. ¡Están hechos mierda!

—Necesitaban una lección, mula de mierda—le respondió Devan con brusquedad—. Si no vas a ayudar, lárgate de una vez

A Müller no le importó el comentario y sentó a Jade sobre sus piernas. Noel sintió pena por el rubio, porque sabía cuánto odiaba que ese tipo lo tocara. Pero no podían evitarlo, tenían que obedecer a Müller igual que lo hacían con Devan.

El chulo bebió un sorbo largo y sonoro, apretando la botella como si quisiera estrangularla. Luego la dejó sobre la mesa de un golpe. Noel levantó la vista apenas, siempre moviendo las manos para llenar las bolsitas transparentes, y entendió la indirecta perfectamente. Se levantó de prisa y fue en busca de más cerveza al refrigerador, pero lo encontró tan vacío como su estómago. Apenas quedaban tres botellas. Colocó dos sobre la mesa y le llevó una a Müller.

Roger gruñó y sacudió la cabeza. No le hizo caso. Muy ocupado en lo que hacía como para terminar borracho, carajo.

Noel regresó a su lugar y de reojo vio que Jade aterrizaba en el suelo de una bofetada. Una botella vacía le cayó encima, mientras Müller le gritaba que fuera por una de las bolsitas que estaban sobre la mesa.

Jade obedeció a toda prisa y Noel le tendió una de las que acababa de llenar, a pesar de que Devan no lo vio con buenos ojos. Roger tampoco, quien sabe, nunca nadie podía estar seguro de lo que él pensaba.

Müller le arrebató a Jade el paquetito y sobre la mesita de café dibujó tres rayas de polvo blanco. Pronto aspiró la primera hilera y se frotó la nariz con el pulgar. Roger murmuró que así no se podía trabajar, con ese cabrón que si podía se aspiraba todo el lote, el hijo de puta.

Noel movía las manos maquinalmente, tratando de ignorar lo que sucedía a pocos pasos de donde estaba sentado. El dolor de cabeza no lo abandonaba y estaba exhausto. Traía la garganta seca como el pavimento en un día de verano y un hueco en el estómago por los días que llevaba sin comer. Intentó pensar en algo ajeno al polvo blanco, a las otras dos rayas de cocaína que desaparecieron y a Müller quien ahora arrojaba a Jade sobre el sofá.

Roger dio una mirada furtiva a través de sus gafas y murmuró algo que Noel no alcanzó a oír.

—Búscate un cuarto, mula de mierda —intervino Devan, fastidiado.

Müller ni le respondió, pero se llevó a Jade arrastrándolo del cabello hacia la habitación que era de ambos.

Las paredes de ese departamento dejaban que el ruido las burlara. Gracias a ello, no se iban a perder detalle de lo que Müller le hiciera a Jade. Roger gruñó y se acomodó las gafas sobre el tabique nasal. Devan dejó la botella a un lado; unas gotas de sudor empezaron a perlarle la frente. Noel los observaba cuidando de pasar desapercibido.

Los gemidos se volvieron más fuertes y el sonido del catre contra la pared, imposible de ignorar. Lo peor era la voz de Müller, que sonaba como la de un animal poseso.

Devan se levantó de su asiento, evidentemente perturbado por la gama de ruidos del final del pasillo. Necesitaba aliviar sus propias urgencias y sus ojos pequeños brillaron acuosos. Noel no se perdió ese detalle. Siempre alerta a sus movimientos, se hundió sobre la silla tratando de desaparecer. Incluso Roger, quien colocaba, con precisión de relojero, el polvito blanco en la balanza, se veía incómodo.

—Antes de ponerte a coger, dale algo de comer al puto este, le suenan las tripas desde hace rato—bufó furioso, muy al tanto de lo que estaba por suceder.

Noel se contrajo aún más, intentando desaparecer bajo la mesa, y Devan soltó una carcajada que no fue bien recibida por su compañero, quien siguió ocupado midiendo los gramos de cocaína.

