Capítulo 1

El ambiente festivo también se dejaba sentir en las calles marginales. No, no era exclusividad de las clases pudientes. En las esquinas y bodegas escaseaban las decoraciones, pero a esas horas de la noche, figuras mixtas de tacones y escotes recorrían la calle, acechando y dejándose acechar por autos que circulaban como tiburones a contracorriente.

Uno de aquellos autos se detuvo a su lado, a mitad de la calle. Tanta fue su sorpresa que tardó en reaccionar. Repuesto de la impresión y tras un intercambio de palabras, se subió sin más trámite, bañado en silbidos y palabrotas de los demás habitantes de la noche.

La experiencia le decía que tuviera cuidado: no era normal que alguien así de atractivo se fijara en él. Sin embargo, le sugirió un par de rincones cercanos para concretar el negocio y obtuvo una respuesta negativa.

«Mi departamento —dijo su cliente—, quiero cambiar de aires».

La radio. Subía a uno diferente cada noche, pero los demás olían a humo y a sexo. Este, en cambio, tenía una fragancia ajena al mundo que conocía.

Las calles se fueron transformando conforme cambiaban de escenario. Pronto los cuerpos en las veredas, ofreciéndose a quien pasara, quedaron atrás. El ambiente mutó de marginal y desolado, a céntrico y bullicioso. Arboles bien cuidados y aceras bien iluminadas, decoraciones de colores que colgaban de postes de luz, letreros luminosos en los escaparates que deseaban «Felices Fiestas» a quienes pasaran por enfrente, edificios modernos y gente pululando.

La noche aún era joven y la ciudad, insomne.

Perdió la noción del tiempo y dejó de prestar atención al camino. Cuando se dio cuenta el auto se había detenido y tenía todas las razones para alarmarse. No era lo usual terminar en el Upper East side de Manhattan. Conocía el área, más de una vez la había recorrido como un perro vagabundo con el rabo entre las piernas. De haber sabido que iba a ir a parar por esos lares, se habría vestido menos evidente.

Una vez más, la experiencia le golpeó en la cara, recordándole su condición en el mundo. El auto estaba estacionado y su cliente de turno se impacientaba. Le acababa de preguntar «si estaba esperando una invitación» y no supo qué responderle. Por un momento había pensado que todo iba a terminar en ese mismo estacionamiento. Pero incluso alguien como él se daba cuenta de que ese auto estaba demasiado nuevo como para ensuciarlo con tales faenas.

Dejó que su cliente lo condujera, en medio del silencio que le era familiar a ese tipo de encuentros. Primero hacia el elevador, luego por un pasillo y finalmente, a su departamento tal y como había prometido. Iba mirando al suelo, cómo sus zapatos gastados desentonaban con el corredor alfombrado. Apretó las mangas de la chaqueta de cuero y, por no fijarse, casi chocó con la amplia espalda de su cliente,.

Ingresaron. El dueño de casa abandonó al muchacho en medio de la sala. Sabía que lo estaba siguiendo con esos ojos azules asustados. Fue lo primero que notó al verlo de cerca: esa mirada de animal de la calle, aterrado por el contacto humano. Sí, pues, le había dado curiosidad, de esas que no te dejan dormir hasta que por fin la encaras y te sacias de ella.

Dejó su propia chaqueta en el perchero junto a la ventana y pudo ver cómo los ojos del chico se iluminaban. El ventanal le despertó curiosidad, tanta que dejó a un lado su escandalosa timidez. Lo vio avanzar dos pasos, para luego darse cuenta de lo que había hecho, quedarse petrificado.

—¿Tienes un nombre? —preguntó el dueño de casa, acercándose con un cigarro en la mano y un sobre en la otra.

—Noel.

—Yo soy Luka.

El muchacho se quedó mirándolo con una expresión de confusión que encontró sumamente divertida. Por un momento, no supo si iba a tenderle la mano o hacerle una reverencia. Luka dejó un sobre encima de la mesita de café, bajo la atenta mirada de Noel, quien entendió el mensaje. No se atrevió a abrirlo, ni a revisar el contenido, sólo lo desapareció dentro de la horrenda casaca de cuero que traía puesta.

—¿Dónde me quieres? —preguntó el muchacho.

Luka dejó escapar una columna de humo hacia el techo, saboreando las palabras que acababa de pronunciar. El tono de voz de Noel era tan monótono que parecía que hablaba con una contestadora. Manos a la obra, sin esperar una respuesta, el muchacho deslizó sus dedos largos y nudosos dentro de su chaqueta, y se la quitó despacio como si su cuerpo fuera una fruta y estuviera pelando su propia cascara.

Noel se llamaba y, bajo la casaca varias tallas más grande de la que le correspondía, quedaron al descubierto poca carne y muchos huesos. Cierto, estaba esperando una respuesta, dónde lo quería.

—Sobre el sillón —respondió Luka y la reacción automática del chico lo sorprendió un poco.

Las manos pálidas de Noel se posaron sobre el botón del pantalón escurrido sobre sus caderas angulosas, y la tela se deslizó piernas abajo. No tenía puesta ropa interior y Luka ocultó una sonrisa tras el cigarrillo. Piernas largas, flacas y completamente lampiñas, camiseta sin mangas que apenas hacía el esfuerzo de cubrirle hasta arriba del ombligo. Los zapatos los había perdido en el camino.

—Y yo pensando que me ibas a hacer un striptease—Otra bocanada de humo y una risa socarrona.

—Dijiste que me querías sobre el sofá.

Noel no iba a perder tiempo con preámbulos y coqueteos de enamorados. Derechito al negocio y asunto terminado. Ya estaba bastante incómodo con lo alejado de la rutina que estaba resultando todo. Lo usual era ir de frente a la acción: otro de sus clientes lo tendría de rodillas en el suelo para ese momento. Le dio una mirada al rubio, que fumaba entretenido, y tomó del interior de su casaca descartada un puñado de preservativos. Los recorrió con los ojos, hasta que por fin se decidió por el de la envoltura dorada. Era uno de los mejores que tenía y de cierto modo, ameritaba la ocasión.

—Cierto, esas fueron mis palabras —le respondió tras una pausa, sin dejar a un lado el cigarro pegado a sus labios, como si fuera una extensión de su lengua.

El muchacho lo miraba sorprendido. Podía leerle la mente, como si tuviera los pensamientos escritos en toda la frente. Estaba confundido y hasta asustado por sus nulos avances, por el dinero en el sobre, que quizá no fuera lo suficiente, pero no se atrevía a contarlo por cierto pudor extraño. El mocoso era un libro abierto y estaba por ponerse a leerlo entre líneas.

Dejó el cigarro sobre el cenicero, le dio una torcida certera para cegarlo y se levantó con ceremonia acercándose despacio. La anticipación se dibujó en la cara de Noel y entreabrió los labios al verlo acercarse.

—Tienes que usar esto, yo te lo pongo —le dijo y se arrodilló frente a él, con el preservativo en la mano.

—Luka, mi nombre es Luka —añadió cortante, pero vio a Noel encogerse de hombros y continuar con la tarea de deshacer el botón del pantalón de mezclilla.

—Mira mocoso, no tengo ningún interés en cogerme a alguien como tú, así que deja eso de una vez. Soy fotógrafo profesional, si te traje hasta aquí es porque me interesa tu cuerpo, pero de otra manera.

Lo dijo con tanta indiferencia que le fue difícil mantener esa actitud al ver la reacción del muchacho. Las manos se le congelaron. Acababa de aterrorizarlo con unas cuantas palabras específicamente seleccionadas con ese fin. Lo vio temblar con tanta violencia que pareció que se desarmaría.

—No me mires así, que no es lo que tú piensas —añadió el fotógrafo, ahorrándose una sonrisa.

—¿Entonces qué quieres? —El chico se puso en guardia, a punto de salir corriendo.

—Ya te dije que no te traje para coger, sino para algo distinto. —Luka no dejaba de disfrutar la sorpresa que brotaba de Noel, la saboreaba como si fuera una fruta exótica cuyo sabor es tan peculiar que se vuelve adictivo—. ¿Tienes hambre? ¿Algo de tomar?

—Si no vamos a coger me voy de una vez.

—Te estoy pagando, así que te quedas —le respondió al mocoso y con su cuerpo le bloqueó el camino. Noel supo enseguida que tenía las de perder si pretendía atacar frontalmente.

—Entonces déjame hacer mi trabajo. Para eso me estás pagando, ¿no?