— Ya escuchaste, esqueleto de gato—exclamó su chulo, divertido por el comentario.

—Pensé que era un perro —replicó Noel antes de darse cuenta de lo que acababa de hacer.

—Cuida tus modales o vas a ser un perro arrepentido. Come de una vez, carajo, antes de que te meta la comida por la garganta.

Noel se levantó apurado y Devan le señaló una caja de cartón donde aún quedaban dos pedazos de pizza. Tomó un trozo y escapó hacia el rincón más alejado que pudo de esa cocina.

Roger volvió a murmurar algo, pero nadie le prestó atención. En la habitación de adentro los sonidos no cesaban. Noel terminó el primer trozo, sintiendo cómo su pobre estómago le agradecía que le diera comida. Tomó el pedazo restante y tuvo ganas de guardarlo para Jade, porque dudaba que le hubieran dado alimento a él. Pero Devan lo estaba mirando entre sorbo y sorbo de cerveza. Le acababa de decir que comiera y no podía desobedecer.

***

Jade tenía razón, sus clientes eran todo lo que le había dicho que eran. Este era nuevo; medio calvo, con el estómago inflado como un tambor. Lo recogió a mitad de la calle y lo llevó a un cuarto de hotel. Noel le cobró por adelantado y su cliente no protestó, demasiado apurado por ir de frente a la acción.

El negocio estaba consumado. La regla era un polvo y ya, así que era hora de partir. Noel se levantó del lado de su cliente, quien aún jadeaba sudoroso, tumbado sobre la cama, intentando recuperar el aliento.

— ¿Qué edad dijiste qué tenías? —le preguntó el sujeto desconocido.

—La suficiente.

Era la respuesta que debía dar, según Devan. Cuando empezó su entrenamiento para trabajar vendiendo sexo, esa fue una de las primeras lecciones que aprendió. Al cliente le causó risa su réplica y le dio una mirada de condescendencia que le erizó la piel.

—Buena respuesta. Me gustan así como tú, jóvenes y bonitos.

Noel se sorprendió ante el cumplido. Lo consideraba bonito, pero sólo lo decía para ganarse su confianza o algo así. Algunos clientes a veces se sentían avergonzados y cuando acababan de follar se iban deprisa. Otros, en cambio, no decían nada, sólo se concentraban en tirarlo a la cama, contra la pared, en el suelo, en un auto, donde fuera que quisieran follar y ya. Asunto terminado. Había algunos que podían ser mucho peores. Aunque con este cliente, la experiencia le decía que lo que quería era que se quedara un rato más con él. Sólo por eso lo trataba bien.

—Dime, ¿tienes hermanos? —continuó el interrogatorio.

—Sí, un hermano —le respondió Noel, colocándose su camiseta—. Pero no se parece a mí.

— ¿Es menor que tú?

—Sí. Tiene catorce.

Así que por ahí iba la cosa. El cuerpo de ese sujeto empezaba a reaccionar ante la idea de su hermano menor. Si hasta gimió de contento. A ese tipo de clientes los conocía muy bien. Para ellos cuanto más jóvenes, mejor.

— ¿Y también trabaja? —insistió el gordito, animado.

—No. —Lo dijo casualmente, pero sabía el efecto que iba a tener.

La sola idea de que su hermano menor se dedicara a lo mismo, le provocó una erección bastante rápido.

—Dijiste que no se parece a ti. ¿Cómo es? Descríbelo, dime cómo es tu hermanito.

Estaba dando resultado, su cliente transpiraba y los ojos se le encendieron de lujuria.

—Es rubio y su pelo es liso y corto. Ah, tiene ojos amarillos y es más bajo que yo.

—Así blanquito, como tú.

—Sí.

—¿Por qué no lo llamas? Me gustaría conocerlo. Podemos tener una pequeña fiesta acá, con tu hermanito menor y tú…

—Él es virgen, no trabaja en esto.

Con unas cuantas palabras, tan solo fantaseando con la imagen de su hermano, consiguió que se pusiera tan duro como el muro a sus espaldas. De haberlo sabido se hubiera ahorrado todo el trabajo que le costó excitarlo.

—Mira cómo me pusiste. —Sonrió el cliente señalándole la entrepierna—. Haz algo al respecto.

—Eso es extra. —Tal como esperaba, Noel lanzó el anzuelo y acababa de picar un pez gordo. Y por el estado en que se encontraba, no le iba a negar nada.

—De acuerdo, pero mira cómo me pusiste, muchacho. ¿No tienes una foto de tu hermano?

—No, lo siento.

A terminar con lo empezado. A lamerlo de arriba abajo y luego introducirlo en su boca. El cliente se incorporó para observarlo con los ojos nublados de lujuria. Noel se dio cuenta de que se estaba imaginando a su hermano menor haciéndoselo.

Bueno, los dos podían jugar lo mismo. Tanta experiencia tenía chupando, que su mente solía abandonar su cuerpo e irse por ahí. El recuerdo de aquel departamento del centro de la ciudad se negaba a abandonarlo. Imaginaba que estaba allá, de pie frente a la puerta 111, y casi sentía los nudillos de su mano acariciando la madera. El corazón se le desbocaba cuando entraba a ese espacio tibio y tenía frente a sus ojos esa gran ventana, donde se veía toda la ciudad hasta sus rincones más miserables. Avanzaba hacia ella como si se tratara de un portal a otro mundo. Hasta pudo escuchar la voz de Luka, con ese tono de gotas de lluvia, con ese mismo ritmo.

Un alarido potente. Las manos rechonchas le apretaban la cabeza con desesperación. Gruñidos de animal, sudor rodando por todo el cuerpo, resbalando como caudal por el ancho estómago del cliente, que lo tenía bien sujeto del cabello y de la piel de sus orejas. Noel relajó la garganta y se preparó para lo que venía, pero su cliente tenía otros planes.

El sujeto retiró su falo de dentro de su boca y masticó algunos gruñidos mezclados con «en la cara, te voy a dar en la cara». Noel cerró los ojos mientras el chorrito de líquido tibio caía sobre su rostro. La presión sobre su cabeza desapareció y su cliente jadeaba como si hubiera corrido una maratón.

Ahora sí era momento de partir. El cachorro se levantó de entre las piernas gruesas del sujeto y fue al baño para limpiarse el rostro.

Noel se vistió deprisa con su pantalón de mezclilla azul oscuro y una camiseta sin mangas gris. La chaqueta de piel iba encima. Aunque Devan le había ordenado que se deshiciera de ella, no la podía botar. Para él había sido suerte encontrársela en el basurero junto a su antiguo dueño, cuando este yacía sobre el suelo inmundo sobre una piscina de vómito.

Recordaba esa noche en la que regresaba de una sesión con uno de sus clientes y pasó por uno de los tantísimos callejones de los alrededores. Entró en busca de un basurero donde pudiera hurgar por algo de comida, pero se le quitó el apetito bien rápido cuando vio a aquel sujeto, recostado al lado del basurero, embarrado con su propia mugre. La chaqueta estaba ahí, a su alcance. Tanta era su necesidad, que la tomó sin reparos, para luego desaparecer por donde había llegado.

Cuando se la puso, advirtió que le quedaba enorme para lo pequeño de su cuerpo, pero no le importó. No podía botar su casaca. Le debía a ese afortunado encuentro años de abrigo y compañía en sus travesías nocturnas. Se le ocurrió una idea: no se desharía de su chaqueta, sino que se la daría a alguien más.

Con esa idea en mente, regresó a la realidad en la que acababa de ponerse la última prenda y esperaba que el gordito sobre la cama se dignara a pagarle por el servicio extra.

—Alcánzame mis pantalones, ¿quieres?

Noel lo hizo y de entre la prenda cayó el teléfono móvil del cliente. Un par de llamadas perdidas de casa, decía la pantalla.