Así que el mocoso sabía ponerse insolente. Le pareció divertido y de la mesa tomó una cámara de fotos que tenía preparada.

—De acuerdo. —Luka respondió apuntándolo con la lente. —Sobre el sofá.

Noel fue a tumbarse donde le había indicado, en la pose más casta que se le ocurrió. Al verlo, Luka tuvo ganas de reírse de nuevo, tanto como para encender otro cigarro.

—Ahora pon la cara de puta que tenías hace un rato.

El muchacho le regaló otra de esas miradas peculiares, de entre sorpresa y espanto. Y tumbado en el sillón, con la gracia de un almohadón estiró las piernas.

Luka disparó un par de veces y el mocoso echó la mirada al suelo para evadir la lente. Su actitud empezaba a ponerlo de mal humor. Apreciaba la concentración en sus modelos y deseaba que algunas de ellas mantuvieran la boca cerrada mientras trabajaba, pero ese chico casi parecía que tuviese miedo de emitir sonidos.

Empezó a desplazarse por la habitación, como un péndulo nervioso, buscándole el ángulo a un círculo. Noel se veía incómodo, hasta le parecía verlo temblar desnudo como un animal silvestre agazapándose para ocultarse del cazador. Luka bufó fastidiado. La paciencia empezaba a escurrírsele por torrentes. Bajó la cámara y encendió otro cigarro para quitarse la frustración de encima. El mocoso lo notó e intentó vencer su propia timidez, girando el cuerpo para mirarlo de frente. De pronto, vio a Noel cerrar los ojos, como si tratara de calmarse a sí mismo y cuando los abrió, la expresión del muchacho cambió completamente.

Noel lo miró de frente, con los labios separados y Luka sintió que la cámara se le resbalaba de las manos. Fue tan sólo un instante el que le tomó al chiquillo cambiar del animal asustado que era a esa criatura depredadora. Si no lo hubiera visto con sus propios ojos, no lo hubiese creído.

Dejó la cámara a un lado y lo tomó de la barbilla. Se miraron por un momento en el más absoluto silencio y el chico regresó a su estado anterior al contacto con su piel. Tomó a toda prisa la cámara y, sin quitarle la vista de encima, disparó la primera toma. La expresión en los ojos de Noel era todo lo que buscaba: confusión, miedo y ese algo que no sabía nombrar. El animal asustado acababa de salir a flote.

Noel pudo descifrar el descontento de su cliente. La experiencia le había enseñado a anticiparse a las reacciones. No quería coger, eso había dicho. Si lo que quería era ver una puta, eso iba a tener. Buscó la pretina del pantalón de Luka y le dio un tirón para zafar el botón. De un salto, estaba de rodillas en el suelo y sus manos expertas se hundían dentro, buscando la carne a medio erguirse.

—Te dije que no te traje aquí para que me la mames.

Luka detuvo sus avances de un empujón. ¿Acaso era sordo? No, si lo que quería era cogérselo, no se habría tomado tantas molestias. Además, no le apetecía alguien tan joven.

—Dijiste que querías una puta.

—Sé lo que dije —gruñó Luka, tomándolo del brazo para que se levante del suelo—. No tienes que repetírmelo.

En algo tenía razón: acababa de contratar un puto, le acababa de pagar y lo esperado era que recibiera el servicio. Siempre complicándolo todo, Luka tú no aprendes. Con esas ideas en mente y sin soltar a Noel, lo condujo hacia las entrañas de su departamento.

Noel se dejó arrastrar, sin atreverse a protestar. Por fin, algo que le resultaba familiar. Hubiera preferido que lo llevara a un hotel de medio pelo, con una cama en el centro y un baño limpio, a pocas cuadras de la estación. Pero no, tuvo que dejarse llevar por el rostro placentero del cliente y que obviamente tenía dinero para pagar. Porque a pesar de que le subió la tarifa; no para espantarlo, sino porque no pudo desaprovechar la oportunidad, ese sujeto lo dejó subirse a su auto sin chistar. Así que seguramente iba a terminar más magullado que lo usual, pero con plata en el bolsillo. Estaba de suerte, ese rubio era su primer cliente y la noche estaba floja. Daba igual, necesitaba terminar con el asunto y regresar a la calle que tan bien conocía.