—Recién salgo del trabajo. ¿Qué es tan importante? —El gordito recibió el teléfono y devolvió la llamada—. ¿Era hoy? Estaba trabajando, no, no me fijé la hora. Estoy ocupado, tenemos que cerrar el mes y hay mucho trabajo, pero tú qué sabes de eso, mujer. Ya, ya voy para allá, ya te escuché.

Sacó de la billetera el dinero extra que  había acordado y lo lanzó sobre el colchón, demasiado ocupado dando excusas como para fijarse en que Noel no quería quedarse para escuchar el resto de la conversación.

Además, Devan se lo había advertido. Nada de irte por ahí, carajo, le había dicho. No planeaba desobedecerle, sólo tenía que detenerse un momentito a atender un asunto y regresaba a trabajar. Esa era la rutina, un cliente tras otro, hasta conseguir la cantidad necesaria para no tener problemas en casa.

A esas alturas de su vida, conocía cada uno de los rincones de los alrededores, pero había uno en especial a donde iba a lamer sus heridas. Era su refugio para cuando quería esconderse un rato de su realidad, una furgoneta abandonada, desmantelada y convertida en una carcasa metálica. La encontró hacía años, era uno de sus tesoros. En el medio de esas calles estrechas y tugurizadas, ese despojo de un auto fue por mucho tiempo su único consuelo.

A esa hora, un puñado de peatones abandonaban la estación del tren. Pasaban a su lado envueltos en chaquetas de invierno. Tenía tantas ganas de saltarle encima a uno, cualquiera, y quitarle una de esas prendas. Suspiró desechando la idea, porque de hacerlo, tenía las de perder. Podía juntar los billetes extra que acababa de hacer y comprarse algo de abrigo, pero no. Lo tenía destinado para alguien más.

Devan nunca iba a saber de ese dinerito extra. Jamás lo escondería en el departamento, como Jade había insinuado. No era tan estúpido como para ocultar algo en las narices de Devan. Tenía otro lugar, uno secreto, y antes de acceder a este, se dio una vuelta para asegurarse de que no hubiera nadie alrededor por pura y merecida paranoia.

Dobló la calle e ingresó al callejón pintado de grafiti hasta en el suelo. Avanzó en la oscuridad y se dirigió a una pila de desmonte que casi cubría el cadáver de la furgoneta. La puerta aún funcionaba, a pesar de la corrosión y el olvido. Apenas se hubo acercado lo suficiente como para ser percibido, vio que se abría con un chirrido. En medio de la oscuridad, la luz de una linterna lo apuntó y un par de ojos ambarinos salieron a recibirlo.

—Por fin, ya te iba a ir a buscar.

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2 thoughts on “Capítulo 2

  1. Y aquí es cuando ya vamos conociendo la historia de Noel. Devan es un real hijo de puta, lo que me hace preguntar por qué carajo y de cómo Noel y Jade acaban aceptando su porquería. ¿A cambio de un techo? ¿A cambio de comida? A cambio de drogas no, por lo que veo. ¿Entonces qué arma tiene el tipo para mantenerlos sujetos?

    Mujer, si me planteo preguntas así es que esto está bien interesante. Y como te dije, me ENCANTA la naturalidad de cada situación, por más horrible que sea. La escena en que uno de los sujetos espontáneamente quiere coger y sencillamente lo hace, eso sí, teniendo la decencia de meterse en un cuarto y cerrar la puerta, se sintió muy acorde con la atmósfera de toda la historia.

    Noel es un personaje simpático. Es una víctima de las circunstancias, pero es listo y sabe cómo ir sobreviviendo. No llora, no se queja, ni siquiera responde a los insultos de Jade. Lo repito, pero es que sencillamente me encanta la falta de drama, la falta de recursos baratos para potenciar la tristeza en su existencia, que ni le hace falta porque de por sí esta es miserable.

    Ahora falta ver al pequeño Pat y qué tal es.

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