Luka lo condujo a otra habitación igual de amplia, pero no tan iluminada. Sólo había una mesa y una butaca. Si quería hacerlo ahí, afuera, en el sillón, sobre el suelo, donde le diera la gana, no importaba. Luka era atractivo; era la primera vez que estaba con alguien físicamente agradable y estaba pagando, así que manos a la obra.

Las fotos colgadas en las paredes le llamaron la atención, casi tanto como las que yacían sobre la mesa. Entonces sí era un fotógrafo. Noel se detuvo un segundo antes de encaramarse sobre la butaca. El retrato en blanco y negro de un muchacho que lo miraba con una expresión triste, hizo que se sobresaltara.

¿Cuándo le había tomado esas fotos? Ese era su rostro sobre toda la mesa, en varios ángulos; con el viento revolviéndole el cabello; con sus manos sobre sus labios tratando de calentarlas; recostado contra la pared en una de las esquinas donde solía andar; con los ojos al cielo en una expresión angelical que él mismo no reconoció.

—Esta es mi favorita —exclamó Luka tomando la foto entre sus dedos—. Cuando lo vi por primera vez me dieron deseos de hundirme en lo profundo de sus ojos. ¿Conoces a este chico?

Noel retrocedió un par de pasos en vez de responder con palabras. Un torrente de ideas elevaban el nivel de alarma dentro de su mente. Sabía que había gato encerrado. Quería fotografiarlo; Sí, seguramente. Eso fue lo que le dijo. Luka había estado observándolo desde hacía tiempo, tenía varias fotos de él y nunca se había dado cuenta de cuando las había tomado.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —susurró Noel, externamente intimidado.

— Quiero que este, el que está en esta foto. —le respondió Luka con la foto en la mano—.¿Lo puedes traer a mí?

Imposible. Noel no entendía a qué se refería. Negó con la cabeza intentando ganar tiempo y ordenar sus pensamientos. Intentó retroceder un poco más, pero los labios de Luka lo alcanzaron en plena huida. Dejó que lo abrazara con fuerza y las manos del fotógrafo se deslizaron por los huesos de su espalda. Ahora no iba a poder escapar. Como buena puta, dejó que lo besara, hasta que ambos quedaron sin aliento.

Luka saboreó el interior de su boca y su lengua experta. Ahora que ese cuerpo escuálido se frotaba sobre el suyo, los pantalones le empezaron a ajustar. El muchacho lo notó en seguida y lo vio arrodillarse a prisa. Sin perder el tiempo empezó a acariciar la tela abultada de sus pantalones, con esos labios carnosos.

El fotógrafo resopló con fuerza, sintiendo que las piernas se le doblaban. A tientas encontró la cámara que había dejado sobre la mesa. Disparó un par de veces, porque la expresión que tenían esos ojos brillantes era más irresistible que el cuerpo juvenil que se le estaba ofreciendo a gritos. Lanzó un gruñido animal cuando el pantalón que Noel le deshizo, cedió y resbaló hasta anclarse en sus tobillos. Lo siguiente en caer fue su ropa interior y casi por reflejo, le dio un empujón para detener sus avances.

Tal y como esperaba, Noel lejos de protestar, intentó volver a la carga listo para recibirlo dentro de su boca. Luka supo bien donde iba a terminar todo, pero no pudo contenerse. No, no iba a cogerse a un mocoso flacuchento en medio de su estudio; no y no. Así que dejando que su cuerpo se saliera con la suya, levantó al chiquillo y éste enroscó sus piernas delgadas alrededor de sus caderas.

No supo bien cómo llegaron a su habitación. Tanta era la urgencia de lanzarlo sobre la cama y devorarlo a pedazos, que perdió por un momento la noción del tiempo y el espacio.

Tenía la cámara entre las manos, y disparaba sobre el cuerpo desnudo sobre su propia cama. Noel pareció relajarse un poco y separó las piernas, resbalándolas sobre las sábanas negras.   La piel blanca del muchacho lucía en perfecta armonía con el fondo, como una pluma flotando sobre un océano oscuro.

Luka circundaba el catre buscando diferentes ángulos que explotar; pero no encontraba lo que quería, no era lo que buscaba. Disparó un par de veces más y dejó caer la cámara a un lado de su cuerpo. No se veía satisfecho y no se molestaba en ocultarlo.

Noel se incorporó alarmado. Por experiencia sabía que un cliente insatisfecho no es un buen cliente. De inmediato se deslizó sobre la suavidad imposible de las sábanas y se acercó a Luka quien lo observaba severo, desde la orilla de la cama. Tenía que hacer algo pronto. Sabía bien como complacerlo, así que, sin perder más tiempo, tomó el sexo de Luka con una mano y lo acercó a sus labios.

Una bofetada lo lanzó sobre el colchón y apenas se repuso pudo ver que Luka aún tenía la mano levantada.

—¿Acaso no entiendes? ¡No me interesa tener sexo contigo!

Noel levantó los ojos; entendía perfectamente. Luka estaba furioso. No era la primera vez que uno de sus clientes decidía agarrarlo a golpes. Tampoco sería la última.

—¿Qué quieres que haga entonces? —Casi fue una súplica. No iba a quedarse para recibir una paliza y que diera la sesión por terminada. Si no quería que se la chupara, entonces iba a hacer lo que fuera que quisiera para irse de una vez.

—Que te quedes quieto ahí, ni respires—. A Luka se le escapó un suspiro—. Mira, olvida lo que dije. No debí golpearte y eso.

Sus manos buscaron a Noel, quien aún se veía pasmado por sus palabras. Le acarició el rostro y hasta le besó la frente en un improvisado acto de contrición. No se contuvo y recorrió el labio inferior con el pulgar. De pronto, tenía a un muchacho desnudo entre sus brazos, lo estaba besando, y este se estaba dejando acariciar, quieto y a su merced. Ahora que lo tenía cerca y bajo la luz tenue de su habitación, se le estaba haciendo irresistible la expresión de tristeza de aquellas orbes azules.

No iba a engañar a nadie, su miembro parecía una flecha de piel caliente y su corazón estaba completamente desbocado. Solo por una noche, pensó el fotógrafo, porque su cuerpo ya no podía resistirlo y su mente decidió cederle terreno a las sensaciones. No tenía planeado acostarse con un puto que había traído de la calle. Tampoco encontrarlo tan interesante.

Así que hizo que el muchacho se extiendiese sobre la cama, para recorrerlo con sus manos. La mejilla oscura por el golpe, la garganta, el pecho que al inflarse dejaba verle todas las costillas, el vientre plano casi hundido, pegado a los huesos, las caderas afiladas, el ombligo minúsculo, un esbozo de vello y las piernas separadas. En su expedición le fue encontrando cicatrices, algunas completamente olvidadas y otras más frescas, moretones aún con vida y algunos que habían quedado como recuerdo de encuentros previos. La sola idea de que alguien estuvo estado recorriendo esa piel más temprano, mermó un poco su interés. Tomó la cámara y tras la lente pudo recuperarlo.

Hizo que Noel se volteara boca abajo. Le recorrió la espalda bajo la lente de la cámara y los huesos del espinazo saltaron todos juntos. Las marcas sobre la piel se multiplicaron como caminitos de hormiga cruzando en todas direcciones. Luka las tomó entre sus dedos y Noel se estremeció al contacto.

—¿Y esto?

Encontró una cicatriz gruesa, escondida bajo el cabello castaño sobre su nuca. Separó las hebras a los lados para apreciar la forma y el modo caprichoso en que la piel se cerraba.

—¿Herida de guerra? —Quiso bromear, aunque no le interesaba escuchar la historia de cómo la obtuvo.

Noel asintió sintiendo el nulo interés del fotógrafo en la vieja herida. Para no tener intenciones de follar, lo estaba tocando bastante, pensó. De nuevo, la cámara en sus manos retrataba la cicatriz que tanto interés le despertaba. Entonces se preguntó cuándo estaría satisfecho, cuantas fotos tenía que tomar para hartarse de él. No importaba, sólo se quedó quieto para retrasar ese momento. Tenía que aceptar que no estaba pasándola tan mal.

Estaba tumbado sobre el colchón más suave que sus pobres huesos habían tenido la suerte de experimentar. La habitación estaba tibia y su cliente no había intentado lastimarlo demasiado. Era lo mejor que le había pasado hasta entonces. El cansancio empezó a ganarle, las pestañas le pesaban y los dedos que le recorrían las cicatrices de la espalda no hacían más que adormilarlo más. Se encontró a sí mismo disfrutando por primera vez las caricias como si se tratara de un amante: manos suaves, piel perfumada…Y su nombre era Luka.

Luka dejó la cámara a un lado. El mocoso acababa de cerrar los ojos y estaba profundamente dormido. Suspiró, sintiendo que su entrepierna estaba viva y demandaba atención urgente. Había cumplido con su palabra a pesar de que había estado cerca de pisotearla.

Cierto, Noel logró calentarlo lo suficiente como para querer tomarlo sobre su propia cama y olvidarse de donde lo había recogido. Sin embargo, le acarició la cara repasando el lugar donde le había dejado la bofetada. Debía estar muy cansado si trabajaba de eso toda la noche. Antes de empezar a sentir algo de lástima, se levantó del colchón. Cierto, su miembro demandaba que tomara acción sobre el cuerpo pálido tumbado a su lado. No, no lo iba a hacer.

De nuevo, su voluntad conquistaba los deseos de su cuerpo. Se envolvió en una bata tan sedosa como las sábanas donde reposaba Noel, lanzó una risita al aire meneando la cabeza, tomó la cámara y abandonó la habitación.

***

Noel estaba soñando y lo perturbador era que aún despierto, el sueño continuaba. ¡Cuánto detestaba volver de lleno a la realidad cuando deseaba con todas sus fuerzas dormir para siempre! Su cuerpo descansaba sobre una superficie suave y no tenía frío. Entreabrió los ojos aun saboreando las sensaciones del sueño que se desvanecía. Le tomó un momento reconocer esa habitación iluminada a medias y la cama de sábanas negras. Seguro se quedó dormido cuando su cliente le acarició la espalda y ahora… Ahora lo había dejado solo.

Abandonó la recámara con cautela y al final del pasillo vio una luz encendida. Luka estaba fumando, sentando en un sillón mientras observaba algo en una pantalla. Noel intentó pasar desapercibido, pero no lo consiguió. El fotógrafo le dirigió la mirada y el chico se dio cuenta de que las gafas que traía puestas le hacían verse más atractivo.

—Por fin despiertas, pensé que me iba a tener que acostar en el sillón.

—Lo siento —susurró Noel mientras recogía su ropa regada en el suelo. Se vistió demasiado rápido, principalmente por la carencia de prendas.

Afuera, la ciudad seguía encendida, aunque adormilada, y él tenía que ver el modo de regresar a su esquina en la periferia.

—Olvídalo —Luka no le prestó demasiada atención—. ¿Planeas irte a esta hora? ¿Sabes qué tan tarde es?

Negó con la cabeza como respuesta, porque tenía miedo de escuchar la respuesta.

—Son las tres de la mañana, dormiste como piedra por lo menos una hora y media. De verdad, te pude haber sacado los órganos y tú ni lo hubieras sentido.

Noel no supo qué le parecía tan gracioso. De todos modos, no tenía tiempo para quedarse a averiguarlo.

—Te puedes quedar en el sillón.—Luka se puso de pie y se dirigió al corredor rumbo a su recámara. —Me voy a dormir, es tarde

Noel sólo bajó la cabeza, sin creer ninguna de las palabras que habían abandonado la boca del cliente. Si quería que se quedara, ese era otro precio. De todos modos, era momento de partir y, aunque le estaba costando trabajo abandonar la calidez de ese departamento, atravesó la puerta pensando en que, si tenía suerte, volvería a verlo.

Una vez en el corredor de aquel magnífico edificio en el corazón de la ciudad, Noel se dio cuenta de que no sabía hacia dónde quedaba la salida. De un modo u otro, iba a tener que encontrarla.

Siempre lo hacía.

***

La estación de tren a esas horas de la madrugada albergaba a un puñado de viajeros trasnochados. Demasiada gente para sentirse cómodo deambulando entre ellos, mientras esperaba que el primer tren partiera en un par de horas. Cayó en la cuenta de que no llevaba la chaqueta puesta cuando los noctámbulos, desperdigados en los alrededores, le dirigieron miradas inquisitivas. La camiseta gris sin mangas, que apenas le llegaba hasta encima del ombligo, y los pantalones, que apenas le rodeaban las caderas, gritaban fuerte y por todo lo alto la palabra puta.

Enseguida se cubrió con la casaca, que casi era una túnica encima de su cuerpo; las mangas le cubrían hasta la mitad de los dedos. Le dio un par de vueltas a la amplia galería con los ojos fijos en el piso, brillante como un espejo. La maquinita de los boletos empotrada en una pared parecía llamarlo. No, no tenía dinero para pagarse el boleto de tren, así que iba a tener que ver el modo de escabullirse dentro. No iba a ser nada sencillo con tan poca gente y todos los ojos encima de él.

Encontró un rincón al lado de una columna y se tumbó en el suelo. Dentro de la estación, apenas acompañado por completos extraños mirándolo de reojo, estaba más seguro que en la calle. Podía salir un rato y deambular haciendo tiempo para tomar el tren, pero era arriesgado; no era su zona. Tomó el sobre del bolsillo secreto que le había hecho al forro de la chaqueta y lo contó con cuidado dos veces. Era más de lo que había dicho que cobraba por el servicio completo y la cantidad probablemente era la suficiente como para mantenerlo fuera de problemas por lo menos esa noche.

Intentaría dormir un rato. Estaba exhausto y nunca descansaba lo suficiente. Envuelto en su chaqueta, recogió las piernas para esconder la cabeza y consiguió algo de calidez, aunque el suelo estaba helado. Iba a cerrar los ojos por un momento para dejar de pensar en todos los problemas que ya tenía encima. El sonido de pasos severos lo sacó de su intento de reposo. Levantó la cabeza, apenas para ver cómo una vara de madera llegaba a picarlo en los brazos.

—De pie. —El guardia de seguridad volvió a picarlo, incluso al verlo despierto—. Rápido.

Noel levantó la cabeza para protestar, pero la vara de madera era amenaza suficiente para obedecer sin chistar.

—Este es un lugar decente —insistió el guardia elevando la voz dos tonos para dejarse escuchar por el resto de curiosos y tomándolo del brazo para asegurarse que no se le escapara—. Tienes que retirarte.

—Vengo a tomar el tren como todo el resto.

—A ver, muéstrame tu boleto.

—No lo he comprado aún —susurró Noel, porque tenía las de perder.

De pie y andando con el guardia de seguridad casi arrastrándolo hacia la salida. Quedaba aún menos gente en las amplias galerías de la estación central.

—No hiciste dinero ni para pagarte el boleto—. Jones, decía la placa de identificación en su pecho—. ¿Qué no tuviste clientes o qué?

No estaba de humor para contestar. Jones era un guardia de seguridad no un policía. No tenía por qué responder sus preguntas. Intentó apurar el paso para sacárselo de encima, pero no lo consiguió. Lo escuchó reír entre dientes mientras lo jalaba hacia un corredor. Hacia allá no es la salida, pensó Noel poniéndose alerta. Jones lo notó y lo sujetó más fuerte. Al final del corredor llegaron a los baños, entraron en silencio y el guardia cerró la puerta tras ellos. De nuevo la vieja normalidad, a lo que ya estaba más que acostumbrado. Giró sobre sus talones y cayó de rodillas frente a Jones, quien ya se estaba bajando los pantalones. Le quedaban dos horas para esperar por el tren y por lo menos ya no tenía que preocuparse por pagar el boleto.

One thought on “Capítulo 1

  1. Bueno, como te dije, me encanta la atmósfera de la historia. La falta de drama por parte de Noel, la naturalidad de Luka para mostrar su obsesión… tiene un sabor enfermizo que me está fascinando. De este primer capítulo y primer vistazo a los personajes, Noel sin duda es interesante en tanto que él vive en ese mundo de mierda pero ya está bastante acostumbrado a él, de modo que es como si ya no pudiera ni siquiera concebir otra forma de vida.

    Pero a mí me gustó más Luka por el hecho de que está obsesionado de una forma no sexual, porque incluso excitado y teniendo “permiso” no quiere ir en contra del ideal de la sesión de fotos que él ya se había formado en su cabeza. Es fascinante porque me das a entender que la situación es nueva para él y tiene que ir viendo la manera de cómo comportarse sobre el camino, sin referencias pasadas. De modo que él va a actuar más por instinto que por saber realmente qué es lo mejor, a diferencia de Noel, que no puede actuar sin creer que ya se conoce el guión. Es un excelente lugar para asentar a un villano porque no empieza como un real hijo de la reverendísima puta, pero se va haciendo a medida que se le dan estas circunstancias.

    Están jodidos. Y me encanta.

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